viernes, 31 de octubre de 2008

Poder

Manifestación del poder Por Alfredo Zaiat Los grandes grupos agropecuarios y los inversores financieros en pools de siembra, integrados en la trama multinacional sojera, contaron con los pequeños productores como la avanzada visible para frenar la resolución que disponía derechos de exportación móviles para cuatro cultivos claves. Tuvieron éxito en esa misión, cuyo saldo fue la peor ecuación económica para esos pequeños productores. Además instalaron un clima para su desaliento que facilitará el proceso de concentración de la actividad. Responsabilidad que deberán asumir sus dirigentes & socios alienados por la movilización de la burguesía agraria y urbana, sujeto social que logrado su objetivo político y económico los ha abandonado a su suerte. Antes, la angustia era de pequeños productores. Ahora, es de ahorristas. El temor inducido es un instrumento eficaz del poder económico para frenar medidas, tibias o audaces, que pretenden afectar privilegios de décadas. Ese sector vulnerable, que busca estrategias defensivas para su capital, es víctima, no culpable de la inestabilidad. Su precaución es comprensible frente a un escenario de incertidumbre, aunque termina siendo funcional a los grupos más concentrados de la economía. Financistas & afines están enfurecidos porque el fin de las AFJP termina con la apropiación de rentas que contabilizaban con el dinero previsional de los trabajadores. Esa irritación no tiene su origen en la noble preocupación por las futuras jubilaciones, sino que se reconoce en el papel dominante que asumirá el Estado en dos áreas sensibles para el poder económico: por un lado, pasará a detentar relevantes participaciones accionarias en un lote importante de empresas líderes por un total de 9000 millones de pesos y, por otro, podrá reordenar los plazos fijos de las AFJP colocados entre decenas de bancos elegidos que suman unos 7000 millones de pesos. Es mucho el poder y el dinero que está en juego. Frente a esa fuerza que recupera el Estado para estar en condiciones de intervenir, regular y controlar, los grandes jugadores del sistema financiero han ingresado en un trance de cólera permanente. Empezaron con la corrida sobre acciones y bonos, para luego apostar fuerte en el mercado cambiario. La generación de un estado de incertidumbre con una batería de rumores de conocidos dramas financieros (devaluación, default, corralito, reservas, cuasimonedas) busca asociar a pequeños ahorristas en la cruzada contra la iniciativa de terminar con el régimen de capitalización individual. La baja de acciones y bonos, con la disparada del riesgo país, no gatilló un fuerte corrimiento al billete verde. Entonces se subió la apuesta con la convocatoria a la corrida a través de títulos temerarios, junto a informes de economistas de la city adelantando escenarios catastróficos. Frente al proyecto que elimina a la AFJP, repiten los mismos argumentos llenos de calificativos despectivos y vacíos de contenidos esgrimidos contra las retenciones móviles: “torpe”, “improvisado”, “oportunista”, “fiscalistas”, con la esperanza de repetir ese desenlace. En ese contexto, la cotización del dólar no refleja sólo la tensión por la competitividad de la economía, como la UIA expresa con desestabilizadora presión, ni las posiciones defensivas del denominado chiquitaje. Es también una manifestación del poder, que no es otro que el económico.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Dialéctica

Por fin, el fin
Por Alfredo Zaiat
El jefe de la mafia con el arma en la mano y el asesinado en el piso es una prueba contundente de culpabilidad. El traficante de drogas capturado con su cargamento en la mochila es un indicio bastante fuerte de una violación a la ley. La venta acelerada de títulos y acciones que derrumbaron sus cotizaciones es la demostración más transparente de la existencia de una asociación de financistas & afines para lucrar con el dinero previsional de los trabajadores. Si se trata de un delito, la utilización de esos fondos que no les pertenecen para expresar el rechazo al proyecto del Gobierno será tarea de la Justicia. Pero han dejado con total impunidad, que es la forma en que se mueve el poder financiero, las huellas bien visibles para avanzar en esa investigación. El argumento más común y superficial de banqueros, economistas de la city y el coro afinado de voceros interesados es que las críticas a las AFJP son por “ideología”. Se trata de un debate absurdo, porque toda opinión a favor o en contra de un modelo económico, de una orientación que defina la autoridad monetaria con el tipo de cambio o de una organización del sistema previsional está basada en una determinada cosmovisión del mundo. O sea, de una ideología, palabra que en general es utilizada por el pensamiento conservador para descalificar convicciones que se enfrentan al discurso dominante. Resulta esclarecedora la discusión ideológica que permite conocer si es más importante el haber jubilatorio o las cuentas de banqueros y gerentes privilegiados abultadas con el dinero de los trabajadores. Las AFJP han demostrado en la práctica que han sido una enorme estafa previsional. Con datos “objetivos”, como gustan hablar los abanderados de la restauración conservadora. Casi ninguna de las promesas vendidas con excelentes campañas de marketing fue realidad para los trabajadores jubilados o próximos a jubilarse. Ni lo serían nunca en el futuro, como lo demuestra la experiencia de casi 30 años del sistema chileno, que ya alcanzó su etapa de maduración y permite observar en forma rotunda su fracaso. Además de no brindar una prestación digna a los jubilados y de jugar con el aporte previsional de los trabajadores, el régimen privado desfinanció al Estado hasta arrinconarlo en una posición que lo obligó, entre otros factores, a declarar el default en 2001. Este tuvo como uno de sus impulsores la propia estructura del sistema previsional privado, que poseía el germen del default. Es una situación similar a la quiebra del Lehman Brothers: su debacle y la de los otros bancos de inversión no fue sólo por la codicia de los financistas, sino que el sistema de autorregulación del fundamentalismo de mercado es el que permitió el crecimiento de esas entidades y de ese tipo de banqueros. Resulta difícil encontrar hoy en Estados Unidos analistas que defiendan a Lehman Brothers. En cambio, no debería extrañar que los haya aquí para las AFJP. No será una tarea sencilla desmontar el engendro del régimen de capitalización privada. Requerirá de habilidad y capacidad técnica para empezar a ordenar un sistema que fue desquiciado por los banqueros. Junto a la reestructuración de la deuda en default, la eliminación de las AFJP constituye una de las principales medidas de la administración kirchnerista que afecta al poder financiero. Se entiende así la reacción furiosa de banqueros, asesores, economistas, corredores bursátiles, gerentes financieros & otros aliados que integran una asociación dedicada a lucrar con el dinero de los trabajadores. Pocas labores han sido más perversas y miserables que enriquecerse con esos fondos. La cuestión no es que el Estado se queda con los fondos para pagar deudas, sino que ese dinero vuelve al lugar original de un Sistema de Seguridad Social. El stock de capital acumulado durante catorce años en esas cuentas, deducido el obsceno monto de 9000 millones de dólares en comisiones, regresa al canal legítimo de un régimen previsional. Lo otro era un negocio financiero para un sistema de imprevisión social. Para adelante, será tarea de definir el mecanismo transparente de administración y control de esos recursos, que requerirá de destreza para desarmar con paciencia la temeraria estrategia de invertir fondos previsionales en acciones, fideicomisos financieros o bonos de deuda privada. La reforma de 1994 impulsada por la dupla Carlos Menem-Domingo Cavallo, con el aval y financiamiento del FMI y Banco Mundial, desfinanció al Estado al desviar los aportes jubilatorios de los trabajadores hacia las AFJP. Se diseñó así una calesita financiera abusiva: - El Estado contabilizaba un bache en la cuenta de Seguridad Social del Tesoro Nacional por el dinero girado a las AFJP. - Para cubrirlo emitía títulos públicos. - Esos papeles los compraban las AFJP. - Los adquirían con el dinero que recibían de los trabajadores. - Esos aportes antes iban al Tesoro Nacional. El Estado quedaba en una posición financiera exigente por una deuda creciente precisamente por ese desfinanciamiento de la Seguridad Social. Las dificultades para cerrar ese déficit se agudizaban debido a que siguió pagando los haberes. Ese desequilibrio de las cuentas públicas provocó el incremento de la tasa de interés del endeudamiento necesario para cubrir ese bache. El costo de esa calesita fue una de las más pesadas mochilas que dejó la década del noventa. Teniendo en cuenta que la deuda del sector público nacional se incrementó en 66.500 millones de dólares entre diciembre de 1994 y de 2001, el sistema de AFJP explica por sí sólo 41.300 millones de dólares de ese aumento (el 62 por ciento). Ese monto surge de 31.800 millones de dólares de emisión de títulos públicos para compensar los fondos no ingresados, a los que se sumaron 9500 millones de dólares por el costo del endeudamiento por este concepto, con una tasa de interés promedio de 9,6 por ciento anual. Varios son los hechos que se fueron revelando acerca de la inutilidad de la vigencia de AFJP. La más grosera es que el Estado tuvo que salir a completar el haber paupérrimo que entregan las AFJP a los ya jubilados privados. Como el dinero acumulado en los fondos privados, a lo que se le suma el aporte público que marca la ley (la prestación básica universal y la de permanencia), resulta una jubilación por debajo de la mínima, la Anses salió a completarla para alcanzar ese piso. Parece un absurdo si se tiene en cuenta que en su momento se presentó la reforma como más conveniente frente un régimen público de reparto, y ahora es el fisco el que tiene que venir a rescatar a los jubilados privados de haberes miserables. La capitalización privada no redujo –como se argumentaba– la evasión o morosidad previsional. Además hay una baja proporción de aportes efectivos. Sólo el 40 por ciento de los afiliados contribuye al sistema. Los aportes voluntarios son insignificantes en relación a la recaudación total (0,3 por ciento), siendo que uno de los eslóganes de propaganda era que los afiliados iban a optar por engrosar sus cuentas porque verían que el sistema era muy bueno. El nuevo régimen no incentivó la afiliación y la relación entre aportantes y la población ocupada se redujo del 42,3 al 38,6 por ciento. En cuanto a la supuesta competencia que se iba a producir entre las AFJP, de las 26 compañías que comenzaron a operar en 1994, hoy sólo quedan 10. Estos datos indican una tendencia a la oligopolización del mercado, que se opone a los presuntos incentivos para reducir costos y mejorar los servicios. Las AFJP se apropiaron vía comisiones, en promedio, de un tercio de los montos recaudados. Según información de la Anses, los gastos operativos del régimen público representaron entre 1999 y 2005 sólo el 1,6 por ciento de las contribuciones y los recursos tributarios percibidos con fines previsionales, lo que resulta veinte veces más barato que el costo de administración del sistema de capitalización. El sistema fue concebido para maximizar el beneficio de las AFJP. Los fondos gestionados por las AFJP se fueron incrementando gradualmente a lo largo del tiempo, pero esa creciente masa de recursos estuvo lejos de fomentar el desarrollo del mercado local de capitales. Los fondos de las AFJP no fueron canalizados hacia proyectos de inversión que apuntalaran el crecimiento económico. La supuesta solvencia intertemporal del sistema previsional con fondos invertidos en volátiles mercados bursátiles quedó hecha añicos. Terminar con el régimen de capitalización es adelantarse y evitar que los actuales trabajadores puedan tener un panorama desolador en su etapa de retiro del mercado laboral. En países con el nivel de desarrollo de la Argentina, con su actual estructura de empleo, es imprescindible universalizar la cobertura, objetivo sobre el que se avanzó en estos años, y adoptar una visión de la jubilación basada fundamentalmente en la solidaridad intergeneracional del reparto. Poner fin, por fin, a las AFJP es en ese sentido una medida reparadora y de justicia redistributiva. azaiat@pagina12.com.ar //

domingo, 12 de octubre de 2008

N. Chomsky diserta sobre la situación en América Latina -con subtítulos en español-

Es del 2006....

Fragmento de un reportaje a N. Chomsky (17-01-2008) -con subtítulos en español-

Reportaje a Perry Anderson - en inglés -

¡Es evolución , nena!

¡Y resulta que ahora nos quieren hacer creer que la crisis es natural!

Pearl Jam / Do the evolution

_______________________________________________________________

"Crisis, pero ¿qué clase de crisis? No se trata, como algunos se ilusionan, del derrumbe del capitalismo; desgraciadamente éste no caerá si no irrumpe un sujeto social y político que lo haga caer. Y en el corazón del sistema, por ahora, ese sujeto está ausente. Pero lo que sí se ha derrumbado es el neoliberalismo, el paradigma que definió la articulación entre mercado, Estado y sociedad en los últimos treinta años y que tantos estragos causara en nuestro país. Si hay algo que celebrar es que ese modelo, en donde el capital gozó de ventajas, prerrogativas y privilegios sin precedentes, murió en medio de un colosal big bang financiero. Ahora se abre una nueva etapa y sus características dependerán de la forma en que se desenvuelvan las contradicciones sociales que brotarán en los espacios nacionales y en el ámbito internacional. También del grado de conciencia y de la capacidad organizativa de los oprimidos por el sistema y de las políticas que adopten los gobiernos.

Esta crisis constituye un gran desafío para la izquierda; la respuesta inicial del capital será, como siempre, socializar las pérdidas y garantizar la apropiación privada de los beneficios. Como observa Chomsky, para tranquilizar al capital habrá Estado, mucho Estado; de los asalariados ya se hará cargo el mercado. Habrá que luchar con todas las fuerzas para evitar que tal cosa ocurra y que la salida de la crisis –por izquierda, porque no hay otra– nos instale en un terreno desde el cual avanzar en la construcción de una alternativa socialista, la única capaz de resolver los ingentes problemas sociales, económicos y políticos, ecológicos que genera el capitalismo. Como decía Danton en el torbellino de la Revolución Francesa, en épocas como ésta se requiere de audacia, más audacia, siempre audacia. ¿La tendrá nuestro Gobierno? ¿La tendrán los gobiernos del deslavado “centroizquierda”? La ambigüedad y el “realismo posibilista” que los han guiado son la ruta segura para la profundización de la crisis y una nueva frustración."

Atlio Borón, Página 12./ 12 de octubre de 2008.

El gato se muerde su propia cola. La crisis norteamericana tiene rasgos comunes con las que se produjeron recientemente en países periféricos. La diferencia es el tamaño de la economía, el enorme poder militar y político y la persistencia del cada vez más declinante patrón dólar. La economía estadounidense da la impresión de tener una salud bien frágil y reanima viejos debates acerca del eclipse de su hegemonía en el orden mundial. La historia nos indica que los imperios no duran para siempre, y que en el largo plazo tienen un ciclo casi inexorable que marca etapas de auge y caída: desde las antiguas Grecia y Roma hasta los que en épocas más recientes lograron imponer por un más de un siglo la Pax Britannica. ¿Le tocará ahora a EE.UU. vivir una lenta decadencia como la del Reino Unido desde fines del siglo XIX hasta la segunda posguerra? ¿Podrá recuperarse gracias, en buena medida, a circunstancias excepcionales, como las guerras; a la posibilidad de descargar su crisis sobre otros países; o al derrumbe de sus rivales, como pasó con la ex URSS?

La conclusión principal que surge de ese panorama geopolítico y económico, no es, sin embargo, el definitivo derrumbe del gigante americano, aunque se empieza a revelar una verdad que no se aceptó en su momento: el Muro de Berlín no se cayó de un solo lado sino de los dos. En realidad, fue un golpe de gracia también para el capitalismo del Norte, que pensó equivocadamente en rentabilizar nuevos mercados. Algo que su propia estructura productiva necesitaba, porque las mayores desigualdades de ingreso fomentadas por los últimos gobiernos no le permitían absorber localmente gran parte de sus excedentes de producción. La salida fue recurrir al gasto público en guerras absurdas que alimentaron el terrorismo y en crear burbujas especulativas a través del sistema financiero como la de las subprime, en una sociedad ya sobreendeudada. Mientras tanto, se generaban del otro lado del muro derrumbado mafias competitivas en base a los restos del ex capitalismo de Estado o se manifestaba impotencia frente a la criminalidad internacional, bien servidas ambas por los paraísos de la droga y fiscales.

En teoría, como sucedió en otros tiempos, las consecuencias negativas de la crisis podrían dar un mayor margen de maniobra a las otras potencias mundiales, tanto a las viejas, como las que integran la Unión Europea, como a las nuevas. La UE tendría ciertas ventajas por disponer de la principal divisa rival, y algunos países árabes quisieron temerariamente aprovecharla, pero su dirigencia se enredó en el mismo software de ideas del neoliberalismo y la especulación financiera. Además, carece geopolíticamente de un poder homogéneo –que ningún Banco Central puede reemplazar– y conlleva el déficit de su escaso peso estratégico y militar, una autoamputación de origen al aceptar integrar la OTAN en vez de tener un organismo de defensa propio. A lo que se añade la presencia inquietante de Rusia y la carga que suponen los recién incorporados países del este. En el continente asiático, la gran incógnita es el futuro de China, que debe resolver aún el problema de la propia integración de su mercado nacional. Pero esto implica, en un país autoritario, ir más lentamente de lo que requiere la circunstancia de la crisis. En vez de colocar su excedente económico en la inmensa población que se halla todavía en los márgenes del crecimiento prefiere seguir guardándolo en los más seguros (sic) cajeros de Occidente, salvo que se le ocurran otros destinos, como apresurar una estrategia político-militar propia. Japón, Corea del Sur, la India, son vértices importantes de la ecuación continental cuyas reacciones pueden hacerse sentir.

Para el brasileño José Luis Fiori, que no coincide con la tesis de la decadencia del imperio americano, es necesario explicar la paradoja de la “fuga para el dólar” como respuesta a la crisis del propio dólar. Y su razonamiento es sencillo. Desde los años setenta, EE.UU. se convirtió en el “mercado financiero del mundo” y la Reserva Federal pasó a emitir una moneda nacional de circulación internacional, sin base metálica, administrada a través de las tasas de interés de la propia institución y de los títulos del tesoro del gobierno estadounidense. Esto implica que el ajuste interno de EE.UU. será distinto al del resto de los países: es un país deudor que no depende de otros para determinar cómo va a pagar su propia deuda externa. “Una mágica singularidad imbatible –dice Fiori– porque se sustenta de forma exclusiva, en el poder político y económico norteamericano.” En otras palabras, a diferencia de lo que ocurrió con el más reciente endeudamiento externo argentino, el principal deudor mundial puede atraer capitales, con la “seguridad” que le brindan (o brindaban) sus bonos estatales, para conseguir así los fondos que le hacen falta. O, en circunstancias extremas como las actuales, endeudar a sus contribuyentes, ya altamente comprometidos, emitiendo dólares para ayudar al capital en desgracia producto de una especulación desenfrenada. Pero, recordemos que aunque vivió mucho tiempo en forma parasitaria ningún artilugio financiero impidió la declinación del ex imperio británico y el esfuerzo de la banca europea para ir en ayuda del coloso del Norte es un síntoma inquietante de que los mecanismos de siempre ya no sirven tanto.

En este marco, asoman los países latinoamericanos. Desde comienzos del siglo XXI, después de padecer pasivamente las crisis de los modelos neoliberales mostraron una franca recuperación política y económica, con procesos de integración nacional y regional inéditos. Teniendo pendientes graves problemas de pobreza y distribución de los ingresos pueden disponer, sin embargo, de márgenes de autonomía impensables hasta hace poco tiempo como en los años ’30. La restauración “liberal-conservadora” está retrocediendo, mientras comienza a prevalecer una visión que recupera el rol de los Estados nacionales por sobre los mercados autorregulados y el endeudamiento externo. Desde la periferia de la economía mundial se está potenciando así un nuevo mapa del mundo, con el adicional protagonismo de una insospechada América latina, que aunque seguramente se verá afectada por la crisis, pone en cuestión en su mismo continente el poder norteamericano. En todo caso, la consolidación de bloques regionales, la aparición de monedas competitivas del dólar y el paulatino abandono, en muchas partes, de los presupuestos del neoliberalismo, constituyen tendencias opuestas que abren un interrogante sobre la evolución futura de la economía mundial. Si no podemos ver el final del túnel, al menos es necesario avizorarlo.

Para terminar, una reflexión más. El salvataje actual no puede compararse al intervencionismo de corte keynesiano para elevar la demanda efectiva, como sucedió con el New Deal de Roosevelt. Su objetivo es otro: salvar a empresas en bancarrota, a grandes financistas e inversores, aun a costa de la salud económica de la mayoría de la población. Se trata de una socialización de las pérdidas de los ricos. Estamos en el terreno, como dice John Lipsky, director general adjunto del FMI, de “pensar lo impensable”, es decir recapitalizar entidades financieras con el dinero público, lo que en otra época se llamaba nacionalización. El capitalismo liberal norteamericano se ha transformado, vaya paradoja, en un capitalismo de Estado al estilo del de la ex URSS.

Mario Rapaport, Página 12./ 12 de octubre de 2008

jueves, 9 de octubre de 2008

Falleció Nicolás Casullo

Murió Nicolás Casullo Nicolás Casullo, que falleció hoy a los 64 años, fue artífice de una obra en la que se dedicó a repensar la función del lenguaje y las palabras además de desarrollar una crítica cultural que cuestionó los paradigmas dominantes de la sociedad contemporánea. Militante de la palabra, intelectual ligado al reciente grupo Carta Abierta, que defendió los postulados del gobierno de Cristina Kirchner frente al conflicto con el campo, Casullo tuvo un compromiso social y político durante la época de los 70 que lo condujo al exilio. Un compromiso que prosiguió a su regreso al país siempre a través de la discusión, las clases y sus escritos. En su ultimo libro "Las cuestiones" (2007), "Casullo aborda el tema de la violencia a partir de una carta del filósofo Oscar del Barco que golpeó mucho entre la intelectualidad porque planteaba el 'no mataras' como eje de la discusión, un tema que el retoma y desarrolla aún más", recordó hoy el filósofo José Pablo Feinmann. Este investigador y académico, ganador del Premio Konex 2004 al Ensayo Filosófico, fue un defensor de lo que denominaba la "crítica de la sospecha" o la "crítica radical" encarnada por Jean-Jacques Rousseau, Karl Marx, Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche, György Lukács, Karl Kraus, Theodor Adorno, la Escuela de Frankfurt y gran parte del romanticismo. Profesor titular e investigador en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Quilmes de las cátedras "Historia de las ideas modernas", e "Historia del arte"; Casullo dedicó gran parte de su obra a cuestionar las investigaciones académicas acotadas, rutinarias y seriales que, a su criterio, determinaban "la vejez de las antiguas posturas". Sus numerosos ensayos están centrados en recuperar la memoria, historia y trayectoria de la lógica social, ideológica y política para reponer una crítica cultural que no sólo impulse estudios parciales, sino que cuestione los fundamentos de una sociedad contemporánea globalizada y trasnacionalizada. Entre éstos se encuentran "Comunicación, la democracia difícil" de 1985; "El debate modernidad-posmodernidad", publicado en 1989; "Viena del 900, la remoción de lo moderno", editado en 1990; e "Itinerarios de la modernidad", de 1994. También fue autor de los ensayos "París 68, las escrituras y el olvido" (1998); "Modernidad y cultura crítica" (1998); "Sobre la marcha: política y cultura en la Argentina" (2004); y "Pensar entre épocas" (2004). Casullo -quien se desempeñó como Director de la Maestría de Comunicación y Cultura de la UBA y fue miembro de la Comisión de Doctorado de la Facultad de Ciencias Sociales- dirigió la revista "Pensamiento de los Confines". Esta revista, lanzada en 1995, contó con la colaboración de amigos y colegas, entre otros, Alejandro Kauffman, Matías Bruera, Ricardo Forster, Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Gregorio Kaminsky, Eduardo Gruner y Damián Tabarovsky. Se trató de una publicación de pensamiento contestatario, que buscaba reponer una mirada crítica, profunda y radicalizada sobre la sociedad actual, que reunía, entre otros textos de Thomas Mann, Gilles Deleuze, Samuel Beckett, Franco Rella y Nicolás Rosa. Este académico escribió en 1969 su primer novela, titulada "Para hacer el amor en los parques"; tras lo cual le siguieron otras dos; "El frutero de los ojos radiantes" en 1984 y "La cátedra", en 2000. Quien fuera profesor de Estética, Historia de las Ideas e Historia del Arte en la UBA también apostó en sus trabajos a recuperar la escritura como momento de investigación y de iluminación. Investigador incansable e inconformista, expresó en sus obras su rechazo y disgusto respecto de cómo se presenta y cómo se discute en la actualidad la condición social, histórica y humana. Su espíritu inquieto, como lo calificó Feinmann, se extrañara en esas aulas universitarias que Casullo llenó de compromiso y conocimiento, una ausencia que se empezará a presentir desde hoy cuando sus alumnos concurran a la Biblioteca Nacional a despedir al querido maestro. Publicado en Página/12, el 9 de octubre de 2008
_______________________________________________________________
El escritor, ensayista e intelectual Nicolás Casullo, falleció a los 64 años y sus restos eran velados esta tarde en la Biblioteca Nacional en Las Heras y Agüero. Una de las primeras repercusiones de su fallecimiento provino del decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Federico Schuster. "Es una enorme tristeza porque se trata de una persona entrañable a la que aprendí a querer mucho, un gran profesor de nuestra facultad y un gran intelectual", dijo Schuster, quien destacó la "estatura humana y envergadura intelectual" de Casullo y afirmó que era "un lujo poder leerlo". "Esta es una pérdida infinita para la cultura argentina. Se fue un amigo del alma, un hombre comprometido con su tiempo y el destino del país, capaz de una ética absoluta", dijo a Ricardo Foster, quien junto a Casullo y Carlos Girotti fundaron "Carta Abierta". En tanto, Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, valoró "el estilo mordaz, irónico, rioplatense" de la obra de Casullo, y recordó que vivió "en permanente exilio, aunque siempre asociado a las causas populares". Por su parte, la secretaría de Derechos Humanos expresó, en un comunicado, su pesar por el fallecimiento del novelista, al considerar que su muerte es una "sensible pérdida para la cultura nacional". Trayectoria. El intelectual fue el principal inspirador del grupo Carta Abierta. Fue ganador del Premio Konex 2004 al Ensayo Filosófico, fue un defensor de lo que denominaba la "crítica de la sospecha" o la "crítica radical" encarnada por Jean-Jacques Rousseau, Karl Marx, Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche, Georgy Lukacs, Karl Kraus, Theodor Adorno, la Escuela de Frankfurt y gran parte del romanticismo. En el ámbito académico fue profesor titular e investigador en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Quilmes de las cátedras Historia de las ideas modernas , e Historia del arte . Casullo también se desempeñó como Director de la Maestría de Comunicación y Cultura de la UBA y fue miembro de la Comisión de Doctorado de la Facultad de Ciencias Sociales. Entre sus numerosos ensayos se cuentan Comunicación, la democracia difícil de 1985; El debate modernidad-posmodernidad , publicado en 1989; Viena del 900, la remoción de lo moderno , editado en 1990; e Itinerarios de la modernidad , de 1994. También fue autor de: París 68, las escrituras y el olvido (1998); Modernidad y cultura crítica (1998); Sobre la marcha: política y cultura en la Argentina (2004); y Pensar entre épocas (2004).Dirigió la revista Pensamiento de los Confines , lanzada en 2006, donde contó con la colaboración de amigos y colegas, entre otros, Alejandro Kauffman, Matías Bruera, Ricardo Forster, Héctor Schmucler, Oscar del Barco, Gregorio Kaminsky, Eduardo Gruner y Damián Tabarovsky. Su primera novela, Para hacer el amor en los parques , la escribió en 1969, y le siguieron otras dos; El frutero de los ojos radiantes en 1984 y La cátedra , en 2000. Nicolás Casullo nació en Buenos Aires en 1944 y vivió parte de su vida en barrio porteño de Almagro. En noviembre de 1974 debió exiliarse en el exterior. Primero fue Cuba, después Venezuela, hasta llegar a México en 1976, donde ejerció como profesor de la Universidad de México (UNAM) y vivió hasta 1983, cuando regresó al país.
Agencias DyN y Télam , publicado por La Nación, 9 de octubre de 2008.
__________________________________________________________________
La (s) derecha (s)
Por Nicolas Casullo * A partir del triunfo de Macri en la Capital y del tipo de efervescencia ideológica que lo acompaña mediáticamente, creo que comienza un tiempo donde el centroderecha se piensa a sí mismo y lleva a que se lo piense de manera más detallada. Hasta hace un par de semanas la derecha aparecía al interés divulgativo como un conglomerado informe, bastante indiferenciado, con algunos referentes en estado potencial e intercambiables. La situación ha variado con esta conmoción porteña y la propia derecha necesita asumirse en el actual escenario político nacional con sus perfiles más definidos. ¿Es todo un mismo conglomerado que puede ser referido a cualquiera de las figuras que hoy se sitúan básicamente desde una perspectiva antikirchnerista? ¿Es una interna entre equivalentes, que la desesperación del establishment y su periodismo llama a aliarse cuanto antes? La patética izquierda radicalizada tiene la costumbre de saldar de esa forma: todo es lo mismo menos yo. Todo eso sería la derecha. Pero en todo caso se perciben las primeras tomas de conciencia del significado del triunfo de Macri, aun para aquellos intelectuales antikirchneristas que de pronto olfatean vientos antiguos y por demás reconocidos. Los “derechos humanos son cosas del pasado”, “hay que echar a 20 mil personas”, “no hacen falta identidades políticas para solucionar los asuntos de los vecinos”. Las palabras despabilan memorias y conciencias. Me parece que el propio centroderecha buscará ahora distinguir sus perspectivas, sus lineamientos dentro del sistema democrático, sus existencias diversas. Tenemos derechas programáticas que reivindican la clásica política y a un electorado que escucha claramente sus planteos y acuerdos, sus cosmovisiones, como pueden ser el liberalismo republicano de López Murphy, o una variable duhaldista-kirchnerista detrás de la figura de Lavagna. Esta sería una derecha con sus bemoles particulares parecida a las de Uruguay, Chile, Brasil, México, España. Tenemos además, en Capital Federal, el macrismo como la derecha cualunquista, antipolítica, un populismo neomenemista que aglomera desde jóvenes gerentes de universidades privadas hasta resentidos desplazados de los ’90, muy cercana a Blumberg con su mágico orden policíaco, con una mentalidad gerencial donde Macri plantea no dimensiones políticas sino que ya compró la “empresa Buenos Aires” y antes de ocuparla se la deben dejar solvente, ajustada y en blanco. Creo que esta diversidad de centroderecha se irá aclarando de aquí en más. * Ensayista, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). // Página 12. Octubre 9 de 2008.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Gracias por los servicios prestados...

Todavía quedan 4 meses de mandato. Mientras tanto el huracán George Wild sigue siendo el azote del mundo y actúa para que no lo olviden fácilmente. De todos formas, no se ilusionen demasiado.... A continuación , tres videos con dedicatoria: Pearl Jam x dos con BushLeaguer y RATM con Testify

domingo, 21 de septiembre de 2008

Yelena y los saltadores ¿Y si se cumple la profecía y no nos para nadie?

Ahora seguramente acondicionarán su discurso. Hace un tiempo cuando la crisis no entraba en su visión directa o perifíerica, intentaban explicar la bonanza 2002-2007 argumentando que se trataba de un ciclo de crecimiento en dos fases. La primera , en un ejemplo supremo de intrepidez intelectual, era la fase de privatizaciones y desregulación que el ex-presidente Carlos Saúl Menem llevó a cabo en los años 90; la segunda es precisamente ésta o la que abarcó el ciclo de la presidencia de Néstor Kirchner. Tenemos que mantener alerta nuestra capacidad de asombro, dado que ante la crisis que se abate sobre el sistema financiero internacional ofrece oportunidades irrepetibles. Estos maestros del pensamiento intrépido, harán que los límites siempre sean superados, como si fueran saltadores émulos de Yelena Isinbayeba. No sería disparatado pensar, en este contexto, que la verdadera razón por la que se eliminaron vías férreas, se privatizaban aviones, barcos y lo que venga, emerja en naves espaciales como lo pregonaba el siguiente personaje:

viernes, 19 de septiembre de 2008

¿Y si ya no hay tres mundos sino uno?

ONE WORD
(Sting)
Un mundo es bastante
Para todos nosotros
Un mundo es bastante
Para todos nosotros
Es un tema que mencionamos raramente
Pero cuando nosotros tenemos
esta pequeña invención
fingiendo que son ajenos a mi
Demuestro mi responsabilidad
Un mundo es bastante
Para todos nosotros
Un mundo es bastante
Para todos nosotros
El Tercer mundo respira nuestro aire mañana
Vivimos en el tiempo que pedimos prestados
En nuestro mundo hay tiempo para el dolor
En su mundo no hay lugar para mañana
Un mundo es bastante
Para todos nosotros
Un mundo es bastante
Para todos nosotros
Parece millón de millas lejos cercano
Un mundo…

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Tanto va el cántaro a la fuente....

....y al final, ¿se rompe?
El cine americano se la pasó jugando con imágenes apocalípticas: desde invasiones extraterrestres, monstruos surgidos de la entraña de la Tierra, fenómenos climáticos, pestes virósicas y de locos terroristas. Con una fascinación digna de un psicótico, atrajo a sus propios ciudadanos a presenciar su propio fin, mientras los grandes estudios se llenaban los bolsillos.

Con el 11-S la cosa cambió: las imágenes no satisfacían el morbo si que cumplían el rol de hacer catarsis ante el horror vivido en la propia carne. Pocos pensaron que el origen del mal estaba en el propio cuerpo. Nadie sabe cuál será el resultado final de la hecatombe financiera que sufre la economía de Estados Unidos, si es el comienzo del fin o el Gigante podrá reponerse como lo hizo en otras ocasiones. Lo cierto es que la génesis de la destrucción no vino de otras dimensiones, planetas o fronteras: estaba en el seno de su propio cuerpo: la voracidad del sistema hizo que no bastaran las riquezas de otras naciones, sino que se comió sus propias entrañas y ahora se desangra. Aunque no es una película americana, viene al recuerdo "Las invasiones bárbaras" (2003-Denys Arcand, Les invasions barbares /Canadá-Francia, 2003, 99'), en la que el personaje central Remy, justo tras el atentado a las Torres Gemelas, debe enfrentar a un cáncer terminal en un hospital público de una ciudad canadiense y para morir con dignidad debe recurrir a las habilidades non sanctas (y al dinero) de su hijo. Son muchas las comparaciones que pueden hacerse entre el momento actual de USA y esta película. Veremos qué hace este Gigante herido y qué parte nos toca a nosotros. La globalización permitirá seguramente repartir las pérdidas y el pago de los platos rotos (que usaron otros) a todo el mundo. Mientras tanto, los brujos vernáculos y foráneos siguen diciéndonos qué hacer.

La secta de los Brujos. Por Alfredo Zaiat Uno de los principales problemas para comprender la dinámica de los procesos económicos en estos años de ruptura de paradigmas hegemónicos, y en particular hoy sobre el origen y el desarrollo de la mayor crisis financiera mundial desde el crac del ’29, es que todavía se sigue abordando los acontecimientos con categorías del pensamiento neoliberal. Las bases materiales y políticas han cambiado en la región, incluyendo la Argentina, pero la conciencia colectiva aún continúa dominada por las ideas de la ortodoxia liberal. Este comportamiento no es por una obstinación masoquista, sino que el poder –o sea, el económico– ha triunfado en esa batalla cultural. Tanto pontificar sobre las bondades del libre mercado y la desregulación financiera global han logrado colonizar la opinión de una mayoría. Para ello cuentan con el invalorable aporte de gran parte de los medios, que convocan a opinar sobre el derrumbe del sistema financiero de la potencia mundial a abanderados del ideario que desembocó en el crac. Dos casos son el colmo de la autoflagelación argentina: Ricardo López Murphy, ministro del ajuste salvaje de la Alianza y líder de la ultraliberal Fiel, y Claudio Loser, funcionario de carrera por treinta años en el FMI, institución que alentó la liberalización del movimiento de capitales especulativos. Ambos son invitados a explicar la crisis y, aún más, aconsejar sobre lo que tiene que hacer Argentina. La lista de los profetas del fracaso es larga, miembros de una secta de brujos que alcanza el absurdo de sentenciar que “algunos problemas de la Argentina reduce el impacto de la crisis”. ¿Qué “problemas” son los que permiten estar aislados del derrumbe de los cimientos del mundo especulativo global? La dedicación que ponen los voceros del establishment para ser parte de una crisis es conmovedora. Lo que es virtud es travestido en problema. Argentina pudo salir de la trampa financiera externa a un costo inmenso por la inconsistente convertibilidad, modelo apoyado y elogiado por ese grupo de economistas del fracaso. El peso de la deuda estaba hundiendo a la economía en la pobreza y la exclusión. Era imprescindible salir de esa trampa. Para ello se tuvo que declarar el default porque no había otra alternativa. El default resultó, entonces, una de las condiciones para la rápida recuperación posterior, no solamente por el efecto fiscal de la suspensión de pagos, sino principalmente porque liberó a la política económica de la necesidad de emitir señales para facilitar la renovación de los pagos de deuda. El hecho de no requerir fondos externos frescos, de origen privado o multilateral, permitió desarrollar una política macroeconómica pragmática, enfocada en la estabilización del mercado de cambios y en la rápida recomposición de los ingresos fiscales. El éxito de esta política proporcionó el marco de la recuperación. Luego se concretó el proceso de reestructuración de la deuda, con quita de capital y extensión del cronograma de pagos de los vencimientos, sin el aval del FMI y con Wall Street en contra. A la vez, el proceso de inversión a ritmo sostenido en este período se sostuvo con ahorro interno, acumulado por el stock de capitales en dólares retirado del circuito en los últimos años de la convertibilidad y por las abultadas ganancias contabilizadas en el período 2002-2007. La reimplantación de controles cambiarios forzó a los exportadores a liquidar en el mercado local buena parte de las divisas generadas por el comercio internacional, y por otro limitó las salidas de fondos por la cuenta de capital. En tanto, el acopio de reservas en las arcas del Banco Central fue dinamizado por un tipo de cambio alto, que impulsó las exportaciones y desaceleró el avance de las importaciones acompañado de elevados precios internacionales de los commodities, lo que permitió revertir el déficit de cuenta corriente, principalmente a través de la generación de importantes superávit comerciales. Y el establecimiento de derechos de exportación (retenciones) capturó para el fisco una parte del efecto favorable de la devaluación sobre las exportaciones agropecuarias. Esto contribuyó en gran medida a la recomposición del equilibrio fiscal. Además, atenuó el impacto sobre los precios internos y, por ende, sobre los salarios reales. Entonces, el default, posterior reestructuración de la deuda, la inversión productiva con ahorro interno, control de capitales, retenciones, tipo de cambio elevado constituyeron el cerco que permitió aislar al país del crac de Wall Street. Esa desconexión del frenesí del casino global ha sido una vacuna que ha inmunizado por ahora a la economía doméstica. Pese a ello, ese aislamiento es un “problema” para los economistas que siguen contaminando con el virus neoliberal la conciencia colectiva. Ya se conocen las soluciones a los problemas que tienen en carpeta, que a esta altura son anacrónica. Su faro en el mundo libre está siendo enterrado, emergiendo la United Socialist State Republic of America, como definió Nouriel Rubini, que después de la nacionalización de Fannie Mae y Freddie Mac involucrando 200 mil millones de dólares, ayer los camaradas Bush, Paulson y Bernanke profundizaron la revolución bushevique destinando 85 mil millones de dólares para salvar de la quiebra a AIG, una de las tres principales aseguradoras del mundo. En algún sentido se entiende la desesperación de la secta de brujos: su mundo, ideas, postulados y teoría se han derrumbado junto a Wall Street. Otra concepción económica, si el corazón del capitalismo aspira a salvarse, pasará a ser la hegemónica. Mientras, por esa particular vocación autodestructiva del establishment doméstico, ellos seguirán hablando por radio y televisión. azaiat@pagina12.com.ar

domingo, 14 de septiembre de 2008

¿ Y si la libertad no tiene precio?

"Nosotros queremos que llegue el día en que nosotros podamos decirles a ellos y a ellas, a nuestros muertos y a nuestras muertas,
tres cosas nada más: no nos rendimos, no nos vendimos, no claudicamos." SCM

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Perry Anderson: Una visión de una década trágica

DEMOCRACIA Y DICTADURA EN AMERICA LATINA EN LA DECADA DEL ’70 Perry Anderson En primer lugar, tendré que pedir su indulgencia, tanto por la forma como por la substancia de esta charla, ya que, por un lado, hablo muy mal castellano y, por el otro, las conclusiones de la reflexión que voy a desarrollar me resultan muy desagradables. Si hace diez años hubiéramos mirado el mapa político de América del Sur habríamos advertido la presencia de dictaduras militares en todos los países del continente, salvo en Venezuela y Colombia. Diez años más tarde, encontramos gobiernos civiles en todos los países, excepto en Chile y Paraguay; evidentemente un cambio espectacular. Pero, ¿cuál es sus significado histórico? Existe una vasta literatura al respecto y me parece que hay dos temas que han adquirido algo así como una fuerza consensual en la mayor parte de esta literatura. La primera tesis indicaría que los regímenes militares han dejado el poder, o han sido expulsados de la escena política, porque fracasaron. Después de sus crímenes y de los disparates cometidos en el ejercicio del poder, las dictaduras pretorianas han caído en un profundo descrédito en la América del Sur. Segunda idea: la democracia que ha sobrevenido después de este decenio de dictaduras represente la victoria del nuevo conjunto de valores políticos en el continente; son los valores de la concertación y el pluralismo, del respeto de las leyes, configurándose así una nuevo moderación y civilidad. Un gran economista político de los EE. UU., Albert Hirschman, ha teorizado al respecto diciendo más o menos que la democracia en América Latina, hoy, debe ser concebido no en términos de las condiciones socioeconómicas, sino de las actitudes políticas con respecto a la democracia (lo que él denomina “una renuncia a las certezas”) tanto sobre la convicción ideológica como sobre su viabilidad política. También puede observarse una postura no tan distante en la propia izquierda latinoamericana, sintetizada tal vez en el famoso lema de Norberto Lechner (“de la revolución a la democracia”) o, quizás, en el título del mexicano Enrique Krause: “Democracia sin adjetivos”. Hoy me propongo desarrollar una reflexión algo crítica respecto de estas dos concepciones tan difundidas; vale decir, la dictadura concebida como fracaso y la democracia concebida como conjunto de normas y discursos. Y quiero comenzar sugiriendo un enfoque un poco heterodoxo, para averiguar los orígenes de las dictaduras militares en sí mismas, un enfoque que pueda ayudarnos a entender sus desenlaces. Ahora, si consideramos la época que va más o menos desde la caída de Allende hasta la guerra de las Malvinas, podemos observar una paradoja en términos de la literatura más antigua sobre la democracia, una literatura que –en contraste con la posición de Hirschman– subraya las condiciones socioeconómicas para el establecimiento de una democracia. De acuerdo con los criterios de esta literatura, uno esperaría que, allí donde el desarrollo capitalista fuera más avanzado (en términos de grado de acumulación, implantación de industrias modernas, tasas de urbanización, niveles de alfabetismo, tradiciones culturales, etc.), encontraríamos regímenes políticos más representativos, es decir, democracia presidenciales o constitucionales con libertades cívicas y pluralidad de partidos, mientras que allí donde hay sociedades más atrasadas socialmente, con menos preparación cultural y una industrialización más débil o más reciente, probablemente encontraríamos, por el contrario, regímenes más rudimentarios o represivos, tiranías policiacas o militares. Esta perspectiva es plausible en sí misma si uno la piensa desde la perspectiva del capitalismo metropolitano, donde (por ejemplo, en los catorce o quince países de la Organización para el Desarrollo y Cooperación Económica Europea ‑OCDE–), hay una correlación altísima entre el grado de desarrollo económico y la estabilidad de la democracia participativa. Sin embargo, en América del Sur, entre 1973 y 1982, esta correlación aparece invertida. En esta región, las dictaduras más sangrientas y represivas se encontraron en las sociedades social y económicamente más desarrolladas del continente, esto es en Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, mientras que las democracias más o menos precarias que se podrían encontrar se localizaban en sociedades menos avanzadas en su parque industrial o configuración, esto es, inicialmente, sólo en Venezuela y Colombia. Después fue en Ecuador y Perú que se inició la paulatina evolución hacia una democratización del dominio militar a fines de la década del ’70. Mi primera pregunta es la siguiente: ¿Cómo podría explicarse esta disociación y recombinación sorprendente de desarrollo socioeconómico y libertad política en América de Sur? Se trata de un problema obviamente complejo cuya causalidad debe ser sobre-determinada y voy a sugerir solamente un hilo conductor heurístico que, seguramente, tendrá que ser afinado y enriquecido ulteriormente. La hipótesis que deseo sugerir es que la clave para comprender la paradoja cartográfica de la década del ’70 tal vez se encuentre en la correlación de dos fuerzas sociales básicas en esta sociedad. Es decir, por un lado, la clase terrateniente, el capital agrario en el campo, y, por el otro, la clase obrera o la mano de obra en las ciudades. Subrayo la heterodoxia de este enfoque porque la relación entre estas dos clases es –por decirlo así– diagonal. No es la relación –más lógica– entre capital agrario y trabajo agrario, o por otro lado, entre el capital industrial y el trabajo industrial. No niego la importancia de estos otros ejes, pero el que he indicado me parece más crucial para estos años. Permítanme ahora explicar qué fue lo que inicialmente me incitó a adoptar esta perspectiva: fue una meditación –en 1980– sobre el enigma de la democracia venezolana. En aquel momento, Venezuela era el país menos típico del continente, se podría decir. He mencionado Venezuela entre otros países andinos, cuando en realidad constituye un caso único en muchos sentidos, pues en Venezuela –y sólo allí– se dio el caso de una democracia representativa plenamente estabilizada, es decir con treinta años de alternancia regular de partidos competitivos en el poder, basada en el sufragio universal efectivo y en una participación electoral masiva. Esta experiencia fue mucho más larga, claro, que la democracia en Perú o Ecuador, y mucho más profunda que en Colombia, donde –en la década del ‘70– los niveles de votación no superaron en mucho el 30 o 40%. En Venezuela, en cambio, un 80% de la población acude a las urnas y los dos grandes partidos, Acción Democrática y COPEI –que responden respectivamente a una orientación social‑democrática y social cristiana– cuentan cada uno con más de un millón de afiliados, en una población de no más de 14 millones, es decir que presentan niveles de implantación y organización partidaria comparables a los que exhibe la social-democracia alemana o la democracia cristiana italiana actual. Ahora, ¿cómo se explica este éxito político inhabitual de la democracia participativa en Venezuela? Hay una respuesta muy convencional: la riqueza petrolera. La idea más difundida ‑incluso en Venezuela– es que la riqueza petrolera ha posibilitado una incorporación pacífica de las masas a las instituciones políticas, masas que –en otra parte y otras condiciones– habrían sido demasiado peligrosas; es decir, el esquema general es la idea de que el petróleo ha permitido una especie de captación de sectores populares. Sin embargo, si bien es evidente que la renta petrolera ha sido una condición necesaria de la democracia venezolana, no es del todo claro que haya sido una condición suficiente. Es necesario no exagerar o aislar este factor, ya que, evidentemente, hay otras sociedades con niveles aún mayores de renta petrolera que no muestran empero la más mínima propensión al establecimiento de una democracia representativa –como, por ejemplo, Kuwait o Libia– aunque sí han manifestado una cierta capacidad para redistribuir efectivamente la renta petrolera. Por otro lado, el 20% de la población venezolana más pobre no recibe más que el 3% del ingreso nacional, aproximadamente, porcentaje éste que no ha evolucionado mucho en los últimos veinte años. En muchos sentidos, Venezuela constituye hoy en día una sociedad más cercana al modelo de una sociedad subdesarrollada tropical, que al que han adoptado las que pueblan la cuenca del Río de la Plata. ¿Cómo ha logrado, entonces, una democracia tan estable? La respuesta que voy a sugerir se divide en dos partes. El primer factor de este éxito ha sido, creo, la debilidad de la clase terrateniente tradicional de Venezuela. En casi toda América Latina, los hacendados han sido tradicionalmente el baluarte del conservadurismo político. Pero en Venezuela, por una serie de razones históricas (la elite colonial fue diezmada por las luchas de la independencia, guerras civiles y disturbios sociales –de efectos devastadores– a mediados del siglo XIX, un patrón muy discontinuo de la base física del cultivo del cacao y café y la cría de ganado, una tiranía muy regionalista y personalista de Juan Vicente Gómez en los albores del siglo XX –perjudicial para cualquier dominio colectivo de clase– y también, sobre todo, el auge petrolero de las décadas del ’20 y del ’30, que coincidió con la gran depresión), el rol de la tierra como fuente de capital e inversión fue marginalizado. De ahí que la consecuencia acumulativa de los factores apuntados haya provocado la ausencia en Venezuela de una oligarquía terrateniente en lo que va del siglo. Pero hay una segunda parte en la solución del enigma, y es la debilidad simétrica, también, de la case obrera. El núcleo histórico de la clase obrera venezolana ha sido el proletariado petrolero del lago de Maracaibo, que ha jugado un papel muy importante en el derrocamiento de los regímenes militares que sucedieron a la tiranía de Gómez. Pero este proletariado constituye un grupo numéricamente muy limitado en una industria sumamente capitalizada. En los años ’70, alrededor del 75% de los ingresos del Estado (y un 90% de las exportaciones) eran generados por un 3% de la mano de obra venezolana. La consecuencia sociológica ha sido la ausencia de cualquier concentración masiva de obreros en esta industria, si bien sus salarios son relativamente altos y la industria ha permitido el crecimiento de sectores de servicios vastísimos alrededor de su núcleo, generando así capas muy amplias de empleados y profesionales. Venezuela presenta por lo tanto una sociedad con una urbanización muy rápida –el 80% de sus habitantes vive actualmente en las ciudades– y carece de una sindicalización poderosa; el sector petrolero es numéricamente ínfimo, pero económicamente privilegiado. Esta situación contrasta marcadamente con los principales sectores exportadores de otros países del continente –Bolivia, Argentina, Uruguay, Chile– cuyas clases obreras poseen grados de concentración cuantitativa, combatividad y conciencia de clase, de los que carecen básicamente en Venezuela. Como dato significativo, los sondeos de opinión demuestran que solamente un 4% de la población venezolana se autodescribe como “obrera”, un 6% como “clase baja”, un 25% como “pobre” y alrededor de un 57% como “clase media”. Por lo tanto, las clases trabajadoras –en este sentido, la clase obrera– constituye una presencia modesta y pacata en la vida nacional, integrada corporativamente en la maquinaria del partido Acción Democrática, aunque con un rol muy pasivo dentro del partido, liderado esencialmente por cuadros de la clase media. Sintetizando estas reflexiones, es la falta de una clase hacendada fuerte lo que determina la ausencia de una oligarquía agraria clásica, la cual, junto con la carencia de una clase obrera fuerte, determinó la ausencia de un movimiento sindical poderoso –no digamos socialista– que ha sido la fórmula sociológica para la estabilización de la democracia burguesa, basada esencialmente en las clases medias que existen entre ambas. Miremos ahora hacia el Cono Sur. Allí encontramos las peores dictaduras de la década del ’70, aunque históricamente en esas regiones se hayan dado las sociedades más avanzadas del continente. ¿Cómo explicar esta configuración? Mi hipótesis es la siguiente: la clave para entenderla es una correlación de fuerzas sociales básicas, diametralmente opuestas a la venezolana, es decir, una combinación de clases terratenientes tradicionalmente fuertes, con movimientos obreros tradicionalmente fuertes también. Claro que los tres casos no pueden ser automáticamente asimilados, pero hay rasgos comunes en este sentido. Es decir, la fuente principal de riqueza nacional –la acumulación de capital– en Argentina y Uruguay ha sido siempre agraria y en ambos casos se fueron aglutinando sucesivas empresas financieras y actividades industriales alrededor de un núcleo original de capital agropecuario. Las inversiones rurales irían diversificándose y amalgamándose en las diversas inversiones de empresarios urbanos e industriales propios. El sector bancario es el puente normal entre ambos tipos de inversión, capitalizando fortunas agrarias en operaciones de intermediación y especulación. Todo este proceso ocurrió durante una época de urbanización masiva y ascenso de una clase media numerosa y muy activa. Sin embargo, aún después de la Segunda Guerra Mundial, grupos terratenientes de gran tradición, tenaces y poderosos, siguieron ejerciendo una muy importante influencia en el bloque de poder de cada sociedad. Hay varias razones, tanto materiales como culturales para esto, pero el factor más importante fue el peso absolutamente dominante en el paquete de las exportaciones argentinas y uruguayas del eje de la agricultura. La carne y el trigo han seguido siendo las mercancías dominantes. Chile es distinto, porque allá el cobre ha sido el principal producto exportador, inicialmente controlado por el capital extranjero y luego por el Estado. Y allí también la reforma agraria de la democracia cristiana disminuyó notablemente el peso del gran propietario rural en el bloque dominante. En este sentido, las exportaciones chilenas han sido mucho más diversificadas, pero, aun así, es significativo que el modelo económico del régimen de Pinochet haya dado tanta importancia a la reconversión, precisamente de una agricultura exportadora. El principal –casi el único– éxito entre 1976 y 1980 ha sido la promoción de la fruta, legumbres, vinos, etc. generada por un “agro business” modernizado chileno. Al mismo tiempo, el capital agraria en estos tres países también enfrentaba tradicionalmente movimientos obreros poderosos, organizaciones sindicales o partidarias, como el peronismo en la Argentina, los partidos socialista y comunista en Chile y más tarde la CGT en el Uruguay, instalados en los sectores clave de la economía, vg. Transportes, operaciones portuarias e industrias de transformación, en frigoríficos o en la minería. En estos tres casos las clases obreras en cuestión han mostrado históricamente altos grados de combatividad, conciencia, concentración y organización colectiva. Ahora bien, esta fórmula de la democracia venezolana no niega la presencia de clases medias importantísimas en el Cono Sur, también históricamente muy significativas en el pasado (pienso en el radicalismo, en el batllismo y en la democracia cristiana, en su tiempo, en Chile). Sólo sugiero que después de la coexistencia, el enfrentamiento entre estas dos fuerzas fundamentales ‑terratenientes y obreros– ha sido estructuralmente decisivo para el advenimiento de las dictaduras militares. Pasemos primero al caso del Brasil. Allá también, el sector exportador –después de la Segunda Guerra Mundial– seguía dominado por la agricultura (en 1945, el café representaba el 60% de las exportaciones, y en 1960 todavía estaba en alrededor del 40%). Sin embargo, en Brasil el mercado interno fue siempre mucho mayor y el capital industrial mucho más central para la economía en su conjunto que en el Cono Sur. Este capital industrial brasileño tuvo sus orígenes en la riqueza de las plantaciones, pero, hacia la década del ’50, era más autónomo de sus orígenes agrarios que en cualquier otro país. En este sentido, el peso del capital agrario en la sociedad brasileña, en términos estrictamente económicos, fue mucho menor que en Argentina o en Uruguay, por ejemplo. Pero, en compensación, se produjo en Brasil un fenómeno que no se dio en el mismo grado en el Río de la Plata: un electorado político cautivo –en el nordeste del país– de los terratenientes tradicionales de regiones de producción rural en decadencia. Este rasgo de caciquismo rural contribuyó a estabilizar el orden constitucional después de la Segunda Guerra Mundial, contrariamente a lo que ocurrió con la agricultura extensiva argentina y uruguaya, con muy poca mano de obra y donde, a mediados del siglo XX, los terratenientes carecían de correas de transmisión con el electorado popular. El predominio de la actividad exportadora en el sudeste del país, junto con el control electoral en la región del noroeste, contribuyeron en Brasil una variante más compleja de lo que puede ser todavía definido como un frente agrario. Por otro lado, la clase obrera brasileña era mucho más débil que sus equivalentes en el Cono Sur después de 1945. El Partido Comunista, inicialmente muy dinámico, sufrió una represión bastante efectiva en los dos primeros años después de la guerra. En ningún momento hubo un partido socialista de masas, y el getulismo –tanto en los sindicatos como en el Partido Travalhista– fue siempre un pálido reflejo del peronismo y mucho más frágil como legado organizativo e ideológico. Sin embargo, precisamente debido a que el crecimiento industrial brasileño fue tanto más rápido que en los demás países, el proletariado industrial incrementó su tamaño e importancia estructural a un ritmo superior al de sus equivalentes en el Cono Sur a partir de la década del ’50. Por lo tanto, también allí su potencial político estaba creciendo, mostrando una clase, un grado de militancia y eficacia cada vez mayor a partir del segundo período presidencial de Vargas. La clase obrera brasileña, que no había sido históricamente fuerte, se fortaleció rápidamente en esos años. En resumen, el carácter de las dos clases, las dos fuerzas sociales básicas, fue en el Brasil relativamente diferente, aunque dentro de parámetros semejantes, conduciendo en este caso a una dictadura que también sería algo distinta. Para completar el cuadro, mencionaré brevemente las otras dos combinaciones posibles para mostrar la lógica de mi exposición, implicadas en mi hipótesis inicial. Ya hemos visto la combinación de terratenientes débiles y obreros débiles –que es la fórmula de la democracia venezolana– y la de terratenientes fuertes y movimientos obreros fuertes –que es la formación que desencadenó las recientes dictaduras militares en el Cono Sur y en Brasil. ¿Qué sucedería si se diera una clase terrateniente fuerte con un movimiento obrero débil? Yo diría que ésa sería la fórmula de una democracia restringida, o sea el caso aproximado de Colombia, donde dos partidos oligárquicos –los liberales y los conservadores– coexisten desde el siglo XIX en una continuidad absolutamente única en América Latina. Ellos enfrentan un movimiento sindical muy pequeño, muy dividido, y una izquierda política también marginal. El resultado fue la cohabitación excluyente de liberales y conservadores monopolizando el poder y dejando muy poca libertad de elección de participación, pero, al mismo tiempo, con ciertas libertades cívicas y elecciones no fraudulentas en las décadas del ’70 y del ’80. Finalmente, queda el caso lógicamente opuesto al precedente. Es el caso de Bolivia, donde durante ese período existió el movimiento obrero históricamente más fuerte de todo el continente, basado en las minas de estaño; una clase que había hecho la revolución del ’52 y casi destruido el ejército boliviano; una clase en un estado de insurgencia constante en los años siguientes. Al mismo tiempo, durante unos veinte años, Bolivia tuvo la clase terrateniente más débil del continente, después de la reforma agraria del MNR. Eventualmente, hubo una reconstrucción del sector de las plantaciones de azúcar y algodón en el este del país, pero hasta la actualidad se puede decir que la correlación muy específica de fuerzas en Bolivia ha generado una suerte de volcán político permanente, en la medida en que el ejército boliviano, un aparato militar sin base social orgánica, trataba de contener una dinámica laboral que constantemente amenazaba transgredir los límites del modo de producción capitalista. Por lo tanto, las dictaduras militares resultantes han sido de un tipo muy esporádico e inestable, que difiere considerablemente del tipo de dictadura militar que se dio en el Cono Sur, así como del tipo colombiano de democracia restringida. Claro que esta hipótesis es muy esquemática. No he analizado el capital industrial ni el financiero, a pesar de su innegable gravitación específica; tampoco he mencionado el campesinado, factor fundamental en el fracaso, en la no realización de una revolución social en Bolivia después de 1952; no he mencionado, tampoco, la pequeña burguesía ni el sub-proletariado. Todas estas clases deberían ser estudiadas en su especificidad para llegar a lo que Marx llama “la multiplicidad de lo concreto”, pero el conocimiento científico siempre avanza a través de abstracciones simplificantes en su movimiento hacia lo concreto. Sólo me propongo afirmar que probablemente se requiera algún tipo de análisis comparativo de clase para entender el mapa diferencial de los regímenes políticos de América del Sur. Mi conclusión –provisoria– es incómoda: todo pasa, diríamos, como si las condiciones clave para la democracia en estos años exigiera un movimiento obrero débil. Venezuela y Colombia constituyen variantes de este modelo: una democracia plena o una democracia restringida. Claro que esta conclusión es exactamente lo opuesto de la sabiduría convencional de la izquierda, por ejemplo en Europa, donde suele presentarse a la democracia representativa como una conquista del movimiento obrero. Permítanme ahora pasar a la segunda pregunta: ¿Cuál ha sido, no la fórmula sociológica que originó las dictaduras militares de la década del ’70, sino su proyecto histórico y su realización (su efectos, sus resultados) histórica? Porque, claro, en el pasado latinoamericano ha habido muchas juntas, muchos generales, en el poder. Pero en la década del ’70 había una sensación muy difundida y –creo– justificada de que los regímenes de esta década representaban algo nuevo. Pero, ¿cuáles han sido efectivamente los rasgos “nuevos” del dominio pretoriano? Considero que, para entenderlos, es necesario considerar con mayor detenimiento la coyuntura económica y política de los años ’60 y ’70. Hasta ahora he hablado de estructuras sociales de manera completamente abstracta, fuera del tiempo. Pero en la realidad de tales estructuras jamás existen como hechos estáticos y aislados. Su significado y su constelación están siempre sujetos a la evolución del tiempo histórico. ¿Qué ha sido, exactamente, lo que ha precipitado las nuevas dictaduras militares sobre la base de la correlación de clases que he descrito? Esencialmente, a mi parecer, lo que denominaré “la inflexión populista”. Los orígenes del populismo latinoamericano son bien conocidos: una vez que comienza a desarrollarse un cierto grado de industrialización –por muy modesta que ésta sea al principio– bajo la corteza oligárquica tradicional empiezan a originarse presiones populares urbanas. Pero, así como el liberalismo latinoamericano del siglo pasado defería del liberalismo europeo en su carencia de un parlamentarismo censitario auténtico, el impulso populista para ampliar el marco del Estado en el siglo XX tampoco logró desembocar rápidamente en una democracia representativa genuina del tipo que siguió el orden liberal del siglo pasado en Europa. Más bien, el resultado generalizado a partir de la depresión ha sido el establecimiento de regímenes populistas que desviaron las formas parlamentarias hacia las dictaduras plebiscitarias. Los casos más famosos son, claro, los de Vargas y Perón. Estos fueron regímenes que promovieron reformas materiales elementales para las masas urbanas, buscando al mismo tiempo acelerar el desarrollo económico nacional, sobre todo en la industria, sin asegurar libertades cívicas en una vida constitucional efectiva. El populismo, por decirlo así, negó principios liberales sin afirmar principios democráticos. Sin embargo, este populismo ha dotado típicamente a los sectores laborales de América Latina de una nueva identidad y memoria política que, como hemos podido comprobar, resultó muy duradera y frecuentemente, capaz de generar mayorías electorales, a pesar de haber menospreciado a las instituciones parlamentarias, cada vez que se celebraban elecciones libres, como ocurrió en la Argentina después de la década del ’50. Ahora bien, es importante subrayar que la mayoría de estos regímenes populistas tuvieron un origen o un contexto militar, si pensamos en la figura de Perón aquí, Vargas y los militares del “Estado Novo” en Brasil, y el propio MNR en Bolivia, con sus coroneles Toro y Busch en los años ’40. Las fuerzas armadas han sido los padres –o los padrinos, se puede decir– del populismo latinoamericano en sus comienzos. Pero, a medida que el proceso populista se iba desarrollando y ganaba en autonomía, crecía la inquietud de sus promotores originales, y ello por dos razones: por un lado, la fuerza de las masas organizadas por el populismo adquiría cada vez mayo peso con el avance de la industrialización y, por el otro lado –y al mismo tiempo–, las presiones distribucionistas sobre los modelos de acumulación de capital local iban incrementándose, conduciendo eventualmente a una inflación galopante sin precedentes, en tanto las políticas de sustitución de importaciones en particular habían agotado su potencial previo. El resultado fue un nivel de desorden y tensión económica cada vez más intolerable para todas las clases sociales: hiperinflación en Argentina y Brasil, estancamiento en Uruguay y Chile. Pero, más o menos en el mismo momento en que se entraba en este atolladero económico –a comienzos de la década del ‘60– se produce una radicalización política de los elementos más activos de las antiguas coaliciones populistas, una radicalización hacia algo también totalmente nuevo, o sea una socialismo revolucionario incipiente. Aquí es imposible subestimar el impacto de la revolución cubana en la región, que transformó las coordenadas de la política latinoamericana de la década del ’60 tan profundamente como la revolución rusa lo había hecho con la política europea en la década del ’20. Paradójicamente, dos rasgos del populismo contribuyeron a esta evolución: primero, su falta total de una ideología precisa, lo amorfo del populismo, su ausencia de fronteras doctrinarias nítidas, que siempre lo dejan proclive a transvaloraciones subjetivamente socialistas; en segundo lugar, su falta de respeto por la instituciones parlamentarias de una democracia capitalista; esto también debe haberlo expuesto a una transvaloración de tipo revolucionario. Aquí hay un contraste muy marcado entre el populismo latinoamericano y la social-democracia de Europa Occidental. Claro que el impacto de la revolución cubana no se circunscribió al populismo de estos años, sino que también se hizo sentir muy rápidamente en el área del comunismo del continente y, también, del socialismo de la izquierda. En el plano político, el resultado fue la emergencia, aquí en Argentina, digamos, del ala montonera del peronismo, de los tupamaros, provenientes del antiguo Partido Socialista en Uruguay, la radicalización del Partido Socialista y la emergencia del MIR en Chile, el rápido crecimiento del Partido Comunista dentro del sindicalismo brasileño y también un deslizamiento del travalhismo hacia la izquierda, si se piensa en la secuencia Vargas-Goulart-Brizola. Este es el proceso que he denominado “la inflexión populista” hacia algo mucho más radical. Pero también es necesario subrayar que esta inflexión no comportaba solamente una radicalización ideológica, sino también un aumento de fuerzas objetivas organizadas, vale decir, un grado superior de combatividad de las masas populares del continente, expresado en su tiempo en el Cordobazo en Argentina, la victoria de la Unidad Popular en Chile, la formación tardía de la CGT en el Uruguay, junto con la emergencia del Frente Amplio y, en Brasil, la aparición también tardía de la Confederación Nacional de Trabajadores en los años ’60. En otras palabras, una dinámica inesperada y ominosa se desarrollaba en el continente que ahora amenazaba a las clases poseedoras de estos países con –al menos a sus ojos– el colapso económico y la expropiación social. Tal fue, creo, el contexto de las intervenciones militares violentas en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, en las décadas del ’60 y del ’70. ¿Cuál fue su significado? Todas ellas fueron contrarrevoluciones preventivas cuya misión primordial fue la de decapitar y eliminar a una izquierda que no se resignaba al modo de producción capitalista, sino que apuntaba directamente a un socialismo que lo trascendía. Su función esencial, primordial, pues, fue la de traumatizar al a sociedad civil en su conjunto con una dosis de terror suficiente para asegurarse de que no habría ninguna tentación ulterior de reincidir en desafíos revolucionarios contra el orden social vigente; para romper cualquier aspiración o idea de un cambio social cualitativo desde abajo; para eliminar permanentemente, en suma, el socialismo de la agenda política nacional. Al mismo tiempo, su vocación secundaria fue la de restaurar las condiciones de una acumulación viable, disciplinando la mano de obra con represión, bajos salarios y deflación, promoviendo al mismo tiempo la capacidad exportadora y asegurando nuevos niveles de inversión externa, para que pudiera desarrollarse el crecimiento sin interrupciones redistributivas o escasez de capitales: esa fue la idea. El programa económico de las dictaduras, su intento económico, fue detener el populismo y eliminarlo, en la medida de lo posible, de la agenda política en sus formas mayoritarias pre-socialistas. Ahora bien, si tal ha sido el contexto coyuntural y la misión histórica de las dictaduras militares, ¿en qué consiste, entonces, sus novedad histórica? Porque, como ya he dicho, han existido muchísimos regímenes pretorianos represivos y dictadores militares en el pasado del continente. ¿Cuál ha sido la diferencia en estos casos? Básicamente, diría –y paradójicamente– la novedad consiste en que estos regímenes programaron una reintroducción de una democracia capitalista controlada, al fin de su obra de “reconstrucción”. Los tipos anteriores de regímenes militares en esta área fueron básicamente dos: las autocracias patrimoniales del tipo de Trujillo o de Stroessner, es decir, gobiernos de caudillos de origen militar en sociedades muy atrasadas donde la vida política popular no había todavía realmente emergido y el concepto de democracia ni siquiera figuraba en la agenda política nacional, y los regímenes populistas militares de los años ‘30 y ’40, regímenes –es importante subrayarlo– franca y cándidamente antidemocráticos, a menudo muy atraídos por el fascismo europeo. Ahora bien, ninguna de estas dos opciones –particularmente la segunda– estuvo disponible para los generales de los años ’60 y ’70 porque, después de la Segunda Guerra Mundial, la coyuntura internacional era distinta. El fascismo ahora estaba desacreditado en el mundo metropolitano; su modelo ya no podría admitirse ni aceptarse como lo había sido en Bolivia y Argentina en los años ’40. Según el capitalismo avanzado, que ahora se auto-legitimaba contra el socialismo y el comunismo, precisamente en cuanto orden democrático, desde los años ’50 en adelante, el lema organizador fue la noción de mundo libre y ya no tanto la de empresa privada. En tercer lugar, los militares latinoamericanos, luchando –según lo entendían– contra el comunismo y el socialismo en sus propios países, no podían evitar una cierta identificación ideológica con su protector norteamericano. Las buenas relaciones con Washington, dentro de ciertos límites, han sido una exigencia objetiva para ellos, desde la época de Kennedy en adelante. En cuarto lugar, había también en el oficialato sudamericano una cierta agresión, confusa y subjetiva, respecto de sus ideas sobre lo que debería ser un orden democrático. Aquí debemos recordar siempre la dependencia cultural ideológica tradicional de las elites latinoamericanas, pues –como ya hemos visto– el fascismo estaba de moda en la época del joven Perón; la democracia era casi obligatoria en los años de Kennedy, Johnson o Nixon. De allí que el proyecto a largo plazo de los nuevos regímenes consistiera no solamente en golpear y eliminar el peligro político de la socialización, sino además en transformar las estructuras socioeconómicas de sus países, para que una democracia capitalista estabilizada y controlada pudiera –al fin de cuentas– provenir de ellos. Aquí los generales contaban ya con un modelo ilustre en España: los orígenes de la dictadura franquista, en el levantamiento del ’36, fueron de una sorprendente similitud, aunque más dramáticos; es decir, una contrarrevolución preventiva para aplastar un movimiento popular que se negaba a resignarse al orden social entonces imperante en España y que tumultuosamente amenazaba al orden capitalista español. A esto siguió una contrarrevolución que ha traumatizado a la sociedad civil en su conjunto, con una escalada masiva de matanzas durante la propia guerra civil y masacres sin freno después de ella. Pero, en una segunda etapa, esta contrarrevolución precedió a promover una industrialización y modernización muy rápida del país, con la creación de nuevas clases medias y una nueva clase obrera. Después podría establecerse una democracia parlamentaria pacífica y más o menos dócil, como resultante de la experiencia. Es interesante comparar, a este respecto, la España de Largo Caballero con la España de Felipe González, cincuenta años más tarde. Hoy en día, el mismo partido –el PSOE– ni siquiera pretende la implantación de una república (para no hablar de socialismo) y exhibe la tasa más alta de desempleo de toda Europa occidental. Lo que esto representa, creo, es la victoria histórica profunda de la llamada Cruzada Nacionalista en la Guerra Civil que, al fin de cuentas, ha transformado a sus antiguos adversarios en sus agentes póstumos. El efecto de la dictadura franquista fue entonces el de demorar y domesticar la entrada en el orden político de lo que alguna vez habían sido las clases peligrosas. Básicamente, las dictaduras latinoamericanas se propusieron reiterar este tipo de experiencia, y con la misma combinación de medidas: traumatización subjetiva y transformación objetiva de la sociedad. La gran diferencia entre estos dos tipos de experiencias fue que el régimen de Franco pudo evolucionar muy despacio, a un ritmo lento, desde su entrada fascista hasta su salida parlamentaria; a un ritmo que permitió su adaptación paulatina, a lo largo de cuarenta años, a los imperativos cambiantes del capitalismo internacional. Los generales sudamericanos vinieron más tarde y tuvieron desde el comienzo más conciencia de sus métodos que Franco, si bien no de manera uniforme. De ellos, los brasileños fueron los más lúcidos y coherentes, pues proclamaron desde un comienzo la restauración democrática –en el doble sentido de la expresión– como su objetivo final. Desde los primeros días del golpe, en 1964, siempre dijeron “nuestro objetivo es restaurar la democracia” y, desde allí, controlaron todo el proceso mejor que los otros. Los generales uruguayos, en cambio, fueron siempre mucho más confusos e inciertos en su orientación, aunque tampoco se apartaron nunca de la meta de un constitucionalismo controlado y depurado después. La Junta o Juntas argentinas siempre fueron, claro, las más renuentes al establecimiento de cualquier orden civil partidario y político, y, al fin de cuentas, no fue sino a través de una derrota militar externa (en Malvinas) que fueron derrocadas. Pero ellos también, cuando se produjo la crisis económica a comienzo de los años ’80, empezaron a discutir el proyecto de una suerte de vuelta a los gobiernos civiles controlados por ellos. Hoy, el mismo Pinochet anticipa su propio tipo de “normalización” de Chile para los años ’90, normalización de un tipo tal que resultará, por lo menos, satisfactoria a los EE.UU. En el fondo, todos los regímenes hicieron una apuesta histórica, a saber, que –una vez completada su obra– un capitalismo incontrastado valdría el precio de un parlamentarismo intimidado. Para terminar, voy a volver a mi primera pregunta, a saber, si las juntas militares fueron o no un fracaso. La respuesta, hasta ahora, creo, tiene que ser un “no” matizado, porque su objetivo primario –según parece– se realizó. Cualesquiera hayan sido las circunstancias locales de su retirada final del palacio presidencial (que los generales brasileños lograron mucho más brillantemente que los uruguayos, y éstos, a su vez, mejor que los argentinos), su meta básica estaba asegurada. Hoy en día, el socialismo se ha transformado virtualmente en un término tabú en la política latinoamericana. Es notable, por ejemplo, que aún la fuerza de izquierda más nueva y menos atemorizada del área –el Partido Travhalista brasileño– no invoque seriamente el socialismo en su discurso público. Las relaciones de producción capitalista se volvieron mental y materialmente intocables por el momento, bajo la amenaza de una vuelta al terror militar si dichas relaciones llegasen a ser puestas en juego. El único país donde esto no ocurrió es, claro, Chile, donde los militares todavía no pueden permitirse la “civilización” del régimen. Allá, aun habrá que esperar a que las lecciones del sometimiento sean aprendidas y las clases “peligrosas” se vuelvan dóciles. Pero, en su conjunto –políticamente, podríamos decir– estas experiencias han sido exitosas respecto de su objetivo final. Su mensaje a las clases populares ha sido éste: “Pueden tener democracia si respetan el capitalismo, pero, si no lo aceptan, se quedarán sin democracia y tendrán que seguir aceptándolo de todos modos”. Este mensaje ha sido escuchado. El primero en entenderlo –y de buen comienzo– no fue un dirigente político latinoamericano, sino del sur de Europa, Enrico Berlinguer, quien, ya en 1974 ‑después del derrocamiento de Allende en Chile– inauguró lo que más tarde se llamó “eurocomunismo” en un documento sobre la caída de la Unidad Popular en Chile, cuya tesis central consistía en que esos acontecimientos demostraban la necesidad de no dividir nunca la sociedad verticalmente en dos partes, porque cualquier proceso de radicalización de ese tipo conduciría fatalmente a otro bombardeo del Palacio de la Moneda. Su argumento es básicamente muy simple: el enemigo nos ha demostrado que, si realmente tratamos de avanzar hacia el socialismo –como lo hizo Allende– pagaremos un precio demasiado alto. Olvidémonos por lo tanto del socialismo y consolémonos con la democracia... La conclusión que él extrajo de esto en Italia, claro, fue el proyecto del compromiso histórico con la Democracia Cristiana, en el que en realidad fueron los comunistas quienes suscribieran el compromiso y los demócratas cristianos quienes hicieron la historia. Hace quince años eran pocos los representantes de la izquierda latinoamericana que estuvieran dispuestos a ratificar este compromiso. Hoy, en cambio, serían muy pocos los que no estuvieran dispuestos a hacerlo. La democracia capitalista estable es construida aquí sobre la derrota –y no sobre la victoria– de las clases populares. Por otro lado, ninguno de los regímenes militares latinoamericanos ha logrado la escala de ingeniería social que inventó Franco en España. De hecho, las mezclas respectivas de dramatización política y transformación socioeconómica han variado ampliamente. El régimen argentino logró un máximo del primer elemento –el terror– y un mínimo del segundo –la modernización del país– mientras que los generales brasileños supieron combinar una medida mucho más limitada y vigilada del terror con una transformación mucho más profunda de su economía y sociedad. La experiencia uruguaya tuvo características más o menos intermedias entre ambos regímenes. Pero en todos los casos quedaron fuera de alcance los niveles de acumulación y consumo global alcanzados en España, de modo que las democracia sudamericanas de hoy se encuentran abrumadas por un régimen de miseria, profundas desigualdades y deudas enormes, distinguiéndose así de sus homólogas del sur de Europa. En estas circunstancias, es poco probable que el mero crecimiento económico permita contener, por sí mismo, las exigencias y previsiones populares por una mejora en sus condiciones de vida. Tal vez se pueda decir que la revolución ha sido exorcizada, pero la redistribución en cuanto aspiración va a persistir y podría reaparecer en condiciones explosivas y desestabilizantes. En suma, es probable que el populismo –o, en fin de cuentas– el comunismo latinoamericano sobreviva en alguna de sus variantes hacia el socialismo. Y es muy difícil de prever cómo las nuevas democracias van a poder enfrentar un nuevo brote de populismo cuando éste sobrevenga, tal vez en la próxima década, ya que todavía no están en condiciones de encarar la experiencia española. Conferencia dictada por el Dr. Perry Anderson en la Carrera de Sociología el 16 de octubre de 1987 reproducida en Cuadernos de Sociología N° 2, Carrera de Sociología, UBA, 1988.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Y a París ella se fue...

La confianza (Página/12 3/09/08) Por Alfredo Zaiat La controvertida cancelación total de la deuda con el Club de París provoca la particular coincidencia en la crítica de representantes del conservadurismo y de la denominada centroizquierda. Los primeros apuntan a cuestiones de forma y los otros a ciertos aspectos de fondo. La ortodoxia reunida en la oposición se resiste a aplaudir ese pago millonario a las potencias económicas del mundo en crisis porque, en realidad, le incomoda como herida en el alma narcisista que semejante iniciativa sea instrumentada por la administración kirchnerista, de la que abominan. Con cualquier otro gobierno, como podría haber sido el de Fernando de la Rúa o el de Carlos Menem, cuando la hegemonía política estaba en esa otra vereda, habría provocado expresiones de júbilo de economistas del establishment y de los mercados financiero y bursátil. Pero si se trata de peronistas “populistas” aliados de Hugo Chávez quienes realizaron el giro al exterior de 6700 millones de dólares, expresa “debilidad política y un uso arbitrario de recursos”. Ese grupo de analistas debería estar buscando algún disfraz para ocultar sus recientes pronósticos de un próximo default de la Argentina, economía que estaba y está tan lejos de la cesación de pagos que puede permitirse destinar el 14 por ciento de las reservas para saldar el pasivo con el Club de París. Las observaciones de un sector del progresismo que se siente cómodo en la oposición señalan la crítica obvia acerca de que ese dinero podría haber tenido otro destino más justo que pagar deuda externa. Así dicho parece razonable, pero la cuestión es un poco más compleja que la demagogia. Un programa de reindustrialización o mejorar la distribución de la riqueza fue rápidamente planteado como alternativas, aunque con pocas precisiones, en una singular posición puesto que la expresaron los mismos referentes que votaron en contra de los Derechos de Exportación móviles para cuatro cultivos clave, medida que era una herramienta –no un plan– para trabajar en el sentido de esos objetivos. El superávit fiscal tiene entre otros destinos el pago de la deuda –salvo que se la quiera repudiar–, y ese excedente podría haberse aumentado con las retenciones móviles que intervenían en rentas extraordinarias. No mencionan, además, que no existen normas legales que permitan la utilización de reservas para financiar planes productivos o de inclusión social. La actual titular del Banco Nación, Mercedes Marcó del Pont, había propuesto como diputada modificaciones a la Carta Orgánica del Banco Central para ampliar el marco de utilización de reservas, sin reunir apoyo ni del gobierno ni de gran parte de la oposición. Además no evalúan, por ejemplo, el impacto negativo en el frente monetario y en el de precios que tendría si se inyectara semejantes cantidad de recursos en el mercado doméstico de una vez, como se ha instrumentado el pago al Club de París. O sea, uno y otro destino a las reservas puede ser más o menos simpático a conciencias sensibles, pero esto no significa que ese dinero pueda ser utilizado indistintamente sin generar costos en el funcionamiento de la economía. Ahora bien, el Gobierno presentó la cancelación de ese pasivo, menor dentro de la deuda pública global (equivale apenas al 4,6 por ciento del total), como parte de su política de desendeudamiento, iniciada con el canje de los bonos en default y seguida por el pago de la factura completa al FMI, en diciembre de 2005. Sin embargo, cada uno de esos pasos se concretó en un contexto local e internacional diferente del actual y con objetivos también distintos. El plan de quita de capital de los títulos en cesación de pagos vino a normalizar la relación con el mercado de deuda y aliviar el horizonte de pagos futuros. Se concretó en un sendero de recuperación de la economía luego del estallido de la convertibilidad y con una fuerte caída de la tasa de interés internacional en una plaza con abundante liquidez. En tanto, el pago del FMI se efectivizó con una economía que ya había ingresado en un período de crecimiento, proceso que estaba siendo bombardeado por la tecnocracia de ese organismo. Esa medida permitió ganar indudables grados de autonomía para el manejo de la política económica con un panorama externo favorable. Ahora, el pago al Club de París se realiza en el marco de un programa económico que está en una encrucijada por el ciclo de alza de precios internos, un tipo de cambio que pierde competitividad y el avance de la restauración conservadora de la mano del sector del campo privilegiado. El contexto externo sigue siendo positivo con las materias primas, pero en el financiero los países desarrollados están enfrentando la peor crisis bancaria desde el crac del ’29. Ese escenario global ha derivado en un reflujo de capitales que se observa en la dificultad que tiene el Banco Central para recuperar los casi 3400 millones de reservas perdidos desde el comienzo del lockout agropecuario. Ese panorama más complejo abonó el terreno para la embestida de la ortodoxia y de bancos de Wall Street junto a calificadoras de riesgo. El pago al Club de París intenta aflojar la presión en el frente financiero, con el silencioso aval de los miembros de esa cofradía de países poderosos a través del BID y el Banco Mundial. Estos dos organismos internacionales han amenazado con obstruir el financiamiento al país, situación que se estaba verificando en estas semanas. Para sortear ese obstáculo el Gobierno ha traducido que el pago al Club de París va tras la meta de “ganar confianza”. Pero como la lógica de buscar la aprobación de esa abstracción denominada “mercado” es previsible, la evaluación inmediata de la city será que ha sido un paso importante aunque insuficiente para conquistar la voluntad de los inversores. El escalón siguiente para limitar la actual gestión se expresará en el pedido de la reapertura del canje para los bonista que quedaron fuera de la reestructuración. Y el anterior ha sido el reclamo de eliminar el control al ingreso de capitales –que hoy está suspendido–, como ya lo ha exigido la Bolsa de Comercio. En ese gaseoso concepto “la confianza” se encuentra la trampa de esa medida porque esa zanahoria la city siempre la ubicará en un lugar inalcanzable. Aunque si ese deseo de recuperar el favor del capital financiero es solamente retórica discursiva para frenar el embate de organismos, consultoras y bancos internacionales y ganar así espacio para retomar el control de la política económica, puede ser que entonces el pago al Club de París sea un primer paso en ese objetivo y no una estrategia de avanzar a los panzazos. azaiat@pagina12.com.ar
ALDO FERRER: "CANCELAR DEUDA A CLUB DE PARIS ES UN GRAN PASO"Política (El Patagónico.net )
Santa Fe, 3 de septiembre
El economista Aldo Ferrer destacó que la decisión del Gobierno nacional de cancelar la deuda con el Club de Paris, "es un gran paso para la Argentina".En declaraciones efectuadas por LT 10 Radio Universidad Nacional del Litoral, Ferrer puso de relieve que "esta es una enseñanza contundente. Tenemos que vivir con lo nuestro, defender el patrimonio nacional, movilizar el ahorro interno y lograr que el lugar más rentable para el dinero argentino sea nuestro país".Agregó que "una vez que Argentina decidió poner la casa en orden, abandonar la política neoliberal de endeudamiento y de venta del patrimonio nacional, lograr un fuerte superávit fiscal, mantener un tipo de cambio competitivo que estimuló las exportaciones, el país comenzó a generar recursos que le permitieron dejar de depender del financiamiento externo y financiarse con su propio ahorro"."Esto fue acompañado con la cancelación de la deuda con el Fondo Internacional y ahora con el Club de París", destacó el economista.Ferrer añadió que "todo esto demuestra que cuando Argentina se pone de pié y deja de suplicar la ayuda internacional para movilizar su propia riqueza puede cumplir con sus compromisos y además, crecer. A partir del cambio de rumbo, la economía viene creciendo al 8% anual, la inversión aumentó. Este paso es una nueva demostración, es muy importante".Consultado sobre si cree que es prioritario pagar al Club de Paris antes de saldar algunas deudas internas, respondió: "una cosa no es incompatible con la otra. Hay que normalizar las relaciones financieras y tener la casa en orden. Esto nos permite tener recursos para la salud, la educación. Ocurre lo mismo que en una casa familiar".Finalmente, Aldo Ferrer destacó que "esta normalización financiera es un gran paso".-