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martes, 17 de julio de 2012

La oligarquía financiera y la democracia secuestrada



Josep Cabayol Virallonga, Sicom

En Europa se ha impuesto la “marktkonforme demokratie”

El pasado 1 de septiembre Angela Merkel dijo en el Bundestag: “vivimos en una democracia parlamentaria y por tanto la confección del presupuesto es un derecho básico del parlamento. No obstante, encontraremos la manera de hacerlo para que resulte acorde con los mercados. Aquel día Frau Merkel dejó claro que no se aprobaría ningún presupuesto que desagradara a la oligarquía financiera que controla los negocios mundiales.

La mentira

Leo Strauus, discípulo del nazi Carl Schmitt, siempre defendió que las élites tienen que mentir para poder gobernar: “los gobiernos, a través de la prensa, sólo deben dar a la población un mínimo de información fidedigna”. “Si se quiere mantener la fe de las masas en un futuro mejor, no hay ningún otro camino que la mentira y el engaño”. Para Strauss sólo se puede conseguir el “consentimiento” a las propuestas formuladas desde “la alta política”, a través de la mentira. Strauss fue – es – guía de los neocons.

En la misma universidad donde impartía ideología Strauss, enseñaba economía Milton Friedman al frente de la famosa y muy liberal Escuela de Chicago. El pensamiento de Friedman se basa en la creencia -interesada- que los mercados competitivos y libres de la intervención del estado son buenos para la eficiencia de la economía. Y proponía medidas como: mínima participación del Estado en el gobierno económico, ningún control político, ningún salario mínimo, ninguna subvención, privatizar la seguridad social, ningún estado del bienestar.



La apropiación de los bienes comunes

En la Universidad de Chicago se cocía la usurpación de los bienes públicos y de la ciudadanía. Había que decidir sin embargo, cómo y cuándo hacerlo. Los primeros experimentos fueron el año 73 en Chile. Con el apoyo de la presidencia y de los políticos norteamericanos, la Escuela de Chicago con Friedman a la cabeza, apoyaron a Pinochet, justificaron e impulsaron la violencia de estado y consiguieron, principal objetivo, el enriquecimiento de los más ricos a costa de los más débiles por medio de la represión cárcel y muerte de muchos de los ciudadanos que clamaban por sus derechos. El asesinato y la cárcel ensombrecieron Sudamérica en nombre de la guerra al comunismo.

En el transcurso de los años 80 se fue imponiendo en Estados Unidos, un cambio de hegemonía del pensamiento social que nos ha llevado del keynesianismo al neoliberalismo. Un dato nos lo certificará: a finales de los 70 los más ricos podían llegar a pagar en impuestos al estado hasta un 70% de sus beneficios. Robert Reich, que fue ministro de Trabajo y Asuntos Sociales en la era Clinton, nos explica que a través de las deducciones al final tan sólo pagaban el 50%. El año 2011 esta cifra descendió al 36%. Del 70 al 36 en 30 años! Y aún hay más puesto que a través de las vías de escape paralegales y fraudulentas, el año pasado 18.000 de las familias más ricas de EEUU no tuvieron que pagar impuestos.

Los 80 fueron años de plomo para las clases populares. En Estados Unidos con Reagan, en Gran Bretaña con Thatcher. En la vieja y continental Europa el estado del bienestar también comenzó a retroceder. Pero no era suficiente.



El neoliberalismo


Llegamos así al 13 de enero de 1993 fecha oficiosa del nacimiento del Consenso de Washington. John Williamson, el economista que había redactado las misiones originales de FMI y Banco Mundial, convocó a la elite neoliberal para decidir cómo “convencer” a los políticos para que adoptaran medidas contrarias a los intereses de la mayoría de los votantes. Políticas que deberían facilitar el traspaso de la propiedad y los bienes públicos a manos privadas. La reunión tuvo lugar en el “Carnegie Conference Center” de Washington, Para asegurar sus intereses y dado que las crisis provocadas son iguales de efectivas que las reales, decidieron que mentir a los ciudadanos no debería ser un problema si con ello conseguían sus propósitos. Para conseguirlo acordaron aprovechar y favorecer los momentos catastróficos porque es cuando la ciudadanía acepta mejor los cambios traumáticos. Y señalaron 4 objetivos a los gobiernos del mundo: desregulen, privaticen, adelgacen el estado y aprueben legislaciones favorables a las transnacionales – liberalicen.

La privatización del futuro

Las crisis reales, las provocadas, las favorecidas, las exageradas, han cuajado. El Norte, como antes le había pasado al Sur, ha caído en shock. Asustados, incapaces de reaccionar juntos, nos preocupa más la supervivencia personal que la colectiva sin darnos cuenta de que la oligarquía cuando maneja los mercados, sólo piensa en imponer la tiranía del dinero en favor del 1% de la población mundial. Y que los objetivos señalados en el 93 para el Sur, lo son ahora para el norte.

¿Qué pretenden, qué quieren conseguir?

Pues traspasar a su propiedad privada dos de los mecanismos claves para la equidad, las dos cosas a las que los humanos, respirar, beber, comer y procrear al margen, no renunciaremos nunca: salud para vivir, educación para vivir mejor en el futuro. Ellos, los oscuros mercados, saben que pagaremos por tenerlas porque no hay futuro sin salud ni educación. ¿Les permitiremos que se las apropien con el único objetivo de acumular riqueza a costa de los derechos sociales de la mayoría? Aceptaremos convertirnos – aún más – en objetos de negocio?

No todos los políticos pero….

Merkel dijo que el Bundestag no aprobaría ninguna medida que no fuera bendecida por los mercados. En todos los parlamentos europeos está pasando lo mismo. ¿Dónde están los políticos independientes de los mercados? La democracia controlada, supervisada, dirigida, he aquí lo que tenemos delante. Entonces, ¿debemos considerar democrático a un sistema político que decide en sede parlamentaria secuestrar una buena parte de la soberanía popular? ¿Es esta la democracia que proponen? ¿Es esto democracia? ¿No deberíamos exigir a los partidos políticos y a sus representantes que si no están de acuerdo con esta “percepción” de la democracia, salgan a la calle y denuncien inequívocamente lo que ya es para muchos una perversión democrática y una vulneración de los derechos humanos? ¿Estamos asistiendo a un crimen contra la humanidad cuando a la mayoría se le dificulta por ley si no impide, el derecho al trabajo, a la salud, a la educación y al buen vivir?

___________

Ver: El derrumbe del esquema ponzi europeo y el golpe de la oligarquía financiera

A 60 años de la "invención" del Neoliberalismo
 
Fuente: http://mamvas.blogspot.com.ar/2012/03/la-oligarquia-financiera-y-la.html

lunes, 22 de agosto de 2011

CHILE HOY: LA MECHA DE LA HISTORIA

Claudia Rafael

“Son aves que no se asustan

de animal ni policía,

y no le asustan las balas

ni el ladrar de la jauría.

Caramba y zamba la cosa,

¡que viva la astronomía!”

(Violeta Parra)







Los jóvenes en las calles sacuden al mundo. Inquietan. Conmueven. Llenan de interrogantes. Despiertan miedos al tiempo que van tajeando con libertades nacientes las grietas del sistema. Destrozan certezas con su paso danzante mientras rappean no tengo mucha plata pero tengo cobre aquí se baila como bailan los pobres. Echan luz con el desparpajo de los años sobre el camino calcificado por adultos que tejieron un mundo que desprecian.
Hoy es Chile como ayer y mañana Francia, Túnez, Inglaterra, Libia, Egipto o Puerto Rico. La vida es hoy. El futuro llegó a mí. Es subirse al puente de la insurrección o quedarse a esperar que la vida transcurra.
Chile sigue ofreciéndose –en tiempos de promesas electorales- como el lugar paradisíaco de destino. El espejo en el que quieren que nos reflejemos como utopía trasandina. Las últimas previsiones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial sitúan el crecimiento económico de Chile próximo al 6%. E indican además que “el país seguirá a la cabeza en PIB (Producto Bruto Interno) en Sudamérica hasta al menos 2014. Su posicionamiento se mantendría hasta 2014, cuando su PIB per cápita alcanzaría a US$ 18.659”.
Andrés Zahler Torres, investigador y profesor del Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Diego Portales, de Santiago publicó en la web del Centro de Investigación e Información Periodística (Ciper) que “el 10% de los chilenos tiene ingresos promedio que superan los de Noruega, mientras que los ingresos del 10% más pobre son similares a los de los habitantes Costa de Marfil. La gran mayoría tiene, en promedio, menos ingresos que los angoleños. Pese a que el PIB de Chile superó los 200.000 millones de dólares el año pasado, los niveles de desigualdad demuestran que no basta con el crecimiento para alcanzar el desarrollo”.
En detalle plantea: “El 10% más rico de los chilenos vive de hecho como en un país muy rico. El ingreso promedio de este grupo (más de $60.000 dólares per cápita, en términos comparables) es superior al promedio de Estados Unidos, Singapur y Noruega. El segundo grupo vive levemente mejor que Hungría, con ingresos similares a Eslovaquia y Croacia, países de ingreso medio-alto. Este 20% es el Chile que vive bien o muy bien”.
Pero qué pasa con el otro Chile. El de cobre y mineral que suda en las minas y se desangra sin techos ni libros entre las manos. “El tercer 10% de la población vive como el promedio de Argentina y México. El cuarto grupo como Kazajstán. Todavía nos queda el 60% de la población. Allí nos encontramos con ingresos equivalentes al de Perú en el 5º grupo; similar a El Salvador en el 6º grupo; Angola en el grupo 7; Bután y Sri Lanka en el 8º; similar a la República del Congo (9º); y, finalmente, similar a Costa de Marfil en el 10º grupo. En la práctica, el 60 % del país vive con ingresos promedio peores que Angola”.
Que los jóvenes estudiantes salgan a las calles y arremetan con su rebeldía descarnada, que griten que quieren hoy su porción de futuro y no en un mañana inasible y lejano, nació de semillas que fueron asomando desde las entrañas de la tierra.
“Le digo a los magallánicos que no hay nada que temer, porque hay buenas razones para que el precio del gas, que es un elemento tan vital en una región que tiene tantas dificultades y frío, se mantenga en condiciones más favorables para la gente de Magallanes que para el resto del país”. Así les había hablado a fines de 2010 Sebastián Piñera a los pobladores que en 2009 le habían entregado el 55 % de sus votos.
Tres meses más tarde les anunció que las tarifas para la distribución del hidrocarburo aumentarían en un 16.8 %. Apenas unas horas bastaron para que los magallánicos llenaran los caminos de rebelión y de rabia.
En mayo los chilenos salieron a las calles a rechazar la construcción de HidroAysén: cinco centrales hidroeléctricas en el sur de Chile con impacto directo en la naturaleza y en las comunidades.
Hoy son los jóvenes los que toman los espacios públicos dispuestos a redoblar la apuesta. Sus voces se adueñan de veredas y calles con su utopía de humanidad: educación gratuita, re-nacionalización del cobre y la caducidad de la constitución que Pinochet perpetró en 1980.
Carabineros pertrechados para la guerra, gases lacrimógenos, tanquetas de batalla militar, 10, 36, 150, 500, 800 jóvenes engullidos como trofeos.
Lluvia de represión que ellos responden con pancartas que claman “agitá tus alas y habrás ganado el derecho a volar. No es sólo elevarte al cielo sino también traer el cielo a tu interior”. Interpelan. Cuestionan. Exigen.
A miles de kilómetros de distancia, meses atrás los jóvenes franceses habían gritado a su vez “no queremos que nuestros padres se mueran trabajando, y nosotros no nos queremos secar bajo el sol buscando casa y trabajo”.
Derriban certezas al sistema. “Estamos hartos del cinismo, de la arrogancia del gobierno, de las injusticias permanentes, de ver cómo hacia arriba se viola la ley y hacia abajo nos ponen presos por cualquier insignificancia”, decían.
40.000 estudiantes y docentes ingleses a fines de 2010 rugían “¡Impuestos a los ricos, no a los estudiantes! ¡La educación es un derecho! ¡Que la crisis la paguen los capitalistas no los estudiantes! ¡Universidad para todos! ¡Educación gratuita, ya!”.

Indignados. Rebeldes. Utópicos. Destructores de un presente de inequidades. “Nos habéis quitado demasiado, ahora lo queremos todo”, vociferaron los jóvenes italianos ante los aumentos a las cuotas educativas.
La prosperidad capitalista deja demasiados heridos. Cicatrices que no cierran. Lujos que tienen contracaras de violencia. Una violencia que desnuda hambrientos, desposeídos, saqueados.
Jóvenes aquí y allá lanzan su insurrección al viento. Se alzan, ganados por la desilusión y el hastío de un mundo que no eligieron. Que sienten que no les pertenece. Que es necesario destruir y sabotear para empezar de nuevo.
Desprecian un sistema vetusto y excluyente. No quieren etiquetas. Desean sacudirse las telarañas que la historia les asestó, que sedujo a otros jóvenes como ellos para prometerles paraísos vacíos.
Ellos nacieron a la vida en un país que despreció la vida con cementos y estadios opresores. Bebieron de esa miel amarga de un sistema que no lanzó por ellos cohetes y serpentinas. Deglutieron los venenos de la inequidad.
Y hoy asoman sus cuerpos con la certeza de que cada corazón es una célula revolucionaria. Que hay que sacudir el sopor del aplastamiento. Y con la convicción de que apenas son la mecha que –el tiempo lo dirá- podrá encender la historia.

Extraído de ATTAC 615.

sábado, 13 de agosto de 2011

La Europa neoliberal al borde del abismo

La Europa neoliberal al borde del abismo


Juan Torres López

Rebelión

Es imposible resolver los problemas financieros coyunturales que vive Europa (subida de la prima de riesgo y peligro de impagos generalizados) simplemente mediante la compra selectiva y puntual de deuda por parte del Banco Central Europeo. Los problemas son estructurales:

- Hay que frenar la actividad de los especuladores mediante tasas sobre las transacciones financieras y, si es necesario, estableciendo controles sobre los movimientos de capital especulativo.

- Hay que garantizar financiación a los estados, al menos, en las mismas condiciones en que se financió a la banca privada. Eso debe traducirse, en primer lugar, en la realización de una auditoría independiente de la deuda existente para determinar cuál ha sido impuesta a los pueblos por los terroristas financieros y rechazarla por ilegítima y odiosa. Posteriormente, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea deben ayudar a que cada gobierno establezca planes de pago a medio y largo plazo y suministrarle la financiación adecuada para ello (que, en todo caso, será muy inferior a la concedida casi gratuitamente a los bancos privados que provocaron la crisis).

- Poner fin a la actividad de las agencias de calificación criminales que han mentido y contribuido a crear la situación de perturbación financiera en la que estamos.

En cualquier caso, no se puede olvidar que lo que está pasando es el resultado de otras circunstancias a las que no se está haciendo frente:

- El diseño muy imperfecto de la unión europea y de la zona monetaria, que se hizo para beneficiar exclusivamente a las grandes empresas e intereses financieros y que ha dado lugar a que los países de la periferia y las clases trabajadoras del conjunto de Europa no tengan apenas mecanismos de defensa para mantener su nivel de vida y sus fuentes de ingresos.

- La regulación defectuosa de las finanzas internacionales establecida con el propósito exclusivo de permitir que los poseedores de capital hagan lo que les venga en gana para ganar cada vez más dinero.

- Las políticas económicas que se vienen llevando a cabo que están produciendo un incremento extraordinario de la desigualdad espacial, personal y de género y que es la que genera los capitales con que se llevan a cabo los movimientos especulativos.

- La falta de democracia y de control efectivo de la ciudadanía sobre los gobiernos y las autoridades públicas en general (como el Banco Central Europeo) que permite que todas ellas se hayan hecho cómplices de los grandes financieros y que actúen constantemente al margen de los intereses de la mayoría de la sociedad.

Por lo tanto, es a todos estos problemas a los que hay que dar solución y no solo a los puntuales que está provocando la subida de las primas de riesgo. Si se dejan tal cual están hoy día, la intervención del Banco Central Europeo simplemente modificará la posición desde la que actúan los especuladores pero no evitará ni mucho menos que sigan provocando daños.
Sin afrontar los problemas estructurales a los que acabo de referirme será inevitable que se profundice en la inestabilidad y en el peligro de crisis generalizada porque, por un lado, sin cambiar de políticas se impide que las economía se recuperen; y, por otro, porque sin frenar a los especuladores, el propio Banco Central Europea va a provocar males mayores de los que dice que quiere evitar.
Mientras que las políticas y los gobiernos neoliberales con el Banco Central Europeo a la cabeza ponen a Europa al borde del abismo los ciudadanos europeos no podemos seguir esperando a que las autoridades recobren la cordura: hay que actuar e impedir mediante el debate y la movilización que lleven a Europa a la destrucción y a un conflicto social de consecuencias imprevisibles.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

martes, 19 de julio de 2011

La fórmula es siempre la misma

Crisis de las clases medias


Fin de la fiesta económica, comienza la fiesta política

Isidro López

¡Organización!

¿Neoliberalismo? El relato político nos cuenta como, después del 68, lo que parecía un armónico pacto entre capital y trabajo se convirtió en un avispero revolucionario en el que distintas formas culturales y políticas ponían en cuestión el reparto del producto social. Peligraban los beneficios capitalistas. La respuesta: los muy ricos, los propietarios del capital, tomaron las riendas de las políticas públicas desde principios de los ochenta para liquidar la insurrección y reafirmar el poder de mando del capital. Las vías con las que el estado neoliberal decretó recomponer los beneficios capitalistas tenían tanto de disciplinamiento político como de receta contraproducente para el propio desarrollo capitalista: atacar a los salarios, recortar del estado de bienestar y prohibir que el estado incurra en déficits produce una escasez crónica de demanda que impide que el crecimiento económico despegue.

La contrarrevolución neoliberal estaba buscando una vía de escape para su brutal nihilismo social (y económico). El principal motor político del nuevo modelo neoliberal, los ricos, no tenía problema: cada vez acumulaban más y más riqueza con este arreglo. El problema eran las llamadas “clases medias”, un estrato que se había movido al ritmo del constante crecimiento de los salarios y había crecido durante los años sesenta engrosado por la clase obrera industrial y un creciente acceso a posiciones profesionales cualificadas. Los activos financieros, la Bolsa, el crédito y los mercados inmobiliarios fueron “la carta” material (la ideológica sería la "nueva derecha") que el neoliberalismo se guardaba en la manga para intentar conseguir que esa cosa llamada clase media no pasase a engrosar las filas del tradicional proletariat y, desde ahí, se pusiera en peligro la hegemonía neoliberal. La fórmula es aparentemente sencilla: que todos los recursos que los propietarios de capital roban a la sociedad sean devueltos en forma de crédito, que alimente el consumo y el trabajo (precario) y luego vuelva acrecentado a los propietarios de capital y de títulos financieros. En lo que esto sucede, la desposesión continúa: recortes, privatizaciones, descenso de los salarios y saqueo de bienes naturales. Es la llamada financiarización del capital.

Lo sucedido en España durante la belle époque 1995/2007 es fruto de una extraña colisión entre este modelo y una mutación del muy hispánico y muy bizarro desarrollismo. Durante la autocracia franquista, la solución a los problemas económicos y sociales fue poner el activo number one de España, “El sol y la playa”, en el mercado internacional. Lo que comenzó como un entretenimiento estival para "suecas" y obreros fordistas de Dusseldorf y Manchester, acabó siendo una maquina de producir entradas de flujos internacionales de capital sobre el sector inmobiliario español. Por otro, lado la obra social franquista, con su gran sentido de lo vertical y lo otorgado, anticipando en treinta años a Margaret Thatcher, se ponía a fabricar propietarios de vivienda para ir a contrapelo de la lucha de clases. Desde la transición, unas políticas públicas dispuestas a todo con tal de meter más madera a la maquina turístico-inmobiliaria hicieron lo demás. A partir de mediados de los noventa, mientras el resto de la UE, EE UU y Japón chapoteaban en la atonía económica y la involución social, España se convertía en una de las mecas del capitalismo financiarizado y, encima, desde 2004 se las daba de “progre”.

Se llama “efecto riqueza” a la sensación de afluencia que proporciona el crecimiento del valor de los activos financieros o inmobiliarios aunque, y suele ser el caso, estén financiados a crédito. Su traducción, en el caso español, fue una oleada de euforia en el consumo (la demanda), aunque siempre por barrios, ocasionada por una fuerte subida de los precios de la vivienda. Este fenómeno recompuso una clase media que perdía posiciones sociales pero mantenía una importante base patrimonial compuesta, casi exclusivamente, por viviendas o, en su (triste) caso, por una hipoteca. La llegada de la crisis inmobiliaria borró este efecto de la noche a la mañana. Comprimiendo en cuestión de meses un proceso que en las anteriores crisis capitalistas podía durar decenios, el desplome de la riqueza financiera/inmobiliaria dejó al descubierto un panorama de salarios menguantes, precariedad laboral, derechos sociales en recesión y la apertura de una brutal brecha generacional entre las posiciones económicas de las anteriores generaciones y los jóvenes.

Del “efecto riqueza” al “efecto pobreza”, la proletarización del estrato central de la sociedad, aparece en toda su violencia material y psicológica, mientras por arriba los poderes políticos se pliegan milimétricamente a las demandas de los verdaderos jefes de todo esto, los propietarios del capital. De manera algo gruesa, se puede resumir el 15M como el momento en que buena parte de las clases medias españolas dejaron de confiar en las soluciones económicas para lanzarse a la arena de la política, que es donde se juega el verdadero partido. Desde ahí, lejos de los pavoneos económicos del ciclo anterior, el 15M tiene algo que enseñar al resto del mundo: en España, hasta 2007, hemos visto “lo mejor” que puede ofrecer el capitalismo financiarizado global en los próximos decenios. Y sabemos que es un callejón sin salida. Por eso, la única salida verdadera a la crisis económica es una crisis política tan profunda que sea capaz de cuestionar quién tiene derecho a apropiarse de lo que producimos entre todos y quién tiene derecho a decidir sobre lo que es de todos.
Isidro López (Observatorio Metropolitano)

Fuente: http://organizacionporfavor.wordpress.com/

domingo, 22 de mayo de 2011

Varias estrategias para un mismo shock

Varias estrategias para un mismo shock

CADTM

Traducido por Guillermo F. Parodi

Durante la primera fase de la crisis económica mundial (2007-2009), los gobiernos de los países más afectados por ésta, comenzando por el de los Estados Unidos, tomaron medidas enérgicas, aplicando las lecciones aprendidas de los primeros meses que siguieron a la quiebra de Wall Street en octubre de 1929. En aquella época, la ausencia de una intervención del Estado para apoyar a la vez el sistema financiero y la demanda había llevado a consecuencias muy graves en términos de recesión y quiebras, que condujo luego a una radicalización política y social. En reacción al laisser-faire de 1929, ahora se adoptaron en el Norte una serie de medidas para amortiguar el impacto de la crisis financiera como ayudas masivas a los bancos, inyección de una masa enorme de liquidez para evitar un agotamiento completo del crédito y los intercambios, reducción del tipo de interés de la Reserva Federal de los Estados Unidos seguido por la del Banco de Inglaterra y del Banco Central Europeo… Se adoptaron también algunas medidas para limitar la caída de la renta de la población y del consumo. Se establecieron algunos estabilizadores sociales, como varias disposiciones que garantizan los ingresos o procuran un ingreso de sustitución, independientemente de la actividad económica realizada. En varios países, estas disposiciones se prolongaron durante varios meses para aumentar su función de red de seguridad. Algunos planes de reactivación consistieron en aumentar el gasto público para atenuar la caída del gasto privado. En este contexto hubo gente que pensó que, ante la crisis, los gobiernos de Barack Obama, Gordon Brown, Nicolás Sarkozy, José Luis Rodríguez Zapatero, José Sócrates, e incluso los de Angela Merkel y Silvio Berlusconi, cambiarían sus políticas hacia un modelo keynesiano mediante un aumento estructural del gasto público, con concesiones a los asalariados, imponiendo normas estrictas a las sociedades financieras y deteniendo la ola de privatizaciones, o incluso decidir nacionalizaciones duraderas [2] . Pero no se produjo nada de eso.
A posteriori, razonablemente se puede pensar que estos “amortiguadores sociales” se establecieron sólo temporalmente para reducir la recesión y limitar los riesgos de explosión social que hubiera podido causar esta crisis, provocada por el efecto combinado del apetito de beneficio máximo de los banqueros y de varias décadas de políticas neoliberales. En efecto, en 2008, los gobernadores y los editorialistas de los grandes medios de comunicación financieros tuvieron realmente miedo de que un despertar de la opinión pública a la crítica radical del capitalismo desembocase en una movilización popular, a favor de cambios revolucionarios. Esta angustia especialmente se sintió cuando el derechista gobierno griego de la Nueva democracia recurrió rápidamente a una serie de medidas de austeridad. Éstas originaron un mes de diciembre, en 2008, socialmente explosivo, y condujeron a su bochornoso fracaso electoral en las elecciones legislativas anticipadas de octubre de 2009. En cuanto a los países del ex bloque soviético que se integraron en la Unión Europea, y principalmente los que lo hicieron desde 2004, aplicaron la estrategia del shock a partir de 2008. La presencia en el lugar del FMI desde hacía de 10 a 15 años reforzó y facilitó esta orientación, no sin que eso causase, en algunos países, grandes movilizaciones sociales. En Islandia, que no forma parte de la Unión Europea, la estrategia del shock se aplicó con prontitud, lo que causó una enorme movilización popular y una crisis política importante que implicó la caída del gobierno, y el rechazo por referéndum de un plan de reembolso de la deuda externa. [3]
Para evitar sucesos similares, Estados Unidos, Alemania, España, Gran Bretaña y Francia realizaron, entre 2008 y 2009, algunos gastos para estimular la demanda. Al actuar de este modo, los gobiernos difirieron la puesta en práctica de la estrategia del shock: [4] el recurso a un shock psicológico importante (como el causado por una crisis de gran amplitud, un desastre natural o un ataque terrorista) para imponer una nueva ola de reformas neoliberales y draconianas medidas económicas que sería imposible aplicarlas en tiempos normales. Por lo tanto, los gobernantes de estos países (con el apoyo de la Comisión Europea en el viejo continente) combinaron el rescate de los bancos y las aseguradoras con la instauración de algunos amortiguadores sociales y, para conseguir calmar el descontento social contra los banqueros, los mismos gobernantes criticaron duramente a las ovejas negras que se encontraban a la cabeza de algunas instituciones financieras privadas. Criticaron incluso un determinado tipo de capitalismo desbocado y algunos de ellos llamaron a la refundación del capitalismo. Además, en ese momento, hicieron todo lo posible para que no se mencionara el peligro de un aumento masivo de la deuda pública, con el fin de no llamar la atención sobre la causa principal: el coste exorbitante del rescate de los bancos, sin que las sumas empleadas hubieran servido para imponer un control público al sector financiero y sin que las mismas pudieran recuperarse utilizando el patrimonio de los grandes accionistas de estos bancos.
La aplicación de la estrategia del shock en estos países se produjo más tarde, a partir de 2010, después de que se hubiera aplicado en los países más débiles de la cadena de endeudamiento y de la zona euro: Grecia, Irlanda, Portugal… Es fundamental, en la actualidad y mientras los gobiernos compiten para imponer tratamientos de austeridad cada vez más enérgicos y más dramáticos, que la opinión pública sepa exactamente por qué nos encontramos en esta situación: los gobiernos de los países más industrializados, lanzados en una fuga hacia adelante ante las exigencias de los mercados financieros, actúan en contra de los intereses de sus poblaciones. El rescate de bancos que habían realizado inversiones muy arriesgadas para obtener un beneficio inmediato, por una parte, y las políticas fiscales muy favorables a los más ricos, por la otra, hacen pagar a las clases modestas, en forma creciente, las consecuencias de la crisis mundial y de un capitalismo congénitamente desigual. En otras palabras, se obliga a las víctimas de la crisis a pagar por los que son sus responsables. Esto explica por qué millones de personas viven esta situación como una profunda injusticia, que puede llegar a ser un detonador muy potente.
NOTAS
[1] Éric Toussaint, doctor en ciencias políticas de las universidades de Lieja y de Paris VIII, es presidente del CADTM Bélgica ( www.cadtm.org ). Es autor de La Crisis Global, Viejo Topo, Barcelona, 2010 y Ediciones Madres Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2010; de Una Mirada al Retrovisor. El neoliberalismo desde sus orígenes hasta la actualidad, Icaria, Barcelona, 2010.
[2] Barack Obama, Gordon Brown, el gobierno de los Países Bajos y algunos otros hicieron ciertas nacionalizaciones puntuales en 2007-2008, pero con el solo objetivo de impedir la bancarrota total del sistema financiero y del sector inmobiliario.
[3] Ver Mike Krolikowski , Yvette Krolikowski , Damien Millet, « Islandia ¡No y otra vez No! » http://www.cadtm.org/No-y-otra-vez-No
[4] Ver Naomi Klein, La doctrina del shock. Paidós, Barcelona, 2010

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, 7 de mayo de 2011

¡¡¡Hasta aquí habéis llegado, cabrones!!!

¡Embrutezcámoslos, son más dóciles!



Hace un puñado de años, en un lugar desconocido de un país por descubrir, entre enero y diciembre, a una hora no señalada, se reunieron los líderes del G-20, sus asesores financieros, sus contables, sus sacerdotes y sus programadores culturales. Decidieron llenar el mundo de mierda. ¿No se dan cuenta –dijo el emperador al foro de poderosos- que cuanto peor les tratamos, más nos quieren, que cuantos más disparates hacemos, más nos elogian, que cuanto más recortamos sus derechos y sus conciencias, más aplauden, que cuanto más salvajes somos, más nos respetan? Al carajo con el Estado de Derecho, con las libertades ciudadanas, con la educación pública y laica, con la decencia, con la Declaración de Derechos del Hombre; a tomar por saco con los prejuicios de los moñas que dicen que hay que abolir la pena de muerte y reinsertar a los presos, con las garantías procesales, con las mariconas que se oponen a la tortura, con quienes hablan de educar al pueblo, con los que exigen derechos laborales, sociales y culturales: ¡¡¡Embrutezcámoslos, sólo así lograremos formar un inmenso ejército mundial de sumisos y conformistas que nos besen las manos mientras colocamos la horca sobre su cuello!!! Creo que por aquel entonces acababa la guerra de Vietnam, disminuían las protestas antibelicistas y los chicos del sesenta y ocho regresaban al redil para hacerse cargo de la gestión de las empresas familiares. Todo lo colectivo comenzó a ser malo, en las películas, en los libros, en la televisión, y se volvió a ensalzar al individuo que lo puede todo con sólo desearlo, tener fuerza y poner empeño, al pez gordo. Apareció Rambo, y él solito comenzó a devorar malos a la misma velocidad que una cosechadora se traga las mazorcas en un campo de maíz. El hombre, que hasta entonces lo había conseguido todo codo con codo, hombro con hombro, empezaba a convertirse de nuevo en enemigo de su hermano, en alguien que esgrimía como principal prueba de su valía y de su amistad con Dios, su riqueza, su capacidad para acumular dólares del modo que fuese. Comenzaba una nueva división social, arriba los que valían y habían subido a lo más alto por sí mismos, “sin la ayuda de nadie”; abajo, los que no habían sido emprendedores ni habían tenido la ambición necesaria para bañarse en oro, personas que nada aportaban al Olimpo de los elegidos y andaban todo el día dando la murga con los derechos de los demás y otras melindres. Desapareció la Unión Soviética burocratizada y artrítica, con ella el riesgo de contagio de lo que un día fue la gran ilusión. Llegó el consumismo y la dispersión, cada cristiano occidental tenía derecho a comerse la parte del pastel que aguantasen sus intestinos y a tirar a la basura el excedente. Todos fuimos ricos por un día, el dinero salía a borbotones de entre las piedras más altas para diluirse al llegar a los valles dónde, ávida, la gente esperaba agarrar, a codazos y dentelladas, su pequeña porción. Nos habíamos convertido en superhombres, ni siquiera nos frenaba el antiguo miedo a los infiernos, mucho menos nuestra conciencia aguada ni la necesidad de quienes, incapaces, no habían sabido colocarse en el sitio justo a la hora precisa. Casi todos invertíamos en bolsa, se hablaba del capitalismo popular, de que nada era tan democrático como una sociedad anónima, de las bondades de un sistema que permitía hacerse rico a los más bestias de cada lugar, del precio justo, de la inutilidad del Estado y de esos burócratas que sólo se dedicaban a hacernos la vida imposible con sus papeles y sus legalidades. Dejamos de ser nosotros y nuestras circunstancias, para ser –o creer ser- sólo nosotros, yo, infinito yo narcisista que todas las mañanas contemplaba como se le caía el pelo al mismo tiempo que aumentaba su panza y sus ingresos derivados de la especulación y la explotación.
Después, les salvamos de la ruina en la que nos metieron invirtiendo, sin preguntárnoslo, lo que no teníamos, y lejos de agradecérnoslo, nos dijeron que les debíamos lo que les habíamos dado, amenazándonos mientras callábamos cabizbajos, con pasarnos del vientre de nuestra madre a las entrañas de la tierra sin intermediación alguna. Y dejamos de tomar la sagrada forma pero la forma se convirtió en sagrada mientras los orates nos trataban como otarios desde las televisiones públicas, las privadas y los cientos de tedetés nacidas para matar desde los santuarios de aquellos parientes lejanos de los que creíamos habernos separado cuando bajamos del árbol. Y apareció Belén Esteban como nueva Palas Atenea, y Sotres, Polaino, Dragó, Ramírez, Jorge Javier, Albiac, Terctsch, la duquesa, Peñafiel, Lozano, Aznar, Cantizano, Aguirre, Camps, Matamoros, Pantoja y la franca como nuevos dioses de las hordas, cada vez más convencidas de que, dado que la política es una mierda, mejor entregar todo el poder a los franquistas neocon, ¡qué más da, son todos iguales! Enfrentamos a la Virgen de la Almudena con la de Montserrat, y convertimos en seres celestiales a Florentino y a Sandro, a Ronaldo y a Messi, mientras la casa se nos caía encima, sin rechistar. Y vimos como mataban a cientos de miles de personas por petróleo en Irak, como colgaban ante las cámaras a un antiguo colega con barba, y nos fuimos a Afganistán a proteger lo que era nuestro y no de sus dueños. Y fuimos incapaces de organizarnos y salir a la calle para defender la libertad, para impedir que el juez que quiso juzgar la atrocidad franquista, siga siendo el único procesado en esa causa, para negarnos a ser cómplices de tanta muerte, para defender los derechos que tanta sangre costaron a nuestros abuelos, para decir que ningún Estado, ni siquiera el del Emperador negro en el que tantas esperanzas depositaron tantos, puede torturar para sacar confesiones desde una bañera llena de mierda y electrodos, que no se puede matar a un terrorista desarmado sin convertirte tú mismo en un asesino peor que todos los asesinos, que no podemos renunciar al Estado de Derecho, a las garantías procesales, a la presunción de inocencia.
Y nadie dijo no, y nadie alzó la voz, y nadie se rasgó las vestiduras, y nadie dijo: Hasta aquí habéis llegado, no sabéis lo que significa la palabra democracia, la habéis vaciado de contenido, sobráis, buscad otro planeta. Los diarios nos regalaban baterías de cocina y delantales con el escudo de nuestro equipo favorito, vitoreábamos al Jesús del Gran Poder, a la Moreneta, a Santiago Matamoros y a San Fermín pedimos. Brutos, cada vez más brutos, perdimos el norte de nuestras vidas, dejamos los asuntos públicos en manos de corsarios, hipotecamos el futuro de nuestros hijos y contemplamos, sin la menor mueca de asombro, como quienes con sus políticas económicas salvajes nos hundieron en la miseria, recibían el voto masivo del pueblo en municipios, comunidades autónomas y gobierno para entregar hospitales públicos a constructoras arruinadas, para instalar el copago sanitario, para crear una sanidad para ricos y otra para pobres, para confiar la educación de nuestros menores a frailes y monjas, para entregar las pensiones a los banqueros y aseguradoras que nos metieron en este callejón, para volver al ojo por ojo y diente por diente, para llenar los Parlamentos de diputados y senadores similares al caballo de Calígula, dispuestos a pisotearnos y a decirnos una y otra vez que los ricos no van a la cárcel, que los estafadores no van a la cárcel, que el código penal se hizo para los pobres y el civil para los ricos, que no hay más camino que el que marca el pez gordo. Y sonreímos en el patíbulo, como sólo los brutos lo pueden hacer, con la risa del idiota que no sabe por qué se ríe, con la risa del que hace tiempo que dejó de saber que sólo, un hombre no es nadie, pero que unido a otros, lo es y lo puede todo.
Ahora, mientras leo con cierto detenimiento las últimas encuestas del CIS, veo en la televisión como un Rambo negro mata a un barbudo desarmado en Pakistán siguiendo el mandato de Hammurabi y del Dios de la zarza. Pasan cinco millones de parados por mi puerta con una pegatina de Mariano Rajoy mientras se oyen los pitorrazos de la concentración de Ferraris y Bugatis que hay un poco más allá. Y me pregunto, con una botella de vino, comiendo una ristra de morcillas y fumando una cajetilla de ducados que me avisa de mi próxima muerte, ¿quién se ha encargado de quitar el alma al pueblo? ¿Quién se ha encargado de la educación del pueblo? ¿Dónde están los mínimos conocimientos humanísticos que debe tener todo ciudadano para discernir lo bueno de lo malo y lo malo de lo peor? ¿Para qué tanta tecnología, tanta telemierda? ¿Cuándo nos convertimos en brutos y serviles? ¿Cuándo olvidamos que el Estado de Derecho está por encima de la razón de Estado, que la razón de Estado por sí sola nos convierte a todos en presuntos delincuentes y es la madre del nuevo fascismo? Y sólo hayo una respuesta, cuando dejamos de pensar por nosotros mismos y en los demás. Hace ya mucho tiempo, aunque entre la multitud, he visto pasar a unos cuantos que con un martillo neumático van rompiendo el hormigón y en los huecos, plantan árboles. Llevan monos azules, y en sus espaldas un letrero: ¡¡¡Hasta aquí habéis llegado, cabrones!!!

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ahora es el turno de Irlanda

El capital financiero subordina nuevamente las políticas públicas del pueblo. Ahora le toca a Irlanda. Dice el Cartel: "¿La diferencia entre Madoff y los banqueros irlandeses? Madoff fue a la cárcel" Veremos cuál es la reacción del combativo pueblo irlandés.

viernes, 9 de julio de 2010

Pasado y futuro

Eric Hobsbawm Carta Maior El “Siglo breve”, o XX, fue un período marcado por un conflicto religioso entre ideologías laicas. Por razones más históricas que lógicas, fue dominado por la contraposición de dos modelos económicos –e incluso dos modelos excluyentes entre sí–: el “Socialismo”, identificados con economías centralmente planificadas de tipo soviético, y el “Capitalismo”, que cubría todo el resto. Esa contraposición, aparentemente fundamental, entre un sistema que ambiciona sacar del medio del camino a las empresas privadas interesadas en las ganancias (el mercado, por ejemplo) y uno que pretendía liberar al mercado de toda restricción oficial o de otro tipo, nunca fue realista. Todas las economías modernas deben combinar público y privado de varios modos y en varios grados, y de hecho hacen eso. Ambas tentativas de vivir a la altura de esa lógica totalmente binaria, de esas definiciones de “capitalismo” y “socialismo”, fallaron. Las economías de tipo soviético y las organizaciones y gestiones estatales no sobrevivieron a los años ´80. El “fundamentalismo de mercado” anglo-norteamericano quebró en 2008, en el momento de su apogeo. El siglo XXI tendrá que reconsiderar, por lo tanto, sus propios problemas en términos mucho más realistas. ¿Cómo influyó todo eso sobre los países que en el pasado eran devotos del modelo “socialista”? Bajo el socialismo, se encontraron con la imposibilidad de reformar sus sistemas administrativos de planeamiento estatal, incluso cuando sus técnicos y sus economistas fueran plenamente conscientes de sus principales carencias. Los sistemas –no competitivos a nivel internacional– fueron capaces de sobrevivir hasta que quedaron completamente aislados del resto de la economía mundial. Ese aislamiento, por lo tanto, no pudo ser mantenido en el tiempo, y cuando el socialismo fue abandonado –sea inmediatamente de la caída de los regímenes políticos como en Europa Oriental, sea por el propio régimen, como en China o en Vietnam– sin ningún preaviso, ellos se encontraron inmersos en aquello que para muchos parecía ser la única alternativa disponible: el capitalismo globalizado, en su forma entonces predominante de capitalismo de libre mercado. Las consecuencias directas en Europa fueron catastróficas. Los países de la ex Unión Soviética todavía no han superado sus repercusiones. China, para su suerte, escogió un modelo capitalista diferente al del neoliberalismo anglo-norteamericano, prefiriendo el modelo mucho más dirigista de las “economías tigres” o de asalto de Asia oriental, pero abrió el camino para su “gigantesco salto hacia adelante” con muy poca preocupación y consideración por las implicaciones sociales y humanas. Ese período está casi a nuestras espaldas, así como el del predominio global del liberalismo económico extremo de matriz anglonorteamericana, incluso cuando no sepamos cuales cambios implicará la crisis mundial en curso –la más grave desde los años 30- cuando los impresionantes acontecimientos de los últimos dos años consiguieran superarse. Una cosa, en efecto, es desde ya muy clara: está en curso una alternancia de enormes proporciones de las viejas economías del Atlántico Norte al Sur del planeta y principalmente al Asia oriental. En estas circunstancias, los ex Estados soviéticos (incluyendo aquellos todavía gobernados por partidos comunistas) están teniendo que enfrentar problemas y perspectivas muy diferentes. Excluyendo de entrada las divergencias de alineamiento político, diré solamente que la mayor parte de ellos continúan relativamente frágiles. En Europa, algunos están asimilando el modelo social capitalista de Europa occidental, aunque tengan una renta media per cápita considerablemente inferior. En la Unión Europea, también es probable prever el surgimiento de una doble economía. Rusia, recuperada en cierta medida de la catástrofe de los años 90, está casi reducida a un país exportador, poderoso pero vulnerable, de productos primarios y de energías y fue hasta ahora incapaz de reconstruir una base económica mejor equilibrada. Las reacciones contras los excesos de la era neoliberal llevaron a un retorno, parcial, a formas de capitalismo estatal acompañadas por una especie de regresión a algunos aspectos de la herencia soviética. Claramente, la simple “imitación de Occidente” dejó de ser una opción posible. Ese fenómeno todavía es más evidente en China, que desenvolvió con considerable éxito un capitalismo poscomunista propio, a tal punto que, en el futuro, puede también ocurrir que los historiadores puedan ver en ese país el verdadero salvador de la economía capitalista mundial en la crisis en la que nos encontramos actualmente. En síntesis, no es más posible creer en una única forma global de capitalismo o de poscapitalismo. En todo caso, delinear la economía del mañana es tal vez la parte menos relevante de nuestras preocupaciones futuras. La diferencia crucial entre los sistemas económicos no reside en su estructura, sino más bien en sus prioridades sociales y morales, y éstas deberían ilustrar dos de sus aspectos de fundamental importancia a ese propósito. Lo primero es que el fin del comunismo comportó la desaparición repentina de valores, hábitos y prácticas sociales que habían marcado la vida de generaciones enteras, no sólo en los regímenes comunistas en sentido estricto, sino también los del pasado pre comunista que, bajo esos regímenes, en buena parte se habían protegido. Debemos reconocer cuán profundos y graves fueron el shock y la desgracia en términos humanos que fueron padecidos como consecuencia de ese brusco e inesperado terremoto social. Inevitablemente, serán necesarias varias décadas antes de que las sociedades poscomunistas encuentren en la nueva era una estabilidad en su modus vivendi, y algunas consecuencias de esa desagregación social, de la corrupción, de la criminalidad institucionalizada podrían exigir todavía mucho más tiempo para ser derrotadas. El segundo aspecto es que tanto la política occidental del neoliberalismo, como las políticas poscomunistas que ella inspiró, subordinaron propositivamente el bienestar y la justicia social a la tiranía del Producto Interior Bruto (PIB): el mayor crecimiento económico posible, deliberadamente inequitativo. Haciendo esto, ellos minaron –y en los ex países comunistas hasta destruyeron– los sistemas de asistencia social, de bienestar, los valores y las finalidades de los servicios públicos. Todo ello no constituye una premisa de la cual partir, sea para el “capitalismo europeo con rostro humano” de las décadas posteriores a 1945, sea para satisfactorios sistemas mixtos poscomunistas. El objetivo de una economía no es el beneficio, sino el bienestar de toda la población. El crecimiento económico no es un fin, sino un medio para dar vida a las sociedades buenas, humanas y justas. No importa como llamamos a los regímenes que buscan esa finalidad. Importa únicamente cómo y con qué prioridades podremos combinar las potencialidades del sector público y del sector privado en nuestras economías mixtas. Esa es la prioridad política más importarte del siglo XXI.

Lecciones para la Izquierda, por Perry Anderson

Perry Anderson Lecciones para la Izquierda En mis intervenciones he tratado de enfatizar deliberadamente la fuerza tanto intelectual como política del neoliberalismo señalando que su energía, su intransigencia teórica y su dinamismo estratégico todavía no se han agotado. Creo que es necesario e imprescindible subrayar estos aspectos si queremos combatir eficazmente las políticas neoliberales en el corto y en el largo plazo. Una de las observaciones más importantes de Lenin de cuya herencia la izquierda sigue precisando posee hoy plena vigencia: jamás subestimar al enemigo. Es peligroso ilusionarse con la idea de que el neoliberalismo es un fenómeno frágil y anacrónico. Teórica y políticamente, él continúa siendo una amenaza activa y muy poderosa, tanto aquí en América Latina como en Europa y en otras partes. Un adversario formidable y victorioso, aunque no invencible. Si miramos las perspectivas que podrían emerger más allá del neoliberalismo vigente, y buscamos orientarnos en la lucha política contra él, no debemos olvidar tres lecciones básicas legadas por estos regímenes. Primera lección: no tener ningún miedo a estar contra la corriente política de nuestro tiempo. Hayek, Friedman y quienes los siguieron originariamente tuvieron el mérito entendido a los ojos de cualquier burgués inteligente- de realizar una crítica radical del statu quo, aun cuando hacerlo era aventurarse en una empresa muy impopular. No dudaron en mantener una postura de oposición marginal durante un largo período, a pesar de que el saber convencional los trataba como excéntricos y locos. Simplemente, perseveraron hasta el momento en que las condiciones históricas cambiaron y su oportunidad política llegó. Segunda lección: no transigir en nuestras ideas, no aceptar ninguna dilución de nuestros principios. Las teorías neoliberales fueron extremas y marcadas por su falta de moderación, una iconoclastia chocante para los bienpensantes de su tiempo. Pero a pesar de esto, no perdieron eficacia. Fue precisamente su radicalismo, la dureza intelectual de su agenda, lo que les aseguró una vida tan vigorosa y una influencia tan abrumadora. El neoliberalismo no puede ser confundido con un pensamiento débil, para usar un término de moda e inventado por algunas corrientes posmodernistas con el objeto de avalar teorías eclécticas y flexibles. El hecho de que ningún régimen político realizó jamás la totalidad del sueño neoliberal no es una prueba fehaciente de su ineficacia práctica. Por el contrario, la intransigencia del temario aportado por los ideólogos neoliberales permitió a los gobiernos de derecha implementar el conjunto de medidas drásticas y decididas que ya conocemos. La teoría neoliberal supo proveer, mediante sus principios radicales, una ambiciosa agenda en la cual los gobiernos podían elegir los ítems más oportunos, según sus coyunturales conveniencias políticas o administrativas. El maximalismo neoliberal fue, en este sentido, altamente funcional: proveía un repertorio muy amplio de medidas radicales que se ajustaban a las circunstancias concretas de cada momento específico. Esta dinámica demostró, al mismo tiempo, el largo alcance de la ideología neoliberal, su capacidad para abarcar todos los aspectos de la sociedad, y así desempeñar el papel de una macrovisión verdaderamente hegemónica del mundo. Tercera lección: no aceptar como inmutable ninguna institución establecida. Cuando el neoliberalismo era un fenómeno menospreciado y marginal durante el gran auge del capitalismo de los años ‘50 y ‘60, parecía inconcebible para el consenso burgués de aquel tiempo que, en los países ricos, cerca de cuarenta millones de personas fueran conducidas al desempleo sin que esto provocase graves trastornos sociales. Asimismo, parecía impensable proclamar abiertamente la redistribución de los ingresos de los pobres hacia los ricos en nombre del valor de la desigualdad. Era inimaginable, también, la sola posibilidad de privatizar el petróleo, el agua, los correos, los hospitales, las escuelas y hasta las prisiones. Como bien sabemos, cuando la correlación de fuerzas cambió a partir de la larga recesión, todo esto se evidenció como una alternativa factible e, incluso, necesaria. El mensaje de los neoliberales fue, en este sentido, electrizante: ninguna institución, por más consagrada que sea, es, en principio, intocable. El paisaje institucional es mucho más maleable de lo que se cree. El pensador brasileño norteamericano Roberto Mangabeira Unger teorizó desde la izquierda este proceso más sistemáticamente que cualquier otro intelectual de la derecha, dándole una fundamentación histórica y filosófica en su libro Plasticidad y Poder. Se trata de un viejo tema siempre actual en el pensamiento marxista, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, según la célebre proclama del Manifiesto Comunista. Ahora bien, una vez recordadas las lecciones que el neoliberalismo nos ha legado, ¿cómo encarar su superación? ¿Cuáles serían los elementos de una política capaz de vencerlo? El tema es amplio; por eso voy a indicar aquí solamente tres dimensiones que, a mi modo de ver, nos ayudan a pensar un pos neoliberalismo factible. 1 Los valores. Tenemos que atacar sólida y agresivamente el terreno de los valores, resaltando el principio de la igualdad como criterio central de cualquier sociedad verdaderamente libre. Igualdad no quiere decir uniformidad, como afirma el neoliberalismo, sino, por el contrario, la única auténtica diversidad. El lema de Marx conserva toda, absolutamente toda, su vigencia pluralista: “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. La diferencia entre las características, los temperamentos y los talentos de las personas está expresamente grabada en dicha concepción clásica de una sociedad igualitaria y justa. ¿Qué significa esto hoy en día? Igualar las posibilidades reales de cada ciudadano de vivir una vida plena, según sus propias opciones, sin carencias o desventajas debidas a los privilegios de otros. Iguales oportunidades de salud, educación, vivienda y trabajo son el punto de partida. No hay ninguna posibilidad de que el mercado pueda proveer, en cada una de estas áreas, ni siquiera el mínimo requisito de acceso universal a los bienes imprescindibles en cuestión. Solamente una autoridad pública puede garantizar la protección contra la enfermedad, la promoción de los conocimientos y de la cultura, la provisión de vivienda y empleo para todos, etc. Göran Therborn insistió con elocuencia, y yo coincido con él, en la necesidad de defender el principio del Estado de Bienestar. Esta defensa debe articularse a la necesaria extensión de las redes de protección social, no confiando necesariamente su gestión a un aparato estatal centralizado (problema éste que asume una vital importancia no sólo en América Latina sino también en algunos países europeos, como Inglaterra y Suecia). Para ello precisamos una fiscalización absolutamente distinta de la que existe hoy en nuestros países. No es necesario subrayar aquí el escándalo material y moral del sistema impositivo en Brasil, por ejemplo. Sin embargo, la evasión fiscal por parte de los sectores ricos o meramente acomodados no es solamente un fenómeno de lo que alguna vez se llamó el Tercer Mundo, sino también, y cada vez más, del propio Primer Mundo. Aun cuando no siempre es aconsejable entregar la provisión de los servicios públicos al aparato estatal centralizado, la extracción de los recursos necesarios para financiar los servicios sociales es una función intransferible e indelegable del Estado. Pero, para esto, se precisa un Estado fuerte y disciplinado, capaz de romper la resistencia de los privilegiados y bloquear así la fuga de capitales que cualquier reforma tributaria desencadenaría. Todo discurso antiestatista que ignore esta necesidad, es demagógico. 2 La propiedad. La mayor hazaña histórica del neoliberalismo ciertamente ha sido la privatización de las industrias y los servicios estatales. Aquí se consumó su larga cruzada antisocialista. Paradójicamente, lanzándose a tal proyecto ambicioso, tuvo que inventar nuevos tipos de propiedad privada, como por ejemplo los certificados distribuidos gratis a cada ciudadano en la República Checa o Rusia, dándoles derecho a una proporción igual en acciones de las nuevas empresas privadas. Estas operaciones, claro está, se transformarán, a final de cuentas, en una farsa: esas acciones equitativamente distribuidas serán pronto adquiridas por especuladores extranjeros o mafiosos locales. Sin embargo, lo que estas operaciones demostraron es que no hay ninguna inmutabilidad en el modelo tradicional de propiedad burguesa. Nuevas formas de propiedad popular deberán ser inventadas; formas que desarticulen la rígida concentración del poder que caracteriza a la empresa capitalista. Este es otro de los grandes temas que aborda Mangabeira Unger en su obra, y también una de las cuestiones que discute el gran intelectual marxista, John Roemer, en su nueva obra Un futuro para el socialismo. Existe hoy una discusión mucho más rica en los países occidentales sobre este tema: la invención de nuevas formas de propiedad popular, con numerosas contribuciones y propuestas diversas. Pero el tema está lejos de ser sólo una preocupación de los países ricos. Por el contrario, gran parte de la discusión más reciente sobre estas cuestiones se desprende directamente de la observación de formas mixtas de propiedad en las empresas colectivas chinas. Las famosas TVES, o sea, las llamadas empresas municipales y de aldeas, que hoy son el motor central del aparente “milagro” que registra una economía que posee el único crecimiento realmente vertiginoso del mundo contemporáneo. En China encontramos formas de propiedad tanto industrial como agraria que no son ni privadas ni estatales sino colectivas, ejemplos vivos de una experiencia social creativa que demuestra un dinamismo sin par en el mundo actual. 3 La democracia. El neoliberalismo tuvo la audacia de decir abiertamente que la democracia representativa no es un valor supremo en sí mismo. Por el contrario, se trata de un instrumento intrínsecamente falible, que puede, y de hecho lo hace, tomarse excesivo. Su provocativo mensaje era claro: precisa mos menos democracia. De ahí, por su insistencia en un Banco Central jurídicamente independiente de cualquier gobierno; o sea, de una constitución que prohíba taxativamente el déficit presupuestario. Aquí también debemos considerar e invertir su lección emancipadora, y pensar que la democracia que tenemos si la tenemos no es un ídolo que debemos adorar, como si fuera la perfección final de la libertad humana. Es algo provisorio y defectuoso, que se puede remodelar. Nuestro desafío es exactamente contrario al que se proponen los neoliberales: precisamos más democracia. Esto no quiere decir que debamos defender una aparente simplificación del sistema de voto, aboliendo la representación proporcional en favor de un mecanismo al estilo norteamericano (propuesta que ha sido preconizada por algunos líderes políticos latinoamericanos). Esta es una receta descaradamente reaccionaria mediante la cual se pretende imponer un sistema de fuerte contenido antidemocrático (de hecho, en Estados Unidos, ni siquiera vota en las elecciones la mitad de la población). Tampoco “más democracia” quiere decir conservar o fortalecer el presidencialismo. Tal vez la peor de las transferencias extranjeras a América Latina haya sido, históricamente, la servil imitación de la constitución de los Estados Unidos del siglo XVIII, la cual, dicho sea de paso, está siendo imitada por los nuevos gobernantes semicoloniales de la Rusia contemporánea. Una democracia profunda exige exactamente lo opuesto a este poder plebiscitario. Precisa de un sistema parlamentario fuerte, basado en partidos disciplinados, con financiamiento público equitativo y sin demagogias cesaristas. Sobre todo, exige una democratización de los medios de comunicación, cuyo monopolio en manos de ciertos grupos capitalistas superconcentrados y prepotentes es incompatible con cualquier justicia electoral o soberanía democrática real. En otras palabras, estos tres temas pueden ser traducidos al vocabulario clásico: son las necesarias formas modernas de la libertad, igualdad y no digamos fraternidad, término un tanto sexista, sino solidaridad. Para realizarlas precisamos un espíritu sin complejos, seguro, agresivo, no menos determinado de lo que fue en sus orígenes el neoliberalismo. Esto será lo que un día, tal vez, se llame neosocialismo. Sus símbolos no serán verborrágicos: ni la arrogancia de un águila, ni un burro de sagacidad tardía, ni una paloma de convivencia pacífica y menos aún un tucán de connivencias fisiológicas. Los símbolos más viejos, aquellos instrumentos de trabajo y de guerra, capaces de golpear y de cosechar, tal vez volverán a ser los más apropiados.