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lunes, 7 de mayo de 2012

François Hollande ganó a Nicolás Sarkozy en la segunda vuelta de las presidenciales

François Hollande ganó a Nicolás Sarkozy en la segunda vuelta de las presidenciales

Eduardo Febbro
Página 12/La Jornada


Treinta y una rosas después y una frase que marca un rumbo: “La austeridad no puede ser más una fatalidad en Europa”. Tres décadas y un año más separan la victoria del socialista François Mitterrand para la presidencia de la República (mayo de 1981) del triunfo electoral obtenido ayer por François Hollande por 51,67 por ciento contra 48,33 por ciento de los votos. El modelo más refinado del antihéroe derrotó en las urnas a la versión más xenófoba y ultrajante del liberalismo europeo: Nicolas Sarkozy se quedó sin el gran sueño de revalidar su mandato al cabo de una década en el poder, en la cual sus cinco años de presidencia quedaron marcados por la panoplia de sus excesos, las promesas incumplidas, las reformas a medio camino, el desempleo, el desarme del Estado de Bienestar, el personalismo a ultranza, la arrogancia y la violencia racial con la que, de una u otra forma, trató a los extranjeros. Francia cerró anoche una fase y rescató del frondoso bosque liberal a la socialdemocracia europea. París tembló con los bocinazos y los gritos y cantos de alegría que cubrieron la Plaza de la Bastilla. “Sarkozy se acabó”, “La Francia Fuerte es la Francia de Izquierda”, gritaba anoche la populosa juventud que se había congregado en la sede parisiense del Partido Socialista, en la Rue Solferino. La gran mayoría de esos jóvenes sólo habían conocido de la acción política los gobiernos conservadores y la fulgurante agresividad de Sarkozy. Ahora amanecían ante una nueva perspectiva: “El cambio comienza ahora”, dijo el presidente electo en el primer discurso que pronunció desde Tulle (región de Corrèze, centro sur del país), la ciudad de la que fue intendente.

De la mano de un hombre discreto, sin la más lejana sombra de aparatosidad, que jamás ocupó un cargo ministerial y por quien, hace un año, ni sus más fieles partidarios apostaban como presidente de la República, el socialismo francés regresa al poder 24 años después de la última victoria de Mitterrand (1988). El triunfo de Hollande es el resultado de una construcción personal que se plasmó luego de haber pasado once años como primer secretario del PS y otros dos elaborando la plataforma con la que, el año pasado y en medio del marasmo provocado por la caída del ex director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn (el candidato socialista campeón de los sondeos), François Hollande salió de la nada. “¿Hollande? No, imposible, es un chiste”, decían sus opositores de la derecha y unos cuantos elefantes del Partido Socialista. El les ganó. Apenas electo, en 2007, Nicolas Sarkozy había pedido que al final de su mandato lo juzgaran por dos variables: la tasa de desempleo y la reducción de la pobreza. El juicio cayó en las urnas: hay un millón más de desempleados y varios millones de pobres. Hollande le pidió a la historia otro juicio, el de “dos compromisos mayores, la juventud y la justicia”. El presidente electo dijo anoche que cada una de sus “decisiones se fundará en dos criterios: ¿acaso es justo, es verdaderamente para la juventud?”. La victoria del socialista francés tiene además otra connotación: su llegada al poder rompe la cúpula hegemónica que regenteó Europa en los últimos años, conocida como Merkozy. La pareja compuesta por la canciller alemana Angela Merkel y el presidente Nicolas Sarkozy impuso a Europa una sola vía: la austeridad sin crecimiento como método y disciplina. Hasta que François Hollande llegó con su candidatura, no había otro camino fuera de los ajustes y la restricción del gasto. La vida era eso o la nada. Hollande fue el primer dirigente de la Unión Europea que plantó otra bandera y rechazó la biblia del rigor fiscal sin crecimiento. Y le valió la afrenta de un acuerdo secreto pactado entre Merkel; el primer ministro británico, David Cameron; el presidente del Consejo Italiano, Mario Monti, y el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, para no recibir a Hollande. Hace dos meses le cerraron la puerta. Ahora deberán colocar la alfombra roja.

El margen de la victoria de Hollande es más estrecho de lo que anunciaron los sondeos. Pero la estrechez no pone en tela de juicio el denso coletazo de la historia. La derecha francesa protagonizó durante la campaña electoral, en particular durante las dos últimas semanas, una alocada carrera hacia la ultraderecha: fronteras, inmigración, seguridad, violento discurso contra los medios y un montón de verborragias ultraderechistas ocuparon los largos discursos de Sarkozy. Hasta último momento, el presidente saliente defendió una Francia amenazada por el mundo, los intercambios comerciales desequilibrados, los flujos migratorios, los sindicalistas y los musulmanes. El concepto de “frontera” fue para Sarkozy el antídoto contra esa masa tóxica que era el resto del planeta. Anoche, en la alocución que pronunció una vez que se conocieron los resultados, Sarkozy dijo: “No logré convencer a una mayoría de franceses. Llevo la responsabilidad de la derrota”. La extrema derecha con la que tanto jugó lo espera en la primera emboscada para desmenuzar el partido UMP y convertirse en la fuerza dominante de la derecha. Los conservadores tienen dos enemigos en su camino: las elecciones legislativas del próximo 10 y 17 de junio y la ultraderecha del Frente Nacional. El enfoque moderado de Hollande quebró la contundente apuesta ultraderechista y populista del presidente. Con ella, Sarkozy pensó sepultar la impopularidad que lo perseguía (60 por ciento) y el evidente fracaso de su gestión. El susurro socialdemócrata del presidente electo tapó la furia liberal. Sarkozy perdió, como en toda disputa electoral, pero perdió sin honor.

Inmensa, colectiva, asombrosamente joven y liberadora, como una bocanada de un perfume renovador, como el fin de una pesadilla, bulliciosa y conmovedora hasta las tripas: la alegría que estalló anoche en toda Francia es indescriptible. Ahora mismo, cuando aún se siente el temblor de la historia que se traga lo que ya casi no está, la gente canta y baila en la Plaza de la Bastilla, corre por las calles con banderas francesas, botellas de champagne, retratos de François Hollande y rosas en la mano. Esta explosión colectiva tiene el nombre más humano que se conozca: la esperanza. Sarkozy deja un país agredido: “Demasiadas fracturas, demasiadas heridas, demasiados cortes han podido separar a nuestros conciudadanos. Se acabó. El primer deber de un presidente es unir”, dijo Hollande en su discurso. Sus palabras ya fueron plasmadas en el seno de la izquierda y ello lo condujo al sillón presidencial: unió a las corrientes socialistas, atrajo los votos ecologistas y, sobre todo, agrupó en torno de sí a la leal izquierda radical, liderada por Jean-Luc Mélenchon en el seno del Frente de Izquierda. François Hollande sacó de la caja fuerte a la Francia Histórica. Cuando Hollande terminó su discurso, una mujer que estaba en la Plaza de la Bastilla tenía los ojos llenos de lágrimas. Apenas podía hablar: “Cuando lo escucho –dijo–, tengo la impresión de volver a mi casa. Este es mi país”.

Hollande, un político de maneras amables y carrera popular, llevaba semanas con una ventaja estable, tras esbozar en enero un amplio programa basado en alzas de impuestos, especialmente sobre los más acaudalados, financiar el gasto y mantener bajo control el déficit público.

El candidato se ha beneficiado tanto de su programa como de una corriente de sentimiento anti Sarkozy, debido en parte al estilo vistoso y en ocasiones arrogante del presidente, así como al descontento por esas penurias económicas que ya han derrocado a líderes en Gran Bretaña o Portugal. Muchos seguidores de Sarkozy dijeron que la competencia del presidente es más importante que el que sea agradable. "Sarkozy ha manejado muy bien la crisis. Gracias a él no estamos en la misma situación que Grecia y España", dijo el profesor de autoescuela Soizic La Riviere en París.

Los comicios coinciden con unas elecciones griegas en las que también se espera que los votantes castiguen a los grandes partidos por la miseria económica.

Crédito económico

Las elecciones se producen en un momento crucial para la convaleciente eurozona, ya que Francia, la segunda economía Europea, es un socio vital de Berlín para salvaguardar el futuro de la moneda única. Al resultar elegido Hollande, sumándose a una pequeña minoría de gobiernos de izquierda en Europa, buscará desafiar el énfasis alemán en las políticas de austeridad pidiendo que el pacto de responsabilidad presupuestaria de la zona euro aborde factores para impulsar el crecimiento.

El socialista tiene previsto visitar a la canciller de centroderecha Angela Merkel en los días siguientes a las elecciones para tratar ideas.

Dejando a un lado las relaciones con Alemania, Francia se enfrenta a un frágil crecimiento y un desempleo del 10 por ciento, un creciente déficit comercial y unos grandes gastos estatales que presionan las finanzas públicas y fueron un factor en la rebaja de su calificación crediticia de triple A por parte de Standard & Poor's. Aunque los mercados financieros se están abriendo a las ideas pro crecimiento de Hollande, que están ganando apoyo en el resto de Europa, el candidato socialista necesitaría calmar deprisa los temores hacia sus planes económicos, mientras resurge el miedo a la crisis de deuda de la zona euro.



Fuentes originales: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-193455-2012-05-07.html
 y http://m.jornada.com.mx/ultimas/index.php?id=2012/05/06/8334201-francia-elige-presidente-sarkozy-sufriria-derrota

viernes, 23 de marzo de 2012

Toulouse no puede explicarse como un crimen aislado fruto del odio o la acción de un fanático





Lindsay German
Stop The War

Traducido el inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Nadie puede justificar esos asesinatos, pero los disparos del sur de Francia son el terrible y desastroso resultado de las políticas bélicas y el racismo antimusulmán de Occidente.
Al parecer, los asesinatos del sur de Francia fueron obra de un joven musulmán argelino que había recibido entrenamiento en los campamentos de Afganistán y Pakistán y que había sido uno de los prisioneros que escaparon de la prisión de Kandahar en una fuga facilitada por los talibanes.
Nadie puede justificar los ataques que han acabado con la vida de un rabino, tres escolares judíos y tres soldados franceses de ascendencia magrebí y caribeña.
Pero tampoco debería nadie dudar de que ese acto no puede explicarse como un crimen aislado motivado por el odio o el hecho de un fanático. Es el terrible y desastroso resultado de una serie de políticas que podían haberse evitado y que ahora amenazan con empeorar aún más la situación.
En primer lugar, llevamos en Francia años de racismo contra los musulmanes. La actual campaña electoral presidencial es responsabilidad de Nicolas Sarkozy, que ha avivado una tormenta racista en un intento por conseguir votos entre el electorado de extrema derecha del Frente Nacional. Atacó a los que no eran franceses, insinuando que los franceses estaban viéndose obligados a comer carne halal.
La prohibición de que las chicas llevaran el hiyab en la escuela, las altas tasas de desempleo entre los jóvenes descendientes de magrebíes, la represión policial en los barrios de la periferia de las principales ciudades francesas, todo ello ha contribuido a esta oleada de racismo. Ahora Sarkozy hace llamamientos a la unidad pero se ha pasado las últimas semanas azuzando la desunión entre razas.
Los asesinatos del lunes en la escuela judía de Toulouse se produjeron en el cincuenta aniversario del final de la guerra por la independencia de Argelia, una guerra que tiene aún hoy un amargo legado de racismo y colonialismo en Francia.
Se suponía que las recientes guerras en Afganistán, Iraq y Libia iban a acabar con el terrorismo. En cambio, el terrorismo ha crecido por todo el mundo. Los agravios por esas guerras se prolongan desde hace diez años. Las continuadas ocupaciones sobre todo de países musulmanes, la incapacidad para poder resolver la cuestión palestina, las actuales amenazas a Irán y quizá, lo más importante, el creciente número de civiles muertos en Afganistán, han exacerbado esos sentimientos de afrenta.
El asesinato de 16 civiles afganos a manos de un soldado estadounidense hace dos semanas se abordó con mucho menos escándalo que los asesinatos de Francia, lo que lleva a la percepción de que las vidas afganas no tienen el mismo valor que las occidentales.
La ex directora del MI5, Eliza Manningham Buller, en declaraciones hechas durante la investigación Chilcot sobre la guerra de Iraq, dijo que los servicios de inteligencia habían advertido al gobierno británico que esas guerras exacerbarían el terrorismo en vez de apagarlo.
Todos los que han apoyado las guerras son como los Borbones: no aprenden nada y lo olvidan todo. Su respuesta a este acto terrible será la justificación para nuevas guerras, para gastar más dinero en ejércitos y armamento, en más vigilancia de los musulmanes, en más apoyo a guerras que “erradiquen el terrorismo”.
También continuarán tratando a los musulmanes como ciudadanos de segunda clase, intensificando las restricciones sobre cómo deben vestir o cómo deben comportarse. La islamofobia no es una especie de aberración en Francia: proviene directamente del apoyo a las guerras imperialistas y al legado del dominio colonial.
La forma de acabar con los ataques terroristas sería tratar de encontrar, para empezar, una solución política a los agravios e injusticias que dan pie a que se incrementen aquellos. ¡Qué pocas probabilidades hay de que Sarkozy, Cameron y el resto se detengan a pensar siquiera un poco en ello!
Lindsey German es coordinadora de la organización británica antibelicista “Stop the War Coalition” y antiguo miembro del comité central del Partido Socialista de los Trabajadores. Hasta 2004, fue editora de Socialist Review y candidata de la izquierda en dos ocasiones a la alcaldía de Londres. Ha escrito varios libros, entre los que figuran “Sex, class and socialism” y “Socialist and class”.

Fuente: http://www.stopwar.org.uk/index.php/usa-war-on-terror/1276-what-chance-sarkosy-cameron-obama-will-learn-anything-from-the-toulouse-killings-

miércoles, 14 de marzo de 2012

Vichy

Mikel Arizaleta
Rebelión

También el gobierno francés de Vichy, colaborador del nazismo, exigió de los enseñantes y profesores la declaración juramentada de que no eran ni masones ni poseían origen judío. Sartre de regreso del cautiverio de la guerra, a finales de marzo de 1941, le echa en cara a Beauvoir por haber firmado dicha declaración: “No tuve otra alternativa”, fue la respuesta de Beauvoir.
Pero su alternativa de vida para ella fue alternativa de muerte para otros: condena insolidaria de sangre y destrucción de otros y otras. Todos recuerdan aquella reflexión en la dificultad, hecha poesía solidaria y humana en la persecución, del pastor protestante Martin Niemöller, arrestado el 1 de julio de 1937 y condenado el 2 de marzo de 1938 a siete meses de cárcel. Y una vez libre fue apresado de nuevo por la Gestapo e internado en los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau hasta 1945. Fue liberado poco antes de fenecer en un horno crematorio al que estaba destinado: “Als die Nazis die Kommunisten holten, habe ich geschwiegen; ich war ja kein Kommunist…, cuando los nazis vinieron a por los comunistas…”.
La vida, las guerras, al igual que la crisis que padecemos, no son epidemia que debe pasar sobre uno metido en cama o quitársela de en medio con un “yo no lo sabía”. La crisis está hecha, fabricada y dirigida por hombres, por gente determinada, por unos intereses, por un tipo de comportamiento humano y de estructuras. Y, como en Vichy, hay quintacolumnistas en las filas humanas, cobardes y sumisos ante la dignidad. Vendidos. Y una persona vendida se hace cosa y objeto, pierde rostro y compañero. Crea guerra y desprecio, rompe lazos. En opinión del griego Leonidas Vatikiotis, profesor universitario y periodista, con una amplia experiencia en temas de economía y política internacional, “los planes de «rescate» nunca tuvieron la intención de salvar la economía griega ni, mucho menos, garantizar un nivel de vida digno a su población. Antes bien, el objetivo fue cerrar el paréntesis abierto en el primer período de la post-guerra, cuando Europa cubrió la vergüenza del colonialismo comprando al movimiento obrero con el Estado del bienestar”.
La responsabilidad es una tarea humana del escritor, del político, del trabajador, de todo hombre y toda mujer. Exige una postura racional, solidaria y analítica para librar a la sociedad del saqueo y la rapiña y hacerla humana. No sólo nos están robando la palabra, también los sentimientos, el análisis, la información, la dignidad, al otro u otra... Nos están enfrentando con el otro desde la esclavitud, desde la pobreza y el saqueo. La culpa son los chinos, los funcionarios, los parados, los enfermos, los viejos, los vagos, la mujer, el hombre, el musulmán, el vecino, quien reivindica en la calle, el manifestante, el 15-M, quien no puede pagar la hipoteca del piso… ¿Se han preguntado quien nos señala a diario con su matraca al enemigo, quien insufla y pone objetivo a nuestra ira y coloca dianas en nuestra vida?
Sube nuestra gasolina porque nuestro gobierno amenaza de guerra al pueblo iraní. Se recortan nuestros derechos porque se exportan guerras. Se rebajan salarios porque se endeudó un Estado en beneficio de bancos y empresas que han hecho de la población un mercado de esclavos aprovechando la desigualdad, la necesidad y la penuria de los humanos. Su argumentación es esquilmación, acumulación de beneficios, fortuna… y basura y sangre a su alrededor. Se le llama progreso cuando aumenta de año en año la hambruna en el mundo. Hay otro negocio humano distinto a propagar y llenar la tierra de esclavos y lágrimas.
En nuestras instituciones necesitamos personas dignas, solidarias, promotoras de humanidad, no especialistas en el chantaje y el robo, y en la exportación de guerras, y la amenaza, y la invasión de pueblos. y el desprecio de gentes...
También Vichy terminó colaborando con el campo de concentración nazi, con la indignidad, el hambre y la pobreza. Creó miseria, como nuestros gobiernos en nuestros días.

viernes, 9 de marzo de 2012

Jean-Luc Mélenchon: Agresivo y humanista

Página/12
Por Eduardo Febbro
Desde París



El hombre provoca adhesiones instantáneas o un rechazo eléctrico. Jean-Luc Mélenchon salió del margen para llegar al centro de las urnas: el candidato del Frente de Izquierda roza hoy 10 por ciento de las intenciones de voto. Una hazaña que mucho le debe al contexto de crisis, al desenmascaramiento del capitalismo parlamentario y su sumisión a las oligarquías financieras, a la convicción y fuerza de sus argumentos marcados por la insolencia, la insumisión y una estética política anticonsensual, y a un libro, inspirado de la hecatombe argentina de 2001: Qu’ils s’en aillent tous, “Que se vayan todos”. Es uno de los libros políticos que más se han vendido en Francia. Jean-Luc Mélenchon y el Frente de Izquierda lograron hacerse un lugar entre el Partido Socialista y la extrema izquierda. Además de las ideas que defiende como un león, su estilo rezongón pero generoso, a la vez agresivo y humanista, hábil sin ser torcido, ha conquistado un electorado popular y joven que puebla los meetings que este ex socialista organiza a lo largo del país. 5000, 7000, 10.000 personas en cada reunión, un record absoluto para la izquierda radical y antiliberal francesa. Le Front de Gauche (Frente de Izquierda) es el resultado exitoso de la fusión de varios movimientos de la izquierda más dura que antes estaban dispersos. Este hombre político poco común dentro de un sistema político ultra regulado le habla a la gente de lo que casi nadie evoca, sus problemas: el desempleo, la precariedad, la inseguridad, sus derechos sindicales, las dificultades en el transporte, la titánica tarea de cuidar a los niños para alguien que trabaja y, desde luego, las encendidas diatribas contra el orden liberal: “hay que golpear, golpear y golpear contra la finanza. Sólo así la haremos retroceder”.Un slogan simple, “Tomen el poder”, un discurso de ruptura con los buenos modales, una violenta cruzada contra la extrema derecha y la puesta en escena de la palabra popular le han valido un ascenso fulgurante en las encuestas de opinión.



Mélenchon se dirige al pueblo, a las manos que trabajan, al ferroviario, al mozo de café, al obrero de la fábrica que pasa dos horas en los transportes públicos y cuya mujer está sin trabajo y tiene dos hijos que educar y alimentar. Les habla a los excluidos del sistema bancario, a los que llegan a fin de mes con un par de centavos en el bolsillo. Atípico. “La lucha contra la precariedad ha sido siempre la meta de la humanidad”, dice Mélenchon. Su estrategia le da resultados: “el primer medio de comunicación del pueblo es el mismo pueblo”, dice con ironía. Jean-Luc Mélenchon suena con la “conjunción entre las luchas sindicales y las luchas políticas”. Cuando habla en las salas llenas de miradas esperanzadas, este ex ministro socialista toca el corazón de la gente: “entre el débil y el fuerte, es la ley la que protege y la libertad la que oprime”. Éxito garantizado. Hay quienes lo definen como un “populista de izquierda”. Ocurre que en las democracias liberales hablar franco suena a populismo. Mélenchon también sabe jugar con los símbolos: el próximo 18 de marzo organizará un meeting en la Plaza de la Bastilla bajo el slogan “recuperemos la Bastilla”. El lugar es el emblema de la Revolución Francesa de 1789 y la fecha coincide con el aniversario del levantamiento de la Comuna de París, en 1871. Mélenchon está en sintonía con el malhumor popular. Su estilo franco y belicoso contra las elites, su denuncia del patronato y de la Europa ultraliberal que devora los salarios y los sueños le han dado una popularidad muy por encima de lo que puede captar en votos. El 10 por ciento que vaticinan las encuestas de opinión es más que todo lo que obtuvieron en 2007 los candidatos de la extrema izquierda.



Su programa es una suerte de sueño social: 100 mil millones de euros de impuestos suplementarios cobrados a los “ricos”, a las ganancias financieras y las empresas, un salario mínimo de 1700 euros (2200 dólares), contratos de trabajo de por vida, la jubilación a los 60 años y cero pobreza. “¡Señores ricos, van a pagar!”, grita Mélenchon en las tribunas. La crisis, el ultraliberalismo de Sarkozy y los ejemplos de Grecia, Portugal, Irlanda y España abrieron una brecha para el discurso de esta alianza de partidos que reagrupa a varios movimientos de izquierda antiliberal que se oponen a la Europa financiera. Izquierda comunista, socialista, ecologista, republicana y radical, el frente consta de varios partidos, algunos minúsculos; otros, como el antaño poderoso Partido Comunista Francés (PCF), que estaban a punto de ser tragados por la historia. Casi todos los movimientos que componen el Frente de Izquierda son escisiones de partidos más importantes. Todos se unieron al final bajo la bandera de Jean-Luc Mélenchon y un proyecto federador: unificar los componentes dispersos de las izquierdas. En 2009, el Frente se presentó a las elecciones europeas y ganó cinco europarlamentarios (Mélenchon es uno de ellos). Hoy, la fórmula funciona en un terreno más disputado y complejo, el de una elección presidencial. “Movilizamos más allá de los círculos politizados”, dice el candidato del Frente de Izquierda con una sonrisa satisfecha. Jean-Luc Mélenchon tiene una trayectoria muy sólida. Nació en Tánger, en 1951. Licenciado en Letras modernas y Filosofía, periodista, Mélenchon participó activamente en las jornadas revolucionarias de Mayo de 1968. Ingresó al Partido Socialista en 1977. Fue diputado, concejal y ministro de la Capacitación Superior en el gobierno socialista de Lionel Jospin (1997-2002). Mélenchon fue rápidamente una personalidad fuerte del ala izquierda del Partido Socialista. Siempre inquieto, con el rumbo a gauche y fervorosamente opuesto al rumbo liberal que iban tomando los Socialistas, Jean-Luc Mélenchon fundó varias corrientes internas: Izquierda socialista (1988) Nuevo Mundo (2003), Guión, Por la República Social y, en 2008, el Partido de Izquierda. Sus bases coinciden mucho con Die Linke, la formación de la izquierda alemana: socialista democrático, ecologista, anticapitalista y republicano. Las metas fijadas hace cuatro años se plasman hoy: “reunir a toda la familia de la izquierda antiliberal de Francia”. En septiembre del año pasado, Jean-Luc Mélenchon fue elegido candidato a la presidencia por el Frente.



En seis meses de acción y de campaña, pasó de la nada a cautivar un electorado que estaba disperso e incluso a desplazar en los sondeos a la extrema izquierda del NPA, Nuevo Partido Anticapitalista. El ascenso del Frente de Izquierda introduce cambios en las orientaciones del candidato socialista, François Hollande. Con 10 por ciento de los votos en la primera vuelta, Hollande tiene que ir a la segunda sin prescindir de esos votos. Esa es la gran victoria de Mélenchon: obligar al aspirante socialista, a quien se opuso con vigor en 2008, a abrir el abanico hacia la izquierda. Pero el candidato del Frente de Izquierda es también un aliado de peso del PS. Mélenchon se ha vuelto hoy el espadachín más certero y agresivo contra la extrema derecha del Frente Nacional, al que repudia con todas las palabras más fuertes del diccionario. “Frente contra Frente”. Pero no es todo: Fábrica por fábrica, barrio por barrio, suburbio por suburbio, Mélenchon le disputa a la ultraderecha los votos del electorado popular tentado por la xenofobia y el proteccionismo de su candidata, Marine Le Pen. Se esté o no de acuerdo con él, verlo es una fiesta. Hasta sus enemigos ideológicos le reconocen la gracia, la combatividad y el curioso arte de dar vuelta las sensaciones y tornar el rechazo inicial en adhesión o, al menos, en atención a los argumentos. Sus meetings ya tienen aura de gran espectáculo con centenas de personas haciendo cola antes de que se abran las puertas, banderas rojas, cantos revolucionarios y una suerte de fusión inmediata con el candidato que, apenas entra en escena, le propone al público “abrir una brecha derrotando el poder de Sarkozy y el parásito fascista” (la extrema derecha). La experiencia del Frente de Izquierda es también un modelo en sí: dispersos, los partidos de la izquierda radical, comunistas, ambientalistas, en suma, toda la galaxia antiliberal, carecen de fuerza. En cambio, unida, puede pesar en el tablero político. Nadie puede prescindir del 10 por ciento de los votos. Jean-Luc Mélenchon asume dos batallas: la de sus ideas y la otra, para él primordial: “derrotar políticamente a la extrema derecha. Si lo hacemos en Francia, incluso para elegir a un moderado (François Hollande), daremos una señal a toda Europa de que es posible sacarse de encima a los liberales”.
 
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-189107-2012-03-08.html

jueves, 20 de octubre de 2011

Vientos de Cambio

Con esta declaración histórica, muestra su compromiso de "superar la confrontación armada"


ETA anuncia el cese definitivo de su actividad armada

Gara

Con esta declaración histórica, muestra su compromiso de "superar la confrontación armada"
ETA anuncia el cese definitivo de su actividad
Comunicado de ETA del cese definitivo de la violencia

Hace un llamamiento a los gobiernos español y francés para "abrir un proceso de diálogo directo"
ETA acaba de anunciar que "ha decidido el cese definitivo de su actividad armada". A través de un comunicado remitido a GARA, apenas tres días después de la Declaración de Aiete, la organización armada vasca comunica que ha tomado esta decisión histórica y añade su "compromiso claro, firme y definitivo" de "superar la confrontación armada". Con ese objetivo, hace "un llamamiento a los gobiernos de España y Francia para abrir un proceso de diálogo directo" destinado a solucionar "las consecuencias del conflicto".

miércoles, 20 de octubre de 2010