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sábado, 8 de octubre de 2011

Afganistán: Diez años de ocupación

Diez años de ocupación


Txente Rekondo

Gara/Rebelión

El décimo aniversario de la invasión y ocupación posterior de Afganistán deja tras de sí un pésimo balance para las fuerzas ocupantes de EEUU y sus aliados. El paseo triunfal de los primeros días ha dado paso a una fotografía mucho más compleja, y la victoria “oficial” anunciada por los dirigentes de Washington se ha transformado en una especie de “sálvese quien pueda”.
Un breve balance de este período nos muestras unas fuerzas de ocupaciones acosadas y atacadas en la mayor parte del territorio, recluidas buena parte del día en sus bases militares; una resistencia heterogénea que controla importantes zonas del país; un régimen títere que no tiene jurisdicción real más allá de las cuatro paredes del palacio presidencial de Kabul; una corrupción que asola todos los sectores de la sociedad; la ausencia de derechos y en su defecto además una constante violación de los mismos; un boyante negocio en torno a la producción de opio; un pulso entre diferentes actores extranjeros para sacra tajada de la situación (sobre todo de las riquezas naturales y del negocio de la supuesta reconstrucción)…
Desde que se puso en marcha la ofensiva de primavera, los diferentes grupos de la resistencia han incrementado los ataques cuantitativa y cualitativamente (este año se han producido un 40% más de ataques que en el mismo periodo del año anterior). Los grupos talibanes, bajo el liderazgo del Mullah Omar y la “Shura de Quetta”, Hezb-i-Islami de Gulbuddin Hekmatyar o la red de la familia Haqqani han acabado con la vida de importantes figuras del gobierno de Karzai (altos militares, policías, parlamentarios, gobernadores, líderes tribales o religiosos), además de atacar el “British Council”, la sede de la OTAN, la embajada de EEUU, entre otros edificios, en septiembre, demostrando una capacidad operativa que ha “asustado” a los ocupantes, y sobre todo ha hecho planear una duda transcendental. Para llevar a cabo este tipo de acciones se debería contra con ayuda desde el interior del sistema institucional afgano, poniendo en entredicho las labores de “reconstrucción” repetidas desde los gobiernos ocupantes.
Mientras que nadie duda del protagonismo central de los Talibanes, se apunta a la pérdida relativa de peso de Hekmatyar, al tiempo que la atención se centra en la llamada red Haqqani. Este grupo, formado en torno al legendario comandante Jalaluddin Haqqani, y en la actualidad comandado por su hijo Sirajuddinn (considerado “el dirigente militar más peligroso” para los ocupantes) es el responsable de los ataques más mediáticos de los últimos meses.
Con importantes e históricos lazos en las zonas tribales de Pakistán, ha venido reclutando militantes del Punjab para su grupo, al tiempo que ha sabido tejer una importante política de alianzas a lo largo de todos estos años. Desde que en 2007 adquirió el liderazgo, Sirajuddinn ha sabido lograr la coordinación con todo un abanico de posibles aliados, desde los militantes “árabes” de al Qaeda hasta agentes de los servicios secretos paquistaníes (ISI), pero también hay que recordar que en el pasado la llamada red Haqqani contó con los favores de la CIA.
Hoy en día algunos estrategas en Washington están buscando dotar de mayor protagonismo a este grupo con la esperanza de que se convierta en un rival del gullah Omar y debilite a la resistencia. Craso error, a pesar de mantener diferencias, la alianza de los dos grupos de la resistencia sigue firme, como lo es también la lealtad de Sirajuddinn hacia el líder talibán. Y además en este complejo panorama hay que tener presente también la interrelación y protagonismo de los llamados talibanes paquistaníes (Tehrik-e-Taliban Pakistan-TTP), dispuestos a colaborar con la resistencia afgana a pesar de contar con agenda propia.
El resto de actores ha ido redituándose al hilo de las acciones de la resistencia. El presiente afgano, Karzai, ha sufrido la pérdida de dos de sus aliados claves en sendos atentados. Primero fue su hermano Wali, que sustentaba las alianzas de Karzai con los grupos pashtunes, y luego ha sido la muerte de Rabbani, arquitecto de los contactos negociadores con los talibanes. De momento Karzai se apoya en sus dos vicepresidentes, Fahim, con peso en el norte, y Karim Khalili, líder de la minoría chiíta Hazara.
Sabedor de que EEUU hace tiempo que le ha abandonado a su suerte, y de que Pakistán busca alternativas, ha maniobrado en torno a India, sabedor también que cualquier acercamiento a India (y de rebote a Irán) es una peligrosa maniobra que puede provocar reacciones violentas en Pakistán, con consecuencias desestabilizadoras en el conjunto de la región. De momento lo dirigentes indios sopesan las consecuencias de cualquier paso, sus intereses en Afganistán por un lado, pero también las reacciones negativas que ello conlleva.
Pakistán por su parte, tras ser acusada públicamente por EEUU de estar detrás de los ataques recientes en Kabul sabe que su peso todavía es clave en la región, y que su alianza con Washington no parece correr serio peligro a pesar de esas acusaciones públicas (hace dos días la propia Hillary Clinton pronunció un discurso donde volvía a resaltar la alianza estratégica con Islamabad y reconocía las dificultades internas de ese país, dejando de lado un giro en sus relaciones). Y los dirigentes estadounidenses, con Obama a la cabeza, están en clave electoral, las presidenciales del año próximo condicionarán también el devenir de la ocupación en Afganistán.
Como señala un analista indio, “la estrategia de EEUU en Afganistán en esta década es un continuo fracaso. Washington intenta presentar como éxitos decisivos la muerte de Bin Laden y otros dirigentes de al Qaeda, justificando de esa forma la desaparición de dicha amenaza y abriendo la pureta a una retirada”. Sin embargo, detrás de ello se sigue viendo “la presencia de Pakistán y de otras fuerzas islamistas y jihadistas”, dispuestos a aprovechar cualquier coyuntura favorable para hacerse con el poder y la influencia en Afganistán. Y en ese teatro de operación desde EEUU se sigue apostando, a pesar de todo, por Islamabad como aliado central.

TXENTE REKONDO.- Gabinete Vasco de Análisis Internacional (GAIN)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 27 de junio de 2011

El Gran Juego afgano

Plan de retirada de EEUU
El Gran Juego afgano



El anuncio de Obama es una nueva pieza que se suma al complejo puzzle en Afganistán. Las declaraciones de Karzai, la respuesta de la resistencia y el papel de los protagonistas regionales, son parte también de ese escenario sobre el que la figura del Gran Juego vuelve a planear con fuerza. En los próximos meses se irá desgranando el futuro de Afganistán y si las fuerzas de ocupación acaban aceptando que la resistencia es una parte del pueblo afgano, la reconciliación entrará en una nueva fase y ya hay quienes apuntan a la fórmula de «olvido y perdón». Y Obama es consciente de que cualquier reducción de tropas pasa por un acuerdo global.
Tras su anunciada reducción de tropas a partir de finales de año, el presidente de EEUU ha puesto sobre la mesa su intención de apostar por una nueva estrategia en Afganistán (otra más, dicen algunos con ironía). Obama es consciente de que en los próximos meses la política de EEUU va a estar dominada por la larga campaña electoral a la Presidencia, y a día de hoy buena parte del electorado está cansado del coste que supone la ocupación de Afganistán, ya que sus principales preocupaciones son la economía, el desempleo y el déficit.
Tras diez años de guerra, parece haber llegado el momento de pasar a otros la «patata caliente», y hay quien ve en las palabras de Obama un reconocimiento implícito de la imposibilidad de ganar la guerra, al tiempo que estaría abriendo la puerta a un diálogo para una posible solución. No obstante, algunos analistas remarcan las carencias del discurso presidencial, al no mencionar nada sobre el futuro de Karzai y su Gobierno, la fortaleza de la resistencia, la corrupción o el papel regional. Para ellos, el nuevo plan muestra la apuesta decidida por favorecer a largo plazo «las operaciones de inteligencia, las fuerzas especiales, los ataques desde aviones no tripulados y la presencia reducida de tropas».
La resistencia se presenta como la gran ganadora al hilo de estos acontecimientos. El reconocimiento de que cualquier salida negociada debe contar con la participación de todos los actores se deja entrever en el nuevo escenario. Los intentos de criminalizar cualquier movimiento opositor, la apuesta por incentivar divisiones en la resistencia, sobre todo entre los diferentes grupos que conforman el mundo talibán, o la victoria militar, han fracasado uno tras otro.
A día de hoy, la estrategia de la resistencia se manifiesta en amplias zonas del país, buena parte de ellas bajo su control. La combinación de diferentes tácticas está dándoles frutos. Los ataques contra posiciones aisladas y remotas de las fuerzas extranjeras, unidos a la infiltración en las nuevas fuerzas afganas, están logrando importantes efectos psicológicos y al mismo tiempo muestran su fortaleza.
Paralelamente, desde hace semanas se ha intensificado la campaña contra los «colaboradores» de la ocupación, con importantes figuras del nuevo entramado institucional afgano como víctimas, lo que reduce las posibilidades de la coalición ocupante de poder contar con aliados locales. Junto a ello, las operaciones de dicha coalición son una fuente inagotable de razones para que la población local le vuelva la espalda y para que la resistencia articule una campaña propagandística.
Tampoco hay que olvidar la capacidad que viene mostrando la resistencia para mantener un sistema de Justicia paralelo que, a juicio de algunos observadores, «funciona relativamente bien», sobre todo a la vista de la «ausencia generalizada» del Estado en la mayor parte del país.
La figura del actual presidente afgano, Hamid Karzai, también ha ocupado cierta centralidad estas semanas. Su anuncio de que EEUU estaría negociando con los talibanes ha podido sorprender a quien no conoce la realidad afgana. Sin embargo, esta maniobra de Karzai hay que enmarcarla en su propia estrategia. El presidente afgano, conocedor del escaso apoyo con que cuenta y de que su distancia respecto a Washington es cada día más evidente, se está dirigiendo a su pueblo con esas maniobras, intentando dar muestras de un alejamiento de la política de EEUU.
Aquí se enmarcan sus «amenazas» a la OTAN, su afirmación de que los estadounidenses están en el país en defensa de sus intereses, o su advertencia de que la historia muestra cómo tratan los afganos a los ocupantes. Con esa dialéctica intenta ligar el fracaso y la corrupción a las fuerzas ocupantes, tratando de convencer al pueblo afgano de que EEUU es la causa de todos los males.
Pero al mismo tiempo, Karzai es consciente de que su futuro político está estrechamente ligado a la presencia de los militares estadounidenses y por ello quiere que la Casa Blanca siga apoyándole, pues de lo contrario «Afganistán caería en manos talibanes», con lo que ello supondría para los intereses de EEUU.
En este contexto nadie sabe con seguridad cuál puede ser el futuro político de Karzai, pero todo parece indicar que si EEUU logra encontrar un aliado más firme en Afganistán, como dice la canción «los días que le quedan son una cuenta atrás».
Las potencias regionales también mueven ficha dentro del tablero de este Gran Juego. Pakistán sigue manteniendo un difícil equilibrio, la capacidad, o su falta, para hacer frente a la militancia islamista dentro de sus fronteras y la relación de amor/odio hacia EEUU son factores a tener en cuenta. Casi nadie duda de que la participación de Islamabad en cualquier solución negociada es necesaria, ya que su marginación del teatro afgano le daría luz verde para lanzar operaciones de desestabilización en la región. Esta recuperación de protagonismo de Pakistán es directamente proporcional a su pérdida por parte de India, que hasta ahora había apostado fuerte por desplazar a Islamabad del centro de poder afgano.
Irán también se está moviendo ante la irrupción de un nuevo escenario, buscando nuevas alianzas en la región. Rusia sigue de cerca los acontecimientos, consciente de la influencia afgana en Asia Central («su patio trasero») y, sobre todo, deseando presentar un futuro Afganistán que signifique la derrota de EEUU, situándolo en el mismo nivel que la sufrida por Moscú en los años 80. China, de confirmarse el auge del protagonismo paquistaní, aumentará los lazos/dependencia con Islamabad, consciente también de que la inestabilidad afgana tiene sus consecuencias en la región, e intentando asegurar una estabilidad transfronteriza.
En los próximos meses se irá desgranando el futuro de Afganistán y si las fuerzas de ocupación acaban aceptando que la resistencia es una parte del pueblo afgano, la reconciliación entrará en esa nueva fase, y ya hay quienes apuntan a la fórmula de «olvido y perdón». Obama es consciente que cualquier reducción de tropas pasa por un acuerdo global, en el que tomen parte la mayor parte, si no todos, de los actores mencionados, incluida la resistencia afgana.
En esa clave se situarían, además, el eventual encuentro que Alemania estaría organizando en Berlín para el próximo mes de diciembre, donde la presencia talibán podría estar asegurada, y el anuncio de Barack Obama de la posible celebración de una conferencia internacional en mayo del 2012 en Chicago, en la que participarían únicamente EEUU y sus aliados y que habría que interpretar en clave electoral de cara a la reelección presidencial.
Txente Rekondo. Gabinete vasco de Análisis Internacional (GAIN)
Fuente: http://www.gara.net/paperezkoa/20110626/275015/es/El-Gran-Juego-afgano