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viernes, 23 de marzo de 2012

Toulouse no puede explicarse como un crimen aislado fruto del odio o la acción de un fanático





Lindsay German
Stop The War

Traducido el inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Nadie puede justificar esos asesinatos, pero los disparos del sur de Francia son el terrible y desastroso resultado de las políticas bélicas y el racismo antimusulmán de Occidente.
Al parecer, los asesinatos del sur de Francia fueron obra de un joven musulmán argelino que había recibido entrenamiento en los campamentos de Afganistán y Pakistán y que había sido uno de los prisioneros que escaparon de la prisión de Kandahar en una fuga facilitada por los talibanes.
Nadie puede justificar los ataques que han acabado con la vida de un rabino, tres escolares judíos y tres soldados franceses de ascendencia magrebí y caribeña.
Pero tampoco debería nadie dudar de que ese acto no puede explicarse como un crimen aislado motivado por el odio o el hecho de un fanático. Es el terrible y desastroso resultado de una serie de políticas que podían haberse evitado y que ahora amenazan con empeorar aún más la situación.
En primer lugar, llevamos en Francia años de racismo contra los musulmanes. La actual campaña electoral presidencial es responsabilidad de Nicolas Sarkozy, que ha avivado una tormenta racista en un intento por conseguir votos entre el electorado de extrema derecha del Frente Nacional. Atacó a los que no eran franceses, insinuando que los franceses estaban viéndose obligados a comer carne halal.
La prohibición de que las chicas llevaran el hiyab en la escuela, las altas tasas de desempleo entre los jóvenes descendientes de magrebíes, la represión policial en los barrios de la periferia de las principales ciudades francesas, todo ello ha contribuido a esta oleada de racismo. Ahora Sarkozy hace llamamientos a la unidad pero se ha pasado las últimas semanas azuzando la desunión entre razas.
Los asesinatos del lunes en la escuela judía de Toulouse se produjeron en el cincuenta aniversario del final de la guerra por la independencia de Argelia, una guerra que tiene aún hoy un amargo legado de racismo y colonialismo en Francia.
Se suponía que las recientes guerras en Afganistán, Iraq y Libia iban a acabar con el terrorismo. En cambio, el terrorismo ha crecido por todo el mundo. Los agravios por esas guerras se prolongan desde hace diez años. Las continuadas ocupaciones sobre todo de países musulmanes, la incapacidad para poder resolver la cuestión palestina, las actuales amenazas a Irán y quizá, lo más importante, el creciente número de civiles muertos en Afganistán, han exacerbado esos sentimientos de afrenta.
El asesinato de 16 civiles afganos a manos de un soldado estadounidense hace dos semanas se abordó con mucho menos escándalo que los asesinatos de Francia, lo que lleva a la percepción de que las vidas afganas no tienen el mismo valor que las occidentales.
La ex directora del MI5, Eliza Manningham Buller, en declaraciones hechas durante la investigación Chilcot sobre la guerra de Iraq, dijo que los servicios de inteligencia habían advertido al gobierno británico que esas guerras exacerbarían el terrorismo en vez de apagarlo.
Todos los que han apoyado las guerras son como los Borbones: no aprenden nada y lo olvidan todo. Su respuesta a este acto terrible será la justificación para nuevas guerras, para gastar más dinero en ejércitos y armamento, en más vigilancia de los musulmanes, en más apoyo a guerras que “erradiquen el terrorismo”.
También continuarán tratando a los musulmanes como ciudadanos de segunda clase, intensificando las restricciones sobre cómo deben vestir o cómo deben comportarse. La islamofobia no es una especie de aberración en Francia: proviene directamente del apoyo a las guerras imperialistas y al legado del dominio colonial.
La forma de acabar con los ataques terroristas sería tratar de encontrar, para empezar, una solución política a los agravios e injusticias que dan pie a que se incrementen aquellos. ¡Qué pocas probabilidades hay de que Sarkozy, Cameron y el resto se detengan a pensar siquiera un poco en ello!
Lindsey German es coordinadora de la organización británica antibelicista “Stop the War Coalition” y antiguo miembro del comité central del Partido Socialista de los Trabajadores. Hasta 2004, fue editora de Socialist Review y candidata de la izquierda en dos ocasiones a la alcaldía de Londres. Ha escrito varios libros, entre los que figuran “Sex, class and socialism” y “Socialist and class”.

Fuente: http://www.stopwar.org.uk/index.php/usa-war-on-terror/1276-what-chance-sarkosy-cameron-obama-will-learn-anything-from-the-toulouse-killings-

domingo, 11 de septiembre de 2011

Conspiraciones

EL MUNDO › ESCENARIO


Conspiraciones

Por Santiago O’Donnell

El 11 de septiembre del 2001, el terrorismo internacional puso de rodillas a la principal potencia del mundo. Derribó las emblemáticas Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York e hizo un boquete en el Pentágono de Washington. Destruyó el centro financiero y vulneró el centro militar de la economía más grande y del ejército más poderoso del planeta.
De no ser por los casi tres mil muertos y por las escenas dantescas de personitas saltando de los edificios, podría decirse que se trató de una genialidad. Porque perimidas las hipótesis de conflicto de la Guerra Fría, prácticamente todo el aparato de seguridad de Estados Unidos se había puesto al servicio de prevenir lo que finalmente ocurrió, nada menos que un megaatentado terrorista. Literalmente millones de soldados, espías y contratistas privados gastaron fortunas para desarrollar respuestas a potenciales bombardeos de agentes químicos y biológicos, atentados cibernéticos, ataques suicidas contra estaciones de trenes y terminales de autobús, secuestros extorsivos, francotiradores magnicidas y unas cuantas ideas más. Pero nadie imaginó el daño que podrían causar los cuchillos y los tenedores que se usaban para comer la comida que se sirve en los aviones de línea, utensilios que por entonces todavía eran de metal. Con esos cuchillos y tenedores, diecinueve terroristas secuestraron cuatro aviones a poco de salir, y esos aviones con los tanques llenos de combustible y las butacas llenas de pasajeros se convirtieron en misiles teledirigidos de alto poder destructivo, envueltos en una multitud de escudos humanos.
Tres de esos aviones dieron en el blanco y el mundo cambió para siempre. Los estadounidenses de origen musulmán perdieron sus derechos civiles y cayeron varias barreras del derecho a la privacidad y el de no ser discriminado. Bush legalizó la tortura y arrasó poblaciones enteras en Irak y Afganistán con dos guerras que surgieron, más allá de los intereses que siempre están en juego, del clamor de venganza que bramó el pueblo norteamericano. Europa, que había sufrido sus propios atentados, se sumó a la cacería mandando soldados a esas guerras y facilitando bases y aviones para el traslado clandestino de prisioneros de Estados Unidos a centros de tortura en Asia, Africa y la base de Guantánamo.
El ataque terrorista del 11-9 no tiene demasiados secretos. En el 2003 agarraron en Pakistán a un tipo que se llama Khalid Sheikh Mohammed. El tipo ya había financiado un atentado a las Torres Gemelas en 1993, y era el tío del que puso la bomba. Ya antes del atentado no tenía problemas en decir que era enemigo de Estados Unidos por el apoyo de Washington a Israel en Medio Oriente. Tiempo después, tras unas cuantas sesiones de submarino, Mohammed confesó en una audiencia judicial que había planificado el atentado “de la A a la Z”. En Guantánamo dio todos los detalles necesarios para terminar de armar el rompecabezas: quiénes lo ayudaron, cómo y dónde los reclutó, cómo se le ocurrió el plan, dónde lo armó, de dónde sacó el dinero para llevarlo adelante, cuánto le costó, dónde estuvieron los terroristas antes y después del atentado, etcétera. Después se chequeó la información con cuentas bancarias, registros de escuelas de vuelo, contratos de alquiler, visas, tarjetas de crédito y demás.
A diferencia de la Argentina, donde todavía no se ha podido determinar de manera convincente quién voló la AMIA y la Embajada de Israel, ni cómo ni donde se colocaron los explosivos, ni quiénes financiaron y proveyeron apoyo logístico al o los atacantes, ni quién dio las órdenes ni quién los planificó, en Estados Unidos, así como en España y el Reino Unido, esas cuestiones están saldadas. Podrá discutirse si Sheikh Mohammed era miembro de la red terrorista Al Qaida y conocía y recibía órdenes de Bin Laden, como aseguran los servicios secretos estadounidenses, o no. Podrá discutirse si Al Qaida mantiene una estructura jerárquica y formal o es un paraguas simbólico que engloba grupos de terrorismo sunnita islamista en todo el mundo. Pero está a la vista quién lo hizo, cómo y por qué.
Claro que nunca faltan los buitres y los oportunistas que lucran del dolor ajeno. Un par de franceses parió un best-seller de teorías conspirativas al explotar la natural reticencia de los cráneos del Pentágono de aportar detalles sobre cómo le abrieron un boquete a su fortaleza supuestamente inexpugnable. Uno se imagina que los generales yanquis no van a querer despejar todas las dudas que mentes inquisidoras puedan tener sobre el daño sufrido por el Pentágono. Si encima tapan algunos agujeros de seguridad con operaciones de inteligencia para no quedar tan expuestos, no es difícil, con un poco de ingenio y picardía, saciar el hambre de los miles y miles de ilusos que piensan que Bush voló las torres para quedarse con el petróleo de Irak. Tiene sentido, ¿no? Nunca hay que dejar que la verdad arruine una buena historia, ¿no?
La revista Mother Jones, la principal publicación de la izquierda estadounidense, recopiló una larga lista de teorías conspirativas sobre el 11-9, incluyendo la de los franceses, y puso a un equipo de periodistas a investigarlas durante largos meses. Al final informó que no encontró nada. Los mismos medios que voltearon a Nixon y deschavaron las torturas de Bush peinaron el 11-9 con sus mejores sabuesos, pero tampoco encontraron nada raro. Y sin embargo...
Por lo de la AMIA y por lo de la embajada, Argentina es terreno fértil para las teorías conspirativas sobre autoatentados terroristas. Si lo sabrá el fotógrafo de la agencia de rescatistas FEMA, que aterrizó en este país después de pasar un tiempo en la cárcel por la muerte de su esposa. El tipo trabajaba para FEMA, una agencia estatal que ayuda cuando se producen desastres naturales como huracanes y terremotos. FEMA normalmente no se encarga de atentados terroristas, pero el de las Torres Gemelas fue tan grosso que además del FBI, la agencia encargada de manejar el tema, pidió ayuda a un montón de policías, bomberos y también a la gente del FEMA. El tipo sacó unas fotos de las Torres Gemelas como le pidieron y al año siguiente fue detenido en Colorado cuando lo encontraron con la sangre de su esposa muerta salpicada en su cara y restos de pólvora en el pantalón. El dice que ella se suicidó, pero el fiscal de Colorado dice que él la mató. Después de un tiempo lo largaron por falta de pruebas, pero sin cerrar el caso. Entonces el fotógrafo conoció a una argentina y se vino a vivir acá. Los investigadores juntaron más pruebas y pidieron su extradición. El tipo se cubrió: dijo que tenía unas fotos del 11-9 que demostraban que el atentado lo había cometido Bush, o algo por el estilo. Escribió un libro diciendo que Estados Unidos lo persigue porque sabe demasiado. Se acercó a algunas personas vinculadas con el movimiento de los derechos humanos que de buena fe, seguramente, le dio protección. A través de esos contactos consiguió status de refugiado del gobierno argentino y así trabó su regreso a Colorado.
Todo bien, cada cual se defiende como puede. Pero no deja de resultar chocante verlo en cada aniversario del 11-9 pasearse vendiendo su libro por las redacciones de los diarios y los estudios de las radios. Porque en su afán de evitar el proceso judicial por su presunto crimen pasional y financiar con regalías su estadía en el país, explota el dolor de dos grupos de personas que ya han sufrido demasiado. Por un lado, el dolor de las víctimas del terrible atentado, que golpeó a todo el pueblo estadounidense y no sólo a sus jerarcas. Por la hora en que ocurrió, las ocho cuarenta y cinco de la mañana, la mayoría de las víctimas era personal de limpieza y administrativo, cientos de ellos de origen hispano. Por otro lado, el dolor de algunas víctimas de las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura argentina, que pagaron con sangre su ideología antiimperialista, y que cobijaron al fotógrafo de FEMA y consumieron su obra literaria con la esperanza de que algún día sus lindas fotos desnuden la soberbia yanqui.

Sería muy divertido jugar a las conspiraciones del 11-9 y tocarles el traste a Bush y la CIA, si no se estuviera jugando con el dolor ajeno. Sorry, yo no compro.

sodonnell@pagina12.com.ar