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domingo, 17 de abril de 2011

El Ñato y el Cleto

El Ñato y el Cleto


 Por Mario Wainfeld
El Senado uruguayo sancionó la nulidad de la Ley de Amnistía, herencia de la dictadura que fue convalidada en democracia por dos referendos. Un debate profundo atravesó al oficialista Frente Amplio (FA): ¿podían dejarse de lado, por vía parlamentaria, dos decisiones populares?
La respuesta afirmativa puede llamar la atención pero es la adecuada al derecho internacional vigente, a los criterios contemporáneos en materia de derechos humanos. Ni siquiera el pueblo soberano puede violar los principios sobre derechos humanos, las reglas básicas sobre crímenes de lesa humanidad. De igual modo en Uruguay o en Argentina el cuerpo electoral no podría consagrar la esclavitud.
La polémica, de cualquier manera, es novedosa, un progreso de la democracia universal. Trastrueca viejas certidumbres, alumbra interpretaciones jurídicas pioneras. Son, por contarlo de alguna manera, derivaciones institucionales correctivas del horror.
Fue tremenda la controversia en el FA. Dirigentes con notables pergaminos dudaban. Se tomó una decisión orgánica, la mejor. El presidente José Mujica, que no es precisamente ese viejito converso que quieren pintar ciertos medios argentinos, acompañó la resolución.
Un viejo militante, con enorme trayectoria, el senador Eleuterio Fernández Huidobro, abogó por la negativa. Creía que un veredicto ciudadano sólo puede derogarse mediante otro. De lo contrario, arguyó se desnaturalizaría ese virtuoso instrumento. Bien mirado, lo que desvirtúa a un referendo es hacer votar al pueblo lo que es nulo de pleno derecho. Como fuera, la postura del Ñato Huidobro era franca, la cimentaba su prosapia de militante y luchador.
Perdió la discusión interna, votó en el Senado la decisión mayoritaria de su partido. Fue orgánico y leal. Cumplido su deber, para demostrar (por partida doble) fidelidad a sus principios renunció luego a su banca.
El ejemplo contrasta como un espejo deformado con el comportamiento de un vecino de la otra orilla, el vicepresidente argentino Julio Cobos. El Cleto votó contra una propuesta de la Presidenta que encabezó la fórmula que lo llevó al Senado. Y luego, permaneció, tan pancho, en el cargo usurpado, gozando de inmerecida licencia de facto con goce de sueldo.
Ya que estaba, se consagró a liderar la oposición hasta que la abulia y la falta de piné lo arrojaron a la banquina. Eso sí, siempre en su despacho.
Comparar a Fernández Huidobro y a Cobos es casi una afrenta para el mejor de los dos. Se hace con el mayor respeto hacia el uruguayo, para resaltar cuán baja es la calidad institucional en estas pampas. También qué poca consistencia tienen los compromisos políticos y la constancia con las ideas.
Es moneda corriente comparar, de manera desfavorable, la coyuntura argentina versus la uruguaya, la chilena o la peruana. En esta semana, Uruguay arrimó el bochín de sus reglas a las que rigen en Argentina. Y en el endiosado Perú, dos candidatos antisistema llegaron a la segunda vuelta electoral en pos de la presidencia. Comparar es un método aconsejable, si se mira bien, sin anteojeras.
¿Habrá leído Cobos la lección involuntaria que le dio Fernández Huidobro? El cronista malicia que no la leyó y que, si la leyó, está ideológica y éticamente incapacitado para comprenderla.
(Pagina/12. Domingo 17.04.2011)

jueves, 7 de abril de 2011

Lo que dilapidó Cleto

Lo que dilapidó Cleto

(Página/12 08.04.2011)
Por Mario Wainfeld
“No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí”

Joan Manuel Serrat. “Lucía.”

Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner llegaron a la presidencia tras arrancar de bastante abajo. Perón, maximizando a la Secretaría de Trabajo, una repartición de segunda, hasta entonces. Alfonsín repechando su condición de minoría del radicalismo, segundón del peronismo por entonces. Kirchner tras obtener una irrisoria cosecha de votos, con una candidatura que llegó por descarte. Los tres conjugaron bien con los vientos de su época y tuvieron una cooperación involuntaria pero no menor de sus mediocres adversarios. Algo de fortuna hay siempre en la construcción de un liderazgo, como percibió antes que nadie Nicolás Maquiavelo. Pero la fortuna no basta sin el concurso de la destreza, la muñeca política (eso que en lengua del florentino se llamaba “virtú”). Y un piné acorde con los desafíos, que sin eso no hay Príncipe que pinte.
El vicepresidente Julio César Cleto Cobos no tendría derecho a quejarse de su fortuna. Dos golpes de suerte lo catapultaron, en menos de un año. Llegó a la fórmula con Cristina Fernández de Kirchner porque era el único gobernador “radical K” que no tenía posibilidad de reelección. Sus pares eligieron mantenerse en el terruño, sagazmente. Al mendocino le cayó del cielo su designación. La noche del voto no positivo fue otra mano que le dio el destino, propiciada por una acumulación de errores asombrosos del kirchnerismo, que remató en dejarle desempatar y ascender a ligas mayores.
Se topó con un capital político gigantesco, al bajo costo de sumarse a dos rebaños: el radicalismo en la Concertación y el frente político-agrario-opositor. Quedó encabezándolos con un potencial inimaginable. Presidenciable, hijo pródigo amnistiado en triunfo por sus correligionarios.
Desde entonces nada interesante hizo para administrar bien esa fortuna. Creyó que le duraría más de tres años, en un escenario cambiante. Merced a su desapego institucional, gozaba de una inmerecida licencia con goce de sueldo. Sin laburo por hacer, podía consagrarse full time a acumular, a “hacer política”. En tres años se consagró a la molicie y a mirarse al espejo, que le devolvía una imagen falsa, espléndida.
Un dirigente con más garra o calidad habría convocado cuadros políticos o intelectuales, lanzado ideas fuerza novedosas, armado grupos de estudio o de militantes. El se conformó con la agenda que le inventaron los grandes medios. Poner cara de estadista, visitar Expoagro o recitar banalidades en el coloquio de IDEA. Su caso, no exclusivo, es interesante para analizar los límites del poder mediático. Una cosa es “instalar” un candidato, maquillarlo, embellecerlo. Es un primer peldaño. El resto de la escalera depende de otras acciones o destrezas. Cobos creyó la mitología que los grandes medios elaboraron para darle aire. Esos embustes son un recurso deseable, por cierto, a condición de que sus emisores no los crean.
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Surgió una noche, no lo esperaban. Se licuó en años de impericia. Ayer renunció a lo que ya no tenía, un tema más digno de un bolero o un tangazo que de la política.
Lo anunció a su modo, egoísta y desabrido. Sembró críticas sobre el diputado Ricardo Alfonsín, convencido de que no puede batirlo en la interna. Hasta dejó sombras de sospecha sobre la mala fe de Alfonsín y Angel Rozas, como ya habían insinuado adláteres del senador Ernesto Sanz.
Como fuera, su retirada es una buena nueva para Alfonsín, quien mejora sus perspectivas para convocar potenciales aliados. A estos (Hermes Binner, Luis Juez, Margarita Stolbizer) también los interpela la movida de Cobos. Acorta sus plazos para decidir si van a la zaga de la UCR o si arman una opción propia.
Las miradas del radicalismo y de ese sector convergerán ahora sobre Sanz, quien se apeó inopinada y destructivamente de la preinterna boina blanca pautada para el 29 de abril. Sanz ya venía clueco, ahora queda desvencijado. Lloverán reclamos de correligionarios de todas las geografías pidiéndole que no persista en su virtual afán de competir en las primarias de agosto. A los émulos de Yrigoyen, muchos de los cuales piensan más en sus cercanos territorios que en las evanescentes elecciones presidenciales, los fortificaría unificar personería cuanto antes.
Días atrás, este cronista habló con un aliado de Sanz y le preguntó si le veía alguna viabilidad para las primarias. El hombre, un cuadro fogueado y leído, le respondió con un verso de la “Milonga de Jacinto Chiclana”, del maestro Borges: “nunca la esperanza es vana”. No lo será, pero en política a veces es ilusoria, pura fantasía. La realidad, la correlación de fuerzas, se inclinan hacia “Ricardito”.
Nada puede anticiparse en una competencia electoral donde abundan los errores no forzados, pero todo indica que Sanz deberá retirarse de la competencia más pronto que tarde. Si se cumple esa profecía, será doblemente errado su proceder anterior, que podría haberse suplido con presentaciones conjuntas, elogios recíprocos, acuerdos de unidad que siempre “visten” un poco y entonan a la tropa propia.
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Para Alfonsín y para el radicalismo, la dimisión de Cobos es un aliciente, que tiende a reposicionarlos como segunda fuerza, aunque a respetable distancia del kirchnerismo. Para los peronistas federales y aun para Mauricio Macri, una señal de alerta: deben espabilarse y cesar en sus berretines hamletianos.
Cobos confesó, sin decirlo, que dilapidó una fortuna que jamás mereció y que ligó casi de pura chiripa. Estuvo desangelado, no contó si su hija le aconsejó ese acercamiento a la realidad.
Solitario y desvalorizado, el vicepresidente estará hoy en la tapa de los diarios, incluyendo éste. Imposible haber vaticinios definitivos, siempre arriesgados. Pero es válido aconsejarle que enmarque y guarde esas tapas: tal parece que el tiempo de su protagonismo ya pasó, que le será casi imposible volver al centro de la escena.
mwainfeld@pagina12.com.ar

viernes, 18 de julio de 2008

Paisaje después de la batalla

Por Mempo Giardinelli
Finalmente, el señor Cobos definió el rechazo a la Ley de Retenciones tal como la había propuesto el Ejecutivo. Puede pensarse que es contradictorio que un vicepresidente anule la voluntad presidencial, pero él votó de acuerdo con su convicción y eso es irreprochable. Pero entonces ahora es esperable que renuncie. Porque el argumento de que tuvo los mismos votos que Cristina es un sofisma. La ciudadanía votó por ella, no por él. La dignidad de su voto en la madrugada debiera ratificarse con su renuncia. Eso haría una persona honorable. Y si de honores se trata, hay que decir –nobleza obliga– que los que estuvimos del lado de sostener la 125 hemos perdido. Los que temimos y denunciamos que en este conflicto se jugaban mucho más que las retenciones, subrayando los riesgos que corría la democracia y los siempre solapados embates del golpismo criollo, ahora de nuevo cuño, lo hicimos sabiendo que nunca sobra ese temor cuando el escenario es la Argentina y los protagonistas son sus clases altas y medias. Es como cuando temés que se incendie tu casa. Uno no desea ni espera que suceda, pero eso no quita que se señalen las fugas de gas, se tome todo tipo de precauciones y se actualicen los seguros. Es lo que pasó ahora –ése era el escenario, ésos los protagonistas– y sólo desde la estupidez se podría acusar a los que temimos un golpe. Y lo seguiremos temiendo, por cierto, siempre en la esperanza de que el incendio no se produzca. Pero el paisaje que nos queda después de la batalla es mucho más complejo. Porque lo que cancelaron esos 37 votos en el Senado (no casualmente gracias a Menem, Romero, Urquía y otros demócratas desinteresados y de acrisolada vocación social) fueron también las concesiones que hizo el Gobierno en estos meses, y las reformas y el apoyo a los pequeños productores que sancionó la Cámara de Diputados. Pero sólo la Historia dirá cuántos chacareros escupieron hacia arriba en estos meses, mientras aquí y ahora todo vuelve a Diputados y no cabe ilusionarse con esa nueva batalla. Conflicto agrario y votación senatorial no fueron solamente por las retenciones, y en tal sentido la primera lectura política no puede ser otra que la de que el Gobierno pagará por todos los errores cometidos y que tantos les señalamos en estos meses. Dilapidaron un poder fenomenal que –en esto estaremos casi todos de acuerdo– mereció tener mejor destino que sostener a funcionarios como Jaime o Moreno. Sin embargo, el kirchnerismo no está terminado –como desean Joaquín Morales Solá y todos sus aliados agrarios– a menos que NK y CFK quieran seguir suicidándose. Como bien señaló ayer Mario Wainfeld, el oficialismo tendrá que ser “capaz de elaborar cómo cambió la situación y cuánto de su traspié se debe a sus propias falencias antes que a la fuerza o mala fe de sus contrincantes”. Y la oposición y las corporaciones agrarias deberán “cumplir todo lo que aseveraron en más de tres meses: su ausencia de voluntad destituyente, su voluntad de cooperar y no salirse de los cauces institucionales”. El gobierno K no supo dialogar y jugó siempre a todo o nada. Igual que los empresarios agraristas, que procedieron con la dureza típica de la necedad y la avaricia. Pero era el Gobierno el que tenía más responsabilidad, porque todo gobierno es siempre el responsable último del diálogo republicano y sobre todo debe ejercerlo cuando tiene enfrente posiciones necias o cavernícolas. Otra falencia enorme, que también deberán pagar los K, fue la absurda política comunicacional del Gobierno. Si es que la hubo, la información oficial fue tonta y anodina, y se amilanó en todo momento ante la manipulación astuta y pertinaz de la llamada opinión pública. Ya se vio que los intereses que gobiernan los multimedios son capaces de cualquier cosa con tal de quebrar la confianza social en la economía, e incluso a la economía misma. En la evaluación del paisaje, lo que queda de bueno es que funcionaron las instituciones republicanas, y no es poco. El Congreso evitó el desbarrancamiento de la crisis, una vez más. Con todo lo que muchas mentes simples les critican a los legisladores, y muchísimas veces con toda razón, ellos y ellas trabajaron arduamente y resolvieron la coyuntura. Ahora habrá que ver qué país viene y la verdad es que a la vista de las dirigencias que tenemos los argentinos, no cabe hacerse mucha ilusión. La primera dirigencia que es todo gobierno, en nuestro caso ya demostró su ineptitud para pilotear una crisis de esta envergadura, y es por lo menos dudoso que tengan la muñeca y la cintura deseables para manejar los grandes temas nacionales que se vienen. Y las otras dirigencias –las agrarias y de la oposición, que apenas fueron capaces de juntar lo mejor con lo peor de este país, de rezar al aire libre y de mentir cuidando el bolsillo de los ricos– es seguro que tampoco ilusionarán a muchos millones de argentinos. Días graves nos esperan, porque aquí no se resolvió nada. En el fondo de todo sigue estando la eterna cuestión argentina: si los más ricos, los que ganan siempre y ahora ganan más que nunca, van a ceder algo en favor del conjunto. Jamás lo han hecho. Hace tres meses Claudio Lozano señaló que en el modelo sojero impuesto aquí en los últimos 20 años sólo “936 propietarios controlan 35 millones de hectáreas, a razón de 38.000 cada uno, mientras casi 150.000 propietarios tienen 2.200.000 has, a razón de sólo 16 cada uno”. Y no es dato menor que el precio actual que recibe el productor argentino es mejor que el de octubre pasado, pese a los aumentos de retenciones que tanto resistieron. Los valores de estos días son los mejores desde 2002. Y no es una opinión; son datos de la Bolsa de Cereales. Esta fue la película que vimos; éste el paisaje que nos queda. ¡A seguir remando, argentinos!
// Página 12-Viernes 18 de julio de 2008.