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lunes, 28 de mayo de 2012

Mayo, Revolución y después

La ruptura del orden colonial


La Revolución derivó en un mejoramiento de las condiciones de vida populares y la desigualdad social fue significativamente menor de la que sobrevendría más tarde con el desarrollo pleno del modelo agroexportador de fin de siglo.
Producción: Tomás Lukin
debate@pagina12.com.ar

La revolución popular
Por Gabriel Di Meglio *

La Revolución que empezó en 1810 modificó distintos aspectos de la realidad rioplatense e introdujo novedades. Una de ellas fue la politización masiva de buena parte de las clases populares, es decir de quienes ocupaban lo más bajo de la pirámide social: el grueso de los trabajadores (campesinos, peones, artesanos, arrieros, lavanderas, vendedores ambulantes y un largo etcétera), los que no eran considerados blancos, los pobres (incluyendo a muchos blancos) y quienes no tenían respetabilidad social. Estas variables, claro, se combinaban.
Con la ruptura de un orden que había funcionado por siglos, la movilización militar para la guerra –los plebeyos constituían la mayoría de las tropas– y las disputas internas a la dirigencia revolucionaria –en la que los grupos que se enfrentaban empezaron a buscar apoyos socialmente hacia abajo– abrieron el camino para la intervención popular en los asuntos públicos, que en algunos espacios se volvió constante.
La presión popular convirtió el enfrentamiento entre revolucionarios y contrarrevolucionarios en una lucha entre americanos y españoles. La identificación de los españoles como enemigo permitió expresar tensiones sociales y raciales que se volcaron en el odio a ese grupo concreto. Así, la fidelidad al bando americano dio paso a un simbólico ascenso social, dado que igualaba a quienes la profesaban con los que antes estaban sobre ellos, y esto incluyó también a muchos africanos.
El peso de la participación popular fue muy variado. En la ciudad de Buenos Aires fue destacada porque, al ser la capital, la intervención plebeya en un movimiento contra un gobierno afectaba al conjunto de los territorios revolucionarios. En lugares donde había importantes tensiones sociales previas, como en la Banda Oriental y Entre Ríos o en Salta y Jujuy, la revolución generó una gran movilización que desafió al orden social. Los pobladores rurales lucharon por la libertad y por mejorar sus condiciones de vida, asegurar el respeto de derechos consuetudinarios de acceso a los recursos y conseguir una sociedad más justa. Aplicaron una práctica redistributiva apropiándose de bienes de grandes propietarios –sobre todo ganado– en nombre de la causa y pugnaron por ser favorecidos en el reparto de las explotaciones de los partidarios de los realistas. Hubo también una carga racial, ejemplificada en el grito de “mueran los cariblancos” que lanzaban varios seguidores de Güemes, y una tendencia igualitarista, muy marcada entre los partidarios de Artigas con su lema “nadie es más que nadie”.
Muchos guaraníes de las que habían sido las misiones jesuitas lucharon para reunificar la antigua provincia jesuítica, pero esta vez sin los sacerdotes y sin españoles, portugueses, paraguayos o porteños: dirigirían ellos mismos sus asuntos. Conducido por Andresito Guacurarí, el fallido proyecto mostró también una abierta hostilidad hacia los blancos.
Para los esclavos fueron años de esperanza y presionaron para conseguir la libertad. Los líderes revolucionarios eran conscientes de la incoherencia entre ese derecho y el de propiedad, al que privilegiaron. Por eso en 1812 prohibieron el tráfico de esclavos y en 1813 sancionaron la libertad de todos los hijos de esclavos que nacieran desde entonces, condenando a la esclavitud a morir de a poco, sin afectar los intereses de los amos. Sin embargo, la guerra redobló la necesidad de soldados y muchos esclavos fueron alistados con la promesa de libertad al final del conflicto. La participación de esos libertos en los ejércitos fue fundamental.
Muchas expectativas populares en la Revolución no se cumplieron. Sin embargo, la impronta popular dejó huellas. El sistema de castas por el cual los no considerados blancos eran jurídicamente inferiores –por ejemplo, los blancos y los negros, pardos, mestizos e indígenas recibían distintos castigos por un delito similar– llegó a su fin. La desigualdad social y racial siguió existiendo, pero ya no era legal.
La movilización popular fue desmantelada en algunas provincias pero no en otras. A raíz de ella –en particular en Buenos Aires y el Litoral– se hicieron fuertes las negociaciones de las condiciones de trabajo, las resistencias cuando el Estado buscó asegurar los derechos de propiedad favoreciendo a los poderosos y las tendencias igualitaristas. De hecho, en términos relativos, las décadas que siguieron a 1830 vieron un mejoramiento de las condiciones de vida populares y la desigualdad social fue significativamente menor de la que sobrevendría más tarde con el desarrollo pleno del modelo agroexportador de fin de siglo. El federalismo se nutrió de muchas de las aspiraciones populares y se volvería la fidelidad política mayoritaria entre el “bajo pueblo”.
La enorme mayoría de los líderes políticos exitosos del período anterior a 1870 basaron sus carreras en su ascendencia popular. La política se hizo impensable sin alguna presencia, subordinada pero persistente, de los de abajo.
* Historiador (UBA-Conicet).

El mito moderno

Por Javier Trímboli *

Revolución: “El mito moderno por excelencia, el de la redención de la humanidad por su propio esfuerzo, el de la conquista de un paraíso situado ahora en el curso de su propia historia humana, como meta final y alcanzable de un proceso que sólo a través de su conquista alcanza justificación”. Quien ensaya esta definición es Tulio Halperin Donghi. Los pocos que la leyeron en 1961 quizá sospecharon algo despectivo en estas palabras, pues el nuevo ciclo revolucionario, recién iniciado en América latina, se entendía a sí mismo mucho más cerca de las leyes de la historia que del mito. Sin embargo, se trataba de recordarles a quienes preferían –-y aún hoy prefieren– imaginar que mayo de 1810 estuvo libre de esos tonos, que efectivamente había sido una revolución. Incluso Saavedra, advertía el historiador, actuó tomado por esa creencia.
Ahora bien, en el mundo prosaico lejos estuvo de ser unánime el entusiasmo que la Revolución produjo. Tomemos el caso de dos jóvenes que poco después se montarían sobre la movilización por ella generada, protagonistas destacados del capítulo que le sigue de cerca, si no se confunde con ella, el de las guerras civiles. Ni Facundo Quiroga ni Rosas fueron ganados plenamente por el mito revolucionario. Aunque no sea cierta la versión que lo señala como desertor del ejército, el acontecimiento que lo vincula con Quiroga con la Revolución –su papel relevante en la represión al motín realista que estalla en la prisión de San Luis, donde él mismo estaba recluido– además de tardío, sobresale por otros ribetes. Rosas, por su parte, se preocupó por aclarar que la Revolución no le había sido antipática, pero no llegó a alterar su rutina de estancia, engordando el peculio familiar. Belgrano y José María Paz detectan la indiferencia de muchos criollos e indígenas con los que toparon hacia 1812 en el norte del antiguo virreinato. Pero no se sorprenden del todo, ellos tampoco habían sido sus militantes resueltos antes de que estallara la crisis que derivó en el Cabildo abierto. Por no hablar de Moreno, que nada que oliera a revolución dejaba adivinar en su Representación de los hacendados, escrita en 1809. A Paz sí le llama la atención que los gauchos que en Tucumán salvaron al Ejército del Norte de una derrota desastrosa, además de profesarles un “odio rencoroso” a los realistas, estaban demasiado interesados en despojar a sus cadáveres de cualquier objeto de valor. Cadáveres de realistas que también eran americanos. Belgrano se entrega a la revolución, pero también la nombra guerra civil. La inquietud, incluso cierta zozobra por el sentido de lo que está protagonizando, lo asalta de manera no muy distinta a como le sucede a Rodolfo Walsh en 1964, cuando escribe el epílogo a la segunda edición de Operación Masacre.
En 1819, en proclama al Ejército de los Andes, San Martín hacía una afirmación que durante más de un siglo quedaría olvidada: “Seamos libres, de lo demás no importa nada”. Lo “demás” era la organización política de estas tierras que, se veía, volvería a fracasar, y quizá también las pretensiones demasiado exigentes que encerraba ese mito. Es que la Revolución, como se decía, estaba devorando a sus hijos, cosa que el Santo de la Espada entendió mejor que muchos otros. O, para evitar a Cronos, los obstáculos que la Revolución enfrentaba –los viejos intereses, las pretensiones de las clases acomodadas de Buenos Aires, pero también la enorme dificultad para fundar una vida pública– les arruinaron la vida a muchos. A Moreno y también a Saavedra, sólo por empezar.
¿Qué queda hoy de la Revolución? En primera instancia, estas vidas accidentadas que nos recuerdan que nada entre los hombres, incluso entre los que hacen revoluciones, es llano ni monocorde, nada está hecho a la medida de los que gustan identificarse con los buenos, que siempre han sido buenos en la historia. A su vez, y para el disgusto de algunos otros, vale recalcar que seguimos filiados tanto al primero como al segundo ciclo revolucionario. Así y todo, de tomar el cielo por asalto para volverlo cierto en la tierra, poco sobrevive. Involucrados en lo prosaico del mundo, difícil no reconocer el enorme valor de la política de reparación que se viene llevando adelante desde 2003, pero es evidente que el socialismo ha quedado muy lejos. Lejos también el idealismo y la tentación de lo sublime, podemos ser justos como pocas veces con el pasado y sus rugosidades, que son nuestras. Quizá sea inevitable vestir alguno de los trajes que nos ofrece la historia, para inflar de sentido el papel que nos toca actuar en el presente. De todos modos, llevar los de la Revolución y, más aún, los de la guerra, no parece por lo menos responsable. Si responsable suena mal, digamos que tampoco parece inteligente. Porque es equívoco pero, sobre todo, porque es aceptar la invitación que nos hacen quienes no esperan sino el momento del castigo.

* Asesor historiográfico de Canal 7.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-195037-2012-05-28.html

miércoles, 17 de agosto de 2011

El moro nunca su fue

Al fondo a la izquierda


A los 94 años, después de publicar sus extraordinarias memorias (Tiempos interesantes), el gran historiador inglés Eric Hobsbawm –que dedicó su vida a analizar y explicar la era moderna, desde la Revolución Francesa hasta los estertores del siglo XX– tenía un libro más por escribir: Cómo cambiar el mundo. Tras sentirse parte de la generación con la que se extinguiría el marxismo de la vida política e intelectual de Occidente, las crisis financieras, la espiral conflictiva del capitalismo y los cambios en América latina le dieron la alegría de volver a su querido Marx. En el libro, despeja con su habitual lucidez las malas interpretaciones, archiva los preceptos que envejecieron y despliega las herramientas que ofrece el autor de El Capital para entender el mundo en el siglo XXI y hacerlo un lugar mejor.


Por Fernando Bogado

Imaginen la escena: Eric Hobsbawm, reconocido historiador inglés de corte marxista, y George Soros, una de las mentes financieras más importantes del mundo, se encuentran en una cena. Soros, quizá para iniciar la conversación, quizá con el objetivo de continuar alguna otra, le pregunta a Hobsbawm qué opina de Marx. Hobsbawm elige dar una respuesta ambigua para evitar el conflicto, y respondiendo en parte a ese culto a la reflexión antes que a la confrontación directa que caracteriza sus trabajos. Soros, en cambio, es concluyente: “Hace 150 años este hombre descubrió algo sobre el capitalismo que debemos tener en cuenta”.
La anécdota parece casi seguir la estructura del chiste (“Soros y Hobsbawm se encuentran en un bar...”), pero es el mejor ejemplo que el historiador inglés encuentra para mostrar, al comienzo de su nuevo libro, esa idea que está flotando en el aire desde hace tiempo: el legado filosófico de Karl Marx (1818-1883) está lejos de haberse clausurado y, muy por el contrario, las publicaciones especializadas de la actualidad, el discurso político cotidiano, la organización social de cualquier país no hacen otra cosa más que invocar a su fantasma para tratar de lidiar con ese angustiante problema que ha tomado el nombre histórico de “capitalismo”.
En el libro, recientemente publicado en castellano, que lleva el sugerente título de Cómo cambiar el mundo, Hobsbawm vuelve a ofrecer su indiscutible talento para plantear las proposiciones de aquel filósofo alemán que siguen teniendo una vigencia definitoria para construir el presente.
Repasemos antes la presunción de muerte que se colgó al cuello de Marx durante el último cuarto del siglo XX: la crisis del petróleo de 1973 desencadenó un proceso político y económico que organizó eso calificado por Hobsbawm como reductio ad absurdum de los lineamientos de la economía de mercado. La situación generó la aparición de gobiernos conservadores en EE.UU. y Gran Bretaña (con Ronald Reagan y Margaret Thatcher a la cabeza de sus naciones), al mismo tiempo que implicó en diversos territorios la implantación de economías de claro corte financiero, situación que en Latinoamérica trajo aparejada la aparición de gobiernos de facto que impusieron este tipo de organización por la fuerza, suplantando las estrategias de desarrollo industrial y sustitución de las importaciones por facilidades para los capitales golondrina, la especulación y la desestructuración de las organizaciones sindicales (sumado, claro está, a las estrategias de represión dispuestas desde ya mucho antes de los golpes, como lo muestra la historia nacional). Aquella serie de cambios culminó con la caída del Muro de Berlín y el bloque soviético en 1989–1991, llevando a su lógica conclusión lo que era obvio para todo el mundo luego de 1960: la URSS no podía resistir mucho más tiempo con su particular versión del marxismo y su economía planificada. Francis Fukuyama, pensador norteamericano de corte neoliberal, se apropió de algunos lineamientos de la filosofía hegeliana para dar la sentencia final acerca de esta sucesión de acontecimientos: estábamos frente al “fin de la Historia”, la desaparición del mundo organizado en bloques opuestos que había marcado el destino de todo lo conocido desde finales de la Segunda Guerra Mundial en adelante.
Es en este panorama conciliador de economía globalizada y aparente pacificación social que, a lo largo de la década de los ‘90, todo el mundo dio por enterrado el pensamiento marxista, incluso, con ciertas justificaciones de índole éticas: el nombre de Karl Marx venía siempre de la mano del de Joseph Stalin, entre muchos otros. Marx no era sólo una mala palabra para un gurú económico, sino también para un ciudadano de las zonas más pobres de Rusia, que veía con placer cómo caían las estatuas de Lenin, Stalin y el propio Marx.
¿Quién hubiera dicho entonces que veríamos una foto de Sarkozy leyendo El capital y al papa Benedicto XVI elogiando la capacidad analítica de su autor?
Entre 2007 y 2009 (2001, para nosotros), una serie de crisis del sistema capitalista financiero (o “capitalismo tardío” tal como lo han identificado pensadores como Frederic Jameson o Jürgen Habermas), demostraron que lo que se pensó como el comienzo de una era de tranquilidad en términos políticos, sociales y sobre todo económicos allá por 1989 no era tal cosa. El mercado librado pura y exclusivamente a la “mano invisible” de Adam Smith, amparado por la domesticación del Estado, empezó a resquebrajarse sin necesidad de conflicto con otro sistema económico-político.
LA REVOLUCION NO ES UN SUEÑO ETERNO
Lo dijo muy bien el Times tras el derrumbe financiero del 2008: “Ha vuelto”. ¿Quién? Marx. Tres años después, el panorama no ha mejorado y en este clima poco prometedor, muchos revisan su figura para recuperar qué es lo que dijo y qué se puede extraer de su análisis con el objetivo de superar las crisis que aquejan por estos días a las principales economías del mundo globalizado (basta revisar cómo empezamos cada semana con un nuevo “lunes negro”, por no sumar más días al calendario).
A los 94 años, Hobsbawm observa acertadamente que Marx había dictaminado cuál sería el destino del capitalismo de seguir la línea que a mediados del siglo XIX insinuaba con perfecta claridad: la concentración del capital en unas pocas manos generarían un mundo en donde sólo un número muy pequeño de personas tendrían el mayor número de riquezas, mientras que el sistema no podría seguir el ritmo de su propio crecimiento desproporcionado. La cantidad de riquezas generadas y el continuo aumento de la población no permitirían el desarrollo igualitario de todos los individuos, a lo que se sumaba que el ritmo de crisis cíclicas terminaría aumentando con el tiempo hasta llegar al punto de la inevitable caída del sistema.
En 2002, el economista hindú Meghnad Desai ya anunciaba en un trabajo, “La venganza de Marx”, en donde afirmaba que muchos han creído que el pensamiento del alemán se extinguió con la caída de los estados socialistas, pero las tesis y observaciones realizadas en los trabajos iniciales van mucho más allá de esos 70 años de gobiernos comunistas que constituyen sólo un “episodio” del viraje al socialismo: los marxismos no opacan a las observaciones de Marx, y es ese núcleo básico lo que hay que volver a leer.
Hobsbawm coincide con Desai: una cosa son los trabajos originales y otra la manera en que esos libros (con sus avatares particulares, sus malas traducciones o sus publicaciones tardías) formaron escuelas a lo largo de todo el mundo. Esa historia de la escuela marxista es la que se terminó con la caída del Muro, no la fuerza política y filosófica de los primeros planteos. Este renacer de Marx es lo que entusiasma ahora a un Hobsbawm que se presentaba como un tanto decepcionado con la idea de que, durante la década del ‘80 hasta finales de 2000, el “mundo marxista quedó reducido a poco más que un conjunto de ideas de un cuerpo de supervivientes ancianos y de mediana edad que lentamente se iba erosionando”.
¿Cuáles son esas ideas? ¿Qué cosas de Marx hay que conservar? En primer lugar, la naturaleza política de su pensamiento. Para él, cambiar el mundo es lo mismo que interpretarlo (parafraseando una de las míticas “Tesis sobre Feuerbach”); Hobsbawm considera que hay un temor político en varios marxistas a verse comprometidos en una causa, sabiendo de antemano que para entrar a la lectura de Marx tuvo que haber primero un anhelo de tipo político: la intención de cambiar el mundo.
En segundo lugar, el gran descubrimiento científico de Marx, la plusvalía, también tiene lugar en este ensayo histórico de prueba y error. Reconocer que hay parte del salario del obrero que el capitalista lo conserva para sí con el objetivo de aumentar las ganancias con el paso del tiempo es encontrar la prueba de una opresión histórica, el primer paso para llegar a una verdadera sociedad sin clases, sin oprimidos. Los obreros son conscientes de esa injusticia y sólo mediante una organización política coherente podrán “dar vuelta la tortilla”. A diferencia de lo que creían los gurúes de la globalización, ni los obreros ni el Estado son conceptos en desuso: Hobsbawm aclara que “los movimientos obreros continúan existiendo porque el Estado-nación no está en vías de extinción”.
Por último, la existencia de una economía globalizada demuestra aquello que Marx reconoció como la capacidad destructora del capitalismo, más un problema a resolver que un sistema histórico definitivo. Hobsbawm llama la atención, desde el filósofo alemán, a esa “irresistible dinámica global del desarrollo económico capitalista y su capacidad de destruir todo lo anterior, incluyendo también aquellos aspectos de la herencia del pasado humano de los que se beneficio el capitalismo, como por ejemplo las estructuras familiares”. El capitalismo es salvaje por naturaleza y su final –al menos, el final de la idea clásica de capitalismo– es evidente para cualquier persona en el mundo.
Es muy difícil decir que del análisis de Marx se pueda sacar un plan de acción “a prueba de balas”. La teoría marxista clásica habló muy poco de modelos de Estado o de lo que sucedería una vez instalada la revolución y sí mucho de análisis económico: pensando lo que sucede es que se puede saber cómo actuar. Lo que Marx dio fueron herramientas, no recetas dogmáticas. Como bien dice Hobsbawm, los libros de Marx “no forman un corpus acabado, sino que son, como todo pensamiento que merece este nombre, un interminable trabajo en curso. Nadie va ya a convertirlo en dogma, y menos en una ortodoxia institucionalmente apuntalada”.
Pero claro, la vida te da sorpresas: si bien hay planteos de Marx que se conservan, hay muchos otros que el curso de la Historia (y los hombres que la viven) ha cambiado. Por ejemplo, una de las paradojas del siglo es que si bien Marx creía que la revolución se terminaría dando en todo el mundo (“¡Trabajadores del mundo, uníos!”), los alzamientos que terminaron con el marxismo en el poder durante el siglo XX se dieron en países bien diferentes de Alemania, Inglaterra y Francia, el triángulo en que, para Marx, empezaría todo.
A su vez, el marxismo se mezclaría con movimientos de cambio o grupos que reconocían diferentes injusticias sociales en territorios insospechados. En Rusia, por ejemplo, la filosofía marxista se mezcló con el nacionalismo agrario narodnik, al menos, en un primer momento. En China, la revolución se dio en una cultura agrícola no occidental, imperial y milenaria. A su vez, todos esos modelos de país concordaban muy poco con la idea original: tal como afirma Hobsbawm, “en el período posterior a 1956, una gran mayoría de marxistas se vieron obligados a concluir que los regímenes socialistas existentes, desde la URSS hasta Cuba y Vietnam, estaban lejos de lo que ellos mismos habrían deseado que fuese una sociedad socialista, o una sociedad encaminada al socialismo”.
Quizás el artículo más determinante es aquel dedicado a la redacción del Manifiesto del partido comunista, el texto breve de 1848 en donde Marx y Engels declaraban la inevitable presencia de un partido que no era, en esos tiempos, el mismo tipo de organización que el siglo XX conocerá luego de las propuestas operativas de Lenin. El objetivo fundamental de la creación de un PC era distinguir su propuesta de la de toda otra forma de avatar socialista, sobre todo en sus variables utópicas: de Saint-Simon a los falansterios de Fourier, donde la libertad sexual (y las correspondientes “orgías coreografiadas”) se equiparaba a una libertad laboral. Un siglo y pico después, tal vez ese PC haya sido mal entendido.
Pensar la transición de sociedades agrarias a sociedades socialistas, o revisar el cambio histórico del feudalismo al capitalismo, ha sido uno de los puntos que más preocuparon al último Marx: allí se encuentra la posibilidad de entender desde el presente los movimientos revolucionarios en naciones con estructuras agrarias como las presentes en Latinoamérica, Africa o algunas zonas de Oriente. Más allá de las condiciones para que se dé el cambio (descontento social, conciencia del conflicto, etc.), el marxismo clásico del siglo XIX sostenía la necesidad de ciertas condiciones objetivas para la revolución: desarrollo industrial y comercio a gran escala (lejos de las artesanías y el comercio “cara a cara”). América latina conoció la refutación de estas condiciones en el Che Guevara: donde había una necesidad, no había sólo un derecho, sino también una posible revolución. Hobsbawm, atento a este tipo de experiencias, demuestra el interés particular que existe por revisar el cambio al socialismo fuera de los límites de Europa.
LA CINTURA COSMICA DE MARX
En una entrevista realizada para el diario The Guardian por Tristram Hunt –quien acaba de publicar, oh casualidad, la biografía de Engels también reseñada en estas páginas– y aparecida en enero de este año, Eric Hobsbawm habló con entusiasmo de la recuperación de cierto lenguaje económico y político que se creía clausurado luego del auge liberal de las últimas décadas del siglo XX: “Hoy en día, ideológicamente, me siento más en casa en Latinoamérica porque sigue siendo la única parte del mundo donde la gente todavía habla y conduce su política en el viejo lenguaje, en el lenguaje del siglo XIX y del XX del socialismo, el comunismo y el marxismo”. Si bien la pregunta apuntaba a la salida de Lula del gobierno y la ubicación de Brasil dentro del grupo de naciones con perspectivas de liderazgo mundial (el BRIC, junto a Rusia, India y China), la respuesta renueva la repercusión de la coyuntura política latinoamericana dentro del panorama mundial y la presencia de diversos gobiernos de izquierda y centroizquierda en el continente.
Uno de los últimos artículos del libro, “Marx y el trabajo: el largo siglo”, señala precisamente que las organizaciones proletarias con fines políticos no necesariamente van de la mano de la teoría marxista. El mejor caso para explicar su punto lo encuentra en nuestro intrigantes pagos: “Los socialistas y comunistas, frustrados desde hace tiempo en Argentina, no podían comprender cómo un movimiento obrero radical y políticamente independiente podía desarrollarse, en la década de 1940, en aquel país, cuya ideología (el peronismo) consistía básicamente en la lealtad a un general demagogo”.
La victoria de partidos obreros en el continente, alimentados por la perspectiva marxista de justicia y progreso igualitario pero no ligados a organizaciones de neto corte comunista, presenta la posibilidad de una transición a un Estado socialista no mediada por una revolución, tal como se planteo en los términos de la URSS y la histórica Revolución del ‘17, o como el imaginario actual lee el devenir de la revolución cubana de 1959. En definitiva, hay cosas que la misma Historia, no Marx o sus muchas interpretaciones, han demostrado que son inviables: el socialismo ruso fracasó por mantener una economía de guerra a corto plazo que se proponía objetivos difíciles que implicaban esfuerzos y sacrificios excesivos (desde concentrar todo el excedente y el esfuerzo productivo con tal de conquistar el espacio exterior a cambiar las prácticas de producción agraria). Separar a Lenin y a Stalin del pensamiento de Marx es un acontecimiento dado en los últimos años que puede mostrar las facetas más interesantes para una teoría del presente. Es decir, algo necesario que permite pensar las circunstancias actuales para apuntalar el cambio dentro de la compleja geografía latinoamericana.
El marxismo ha tenido varias crisis a lo largo de su historia. Desde que se propuso poner a Hegel “patas para arriba” y transformar todo el discurso de lo espiritual en atención a lo material, ya en 1890 aparecieron los primeros críticos a los planteos básicos de esta filosofía. Sin embargo, hay algo en las ideas de Marx que sigue interpelando al hombre contemporáneo, que sigue hablando de un cambio no considerado como mero anhelo existencial o aspiración utópica, sino como situación posible de llevar a cabo en la actualidad, ante todo, por la vía democrática y partidaria. Como bien pregunta Soros, y como escribe Hobsbawm: “No podemos prever las soluciones de los problemas a los que se enfrenta el mundo en el siglo XXI, pero para que haya alguna posibilidad de éxito deben plantearse las preguntas de Marx”.

Página/12. Suplento Radar, 14.08.2011 : http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7266-2011-08-18.html

jueves, 4 de noviembre de 2010

El debate que debe ser:

Ligera y carente de fundamentación ( o con una fundamentación muy poco rigurosa), cualidades que aplicaba a sus clases en la UBA en la materia Historia Social General, apareció hace unos días una columna de opinión del historiador Luis A. Romero, en la que renueva su prédica negativa acerca del fenómeno del kirchnerismo sin intentar comprenderlo y reduciendo todo a la voluntad de una persona. Uno, alumno de su materia, podía estar de acuerdo o no con sus exposiciones, selección de textos y autores, jucios y otras yerbas, pero no podía cuestionar la rigurosidad en los análisis, cosa que sí hacen los autores de la nota aparecida el 5.11 en Página/12 que se lee después de la nota en cuestión: Clarín: Opinión /La muerte del ex presidente /Cristina está lejos de Isabel 28/10/10 Por Luis Alberto Romero. HISTORIADOR, UNSAM / CONICET La muerte del ex presidente Kirchner, que por diversas razones todos lamentamos, abre un panorama incierto y oscuro. Nos preguntamos, con angustia, cómo transcurrirá este año largo hasta la asunción de un nuevo presidente. Hoy, buena parte del rumbo futuro depende de lo que haga la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ella puede optar por seguir adelante con el endemoniado juego faccioso que su difunto esposo impuso a la confrontación política, activando permanentemente la antinomia amigo/enemigo. O puede detener ese movimiento, asumir que le toca encabezar una difícil transición, y que puede hacerlo con todos y para todos . Muchos pensarán en lo que sucedió tras la muerte de Perón, en julio de 1974. Hay sin duda elementos similares, especialmente los demonios que Kirchner desató en los últimos años. Me parece que, afortunadamente, nuestra Presidenta tiene otra envergadura política, muy superior a la de Isabel, y que puede elegir este segundo camino, una opción que para Isabel no existió. Buscando precedentes, me resulta más iluminador pensar en el final del primer gobierno peronista. Luego del fallido golpe de junio de 1955 Perón declaró que dejaba de ser el jefe de la Revolución Nacional y se convertía en el Presidente de todos los argentinos. Probablemente no fue muy sincero : poco después, el 31 de agosto, volvió a la violencia verbal y lanzó el célebre “cinco por uno”. Pero tampoco la oposición aceptó su oferta de pacificación ni se propuso colaborar lealmente con quien decía deponer las armas. Prefirió un rumbo que llevaba inevitablemente al golpe de Estado. No estoy juzgando sino marcando las diferencias . Ciertamente, la interrupción institucional es imposible. Pero además, estoy convencido de que las fuerzas opositoras, y sobre todo la opinión independiente, están completamente dispuestas a acompañar a la Presidenta si ella eligiera el camino de la concordia y de la institucionalidad. Ojalá lo haga. Kirchner y el tribunal de la Historia Por Irene Cosoy, Gabriel Di Meglio, Federico Lorenz, Julio Vezub y Fabio Wasserman * Luis Alberto Romero es un historiador que ejerció durante más de dos décadas como profesor titular de la materia Historia Social General en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En el programa de dicha asignatura se recomendaba examinar los procesos históricos “desde la perspectiva de los sujetos sociales, que coexisten en relaciones conflictivas y que, más allá de su conciencia e intencionalidad, son los agentes de los cambios”. Como enseñaba el profesor en sus clases, esas conflictivas relaciones entre los sujetos sociales hacen a la Historia única en cada instancia. Ninguna de estas advertencias o principios parecen estar presentes en la breve columna que publicó en Clarín el pasado 28 de octubre ante la sorpresiva muerte de Néstor Kirchner. Allí pone el eje en la personalidad facciosa del ex presidente, que habría impedido el normal funcionamiento de las instituciones republicanas. Al hacerlo, soslaya la importancia de los conflictos de intereses e ideologías, reduciendo así las disputas políticas a las características personales de algunos actores privilegiados, lo que desde el punto de vista de los estudiosos es estrecho y ahistórico. Romero nos dice que el conflicto social en la Argentina se debe a un problema de estilos y formas de gobierno. Para ello, utiliza un lenguaje plagado de metáforas tan poco felices como tendenciosas: la incertidumbre política dejaría de ser tal si la Presidenta eligiera “el camino de la concordia y la institucionalidad”, en oposición al “endemoniado juego faccioso” y “los demonios que Kirchner desató en los últimos años”. Para Romero, los conflictos no se deben a la existencia de distintos intereses y proyectos de país expresados por diferentes fuerzas políticas (e incluso al interior de esas mismas fuerzas), sino más bien a una pareja gobernante, mutilada ahora por la muerte, que con sus formas agrede al conjunto armónico de una república que sólo existe en la mente del colega columnista. Como si se tratara de un cuento infantil, todos los males son causados por la personalidad de los principales protagonistas de nuestra vida política. En esta interpretación no hay clases, ni intereses, ni corporaciones, ni sujetos, ni actores sociales. Nada de lo que los historiadores buscamos identificar y explicar cuando hacemos nuestro trabajo, sean cuales fueren nuestras convicciones ideológicas. Para legitimar su discurso, Romero apela a su profesión de historiador e ilustra la coyuntura actual con ejemplos del pasado. En primer lugar, la muerte de Perón en 1974. Y aunque ya desde el título se cuida de señalar que Cristina Fernández no es Isabelita, su análisis induce la idea de que existe el peligro de que lo sea, si persevera en el camino de su esposo (“los demonios que de-sató”). Nunca comenta que existen intereses a cuyos defensores les serviría presentarla como la viuda de Perón y a la Argentina del 2010 como a la de 1975. Como trazar esa comparación resulta muy forzado, porque ambas presidentas tienen características políticas muy diferentes y también las coyunturas son distintas, realiza otra: la situación actual se parecería a la de 1955, cuando un golpe de Estado puso fin al primer gobierno peronista. Pero el sesgo aparece también aquí: así como se detiene para evocar la consigna del “cinco por uno” de Perón, y que éste “no había sido sincero” en su llamado a la pacificación hecho días antes, el bombardeo de la población civil en Plaza de Mayo que lo precedió es presentado como un “fallido golpe militar”. Contextualizar el “cinco por uno” (que Romero utiliza para remitirse a la violencia peronista) no busca justificarlo, sino que lo sitúa históricamente: el “fallido golpe” de junio había truncado cientos de vidas en la retórica real y sangrienta que la reacción ha desarrollado en nuestro pasado. En esa ocasión, la oposición hizo algo más que no “colaborar lealmente”, como señala Romero. La falta de contextualización y el análisis abstracto se hacen más evidentes cuando se refiere al tema que verdaderamente le interesa tratar: el futuro próximo. Por eso considera que para acabar con la incertidumbre la Presidenta debería encabezar “una difícil transición, y que puede hacerlo con todos y para todos”, concluyendo que la oposición se acogería a este programa que le permitiría a la Argentina retornar a la normalidad institucional. Claro que omite decir quiénes redactarían ese programa, cuáles serían sus contenidos, por qué se está ante una transición, en qué la situación institucional es “anormal” y, sobre todo, qué significa gobernar con todos y para todos en una sociedad atravesada por numerosos conflictos que preexisten al actual ciclo político y que tampoco desaparecerían aunque el Gobierno cambiara de signo o de estilo. Estos desaciertos panfletarios se suman a una serie de falacias históricas que viene publicando en otros medios, como cuando comparó a la multitud kirchnerista reunida frente al Congreso al producirse el recambio parlamentario en el 2009 con los seguidores de Mussolini y Hitler, o cuando criticó que la política de derechos humanos del Gobierno había roto con el consenso que existía en la sociedad argentina al respecto desde 1983. Romero no está escribiendo historia, sino proyectando sus propias creencias y posicionamientos, haciendo de ellas una verdad general. Los historiadores sabemos que los procesos históricos son el resultado de un complejo entramado de disputas entre sujetos sociales portadores de distintos intereses e ideas. También sabemos que la Historia no se repite. No obstante, las actitudes humanas e intelectuales de quienes la interpretan, así como una sensibilidad forjada en patrones elitistas o que conciben con estrechez la participación y los comportamientos populares, parecería que sí pueden repetirse con ligeras variaciones. El gorilismo, término que no es ya una chicana, sino una definición política precisa, explica buena parte de las posiciones ante la actual coyuntura. El día mismo de la muerte del ex presidente, sin preocuparle las zonas de la sensibilidad que pudiera afectar, Romero se atribuyó el rol de fiscal en el Tribunal de la Historia. Y si de demonios se trata, ya se puede presumir adónde lo condenará. Es importante entonces que establezcamos claramente desde dónde nos referimos al pasado: aclarar cuándo escribimos historia y cuándo no. La misma ilusión de un consenso armónico posdictatorial llevó a Romero a explicar, en un texto reciente, cómo durante la transición a la democracia, para fortalecer las instituciones, había debido optar entre ser ciudadano e historiador, privilegiando lo primero. En esa ocasión decidió omitir lecturas de crítica histórica para impulsar un cierto modelo de institucionalidad. Tal vez haya vuelto a optar, sólo que esta vez no les avisó a los lectores. * Historiadores.