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jueves, 17 de mayo de 2012

Fuckland


Ezequiel Fernández Moores
La última vez que fue anfitriona de Juegos Olímpicos, en 1948, Londres no invitó a la competencia a Alemania y a Japón, las potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial. El presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), el sueco Sigfrid Edstrom, escribió enojado a Lord Burghley, sexto marqués de Exeter, secretario general del Comité Organizador de los Juegos del 48: "Me sorprende vuestra actitud. La guerra terminó hace tres años y nosotros, gente del deporte, deberíamos mostrarle el camino a la diplomacia". Londres no se conmovió. Al conde Michimasa Soyesima, miembro japonés del COI, le recordaron que ningún ciudadano podía abandonar Japón bajo las reglas de la Ocupación. Tampoco hubo perdón para Alemania. Miles de soldados nazis permanecían en Londres como prisioneros de guerra. Fueron mano de obra en la construcción de rutas. Al prisionero Helmut Bantz, que ganaría el oro olímpico en Melbourne 56, le tocó una tarea más agradable: entrenó al equipo británico de gimnasia. El duque de Mecklenburg, miembro alemán del COI, recibió en cambio un no rotundo. Sucedió hace 64 años. Londres, que será otra vez sede olímpica a partir de julio próximo, dice ahora junto con el COI que "la política no debe intervenir en los Juegos".




La política, es obvio, jamás estuvo fuera de los Juegos. Astilo de Crotona, campeón en las carreras de carros en los años 484 y 480 a.C., era publicidad para el tirano Gelón, de Siracusa, que lo había contratado. Un estadista más democrático como Alcibíades usó sus triunfos para ganarse la confianza de los atenienses. Los primeros Juegos de la era moderna, en Atenas 1896, que Francia amenazó boicotear, sólo pudieron realizarse gracias a un oportuno cambio de gobierno en la empobrecida Grecia y a las ambiciones políticas del príncipe Constantino. El primer conflicto netamente político estalló en los Juegos de Estocolmo 1912, cuando las monarquías aliadas del imperio austrohúngaro por un lado y Rusia por el otro impusieron sus banderas ante triunfos de atletas de las anexionadas Bohemia y Finlandia. En la siguiente edición de Amberes 1920, a pedido británico, no fueron invitadas las potencias derrotadas en la Primera Guerra Mundial: Alemania, Austria, Bulgaria, Hungría, Turquía, Rumania y Polonia. París, por orden del Barón de Coubertin, organizó otra vez los Juegos en 1924. No invitó a Alemania. La edición de Los Angeles 1932 impuso la ejecución de los himnos para los atletas vencedores. Y la de Berlín 36, se sabe, fue un festival ario. El COI atribuyó a "maniobras de judíos y comunistas" las primeras denuncias sobre el nazismo y los reclamos para sacarle la sede a Berlín. Jamás se arrepintió del regalo que hizo a Hitler.



Los Juegos de Londres 48, los primeros en paz tras la Segunda Guerra Mundial, mantuvieron el recorrido de la antorcha olímpica, pese a que el rito había sido iniciado por la Alemania nazi. No fue fácil. Grecia, punto de salida de la antorcha, estaba en guerra civil. El gobierno inglés, que iniciaba la nacionalización del ferrocarril, gas, electricidad, carbón y acero y creaba el Servicio Nacional de Salud, impuso unos Juegos austeros. Delegaciones extranjeras llevaron sus comidas y hasta sus toallas. Los Juegos tuvieron un presupuesto, a dinero de hoy, de 2,2 millones de libras. La BBC pagó 1000 libras por derechos de transmisión. Cada patrocinador, de Coca-Cola a Guinness, aportó 250 libras. La prensa era crítica. El cricket y las carreras de perros recibían casi más atención que la preparación de los Juegos. "Lo importante en los Juegos -decía una inscripción en Wembley el día de la inauguración- no es ganar sino competir. Lo esencial en la vida no es conquistar, sino pelear bien." El rey Jorge VI no tartamudeó al pronunciar el breve discurso de apertura, ante más de 80.000 personas. Estaba rodeado de varios de los mismos dirigentes del COI que doce años antes compartían palco con Hitler, incluido el estadounidense Avery Brundage, que, según cuenta Janie Hampton en el libro The Austerity Olympics, seguía enviándoles comida a los jerarcas nazis condenados en Nuremberg. Ese mismo estadio de Wembley saludó el 7 de agosto al ganador del maratón, el argentino Delfo Cabrera, un humilde bombero del pueblo santafecino de Armstrong, a quien Juan Domingo Perón premió con una casa en Sarandí. El regalo equivalía a "profesionalismo". No lo dijo el COI de Brundage. Sí los golpistas de la Revolución Libertadora de 1955.



Los boicots iniciados en los Juegos de Melbourne 56 y agudizados en Moscú 80 y Los Angeles 84, la matanza de atletas israelíes en Munich 72 y la sede asignada a Pekín en 2008 fueron episodios políticos que también marcaron al deporte olímpico. Pero hay una imagen que prevalece por sobre todas: el podio del Black Power de México 68 que costó la expulsión de por vida a los atletas estadounidenses John Carlos y Tommie Smith. El mismo COI que nada había dicho sobre los saludos nazis y fascistas de Juegos previos sí consideró "político" el puño enguantado del "Poder Negro". Seis meses antes había sido asesinado Martin Luther King. ¿Temerá el deporte olímpico una rebeldía similar para Londres 2012? La Argentina provocó problemas al COI desde su mismo origen. Los dos primeros miembros expulsados del COI son argentinos. A José Benjamín Zubiaur, un notable educador y abogado, miembro fundador en 1894, el COI de aristócratas lo echó en 1907 porque el entrerriano, sin fortuna personal, no viajaba a las reuniones en Europa. Su sucesor, Manuel Quintana, hijo del presidente homónimo y residente en París, duró apenas tres años. El COI lo echó porque la Argentina desoyó advertencias y organizó en 1910 los "Juegos del Centenario", una marca que el olimpismo ya consideraba exclusiva. El COI que estos días advirtió a la Argentina por el spot de Malvinas ya no tiene a los condes y príncipes de los orígenes. Tampoco al ex ministro franquista Juan Antonio Samaranch. Cuenta, sí, con un único "miembro de honor": Henry Kissinger.



El comercial de Malvinas difundido por el gobierno argentino, "manipulación nazi", según dramatizaron algunos críticos locales, tiene su complejidad. Fue hecho por una agencia (Young & Rubicam) cuya casa central (WPP) es inglesa y cuyo titular (Martin Sorrell) es un Sir que trabajó para Margaret Thatcher y ahora defiende a Rupert Murdoch, uno de sus principales clientes. La filmación, sin permiso oficial, fue realizada por la misma gente que produjo en 1999 una película polémica. Un porteño mago y comediante, obviamente canchero, viaja a Malvinas con una cámara oculta, dispuesto a embarazar kelpers para que al menos en veinte años la mitad de la población de las islas tenga ascendencia argentina. La infantil sátira se llamó Fuckland, Tierra del sexo, traduce Wikipedia, con excesiva ingenuidad. Fernando Zylberberg, veterano del seleccionado masculino de hockey sobre césped que cobró dinero y reivindicó el comercial en el que corre tipo Rocky por Puerto Stanley, trabaja a su vez en estructuras del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.



Ciudadanos ingleses se indignaron porque Zylberberg pisó en su carrera un monumento homenaje a los soldados ingleses fallecidos en la Primera Guerra Mundial. Piden por las redes sociales que la Argentina sea excluida de los Juegos. O que no se le conceda la visa a Zylberberg, sin saber que el jugador, en realidad, dista de tener confirmada su convocatoria a un tercer Juego Olímpico. Sí tiene boleto confirmado la taekwondista Carola Malvina López, que lleva ese nombre porque nació en plena guerra de 1982. En 1948, los ingleses se sorprendieron por los besos que se daban los argentinos tras el triunfo del boxeador Pascual Pérez. "Se dieron más besos que un musical de Hollywood", escribió un diario. Más que besos, ahora temen un podio con reclamo malvinense. Pero Inglaterra, a la que la Argentina ya no sabe cómo pedirle que acepte la resolución de las Naciones Unidas y dialogue sobre las Malvinas, no sabe que ese podio es una posibilidad bastante lejana. Los atletas viven los Juegos, sean en Londres o Praga, como un punto culminante para el que llevan años preparándose. Son actores centrales del juego olímpico. Pero actores de reparto en el juego político. Viajarán cargados de ilusiones. Con una inversión económica récord para el deporte olímpico argentino en las últimas décadas. Pero, paradójicamente, irán también con la dolorosa certeza de que, esta vez, ganar alguna medalla en Londres será casi milagroso.
 
Fuente: http://canchallena.lanacion.com.ar/1471714-fuckland
 

martes, 28 de febrero de 2012

Tras cuarto meses de acampe, la policía desalojó a los "indignados" en Londres


Al menos veinte miembros del movimiento "Occupy London" fueron detenidos por resistirse al levantamiento de las 50 carpas instaladas desde octubre pasado frente a la Catedral de Saint Paul, en pleno centro de la ciudad. La medida fue ordenada por el Tribunal Supremo de ese país, luego de que la Cámara de Apelaciones rechazara la semana pasada un recurso presentado por los manifestantes para permanecer en ese lugar.
La policía acordonó la zona entre el campamento y la entrada a la catedral, ante banderas y tambores de protesta. El inicio del desalojo fue pacífico, pero mientras algunos comenzaron a recoger sus tiendas y mochilas, otros levantaron barricadas a modo de resistencia, y luego fueron apresados. Algunos se esposaron a unas estructuras de madera en un lado del campamento, que quedó reducido a una pila de colchones y tiendas de campaña en cuestión de dos horas.
"Hoy, el consejo municipal de Londres comenzó a aplicar las órdenes de la Alta Corte de desmantelar las tiendas de campaña y los equipamientos de enfrente de Saint Paul", dijo el consejo municipal en un comunicado antes de concluirse el desalojo. "Lamentamos llegar a esto, pero el veredicto de la Alta Corte habla por sí solo", añadió el comunicado.
La corte de apelación de Inglaterra aprobó el 22 de febrero el desalojo del campamento exigido por la municipalidad de Londres. Previamente, en enero, la Alta Corte de Londres había dado la razón al gobierno local, que había pedido el desalojo con el argumento de que las tiendas situadas ante la catedral constituían "una obstrucción ilegal de la vía pública".
El campamento que se había levantado el 15 de octubre del año pasado llegó a albergar 200 carpas, siguiendo el modelo del movimiento "Occupy Wall Street", lanzado en Estados Unidos, y cuyos miembros también fueron desalojados en en noviembre pasado.

Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-188529-2012-02-28.html

Malvinas: una errónea visión alternativa

Atilio A. Boron
Rebelión

Es bueno que en la Argentina haya irrumpido una discusión acerca de qué actitud tomar en relación a las Islas Malvinas. Desde hace mucho este país estaba atrapado entre las secuelas paralizantes de la ignominiosa derrota sufrida hace casi treinta años -producto de la incompetencia, fanfarronería y demagogia de la dictadura genocida- y la vía muerta de una estrategia diplomática que pese a su perseverancia no rindió frutos porque el mal llamado “orden mundial” es en realidad un cruento e injusto desorden en donde sólo por excepción deja de regir la ley del más fuerte. Es de celebrar que en fechas recientes el gobierno nacional haya modificado algunos aspectos de esta estrategia buscando nuevos y valiosos aliados regionales para inclinar a su favor una correlación de fuerzas que en el uno a uno de la diplomacia convencional entre el Reino Unido y Argentina, nos conducía inexorablemente a un nuevo ciclo de decepciones. Gracias a las torpes provocaciones de David Cameron la causa de las Malvinas se latinoamericanizó y Londres acusó el impacto al ver que, en esta parte del mundo, su pertinaz colonialismo suscitaba creciente repudio a la vez que solidaridad con la Argentina y que Washington admitía, para desasosiego británico, que había un problema de soberanía que debía discutirse bilateralmente. Y es lógico que el tema se haya latinoamericanizado porque la controversia sobre la soberanía del archipiélago involucra al menos tres aspectos que hacen al interés común de América Latina: (a) la explotación de recursos naturales de nuestros espacios marítimos: recursos renovables (si no se los depreda), como la pesca, y no renovables, como el petróleo; (b) el acceso a la Antártida, fuente segura de enormes riquezas minerales e hidrocarburíferas cuyo tratado que deja “congelados” los reclamos de soberanía sobre ese territorio debería ser renovado en fechas próximas; y (c) el acceso al paso bioceánico a través del Estrecho de Magallanes, de extraordinaria importancia en la hipótesis de que por diversos motivos fuese inoperable el Canal de Panamá. Estas cuestiones, como es obvio, no pueden ser indiferentes para la región, y muy en especial para los países sudamericanos. La causa subyacente de las bravatas del anodino premier británico son los graves problemas económicos (hasta ahora disimulados) y sociales (indisimulables) que atribulan al Reino Unido. Baste recordar que hace menos de un año multitudinarias protestas populares culminaron con saqueos e incendios en las principales ciudades británicas, las que impulsaron a Cameron a escalar el diferendo militarizando aún más al Atlántico Sur y violando los acuerdos regionales que velan por la desnuclearización de esta parte del mundo, incluyendo en su juego a la figura del príncipe Guillermo con toda la carga simbólica que esto implica y yéndose de boca con afirmaciones tales como que la Argentina era un país colonialista, lo que en cuestión de minutos convirtió al émulo de Margaret Thatcher en el hazmerreír universal toda vez que más de la mitad de los territorios aún sometidos al yugo colonial tienen como potencia dominante al Reino Unido, entre ellas nada menos que Gibraltar, en las puertas de Europa. Esto produjo la paradojal coincidencia de España con la Argentina en sus reclamos anticolonialistas, ante las cuales Londres respondió con su acostumbrado desprecio por la legalidad internacional.
Ante la complejidad que tiene la lucha por recuperar a las islas es importante que en la Argentina se debata el asunto con la seriedad que se merece, sin patrioterismo pero también sin desaprensivos cosmopolitismos, entre otras cosas porque de por medio están los seiscientos cuarenta y nueve jóvenes argentinos que fueron sacrificados en la guerra, los más de mil que regresaron heridos y mutilados, los muchos que se suicidaron después y la afrenta que representa para el honor de este país los reclamos de los miles de conscriptos que aún no obtienen del estado nacional el resarcimiento que se merecen por sus servicios prestados en la guerra. Esta advertencia viene a cuento porque en los últimos días se ha desencadenado entre un grupo de intelectuales y publicistas críticos del gobierno una especie de torneo para ver quien adopta posturas más anglófilas y entreguistas, con argumentos que ofenden la inteligencia de los argentinos y la memoria de nuestros muertos al paso que llenan de regocijo al Foreign Office. Uno de los disparates más significativos es el que dice, en línea con los pretextos de Londres, que la Argentina debería consultar a los isleños si es que aceptan o no que Las Malvinas sean reincorporadas al patrimonio nacional. Se apela, erróneamente, a la doctrina de la “autodeterminación nacional” lo que le permitió al historiador Luis Alberto Romero (en una columna publicada en el diario La Nación ) y a un grupo de 17 intelectuales y publicistas proponentes, según ellos, de una mirada alternativa sobre la cuestión de las Malvinas, renunciar alegremente y sin más miramientos al legítimo derecho que le asiste a la Argentina y dar por definitivamente perdida una batalla que este país viene librando desde hace 179 años. 1
Quienes postulan la doctrina de la “autodeterminación nacional” se olvidan que ésta sólo es aplicable a condición de que se cumpla con un requisito inescapable: que quienes se amparen en ese derecho sean los pobladores autóctonos de un territorio, lo que no ocurre en el caso de las Malvinas. La escasa población argentina que había en las islas fue desalojada por una fuerza expedicionaria británica que se apoderó violentamente del archipiélago y estableció, en su lugar, una pequeña colonia que al cabo de casi dos siglos no supera las tres mil almas. Esa viciosa modalidad de adquisición territorial se llama, en el derecho internacional, “conquista”, y de por sí invalida cualquier pretensión de legitimar la presencia post festum de los intrusos auscultando su voluntad o no de perpetuar los efectos de la conquista gracias a la cual se apoderaron de unas tierras que no eran suyas. La inconsistencia del argumento es más que evidente y no se necesita ser un eminente jurisconsulto para comprobarlo.
Propongo el siguiente experimento mental: imaginemos lo que habría ocurrido si la Argentina hubiera sido una gran potencia y a comienzos del siglo diecinueve hubiese ocupado militarmente una dependencia británica, próxima a sus costas, como por ejemplo la Isla de Man, expulsando al puñado de ingleses que la habitaban e instalado allí una pequeña comunidad de argentinos amparados por la permanente presencia de un destacamento armado. Los reclamos de la corona británica eran sistemáticamente desoídos y una medida desesperada para recuperar la isla por las armas -tomada cuando en Inglaterra el fantasma de Cromwell y los sentimientos antimonárquicos preanunciaban una crisis política de enormes proporciones- permitió su transitoria reintegración al dominio británico, sólo para que, poco después, sus tropas sufrieran una aplastante derrota a manos de la potencia colonizadora sudamericana. Luego de ello Londres prosiguió con sus infructuosos reclamos mientras una arrogante Buenos Aires ratificaba su absoluto rechazo a cualquier inicio de conversaciones sobre el tema so pretexto de que nada podía hacerse contra la voluntad de los isleños, descendientes de quienes la ocuparon por la fuerza esa isla dos siglos atrás. Seguramente que, en este caso, los actuales cosmopolitas dispuestos a ceder definitivamente a las Malvinas a los ingleses se hubieran rasgado las vestiduras ante esta sucesión de atropellos al derecho de gentes, el desprecio por la negociación diplomática y el desacato a las resoluciones de las Naciones Unidas. Pero ya no como un experimento mental sino como una palpable realidad esto es lo que Londres ha venido haciendo desde 1833, y es por ello que rehúsa a sentarse en una mesa de negociaciones, honrar las reiteradas recomendaciones del Comité de Descolonización de Naciones Unidas y la Resolución 2065 de la Asamblea General que insta a las partes a buscar una solución pacífica al diferendo, cosa a la cual el Reino Unido se ha negado sistemáticamente. Y lo hace porque el Foreign Office es conciente de que toda la legislación internacional le juega en contra; que su acto de piratesca apropiación de unas islas que no eran suyas es insanablemente ilegal e ilegítimo –y lo mismo vale para el Peñón de Gibraltar- y ni siquiera mil años de ocupación podrán redimir a los invasores británicos de ese pecado de origen. Tal como lo recordara Fidel Castro pocos días atrás, una vez iniciada la negociación diplomática los ingleses no tendrán más remedio que irse porque sólo les asiste el hecho desnudo de la conquista y la fuerza. 2 Pero los críticos se olvidan de todos estos molestos detalles y adoptan, en algunos casos de modo sorprendente dada sus trayectorias político-intelectuales, el punto de vista del colonizador. La culpa, por supuesto, es de los colonizados, de las víctimas; la razón, en cambio, siempre está del lado de los colonizadores. La historia argentina y latinoamericana está repleta de casos como estos en los cuales la “colonialidad” de las elites culturales las convierte en voceros de las potencias coloniales.
Claro que para esto es preciso olvidar muchas cosas: (a) que el recalentamiento del tema Malvinas fue responsabilidad de Londres y no de Buenos Aires; (b) que hasta ahora el gobierno argentino ha dado muestras de una saludable prudencia, al no caer en las burdas provocaciones de Cameron y responder a su bravuconada reforzando la presencia militar en el Atlántico Sur; (c) y que el núcleo central de su argumentación, la “autodeterminación” de los isleños se desploma ante el peso de un componente central de la misma tradición jurídica anglosajona que los críticos se supone tienen en alta estima y que dice que might does not make right, o sea, la fuerza no crea derechos.
En consecuencia, en el caso de las Malvinas, como en cualquier otro en donde un un estado arrebata el territorio de otro país por la vía de la conquista, la doctrina que se aplica no puede ser la de la “autodeterminación nacional”, por las razones arriba expuestas, sino la de la “integridad territorial” que establece que ningún estado tiene derecho a apropiarse de un territorio que pertenece o se halla bajo la jurisdicción de otro. Según esta doctrina la “consulta a los deseos de los isleños” es irrelevante a la hora de resolver la cuestión de la soberanía, aunque va de suyo que si las Malvinas llegaran a retornar algún día a la Argentina (en un futuro que sin dudas está muy lejano aún cuando Londres decida dejar de violar la legalidad internacional y obedezca el mandato de la ONU) el modo de vida de los isleños, su lengua y sus tradiciones deberían ser incondicionalmente respetadas y la Argentina debería aceptar, como lo han hecho Bolivia y Ecuador, el desafío de construir una comunidad política binacional, bilinguística y multicultural. Pero esto nada tiene que ver con la cuestión de la soberanía: quienes apelan a la “autodeterminación” de los isleños cometen un grave error jurídico y político, al paso que sus confusas elucubraciones desnudan los peligros que el rechazo visceral a una gobernante, en este caso Cristina Fernández de Kirchner, puede tener sobre mentes que, bajo otras circunstancias, dieron en algunos casos muestras de notable lucidez y clarividencia.

Notas:

1 Luis Alberto Romero, “¿Son realmente nuestras Las Malvinas?”, La Nación, 14 de Febrero de 2012; el documento de los 17 intelectuales y publicistas lleva por título: “Malvinas: una visión alternativa”, y se publicó íntegramente en la edición del 23 de Febrero de 2012.

2 Ver al respecto el esclarecedor análisis de Marcelo G. Kohen sobre todos los obstáculos interpuestos por el Reino Unido para evitar el inicio de negociaciones diplomáticas sobre el futuros de las islas: “¿Quién ‘bloquea’ en la cuestión Malvinas”, en Página/12, 12 de Enero de 2012.

jueves, 9 de febrero de 2012

El Reino del revés...

El Reino Unido debería dar el ejemplo


Por José Ramos Horta *

La presidenta de los argentinos hizo un llamado a la responsabilidad institucional y la negociación para terminar con 180 años de ocupación de las islas Malvinas por parte del Reino Unido, y yo, en mi carácter de presidente de la República Democrática de Timor-Leste –primer país descolonizado del siglo XXI–, estudioso de los procesos de descolonización, y Premio Nobel de la Paz de 1996, justamente por la búsqueda de una solución pacífica a la ocupación indonesia de mi tierra, no puedo menos que apoyar su reclamo y el de los millones de argentinos.
Esta solidaridad tiene sus raíces en el derecho internacional, en la racionalidad política moderna y en la lógica que emerge de la necesidad de la construcción de un nuevo orden político internacional más justo, no basado en el poderío militar y económico, sino en la justicia, la solidaridad y la equidad.
El derecho a la libre autodeterminación de los pueblos es reconocido universalmente, pero sin que viole o contradiga el principio de integridad territorial de los países y las naciones.
El pretender que las Malvinas deban ser consideradas parte del Reino Unido por estar habitadas por ingleses –que hasta antes de 1982 ni siquiera tenían derechos ciudadanos plenos, asimilables a los de un habitante de Londres– tiene la misma consistencia legal y lógica que pretender que los habitantes del Barrio Chino de Belgrano, en Buenos Aires, quieran responder políticamente a Beijing o a Taiwan y no a la República Argentina. El derecho a la autodeterminación de los pueblos no fue inventado para grupos étnicos residiendo en un territorio determinado. Los malvinenses pueden seguir siendo ciudadanos ingleses, así como los del Barrio Chino de Buenos Aires seguir siendo chinos, ser respetados en sus culturas y valores, pero residen en un territorio soberano de la República Argentina. Inclusive se puede pensar en un estatuto especial, consensuado, pero que contemple, por sobre todo, la integridad territorial de la Argentina. La España moderna, democrática y del consenso consiguió estatutos autonómicos imaginativos e interesantes para vascos o catalanes, y mantuvo su unidad territorial y nacional.
Una vez más Argentina apela, como lo vino haciendo hace años, a las instituciones de las Naciones Unidas: el Consejo de Seguridad, el Comité de Descolonización e inclusive la Asamblea, donde están representados los Estados soberanos. La guerra de 1982 fue un acto de una dictadura sangrienta que usurpó la democracia y sojuzgó al pueblo por la fuerza. No puede ser tomada como jurisprudencia para negar la apertura de las negociaciones.
El Reino Unido es miembro permanente y con derecho a veto del Consejo de Seguridad y debería dar el ejemplo de cómo resolver conflictos de manera pacífica. Ya lo hizo en la negociación con China por la devolución de Macao y Hong Kong. ¿Por qué no intenta con Argentina una solución negociada como aquélla? ¿Será porque Argentina no tiene el poder militar de China? ¿Será porque Argentina muestra vocación pacífica? ¿O será por el potencial de recursos naturales que tiene la región? Inclusive si así fuera, siempre existe la posibilidad de una solución creativa para el manejo y administración responsable y sustentable de estos recursos.
Desde el punto de vista de los principios, resulta insustentable que antiguas potencias coloniales mantengan territorios en otros países, como es el caso de Gibraltar, Guantánamo o las Malvinas. En el siglo XXI, cuando la totalidad de los países integrantes de las Naciones Unidas sin excepciones nos comprometimos en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, donde en el Objetivo número 8 se habla de “Promover una asociación internacional para el desarrollo”, es inadmisible que un país europeo, o de donde fuere, conserve colonias a decenas de miles de kilómetros de distancia, y, en especial, cuando esta presencia se apoya en poderío militar.

* Presidente de la República Democrática de Timor-Leste - Premio Nobel de la Paz 1996.
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-187248-2012-02-09.html

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Huelga en el Reino Unido



Profesores, personal sanitario, trabajadores de aduanas y recolectores de residuos son algunos de los cientos de miles de empleados públicos que iniciaron una medida de fuerza que dejó sin clases al 80 por ciento de los colegios, paralizó el servicio de ferrocarriles, frenó el servicio de limpieza y obligó a los aeropuertos a contratar personal auxiliar para mantener los vuelos. Protestan contra los recortes en las pensiones y el aumento de la edad jubilatoria dispuesta en el marco de la crisis. El gobierno de David Cameron llamó a los sindicatos a volver a la mesa de negociaciones, al considerar que las huelgas no aportan nada porque, "simplemente no hay más dinero para repartir".

"Este país debe tomar algunas medidas duras para terminar con sus deudas", dijo el titular del Tesoro, George Osborne para justificar las medidas de "ahorro" en los servicios públicos que generó el mayor paro que vive ese país en los últimos 30 años.

Los sindicatos estiman que al menos 300 mil trabajadores del sector estatal se sumaron a la huelga en Escocia, en tanto que otros 170 mil hicieron lo mismo en Gales. Con respecto a la situación de Salud, muchos hospitales habían cancelado al menos 60 mil cirugías que no fueran de emergencia. En Inglaterra unas 400 mil enfermeras, paramédicos y personal médico se sumaron a la huelga general.

Los gramios protestan por planes del gobierno respecto a las jubilaciones de los empleados estatales, que no sólo tendrán que trabajar durante más tiempo, sino también aportar más al fondo de pensiones y recibir menos de las arcas públicas, una vez jubilados. El secretario general de la asociación sindical TUC, Brendan Barber, señaló que los servicios públicos se han visto "atacados" porque los planes del gobierno son demasiado extremos.

Por su parte, Osborne criticó la huelga porque, asegura, provocarán aún más pérdidas en la ya maltrecha economía británica, y pondrá en peligro más puestos de trabajo. No obstante, reconoció "años duros", con menos crecimiento económico para el país. De hecho, reconoció, el año fiscal en curso 2011-2012 tendrá que asumirse un nuevo endeudamiento de 127.000 millones de libras (unos 149 mil millones de euros).

Por su parte, el titular de Asuntos económicos en la oposición, el laborista Ed Balls, criticó los planes de recortar pensiones. "Todos tienen que sacrificarse, incluso el servicio público", pero los planes del gobierno "no son adecuados", señaló.

fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-182401-2011-11-30.html

domingo, 21 de agosto de 2011

Acerca de Londres, la sociedad británica, Irak, Afganistán y Malvinas.

La reina está desnuda


Por Santiago O’Donnell
No estuvimos ahí pero nos podemos imaginar porque somos argentinos. Un negro laburante llamado Mark Duggan baleado por la policía. La furia, partes de Londres, Manchester, Birmingham y otras ciudades inglesas en llamas. Cuatro días de saqueos a toda marcha, con la policía a reglamento y los políticos de vacaciones. Lo mismo que ya conocemos, pero con un toque inglés. Blackberries por celulares a tarjeta y en vez de vaciar un Coto te saquean una Reeves, mueblería que viene de los tiempos de la reina Victoria. Y no son los marginales como dicen los mano dura de la prensa internacional, son muchos más los que sienten que se están quedando afuera, o que simplemente están repodridos. Como Charlie Gilmour, estudiante de Cambridge, hijo del cien veces millonario David, guitarrista de Pink Floyd. Charlie marchó preso en diciembre pasado por tirarle piedras al principe Carlos y a Camila durante una protesta contra el aumento de las matrículas universitarias. O como Chelsea Ives, campeona de 400 metros llanos, modelo, embajadora olímpica de Gran Bretaña. La denunció su madre, que la vio por televisión tirarle un piedrazo a un patrullero y un ladrillazo a una vitrina de Vodafone. Esa noche, antes de caer presa, mandó por el feisbú en inglés guarro: “Los cerdos no tendrían que haber matado anoche. Entonces no estarían estallando. Las chicas van a robar. Bieeen! Pero es robar? Lo hacemos porque el dueño no se coje sus jarras de cerveza”. Fue su discurso de despedida. El comité olímpico anunció el martes pasado que Chelsea había cesado en sus funciones. O sea, la bronca está bastante extendida.
Metieron presos a dos mil pibes y los está procesando el sistema judicial, que extendió su trabajo al sábado y domingo, por orden de los políticos que volvieron volando de sus vacaciones, incluyendo el primer miniistro conservador David Cameron, que estaba en Córcega. Pero los judiciales no están de ánimo para la patriada, porque este año recibieron un hachazo presupuestario en el orden del 20-30 por ciento, igual que los policías que tardaron tres días en prender sus mangueras y disparar sus balas de plástico para apagar el incendio.
Los jueces reparten penas durísimas. Según el Times de Londres, un estudio demostró que en promedio son el 25 por ciento más pesadas que lo habitual, en línea con el discurso cavernícola de los políticos, que tratan a los pibes como si fueran unos delincuentes que acaban de aterrizar de Marte, como si pensaran que si les dan con un caño los chicos no van a volver a romper todo, y ellos no van a tener que volver a laburar horas extra por el 80 por ciento de lo que ganaban el año pasado. Entonces se descargan con los hoodies, los jóvenes encapuchados.
Los policías tampoco están de humor. Debido al ajuste y la reducción del personal, el despliegue de 16 mil efectivos que fue necesario para calmar la furia se hace insostenible. Después del estallido, Cameron contrató como asesor al coimisario estadounidense que patentó la Tolerancia Cero, William Bratton. Pero como ya sabemos la cosa no se arregla así nomás. En los últimos cinco años murieron 333 personas bajo arresto en Gran Bretaña, sin que ni un solo oficial de la maldita policía haya sido arrestado o investigado. El mes pasado echaron al jefe de Scotland Yard por venderle data a los diarios de Murdoch. La cuenta ya la conocemos: gatillo fácil más corrupción, equivale a estallido.
Encima, los recortes de Cameron no fueron parejos. Los programas sociales y las zonas marginales recibieron la peor parte. Los distritos de Hackney y de Haringey, donde mataron a Duggan, que están entre los más pobres de Londres, sufrieron más recortes que los demás, por encima del diez por ciento, informó la revista Time. “Todos los programas de pasantías en las empresas, programas de inserción laboral, sufrieron recortes del orden del 75 por ciento. Cerraron los clubes de barrio donde los pibes iban a jugar al billar, mirar televisión, recibir entrenamiento para buscar trabajo, y ahora toda esa gente no tiene a dónde ir”, dice Guillermo Makin, analista internacional argentino asociado al Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge, al teléfono desde Londres.
Déficit, recorte, recesión, más déficit, más recortes, más recesión. Pasó con Thatcher en los ochenta y la gente salió a la calle a romper todo. Ahora lo mismo pero peor, porque el gobierno conservador apuesta a la inversión privada pero los bancos no sueltan un mango por la crisis con las hipotecas. Como si Keynes hubiera nacido en la China. El desempleo va en ascenso y ya roza el ocho por ciento, según el cálculo más conservador. Parece poco, “el perro que aún no ha ladrado” escribe Larry Elliot en The Guardian, pero hay dos millones y medio de británicos sin laburo. El ministro de Economía ya ajustó dos veces para abajo la cifra estimada de crecimiento anual, que ahora quedó por debajo de medio por ciento, en una economía que se contrajo el seis y medio por ciento en el último año y medio, sin contar que ya venían de la recesión del 2008 y 2009.
Pero lo que más molesta, me parece, es la desigualdad. Esto se ve en los ghettos y los castillos cuando viajás en tren desde Londres a la campiña. Según el índice GINI, Gran Bretaña es uno de los países más desiguales del mundo desarrollado, el cinco por ciento de la población acumula el 33 por ciento del ingreso.
Los recortes universitarios que los estudiantes intentaron resistir con violentas protestas este año están destinados a profundizar la brecha. “La enseñanza universitaria gratuita acá era una institución, un derecho adquirido desde la Segunda Guerra Mundial. A lo sumo, los alumnos de mayores ingresos tenían que sacar unos préstamos muy fáciles de pagar, porque recién se les cobraba cuando empezaban a ganar más de 25.000 libras (130.000 pesos) por año. Ahora les cobran nueve mil libras por año (63.000 pesos) por la matrícula y los estudiantes están furiosos”, explica Makin. Los recortes también golpean el área de defensa, otrora orgullo de la corona. El sueño gaullista de Thatcher y Blair de tener peso en el mundo se evaporó. Salieron corriendo de Irak y Afganistán. “Hoy Gran Bretaña no tiene portaaviones, el último fue desguazado hace unos meses. Encargaron dos, pero como no tienen presupuesto, en vez de construirlos en cinco años lo van a hacer en diez. Para entonces es posible que no tengan aviones para los portaaviones, porque los Harriers van a ser piezas de museo”, opina Makin. Shhhh. No digan nada. Ahora sí, el imperio se derrumba.
Vale la pena tomar nota de que el diario conservador Daily Telegraph, lectura de cabecera del establishment militar, publicó el 2 de agosto un artículo advirtiendo con tono alarmista que Argentina estaría construyendo un submarino nuclear. “De ser así, Gran Bretaña enfrentaría una tarea irremontable si la Argentina decidiera invadir las Falklands otra vez”, advierte el articulista.
Pensando en Malvinas, nunca es un buen momento para empezar otra guerra y lejos está uno de sugerir semejante barbaridad, pero no está de más tomar nota de la debilidad de los ingleses para empujarlos a negociar. Algo que el Gobierno viene haciendo, claro, pero por ahí ahora se puede un poco más.


Colapsos


Por Juan Gelman

“Irresponsabilidad. Egoísmo. Actuar como si los actos no tuvieran consecuencias. Hijos sin padres. Escuelas sin disciplina. Recompensas sin esfuerzo. Crimen sin castigo. Derechos sin responsabilidades. Comunidades fuera de control. Algunos de los peores aspectos de la naturaleza humana tolerados, consentidos –a veces hasta incentivados– por un Estado y sus organismos que en parte han perdido literalmente la moral.” El primer ministro británico David Cameron explicó así la violencia desatada en Tottenham, uno de los barrios más pobres de Londres, y en otras ciudades de Inglaterra (www.guardia.co.uk, 15/8/11). Calificó la situación de “colapso moral”.
Olvidó señalar que la desocupación entre los jóvenes londinenses asciende al 23 por ciento y es aún más alta en el interior del país. O que los costos de la educación universitaria la convierten en algo prohibido, salvo para los hijos de familias ricas: 15 mil dólares anuales. Olvidó sobre todo el costo de 30 años de thatcherismo para amplias capas de la sociedad británica, las comunidades devastadas por la desindustrialización cualquiera fuese el color de la autoridad, conservador o laborista. Protestar contra ese estado de cosas es “totalmente inaceptable”, para Theresa May, secretaria del Interior. La violencia de la represión policial y el apuro de la Justicia en aplicar penas desproporcionadas a los manifestantes son, en consecuencia, necesarios.
Es verdad que elementos o bandas cometieron acciones condenables como el incendio de casas y pequeños comercios del vecindario, y el saqueo de supermercados. Para Christian Guy, director del Centro para la Justicia Social (www.centerforsocialjustice.org.uk), los disturbios fueron el producto de una bien coordinada operación de las pandillas de la zona. La BBC de Londres señaló, en cambio, que “en realidad, pocos (de los arrestados) son pandilleros genuinos”. Y “toda clase de personas” –asistentes de la educación, un diseñador gráfico, estudiantes universitarios– fueron detenidas por tomar parte en el pillaje. Paul Lewis, periodista del The Guardian que pasó cinco noches observando la violencia, manifestó que es erróneo el intento de culpar a un grupo: “La única generalización plausible es que, en conjunto, eran jóvenes y pobres” (www.bbc.co.uk, 16/8/11).
Parece clara la intención de disimular las razones de fondo, agravadas por el nuevo plan de austeridad –que The Financial Times calificó de “brutal”–, y el gobierno conservador no encuentra mejor camino que proponer algunos cambios sociales de corto alcance y, sobre todo, revigorizar la represión. “La policía tendrá más poderes”, insistió la secretaria May. El gabinete de Cameron estudia la posibilidad de imponer toques de queda en zonas específicas y aplicar medidas restrictivas a los menores de 16 años (www.bbc.co.uk, 16-8-11). Ninguna atención presta a lo que el sindicato de trabajadores de los servicios públicos Unisom de Londres considera necesario: “Debemos preguntarnos por qué nuestros jóvenes están tan enojados y cómo podemos unir a nuestra comunidad” (//lambethunison.blogspot.com, 9/8/11).
Abundan las disquisiciones psicologizantes sobre la razón de los saqueos: “La gente sin poder se siente de pronto poderosa y eso intoxica mucho”, dice el profesor John Pitts, un criminólogo que asesora a diversas autoridades londinenses en materia de jóvenes y pandillas (www.bbc.co.uk/news/magazine, 9/8/11). O: “Hay evidencias que sugieren que los líderes de una pandilla padecen tendencias psicopáticas”, anota el Dr. Lance Workman. Es otra forma de demonizar la violencia de jóvenes excluidos de un mañana. Como señala el doctor Raúl Zaffaroni, miembro de la Corte Suprema de Justicia de Argentina y distinguido penalista, el sistema castiga los delitos que provoca (La palabra de los muertos, Ediar, Buenos Aires, 2011).
Cabe preguntarse dónde radica el verdadero “colapso moral” del Reino Unido. “La clase política poco explora su propia responsabilidad en la creación de la marginación social que conduce a la ‘anarquía’ –advierte la investigadora Michelle Chen (www.inthesetimes.com, 10/8/11)–. Se supone que el problema no es el exceso policial, sino su insuficiencia, que no es la falta de oportunidades educacionales o de programas para la juventud en esos barrios, sino los padres que no pueden controlar a sus hijos.”
Es posible, sin embargo, coincidir con el premier David Cameron en que un Estado y sus organismos que han perdido en parte la moral toleran, consienten y aun incentivan algunos de los peores aspectos de la naturaleza humana. Así lo muestran los bombardeos de la R. A. F. contra poblaciones civiles inermes en Irak y Afganistán.
 
Las cárceles británicas sobrepasan el límite de su capacidad


Prensa Latina
La población carcelaria en Reino Unido sobrepasa los límites de su capacidad, tras los disturbios registrados en Inglaterra la pasada semana, informa hoy la Asociación de Gobernadores de Prisiones (PGA, por sus siglas en inglés).

Desde el inicio de esos hechos, ocurridos del 6 al 9 de agosto últimos, la cifra de reos en el país se incrementó en más de 100 por días, sostiene PGA.
Solo en cárceles de Inglaterra y Gales hay un total de 86 mil 608 prisioneros, con un incremento de 677 en los últimos seis días.
Luego de los incidentes violentos registrados en barrios de Londres, Birmingham y Manchester, el primer ministro británico, David Cameron, reclamó sentencias severas de los tribunales contra los responsables.
Esas personas reciben penas de prisión hasta un 25 por ciento más duras que en otras circunstancias, denunciaron activistas de derechos humanos.
En una corte londinense dos jóvenes fueron condenados el pasado martes a cuatro años de cárcel por haber incitado través de Internet a participar en hechos violentos que no llegaron a consumarse.
Los activistas consideran desproporcionadas las sanciones dictadas contra Jordan Blackshaw, de 20 años, y Perry Sutcliffe-Keenan, de 22, solo por situar anuncios en Facebook, a pesar de carecer de seguimiento por parte de internautas.
Para el director de la Liga Howard de Reforma Penal, Crook Frances, es importante enfrentar la sobrepoblación en las prisiones con una política preventiva y una reforma penal.
Las revueltas callejeras en Reino Unido se saldaron con cinco muertos y cerca de tres mil detenidos de los cuales más de mil ya pasaron por algún tribunal.
En esa nación europea existen mil 200 prisiones y dos centenares de centros de detención de inmigrantes en situación irregular.

http://www.prensa-latina.cu/index.php?option=com_content&task=view&id=316189&Itemid=1


 

jueves, 18 de agosto de 2011

Las revueltas en Gran Bretaña: El espejo sombrío del neoliberalismo


Tom Fox

Red Pepper

Traducción para Rebelión de Christine Lewis Carroll

Un reportaje de blog y dos videos resumen la violencia en las calles de Gran Bretaña: El blog de un periodista de la NBC cita el diálogo entre un londinense y otro periodista que le pregunta al primero si la revuelta es la mejor manera de expresar su descontento:
“Sí,” dijo el joven. “No estarías hablando conmigo ahora si no lo hubiéramos liado, ¿verdad?”
El periodista de la ITV británica no tuvo respuesta, de modo que el joven aprovechó su ventaja. “Hace dos meses, más de 2.000 negros organizamos una marcha tranquila y pacífica hasta Scotland Yard. ¿Sabes qué paso? No salió nada en la prensa. Anoche hubo algo de revuelta y saqueos, y mira a tu alrededor.
Uno de los videos, ampliamente difundido, muestra a una residente de Hackney que se enfrenta a los saqueadores. Sin miedo pero con conocimiento, les reprende, furiosa porque en vez de “hacerlo por una causa”, destruyen hogares y negocios, todo por unos zapatos o unos televisores.
El otro video es menos emotivo; de hecho, es tristemente cómico: Nick Clegg, después de comer unas galletas en su frondoso jardín residencial, advierte a Sky News en abril del año pasado de que si los Conservadores entran en el poder e imponen sobre la población recortes sin haber recibido mandato para ello, habría revueltas.
Éstos son los elementos clave de la actual crisis: la incompetencia y arrogancia de la Policía, la complicidad y crueldad de los medios, la miopía de los alborotadores y el desprecio que los políticos han demostrado por la población durante el último año y que ha perdurado durante la última semana. La deprimente conclusión es que vivimos en una sociedad enferma que no sólo no es capaz de resolver sus injusticias y desigualdades, sino tampoco las reconoce.
El plato petri donde se cultivaron las revueltas fueron décadas de abandono, desempleo y privaciones: la mayoría de las áreas afectadas por las revueltas tienen tasas de desempleo por encima de la media londinense del 8,8%. Hackney compite anualmente con Manchester, Liverpool y Tower Hamlets como el municipio más abandonado del país. En Londres, el segmento más rico de la población posee 273 veces más riqueza que los más pobres, lo que la convierte en la “ciudad más desigual de Occidente”. Por todo el país, durante los últimos treinta años, los sueldos se han reducido, en proporción con la fortuna nacional, para todo el mundo, salvo para una minoría muy pequeña. Dentro de veinte años, la brecha entre ricos y pobres alcanzará niveles que no se han visto desde que reinara Victoria.
Esto no justifica la destrucción rampante: durante siglos, los pobres siempre han sufrido, pero en los momentos clave, en los últimos dos siglos, han respondido mediante la organización, la protesta y el apoyo mutuo. Esta acción unida ha conseguido logros reales que la quema de sus comunidades nunca obtuvo.
Luego está el pésimo historial de la Policía de la nación y en particular de la Policía Metropolitana. Teniendo en cuenta su implicación directa en la conspiración criminal que han supuesto las extensas escuchas telefónicas como colaboradores en vez de como investigadores y los numerosos casos, tanto dentro de la Policía como de la IPCC [Comisión Independiente sobre Quejas Policiales], de ocultación de su papel en los asesinatos en las calles de Londres, no sorprende que los vecinos los señalaran con ocasión de la muerte de Mark Duggan.
Su incapacidad de contestar a las sencillas preguntas que se les formularon es prueba de su arrogancia, a pesar de que éste no sea un hecho aislado. Las cifras de muerte bajo custodia o después de estar en manos de la Policía son escalofriantes. Desde 1998, han muerto 333 personas mientras estaban bajo custodia, sin que ningún agente haya sido condenado.
El acoso degradante a la juventud mediante la identificación y el cacheo, siendo objetivos algunas comunidades en particular, es agobiante para todos salvo aquellas personas que no lo padecen. Tampoco fue hace tanto tiempo que los Conservadores pretendían volver a poner en marcha las leyes Sus [sobre personas sospechosas]. Luego no debería sorprender que la criminalización de poblaciones enteras les induzca a cometer actos criminales.
Y mientras ocurría todo esto, ¿dónde estaban los políticos? Osborne [Ministro de Hacienda] estaba en Los Ángeles, Cameron estaba en la Toscana, Clegg estaba en España y Johnson [Alcalde de Londres] se negó a decir dónde estaba porque no quería volver. El problema no es tanto que estuvieran de vacaciones, sino más bien que unas vacaciones en el extranjero sean un lujo que pocos pueden costear. Cuando el parlamentario conservador Oliver Letwin dijo que no quería que “la gente de Sheffield disfrutara más de vacaciones baratas”, puso de manifiesto el odio de clase que motiva a muchos de sus congéneres.
Tales sentimientos constituyen el combustible amargo para la puesta en marcha de las medidas de austeridad que están rompiendo nuestro país, y los objetivos de esta agresión no son sólo la juventud pobre de los barrios de nuestras ciudades, sino también los trabajadores que, como los bomberos, intentan apagar las llamas de esos mismos barrios. Aquí es donde más claro se percibe la locura de la violencia: deberíamos unirnos contra la avaricia y la temeridad de los recortes y no replicarlas.
Sin embargo, algunos elementos de la izquierda se niegan a condenar las revueltas alegando que son el resultado de problemas estructurales y no de la mala educación por parte de los padres o la falta de valores por parte de los alborotadores. Los primeros vítores de que se estaba produciendo una ‘insurrección’ en Tottenham fueron a menos cuando los objetivos cambiaron de los coches de policía a los comercios, para finalmente apagarse cuando se hizo evidente que el odio a la policía iba aparejado con el saqueo y el incendio de objetivos no políticos. El saqueo y el incendio no son virtud de la izquierda sino del neoliberalismo, y tenemos ahora una imagen de espejo sombría de los efectos del ataque del capitalismo a nuestra sociedad durante las últimas tres décadas.
Los alborotadores son un microcosmos de la ética que emerge de ese ataque: la falta de moderación, la competencia y la violencia. La razón por la que la izquierda debe condenar en vez de excusar la violencia y el saqueo es precisamente porque es el problema estructural de una sociedad que fomenta valores miserables. La mujer que se enfrentó a los saqueadores sabía esto: hay que construir algo duradero en vez de reproducir los principios dominantes de nuestra sociedad. ¿Por qué no aspirar al lujo para todos? Pero debería ser mediante la creación y no la destrucción.
La respuesta [del gobierno] ha sido a veces aterradora. Es de esperar que los llamamientos de sacar al ejército a las calles y de permitir que se dispare a matar no sean representativos, porque, si es así, no hemos aprendido nada del desastre de Irlanda del Norte. La única solución duradera es el fin de los recortes, la exclusión y la brutalidad. Necesitamos una izquierda inclusiva que funcione en vez de la izquierda egoísta y crónicamente romántica que nos ha tocado en suerte durante las últimas dos décadas, o la izquierda que sueña inútilmente con la vuelta del mítico Partido Laborista.
Una respuesta adecuada requiere dirigir la ira constructivamente y abordar correctamente los principios destructivos inculcados dentro de nosotros: el egoísmo y la falta de moderación hasta el extremo de la violencia. Cuando los jóvenes saquean, es “pura criminalidad”, cuando los ricos saquean, es “austeridad”. Los dos extremos son resultado de la misma sociedad, y los dos necesitan erradicarse. No necesitamos austeridad, y nadie debería necesitar robar.
Desde las cenizas, las comunidades se reúnen para defender, reclamar y limpiar sus calles. Quizá la ira se dirija a los alborotadores, pero también se dirige a las oportunidades fotográficas de mal gusto de Nick Clegg y Boris Johnson. Los principios de apoyo y respeto mutuos existen y pueden ser y serán más poderosos que el ejército, la policía o cualquier alborotador. Pero necesitan permanecer como nuestros principios frente a la violencia procedente tanto de los ricos como de los desposeídos. Sólo así podremos esperar vencer a una sociedad patológica; en palabras de la mujer anónima de Hackney: “hazlo por una causa”.

http://www.redpepper.org.uk/the-riots-a-grim-mirror-image-of-neoliberal-britain/

domingo, 14 de agosto de 2011

¿Qué pasa en Inglaterra?


Juan Fernando Sánchez
Rebelión


De repente se desató la ira social en los barrios... ¿Las causas? “Aún por determinar.” Pero téngase en cuenta, junto a los típicos efectos secundarios del capitalismo salvaje, que el Reino Unido camina imparable desde hace años hacia el estado policial. Con ello en mente, ¿a quién benefician realmente los desmanes de estos días?


«Esto es pura y simple delincuencia.»
(David Cameron)

Nunca fui muy aficionado a las páginas de sucesos, pero aquí, pese a lo que dice Cameron, parece que hay algo más...

¿Realmente se cree Cameron mejor que los saqueadores de estos días?

Londres, julio de 2011. Hermosa ciudad, capital de la opulencia. Identitaria como pocas, con tantos elementos emblemáticos: taxis, autobuses, bobbies, cabinas, hasta buzones... Siempre supo venderse. Por sus calles céntricas surcan a cada instante centenares de carísimos automóviles y no pocas interminables limusinas. Innumerables construcciones victorianas reflejan, en diferentes barrios, el viejo poderío del país que impulsó el capitalismo industrial a base de inventiva y rapiña, el Imperio que civilizó y masacró a partes ¿iguales? Su City es aún, dicen, la primera plaza financiera del mundo. Bellos y cuidados parques, lujo obsceno en Harrods (y Selfridges), multiplicidad de etnias en aparente concierto. Y de fondo, la fastuosa monarquía por excelencia.


 
Londres, agosto de 2011. Estallidos de violencia tras la muerte de un joven en el barrio de Tottenham, con altos índices de desempleo. Ataques a la policía, incendios de edificios, saqueos de comercios... Las súbitas revueltas se extienden pronto a otros barrios como Enfield, Islington, Croydon o Brixton, este último ya conocido por sus brotes de violencia en los ochenta. E incluso fuera de Londres, con disturbios similares en Liverpool, Birmingham, Manchester, Nottingham o Bristol. En el fenómeno, en principio caracterizado como racial y vinculado a la comunidad negra londinense, participan igualmente numerosos miembros de otras etnias –blancos incluidos– aunque también de las clases trabajadoras. Hasta cinco muertes se asocian con las revueltas, sin contar el detonante.

A un año de los Juegos Olímpicos en la capital británica

Seis años después del 7-J. Un mes antes del décimo aniversario del 11-S y un mes después del escándalo de News of the World –el diario del magnate Murdoch–, que salpicase al propio Cameron. Dos semanas más tarde de la matanza del ¿loco? Anders Breivik en Noruega. El primer ministro dice que no es más que delincuencia. La afirmación ya queda desmentida por el hecho de que su detonante fuese la muerte de Mark Duggan, disparado en el pecho por un policía sin mediar tiroteo, frente a lo que dijeron las primeras versiones. El dato apunta más bien a una reacción tras ese exceso policial. Aunque luego la violencia, intolerable, se contagie a otras áreas de manera extrañamente rápida.

Desprecio del gobierno a las raíces sociales del problema

Numerosos testimonios de participantes en los hechos o personas cercanas reflejan resentimiento ante lo que se percibe como discriminación racial por parte de la policía y los políticos. «No nos escuchan, solo nos reprimen.» «Queremos reconocimiento.» El escritor Gavin Knight comenta que «cuando nadie se preocupa por uno, es menos probable que a uno le preocupe destrozar un escaparate». La condición socioeconómica de la mayoría de los alborotadores no parece ajena a su conducta de estos días. Tampoco, siquiera en algún grado porque los efectos aún no han hecho más que empezar a notarse, los drásticos recortes sociales que viene aplicando el gobierno conservador. O el feroz y ya atávico consumismo que impregna las sociedades occidentales. O la cultura británica de bandas o pandillas, a menudo proclives a la violencia. Pero todo eso se queda corto para explicar la reciente explosión. Y para dar cuenta del hecho de que, a diferencia de las de Brixton (1981, 1985 y 1995) y la del propio Tottenham en 1985, ahora tantas otras ciudades se hayan sumado al brote inicial en cuestión de horas. Con unos sucesos de magnitud inédita en la historia reciente del Reino Unido, incluidos más de mil quinientos detenidos y gran número de personas heridas.

«Si son suficientemente mayores como para cometer esos actos, son lo suficientemente mayores como para enfrentarse al castigo que conllevan», sentenció también el premier británico en otra frase no necesariamente brillante (basta pensar en cuestiones tan delicadas como la responsabilidad jurídica de un niño, pues a la implicación de niños aludía). La injustificable brutalidad exhibida en las protestas de estos días no admite, sin embargo, reducciones simplistas. El odio reflejado en esas acciones debe de tener raíces sociales profundas. Un modelo económico que fomenta la emulación consumista y la imagen de éxito, que desprecia a los losers, subyace en las algaradas. El fracaso en la lucha competitiva, tan encomiada por los apóstoles del “neoliberalismo”, ¿no es fuente de resentimiento? Parece inmoral negarse a ver el abismo social arriba descrito, que contrapone simas tercermundistas con impúdicos grados de opulencia. Semejante marco de fondo no impide hablar de delincuencia, pero sí de delincuencia “pura y simple”. Si de algo debería servir la historia de Occidente, incluida la reflexión de sus grandes pensadores y humanistas, es justamente para comprender la responsabilidad social que late en muchos crímenes de individuos y sectores específicos. O para, siquiera, considerar la posibilidad de que tales delitos proliferan en un caldo de cultivo específico y probablemente "criminógeno".

Pero, ¿acaso cabría esperar una reacción distinta de la clase política británica, y en particular de su primer ministro? De familia “bien”, con ancestros vinculados a la Bolsa, la alta política y la aristocracia, hay que reconocer que Cameron no lo ha tenido fácil para desarrollar una aguda sensibilidad social. Le ha “tocado”, además, gobernar en una época caracterizada por una crisis económica inducida por la Élite, y signada además por la Era del Terror nacida del 11-S. Parece, por cierto, que nuestro David se siente a gusto en ese escenario, como lo demuestran tanto su contundencia en las medidas antisociales como su diligencia en emprender guerras de agresión. Todo un currículum, en poco más de un año de mandato, que difícilmente hará de él un líder receptivo a demandas sociales (legítimas aun cuando se expresen violentamente). Pero, ¿realmente se cree Cameron mejor que los saqueadores de estos días? ¿Es menos grave saquear el petróleo libio? ¿Lo es masacrar nietos de Gadafi y cientos de civiles a los que se supone que vas a proteger?

Otros factores no menos siniestros

Junto a todo ello, no debe olvidarse que el Reino Unido es, junto con su gran aliado transoceánico, una de las avanzadillas del Nuevo Orden Mundial. A la estela del 11-S, reavivada por el 7-J (antes, por el 11-M) y por otros (presuntos) amagos de superatentados relacionados con este país, como el de 2006, el gobierno viene aplicando medidas cada vez más contrarias a su tradición liberal (aunque se remonta más atrás su orwelliana tendencia a vigilar a sus ciudadanos, “seguridad” obliga).

Sobre esta base, la delincuencia, “pura y simple” o no, sin duda ofrece una excelente baza para reforzar el terror y el control social. Llama mucho la atención que lo que más se ve en las imágenes de estos días es a energúmenos que incendian, destrozan y roban. ¿Qué mejor manera de concitar la ira popular contra ellos (es decir, a favor del gobierno)? ¿Y qué decir de la rápida extensión a otras ciudades? ¿Servirá todo esto de antecedente, o quizá de preventivo, para cuando vengan las protestas sociales y políticas debidamente organizadas contra el sistema? No se olvide que, con una crisis económica todavía galopante, las convulsiones sólo acaban de empezar.

Por si acaso, el gobierno británico no pierde el tiempo: rompiendo una más que centenaria tradición de la educada policía británica, ya ha autorizado el uso de métodos represores más drásticos, a pesar de las discrepancias de quienes realmente entienden del asunto, pero seguro del apoyo de la mayoría de la población. Además, se ha planteado en voz alta la interrupción de la transmisión de mensajes electrónicos y de las redes sociales en casos como los que nos ocupan, lo que servirá para que la gente se siga acostumbrando a las restricciones de derechos. Medidas ambas plenamente acordes con los objetivos de la política del miedo que funciona desde el 11-S y se ve periódicamente realimentada por oportunos sobresaltos masivos. Los dos últimos, la matanza en Noruega y los graves disturbios en Inglaterra. Para gozo de los promotores del orden "globalitario".

«Los británicos, críticos con la gestión de Cameron en los disturbios», mayormente porque no se reaccionó lo bastante pronto frente a los desórdenes. No es una crítica de fondo, pero esa percepción tan extendida abona la cuestión de por qué se tardó en actuar...

«A la minoría de los sin ley, a los criminales que se han quedado con todo lo que han podido, hoy les digo: Os vamos a buscar, os vamos a encontrar, os vamos a acusar ante los tribunales, os vamos a castigar. Vais a pagar por todo lo que habéis hecho», proclamó también el primer ministro en su línea simplista y “justiciera”.

¿Y a ti, David, a ti quién te busca, quién te encuentra, quién te acusa, quién te castiga? ¿O acaso piensas que finalmente te irás de rositas (ver Gálatas 6: 7)? Tú y los tuyos, claro. Si no queremos la impunidad para quienes matan cinco y saquean diez, ¿cómo vamos a quererla para quienes matáis cinco mil y saqueáis diez mil?

Algo positivo

Concluyamos con una nota positiva: la solidaridad espontánea que afloró durante esas jornadas negras. «Mientras las autoridades locales advierten de que lo mejor que puede hacer la gente es quedarse en casa y asegurarse de que sus hijos también lo hacen, miles de ciudadanos se han unido a través de Twitter y Facebook para asistir a los vecinos que han visto sus casas y sus comercios destruidos. La magnitud de lo sucedido estimula la solidaridad entre los ciudadanos, como demuestra un cartel pintado a mano que alguien ha clavado a la entrada de la estación del metro de Finsbury Park: “Sé amable con el resto de londinenses”.»

Una invitación práctica a la paz que no debería entenderse en clave burguesa, propia nada más de propietarios que ven amenazado su modo de vida. Y que no debería perder de vista ni las injusticias que abonan los disturbios ni las sombras totalitarias que crecen gracias a ellos.

Blog del autor: http://lacomunidad.elpais.com/periferia06/2011/8/13/-que-pasa-inglaterra-

rCR

Londres espera...



Inglaterra


La falsa calma que asoma tras las revueltas

Txente Rekondo

Gara/Rebelión

Las protestas y los incidentes que han sacudido algunos barrios de las ciudades inglesas parece que han ido decreciendo y la clase política está intentando recuperar su lugar en esa coyuntura. Estas revueltas no son algo nuevo en Inglaterra y por lo general se manifiestan de manera cíclica, y muchas veces acompañadas o desencadenadas por alguna actuación represiva de la policía del país. Como bien han señalado algunos analistas, un repaso a canciones de The Clash sirve como una buena introducción a una situación que se aceleró a partir de los años setenta.
La huelga de los mineros galeses, el rechazo a la “poll tax”, las manifestaciones del uno de mayo, las recientes movilizaciones estudiantiles o lo que ha acontecido estos días son algunos ejemplos de ese carácter cíclico que adquieren las revueltas y que según pasan los años adquieren mayor fuerza.

Las causas

Son muchos los analistas que haciéndose eco de la ideología dominante en la clase política del statu quo tienden a simplificar la situación, centrando sus trabajos y artículos en condenar la violencia provocada y reduciendo la situación a un “problema violento”. Sin embargo, también los hay que intentan analizar las causas que provocan estas revueltas.
En ese sentido, muchos coinciden en señalar el contexto que viven muchos de los protagonistas de las revueltas, que producen sin duda alguna un peligroso cóctel que estalla como lo ha hecho esta semana. Los continuos recortes de los servicios públicos (que llevan a un desmantelamiento de los centros culturales y escuelas, sobre todo en los barrios más desfavorecidos), las privatizaciones (la sanidad es el próximo objetivo), el desempleo o en su defecto los contratos-basura, la percepción de un futuro que lejos de mejorar se presenta muy negro, son algunas de las causas que sin duda influyen en el devenir de los acontecimientos.
Todo ello nos da un panorama ciertamente desolador, que como señalaba un académico local, los problemas se están convirtiendo en algo crónico en amplios sectores y zonas del país, y “la pobreza residual, las altas tasas de desempleo juvenil, las disfunciones sociales y familiares o la alineación política” contribuyen a aumentar el rechazo hacia ese sistema que sustenta esas diferencias.
Pero además hay otros dos aspectos que se intentan ocultar por parte del engranaje del statu quo. Por un lado, la rabia y frustración que se manifiestan en buen aparte de las poblaciones de todo el mundo, y en el caso de Inglaterra, y de Londres más concretamente de manera acentuada, ante la ostentación, corrupción e impunidad con las que operan buena parte de los sectores dirigentes y las élites (políticos, banqueros, algunos medios de comunicación…).
Y por otra parte no hay que olvidar que el motivo que desencadenó las protestas de estos días fue la muerte a tiros de una persona por parte de la policía. Y no es el primer caso, ni probablemente sea el último, sobre todo a raíz de las declaraciones de Cameron y compañía. Como señala un periodista inglés, “la policía tiene la desafortunada costumbre de intentar ocultar sus errores, sobre todo si éstos conllevan la muerte de civiles.”. Falsos enfrentamientos, desprecio hacia la familia y allegados del fallecido, difusión de falsas noticias y datos sobre la vida del mismo (algo que contrasta con el trato que se da por ejemplo desde la clase política y los medios a los militares fallecidos en el extranjero, no se publica ningún nombre hasta comunicárselo a las familias, sin embargo en el caso reciente de Mark Duggan, sus allegados se enteraron por la prensa), son prácticas habituales que generan un rechazo importante en las poblaciones afectadas.
Todo ello contribuye a aumentar el rechazo y la desconfianza hacia los policías, unido además a una imagen ligada a la corrupción, como se ha demostrado recientemente a raíz de los lazos entre algunos oficiales y el imperio mediático de Rupert Murdoch. Los más de trescientos muertos cuando se encontraban bajo custodia policial desde 1998, con ningún policía condenado, también contribuyen a deteriorar aún más la imagen popular de ese cuerpo.

Las reacciones

La clase política, con Cameron a la cabeza, se ha dado cuenta de que ha perdido el control de la situación, y eso es algo que no soporta, de ahí su reacción posterior. Tras las condenas, ha llegado el mensaje distorsionador, reduciendo la situación a un problema de orden público, “violencia, desorden y criminalidad”.
La batería de medidas anunciada supone sin duda alguna un punto y seguido en el recorte de libertades que iniciaron algunos gobiernos hace diez años tras el fatídico 11-S y al amparo de lo que definieron como la “guerra contra el terror”. Ahora el nuevo término, aunque en la línea argumental del anterior, es “la restauración de la ley y el orden”.
Y esto se percibe por parte de esos sectores desfavorecidos de la sociedad como la defensa a ultranza del mismo sistema que les condena a ellos y sus familias a un negro futuro sin expectativas de mejorar. La retirada de las ayudas sociales, el cierre de los servicios comunitarios, de escuelas, la privatización de la sanidad o el encarecimiento de la educación son nuevos obstáculos para todo aquel que quiera encontrar una solución a la situación.
La fotografía de la clase política se muestra cada día más nítida ante los ojos de los ciudadanos. Para muchos de ellos, los años de Thatcher y del “nuevo laborismo” de Blair son parte de la misma estrategia. Gracias a la cual, el populismo “corporativo” caracteriza a ese grupo que busca “el beneficio personal a través de la política y que además basa su carrera y su fortuna en una fusión entre los dominios políticos y de los mass media”.
Al hilo del reciente escándalo en torno al imperio mediático de Murdoch se ha destapado esa estrecha colaboración entre la clase política y algunos medios de comunicación privados, que se manifiestan como los dominadores del entramado institucional del Estado.
Recientemente, un analista señalaba que “estamos gobernados por una fusión de políticos, periodistas y propietarios de algunos medios. Todos ellos se han unido para lograr un consenso público de cara a unas políticas que les benefician claramente a ellos, pero que están en contra del interés general”.

¿Y ahora qué?

Las medidas represoras y de control que pretende poner en marcha el gobierno británico (algunos recuerdan medidas similares en Bahrein, Arabia Saudí o China, este último un caso que desde los gobiernos de Occidente se denuncia activamente) no solucionan a medio o largo plazo la situación. Control y censura en Internet y en las nuevas redes sociales, cientos de detenciones, muchas de ellas de menores de edad, mayores recortes sociales, más policía… son todas ellas cortoplacistas, y como señalaba un joven estos días siempre habrá otras alternativas.
Algunos señalaban los años 2012 o 2013 como puntos de tensión elevada que podían desencadenar en revueltas, la situación económica y las protestas en otros lugares acabarían llegando a las calles de Londres. Pero todo se ha adelantado, y con la celebración el próximo año de las Olimpiadas, Cameron y sus aliados políticos intentarán profundizar en las medidas anunciadas, pero lo que en definitiva estará haciendo es afianzar la “cultura del gueto”, y en el corazón de la misma la rabia sigue desarrollándose.

TXENTE REKONDO.- Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)

sábado, 13 de agosto de 2011

Sociales

Sandra Russo

Página 12

Las manifestaciones sociales en Londres y Santiago, Chile, esta semana, corrieron un velo. Las dos, tan diferentes, expresiones de idiosincrasias y de historias tan distantes, mostraron algo descompuesto. Es lo mismo que en Estados Unidos provocó un tembladeral al que Obama quiso emparchar con la reafirmación del liderazgo mundial, diciendo que su país fue y será siempre triple A. El presidente norteamericano le dejó a la retórica lo que no puede lograr con sus políticas.
Lo que dejaron al desnudo las dramáticas manifestaciones sociales en un punto y en otro del planeta es precisamente la impotencia, la ineficacia, la capitulación de la política frente esa absurda naturaleza de las cosas a la que sigue aferrado el centro del mundo. La naturaleza neoliberal de las cosas indica que lo social no existe. Indica que las decisiones se toman pensando en otra cosa. No en la gente. En otra cosa. En números, en papeles, en pantallas, en porcentajes.
El presidente chileno lo puso en palabras: “Nada es gratis en la vida”, dijo, con la brutalidad del inconsciente. ¿De dónde ha sacado eso Piñera? ¿Quién que no esté hechizado, obnubilado por su propia manera –neoliberal– de ver las cosas puede sostener esa oración corta, tremenda y categórica, esa frase acuñada al calor de la falacia neoliberal por excelencia y que indica que el esfuerzo personal tiene su premio? En los países neoliberales el esfuerzo personal no sirve para nada.
Para el pensamiento dominante en el mundo, lo social, y esto es, la sociedad, los seres humanos que la integran, las personas con nombre y apellido, son apenas algo para recortar. Recortaron siempre ahí. Ajustaron siempre en los cuerpos, nunca en las abstracciones numéricas de las finanzas. La lógica que los mueve es tan ilógica, tan dramáticamente disparatada, que ahora lo social les estalla en la mano, como un petardo mal encendido.
Este sistema llegó hace décadas para dejar caer su cuchillo sobre lo social. La salud, la educación, los derechos laborales, las jubilaciones, todo lo que esos gobiernos privatizaron tenía por destino lo social, el desarrollo social, el ascenso social, la movilidad social. Privatizar es des-socializar.
Lo que hubo fueron manifestaciones sociales en el más técnico de los sentidos. Fue lo social que habló. Las dos protestas fueron protagonizadas por la misma generación. Más del 60 por ciento de los detenidos en Londres tenía entre 15 y 25 años. Son o deberían ser esos chicos británicos estudiantes secundarios o universitarios. Pero no incendiaron varias ciudades de Gran Bretaña pidiendo por su derecho a tener un proyecto de vida. Eso lo hicieron los jóvenes chilenos. Otra prueba fehaciente, una más y van muchas, del cambio de paradigma. Los jóvenes chilenos están mejor parados. Tienen más conciencia de sí. Más camino hecho. Tienen más ideas, tienen delegados, tienen historia y símbolos. Los jóvenes británicos por ahora sólo comparten la rabia.
Los chicos británicos emiten sus ladridos desde el lugar de los excluidos de la sociedad de mercado. Son europeos y aspiran a plasmas, no a latas de tomates y paquetes de yerba, como los que envolvían con sus brazos los saqueadores argentinos de los finales de los mandatos de Alfonsín y De la Rúa. Aquí sabemos de saqueos fogoneados, de saqueos como el golpe de gracia de gobiernos que a los poderes fácticos les convenía arrasar. No por casualidad esos dos gobiernos democráticos cayeron en el medio del humo de neumáticos. Pero qué curioso. Londres ardiendo y nadie preguntándose por la gobernabilidad de Cameron. Esa parte del mundo no ha pasado todavía a la fase de la ingobernabilidad, pero al ritmo en que van las cosas, ya llegará. Por ahora, lo que se ha visto es que los jóvenes británicos son profundamente infelices, que no tienen fe, que no aspiran a conseguir un buen trabajo porque no consiguen ninguno, y encima tampoco pueden comprarse las zapatillas nuevas que valen doscientos euros y sin las que sus identidades se diluyen. Si no tienen esas zapatillas no saben quiénes son. Han sido reducidos a consumidores impotentes.
Los chicos británicos ladran porque no tienen futuro, como los punks de los ’90. El de Margaret Thatcher fue el primer gobierno democrático que aplicó de lleno un programa neoliberal. El de Augusto Pinochet fue, en Chile, el primer globo de ensayo en dictadura. Le siguió la Argentina.
Los ’90 fueron hechizantes. Tal fue la conmoción mundial por la caída del Muro de Berlín y por un solo pensamiento triunfal flameando en Occidente, que no hubo resistencia posible. Fueron los años en los que se puso en marcha lo que algunos llamaron “la nueva Edad Media”. Torretas y bárbaros. Countries y villas. Nobles y descastados.
Lo que iba a morir en media parte del mundo en esa década era la aspiración al progreso. Los sectores populares dejaron de soñar con llegar a vivir como los sectores medios. Los sectores medios, políticamente seducidos para identificarse con los sectores altos, fueron disciplinados culturalmente para mantener a raya a los sectores populares. Los piqueteros, los trapitos, los cartoneros definen un universo que mucha clase media, alentada por los medios masivos de derecha, identifican con el peligro, la amenaza, el delito, la falta de valores morales. Pero mientras unos dejaban de tener derecho a soñar con vivir mejor, los que los despreciaban vivían cada vez peor.
El politólogo español Juan Carlos Monedero escribió esta semana en relación con la situación británica que “el reclamo de la época es la igualdad, aunque, como siempre, el verdadero fin es la libertad (la que busca ese ser consciente que lo único que sabe con certeza es que se va a morir)”. La frase interpela el falso eje sobre el que se han hecho girar nuestras ideas sobre la igualdad y la libertad, toda vez que quienes vienen serruchando lo social desde hace décadas lo hacen en nombre de la libertad. Pero nunca hablaron de la libertad de las personas reales, las que penan, aman y no duermen por el hambre o las preocupaciones.
“El auge del mercado, los cientos de canales de televisión, Internet, los teléfonos móviles, el desarrollo en transportes y comunicaciones –escribió Monedero–, poder elegir entre Coca-Cola y Pepsi Cola, viajar, el alargamiento de la adolescencia, el sensacionalismo de una información supuestamente infinita servida en tiempo real, la soberanía de los consumidores son todos elementos que hacen pensar que nunca tanta gente fue tan libre en la historia de la humanidad. Pero esa libertad se ve coartada por la falta de acceso real a esa promesa de vivir como monarca absoluto. Se les había olvidado que sin súbditos no hay reyes. Es entonces cuando surge el enojo: ser feliz es tener acceso a todo lo que me da felicidad, pero no llego. Y no voy a llegar mañana tampoco. Así que lo quiero todo y ahora. Como sea.”
En todo el mundo hay una generación que pregunta a los gritos qué le han hecho a su futuro, cómo es posible que se pretenda de ellos que renuncien a sus ilusiones personales, que sean extras en una larga y terrible película protagonizada por las pantallas de la Bolsa.


Fuente original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-174349-2011-08-13.html

viernes, 12 de agosto de 2011

La revuelta de Londres según el antropólogo británico Chris Knight

Enrico Piovesana Peace Reporter
Traducido por S. Seguí

Entrevista al antropólogo Chris Knight, expulsado de la East London University por su participación en las protestas contra el G-20 y figura destacada en el anarquismo británico. Le hemos pedido su opinión sobre los disturbios de Londres, en tanto que figura de referencia de la izquierda libertaria londinense, expulsado en 2009 de la Universidad de East London, donde enseñaba antropología, por participar en protestas contra el G-20.

El profesor Knight es una de las figuras más destacadas de la X Network, una red de movimientos anarquistas, pacifistas, revolucionarios, anticapitalistas, ecologistas y feministas que reúne nombres como Whitechapel Anarchists Group, Neo-Millennium Liberation Army, Democracy Village, Direction Action Group y Class War.

El primer ministro británico, David Cameron, ha definido los disturbios como “pura delincuencia.” ¿Está de acuerdo?

La quema de casas con personas dentro, el saqueo de tiendas, los ataques a personas con intención de matar son obviamente delitos criminales. Y el delito debe ser combatido, todos estamos de acuerdo en esto. Pero, para que el contraste sea eficaz, se debe hacer a todos los niveles, comenzando por arriba. Es preciso comenzar con los banqueros codiciosos e irresponsables que provocaron la crisis financiera de 2008 y con los políticos criminales que están en una forma u otra a su servicio. Por no hablar de las violaciónes del derecho internacional que este régimen ha cometido al invadir Irak, y la continua utilización de la violencia en Afganistán, Libia, etc. El reciente escándalo de corrupción en la Policía Metropolitana sólo sirve para reforzar la imagen de anarquía que prevalece en los niveles más altos. Los ricos y poderosos son responsables de saqueos y violencia a grandísima escala; detengamos y condenemos a los criminales de alto nivel y luego nos ocuparemos de los más pequeños.

¿Según usted, todos estos disturbios son completamente espontáneos? ¿O bien hay detrás la mano de las fuerzas antisistema: anarquistas, anticapitalistas, izquierda radical...?

Hay una forma de autoorganización muy sutil y refinada. Las bandas locales, antes hostiles entre sí, se han unido para luchar contra la policía, en lugar de luchar unas contra otras. Son jóvenes llenos de ira, pero no politizados en el sentido tradicional. Y están organizados mil veces mejor que los anarquistas y otros activistas políticos. La izquierda anticapitalista no ha tenido ningún papel en todo esto, realmente, salvo para ofrecer apoyo a las familias afectadas. En los próximos días, sin embargo, muchos de nosotros participaremos en las asambleas de barrio en un intento de canalizar esta rabia en una dirección más creativa.

¿Cree usted que estos disturbios raciales son similares a las que ya se han visto en el pasado o bien se trata de nuevo tipo de malestar social, de algún modo relacionado con la crisis económica?

Es un fenómeno nuevo. Estos disturbios son interétnicos. En algunas zonas de Londres, los alborotadores y saqueadores han sido jóvenes blancos. Tal vez sea una de las muchas chispas que han de encender la inminente insurrección en toda Europa. Y no solo de las clases trabajadoras, también del lumpenproletariado, impulsado por la pobreza y aún más por la inmoralidad y la codicia del establishment. El capitalismo global de hecho murió en septiembre de 2008: desde entonces, el sistema parece vivo, pero sólo se mantiene vivo artificialmente. Luego vino el nuevo colapso financiero y la máquina que mantiene vivo el sistema dejó de funcionar. La revolución ya ha comenzado: desde el norte de África comenzó a principios de 2011, se ha extendido en el mundo árabe y ahora ha llegado a Londres.

¿Cuál es la situación social en los guetos de Londres? Recientemente, en las afueras de la capital, se han registrado tasas de prevalencia de la tuberculosis peores que en muchos países del tercer mundo...

Sí, esto describe bien la situación en los barrios más pobres de Londres, pero también de Bristol, Liverpool y Manchester.

Algunos piden la intervención militar y la imposición de la ley marcial. ¿Cree usted que es un escenario realista?

La prensa sensacionalista lo está pidiendo a gritos, pero el gobierno y los militares no son tan estúpidos. Ellos saben que deberían empezar a disparar a la gente y entrar en sus barrios; la explosión de violencia que se produciría haría palidecer lo que hemos visto en los últimos días.

Fuente: http://it.peacereporter.net/articolo/29926/Le+rivolte+di+Londra+secondo+Chris+Knight

miércoles, 10 de agosto de 2011

Detenidos niños y adolescentes por usar Facebook en “Levantamiento popular”…en Londres, no en Cuba

La pupila insomne


El portal elmundo.es informa que entre los más de 500 arrestados, desde que estalló la violencia en el barrio londinense de Tottenham, hay un niño de tan sólo 11 años de edad y que cuatro adolescentes han sido también detenidos por incitar a las revueltas a través de Facebook. Agrega el sitio español que:

“La Policía de Strathclyde, en Glasgow (Escocia), ha detenido a un joven de 16 años de edad por enviar un mensaje de Facebook en el que presuntamente incitaba a cometer actos de desorden, informa la BBC. La Policía ha asegurado que va a vigilar muy cerca a las redes sociales y que adoptará lo que denomina “acción decisiva” para prevenir la violencia en el área de Strathclyde por parte de imitadores.
“Está previsto que el responsable del enlace a ‘Let’s start a riot in Glasgow’, que ya no se encuentra disponible en la mencionada red social, comparezca ante un tribunal mañana.
“En Folkestone, dentro del condado de Kent donde está la prestigiosa Universidad de Canterbury, dos jóvenes de 18 años han sido arrestados por difundir mensajes calificados de incendiarios a través de Facebook. Además, una chica de 16 años está siendo interrogada en Glasgow por el mismo motivo, según informa la BBC.
“Por último, la policía de Essex ha detenido a un joven de 17 años, después de alentar a otras personas a través de Facebook a reunirse en el condado y participar en las revueltas.”

Me pregunto si la policía española detendrá a quienes desde ese país incitaron a través de Facebook a un “levantamiento popular en Cuba“, fracasado por no presentación el pasado febrero. Pueden comenzar por el corresponsal en España de “Radio Martí”, emisora oficial hacia Cuba del gobierno de Estados Unidos, se llama Joan Antoni Guerrero, vive en Cataluña y dista de ser un adolescente.