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viernes, 19 de agosto de 2011

El pueblo

El pueblo


Por Horacio González *

Alrededor del concepto de pueblo se rehace incesantemente la vida política. Pero no hay un pueblo homogéneo, ni siquiera una historia homogénea del pueblo. Las teorías políticas contemporáneas han escapado elegantemente de las palabras vulgo o plebe y, en verdad, la sociedad contemporánea se funda sobre este abandono de las tesis más notorias de la ilustración del siglo XVIII (esto es, lenguajes como los de Mariano Moreno o Echeverría, con sus mayores o menores matices). Pueblo no es lo que crea una capa generosamente ilustrada de una sociedad, sino un saber compartido y emancipado que surge del interior mismo de los estratos desfavorecidos y ofendidos del vivir común. Todos nuestros nacionalismos populares surgieron de la tesis de que el pueblo se constituye con su saber ya emprendido, con un saber de sí mismo y un saber general que sale de su misma condición popular, asimilado a lo genérico nacional. La disputa por la interpretación de la literatura gauchesca en la Argentina –entre Ricardo Rojas y Jorge Luis Borges– tiene ese sentido. O el pueblo preexiste en su sapiencia y orienta los significados que se refieren a él y a los otros. O el pueblo es una creación que necesita para forjarse de un “alma exterior”, por así decir, y los actos políticos que a él se refieren, como la literatura a él dirigida y desde él emanada, son “géneros como cualquier otro”.
En la polémica entre Sarmiento y Alberdi –la más grande y encarnizada justa de saberes que se conozca entre nosotros y que deja hechas un poroto las confrontaciones posteriores y actuales–, este último defiende a los gauchos enrolados en el ejército de Urquiza en un intento sociológico de romper por fin las ambigüedades sarmientinas respecto de la cuestión popular. Eran dos ilustrados que discutían sobre sus propias obras y estilos y buscaban lo que hoy llamaríamos un “sujeto social”, Sarmiento en la actividad de la escritura periodística de combate, Alberdi en las corrientes sociales expresadas en la “realidad efectiva” de las fuerzas que se movían en un país, con sus personajes concretos, sus fuerzas armadas reales, sus triunfadores positivos.
Bastante tiempo después de derrocado Rosas, José Hernández escribe su fastuoso panfleto sobre el asesinado Chacho Peñaloza y todavía puede decir “los salvajes unitarios están de fiesta”. Luego, Sarmiento, el acusado de salvajismo y mucho más, sería el encargado de insinuar, incluso producir actos de renunciamiento étnico –la expresión es de Darcy Ribeiro, no de algún nacionalista argentino–, casi sustituyendo un “pueblo” por “otro pueblo”, grandioso y oscuro momento que originó un vastísimo aparato pedagógico de grandes vocaciones sociales y educacionales en torno de la creación de ciudadanía, y también un gran número de incisivos ataques a esta sólida configuración cultural por parte de una corriente intelectual destacada, denominada “revisionista”, que contravenía enérgicamente los mandatos del astuto Ernst Renan –en los que Sarmiento se basaba–, respecto de que los historiadores no debían remover el pasado y aceptar el “error histórico” como contribución a la formación de naciones.
Surgida la Argentina moderna con sus intelectuales suicidas, sus caballeros conservadores escindidos entre progresistas y represores, sus sindicatos anarquistas y socialistas, y gracias a figuras como la de Lugones, que en su anarquismo coronado llamaron a cultivar la memoria del gaucho gracias a tallarlo como un personaje de la antigua Grecia desaparecida, el país ya tenía lo que faltaba, un denso y convincente “culto a los muertos”. Surgen de la nueva mutación político-literaria del sector ilustrado –en los años ’30– dos nuevos intentos de organizar la memoria nacional en torno de los grandes textos del siglo XIX, el del cordobés Saúl Taborda y el del santafesino Ezequiel Martínez Estrada. Proponen que los textos del pasado están vivos en el presente, tal como Sarmiento había declarado que Facundo “vive aún entre nosotros”. Y fundan una crítica a la ilustración desde la ilustración, con criterios basados en las voces profundas de los derrotados, lo “facúndico” en Taborda, los “demonios de la llanura” en Martínez Estrada, y en Scalabrini –retraduciendo hacia una imaginería social concreta todo ello– en el “subsuelo sublevado de la patria”.
Dígase lo que se quiera, pero el peronismo no quedó conforme con nada de esto, a pesar de que algunos prominentes representantes del sector ilustrado propusieron que el surgir de esa fuerza, aun con su latido plebeyo, era parte sustancial del “pueblo del Himno”. El peronismo, pues, necesitaba redefinir al pueblo para recubrir sindicalmente la versión anterior que había creado el socialismo, introduciendo una crítica no tan vehemente como se cree a la ilustración (al fin y al cabo, Perón era uno de sus hijos, aunque sus fuentes eran un sector alternativo de las bibliografías circulantes, la del pensamiento estratégico militar), pero poniendo al Estado como sujeto de una movilización, cuyas dimensiones chocaron con los ya muy pacatos restos de la ilustración –muchos se tornaron “gorilas”–, por rechazar un activismo que emanaba desde instituciones públicas que debían permanecer achicadas o adormecidas (Sarmiento no hubiera concordado con ello) y por desconocer el nuevo vocabulario que recreaba la idea de pueblo como algo que una persona específica se “había sabido conquistar” y a cuyo ejemplo había que imitar. No obstante, el filósofo Carlos Astrada, en su momento desde las mismas entrañas del peronismo –fines de los ’40–, supo hacer una crítica a este concepto de movilización.
Ya la vida popular había sido pasada por los cedazos de los grandes inventos comunicacionales –el cine y la radio, de donde esencialmente sale la voz de Eva Perón–, y por las grandes tesis sobre el mundo popular alrededor de la política, ya sea por la vía de ser escuela del coraje (Jauretche, Borges), ya sea por ser memoria tumular de los muertos por un destino injusto (Yrigoyen, Gardel), pero estos hechos formaban parte de citas nostálgicas que sólo muchos años después, y en contextos sumamente adversos (la adversidad es inspiradora), pueden recrear convincentes crónicas y fábulas convocantes, en los relatos de Operación Masacre (Walsh) y de El Eternauta, de Oesterheld. Y luego, en el mismo sentido, Megafón y la guerra, de Marechal. En ellos se percibía claramente que nuevamente querían “saberse conquistar” al pueblo para situar otra vez en el corazón de su épica una idea dolorosa que parecía propicia para la reconstrucción popular: la proscripción, la larga marcha, el solicitante descolocado, el sufriente que escapa y cuenta su memoria a unos pocos oídos receptivos, clandestinos.
El terror militar fracturó mortalmente esta historia, como bien lo estudió Halperín Donghi, afirmándose algo así como la forma de un quiebre en la secuencia nacional que exigía criterios nuevos de enjuiciamiento colectivo y grupal, por más que supervivieran convicciones y relatos del ciclo anterior. Por otro lado, lo popular se vio intensamente retrabajado por los medios de comunicación, no porque sean perversos y manipuladores, sino porque siempre había sido ésa su misión, y porque ahora ya estaban maduros para producir una sola unidad civilizatoria entre el lenguaje de la apelación política y la lengua simbólica de la apelación a la mercancía. Los eventos de Papel Prensa de los años ’70 tienen, sin duda, gran significación por la alianza oscura que los constituye, pero no menos que la elaboración nueva de la hipótesis de lo popular, visto forzadamente como suma asociada de partículas, forma atomística ya despojada de la máxima fundación moderna de la “voluntad general”, que el peronismo había respetado, aunque cambiando su lenguaje. Ya no eran los tiempos de Gramsci, que no había pensado el pueblo ni siquiera desde los efectos de la radiofonía, sino del teatro de Pirandello y la resurrección –como en la ilustración popular argentina– de los textos del pasado.
El terreno intelectual argentino, quizás un poco a destiempo, recreó en la posdictadura las áreas respectivas de lo “nacional-popular” y de la “ilustración popular”, con sus llamativas deformaciones (Menem), con sus respetabilísimos fracasos (el Club Socialista, haciendo un recordable esfuerzo para repensar a Alfonsín, sin duda generosamente seguido por éste en relación a repensar, él, al propio radicalismo) y después los intentos de intermediación pegada con alfileres (Chacho Alvarez, Frente Grande). La lengua política, todos lo percibían sin que hubiera grandes textos que efectivamente fijaran el hecho, intentaba balbuceantemente que la forma escrita y hablada de la política popular tuviese momentos donde tomaban la voz proyectos de fusión entre la “línea nacional” y la tradición “ilustrada”. Pero giraban un tanto en el vacío ante la formidable recreación política en curso, oficiada por los medios de comunicación, apoyada o reclamada por contingentes masivos de lo que comenzó a llamarse la “gente”, como símil de un consumo general de valores culturales homogeneizados con imágenes unificadoras (y compulsivas) para la esfera política y la esfera específica del mercado de bienes. Son imágenes provistas por nuevas codificaciones de la subjetividad alivianada. Se impuso la necesidad de una apelación que superara las frágiles pero necesarias membranas del habla, las que establecen distingos, diversidades, confianzas, lejanías, trabajosas articulaciones que hacen de lo político un hecho con históricas mediaciones y no una ilusión aldeana de “face to face”.
Pero tanto como la vida social universal se complejizaba, los medios marchaban hacia un tipo de interrelación nostálgica basada en la intimidad forzada, una suerte de colonialismo de la primera persona rehecha en gabinetes de publicidad, fábricas de contenidos simbólicos y usinas de significantes de alto consumo. Surge un nuevo “voseo”, no el que democratizó la lengua rioplatense, sino el que reinventaron las manufacturas lingüísticas que rehicieron la figura del político, con poderosos alicates que ya nada tienen que ver con la vida popular, ahora vulnerando los tabiques prudenciales que hacían del pasaje a la política de los hombres de pueblo y de cualquier profesión, un tránsito dramático, un camino de espinas pedagógicas, que suponía aprendizajes y abandonos, en un profundo juego de identidades en traslación. Entonces, sin que haya ningún mesianismo real en escena, el lenguaje evangélico se propuso ser el molde general de la expresión política.
La formidable votación obtenida por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner obliga a repensar todo este inmenso caudal de hechos históricos pasados y recientes. Mejor que las divergentes interpretaciones de la razón de esta señalada montaña de votos, es ver este generoso montículo electoral como el síntoma de un cambio de los armazones de la política popular, recreando las apelaciones con acentuaciones autonomistas y buscando punto de religamiento entre las vocaciones nacional-populares y las de la ilustración popular. No la “comunión de todos los santos”, como decía el recordado David Viñas, sino los puntos comunes de inflexión de quienes saben que debe haber confrontación de ideas en el seno del pueblo (y ellas constituyen en ultima instancia a los pueblos, como bien lo señala la obra de Ernesto Laclau), pero que esa confrontación obedece a lúcidos préstamos mutuos e intercambios paradojales.
Es hora de que vuelvan a juntarse en la misma escena intelectual, moral y reflexiva –el tribunal de la historia– los hechos con los que siempre contaron la apelación nacional popular y la de la ilustración popular. Mariano Moreno es tan citado hoy como Monteagudo, Rosas, Perón, Alfredo Palacios y Evita. A muchas de esas tradiciones y nombres no le fue ajena la palabra socialismo, y está casi desde el principio de la historia nacional. Con más razón, al socialismo nunca le pasó a una distancia irrecobrable la circunstancia de lo popular-nacional. Lo popular, por otra parte, debe ser intensamente revisitado a la luz de vastos replanteos de la tarea de los medios de comunicación. Estos replanteos y revisitas surgen de adentro de las cosas y también de su “exterior constitutivo” (me permito otra vez citar a Laclau). Los que los realicen serán los que tengan el derecho de decir que hicieron entrar al país, a los trabajadores y al pueblo, en un nuevo camino de verdad, memoria y justicia.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-174811-2011-08-19.html

martes, 26 de julio de 2011

El poder de las palabras

Epopeya y vida popular

Por Horacio González *

Daniel Filmus suele hablar de epopeya, palabra que no se emplea siempre ni de cualquier modo. Es palabra que sale de una mochila de urgencias y preocupaciones. La epopeya es la más antigua forma de contar una historia, y puesto que su uso es muy difundido, visita a menudo la prosa de historiadores, periodistas y políticos. No está ausente en los momentos en que se desea indicar cómo se formó el radicalismo de la Revolución del Parque, el peronismo de octubre del ’45, el Grito de Alcorta de 1912. Un sobrio disfrute ocurre a través de esa palabra, que de ser invocada rutinariamente chocaría contra las realidades cotidianas más ostensibles. Es cierto, no viajamos en la barca de Ulises ni estamos munidos de un olifante como Roland ante los sarracenos. Nosotros vamos en taxi o en subte B. Pero un último sabor por los hechos inusitados siempre acompaña nuestra imaginación política, donde temas tan antiguos cincelan siempre una palabra milenaria, tal como Marx vio el arte griego entre las locomotoras de la industria moderna.



Hasta el momento, los historiadores y comentaristas de las gestas que protagonizaron las grandes fuerzas populares, aunque no necesariamente mencionaran aquel concepto que alude a los relatos más antiguos, tuvieron en mente la cuestión de la epopeya, despojada de tenebrosos arrecifes, polifemos o cantos de sirena. Esas alusiones, sin embargo, perduraron y la inspiración de las musas se transformó en otros nombres y situaciones que producían nuestros conflictos, movilizaciones y plazas públicas. Nuestra atención, cuando la dirigimos al espacio público y al compromiso político, está muy lejos de Ulises, Gilgamesh o el Cid Campeador. Pero, como la epopeya habla de un esfuerzo superior de criaturas comunes, que deben atravesar obstáculos prodigiosos, suele reclamar la forja de un espíritu colectivo que se define en la acción. Muchos han reparado en los dos tipos de epopeyas que dio la reciente literatura nacional, una como ciencia ficción –El Eternauta– y la otra como criaturas que dan un inocente combate en las antítesis del Estado –Operación Masacre de Walsh–. Algo, poco o mucho de las simbolizaciones de esta hora se deja tocar por estas piezas magistrales y, sin duda, en situaciones muy diferentes a las que les dieron su sentido originario.



Ahora se trata de la votación del próximo domingo en la Ciudad, se trata del ballottage. Filmus no se ha equivocado al convocar esa palabra pues, junto a su compañero Tomada, son los representantes de un sector amplio de la población que ha puesto en ellos la esperanza de disminuir lo que se pueda, hasta apurar si es posible la última gota porcentual, lo que separa del volumen de votos obtenidos por Macri. Así dicha, la tarea parece repleta de obstáculos e imposibilidades, pero por eso aparece el nombre –epopeya– para hacer palpitar la conciencia de los votantes que aún no han decidido o que habían decidido otra cosa. Las fuerzas más numerosas están del otro lado. Pero el sentido que ahora reclamamos es el de mirar alrededor y extraer fuerzas de la reflexión sobre esta situación nueva. ¿Se nos escapa la vida popular tal como la entendimos hasta mediados del siglo XX? ¿La mutación de las formas de apelación política ya pasa inevitablemente por oficinas de especialistas en comunicación, que de día dicen “timbreo” –tomando una vieja acción militante– y de noche sueltan miles de mensajes en las redes telefónicas –tomando un ítem del instructivo que se lee en sus manuales empresariales, que exhiben obscenamente–?



Efectivamente, la vida popular –el sujeto de las epopeyas, contrapunto del héroe hasta hacerlo colectivo– ha sufrido grandes transformaciones desde que en el siglo XIX surgieran las “multitudes de Londres” como espacio de reflexión de los movimientos sociales en la era de la maquinaria y la gran industria. Los socialistas de antaño no dejaron pasar el trato periodístico del tema de “Jack el destripador”, así como Roberto Arlt, casi un siglo después –irónico y preocupado–, llamó la atención de las izquierdas sobre el choque de las ideologías con el ensoñado culto que las obreras textiles hacían de Roberto Valentino. Las epopeyas, pues, deberían pensar otra vez la materia generosa y esquiva de lo popular. ¿Pero cómo? No se trata de tomar la opción de las derechas mundiales, que hace tiempo trasladan figuras de los medios de comunicación o del deporte a la política, acto chanflón salvo que no cierre el espacio diferencial que necesariamente hay entre esas esferas. Cuando se cierra del todo, no se politiza el arte popular televisivo de masas, sino que se quebranta la política con la promoción gozosa y burda de un estilo popular dañado, basado en comicidades del repentista (que de otra manera serían festejables) y que orondamente pasan al estrado político deleitándose de su no saber. Pero las derechas saben, pues detrás de la cortinilla del comediante siempre habrá un Redrado como detrás del amable Durán Barba está el disparo de un millón de llamados simulando la existencia de una encuesta. O la encuesta simula ser la política o la política simula ser las encuestas. También eso hay que repensar.



Lo cómico es lo contrario de la epopeya. Pero la epopeya no puede privarse de un reexamen de su apelación a lo popular, hoy absorbido en porciones mayoritarias por figuraciones conceptuales del espectáculo. Pero éste despojado de su necesario condimento dramático y del mínimo de autoconciencia que todo espectáculo posee. Así fue en los movimientos populares argentinos, que ahora corren el riesgo de volcar su noción de lo popular clásico a un nuevo recipiente donde las novedades surgirán de candidaturas lanzadas en el programa de Susana Giménez y se llamará “epopeya” a hacer una campaña por polvorientas rutas santafesinas para comprobar, ¡oh sorpresa!, “qué bien lo recibe la gente a Miguel”.



Epopeya, pues. Si es para preservar la vibración real de ese estilo, se trata de hacer los últimos llamados urgentes al pueblo –antigua función del político–, y también se trata de saber qué se votará también el domingo en la Ciudad para indagar por el verdadero significado que ahora escinde a la vida popular. Escisión entre su manera clásica, su “populismo” heredado, digamos, y una recomposición de lo popular por nuevas derechas festivas y cumbiancheras que bailan a la luz sobre los planes de retroceso colectivo que preparan en las penumbras. Sin duda, pensada en estos términos, Tecnópolis es un paso indiscutible hacia el tratamiento de la cuestión cultural tal como se aparece en el consumo simbólico de las grandes metrópolis, pero es preciso que adquiramos nuevas destrezas para re-asociar a las clases populares con los legados políticos clásicos. En el genuino interés por la ciencia, la tecnología y el arte, pues eso es históricamente lo que caracterizó a los pueblos, falta ahora reinventar los emblemas de movilización que sacudan conciencias frente a estos angustiosos desafíos. Los votos del domingo a Daniel Filmus y Carlos Tomada –los preexistentes y los que haya que recobrar– serán un episodio de nuestra navegación por el mar Egeo, en este caso, nuestras conocidas calles de Lugano, Mataderos o Pompeya.



* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

miércoles, 13 de julio de 2011

El espíritu de la ciudad

Por Horacio González *


Las cifras contundentes de los comicios arrojan tanto el aliento como la dificultad. Al primero hay que redoblarlo; a la otra, vencerla. Momento, pues, de algunas preguntas. ¿Cómo se formó el macrismo? Incluso esta expresión –macrismo–, ¿cómo usarla para que describa la situación que atraviesa la conciencia política de una ciudad? ¿Podría perder su estado vaporoso y decirse con ella algo referido a las ideologías, a las formas colectivas de lo político? No es un fenómeno genuinamente popular, pero sus votantes forman alarmantes mayorías electorales. No lo es, a pesar de su red de punteros en barrios, sus coqueteos con las formas más macilentas del peronismo, sus arabescos plebeyos y los ornatos de una supuesta juvenilia en francachela. Sin embargo, no es fácil penetrar en la formación anímica de esta masa numerosísima de votantes. ¿Vienen de antiguas configuraciones de la ciudad-puerto, con sus acciones refractarias a una modernidad abierta y justa, o el macrismo anuncia otra modernidad posible para la ciudad, donde ya no importe la ciudadanía renovadora sino un conservadurismo que festeja tecnologías y renueva un pacto de beneficencia populista con sectores desposeídos? ¿Y éstos? ¿Son herederos de antiguas epopeyas, conservan el legado ya deformado de la inmigración democrática o expresan también oscuros prejuicios y gozan con virulencia de una inconsciente subalternidad?



Quien quisiera escribir la historia del macrismo deberá tropezar con la falta de sus antecedentes en el tejido político nacional, pero tiene referencias anteriores en todos los intentos de generar “fuerzas nuevas” despojadas de las marcas onerosas de la política nacional. Los precursores del macrismo se encuentran en el propio intento de crear movimientos “sin precursores”. No tener “historia” es lo que se exhibe como señal adecuada. ¿Reconoce tradiciones, legados, momentos precedentes en que inspirarse? Ya sabemos la respuesta. El macrismo parece portador del orgullo de haber sido creado ex nihilo. Todo en medio de globos de cumpleaños (“bienvenidos”) y de un desenfado para exhibirse orgullosamente sin marcas de una historia nacional, cualquiera que fuera. El arte de refutarlo no es deshistorizarse del mismo modo, sino haciendo atractiva la insospechada epopeya que ahora será necesaria para derrotarlo.



Gana el macrismo con una vulgaridad sutil. Lo vulgar del macrismo no fue siempre visto como un etéreo ingenio publicitario sino como un modo de encubrimiento de su verdadera raíz ideológica, rellena por demás de pliegues empresariales, gerenciales y mercadotécnicos. Nada de eso es ajeno a su realidad, pero hay algo más a decir. Esa superficie lisa, sobradora, desdeñosa de lo que es sustancial a la política –su complejidad–, no sólo encubre sino que ha encontrado una buena manera de presentarse publicitariamente como el ser mismo de lo político. La política como el extremismo de la simplicidad; la elocución plana, crasamente uniforme; lo meloso, lo esquivo, lo previsible servido en bandeja. En Buenos Aires, una mayoría social sorprendente lo viene escuchando. Mucho se ha escrito sobre los enigmas culturales de esta ciudad. La relación de la vida popular con los actuales resultados electorales es uno de ellos.



Imaginemos la historia misma de este precursor aparentemente sin nada atrás suyo: Mauricio Macri fue a colegios de primera, privilegios notorios combinados con una rebeldía señoritil respecto al orden paternal y empresarial, en el que la empresa –respaldo, al fin, de sus devaneos aventurescos– es invocada y abandonada como en toda ambigua relación del heredero con los poderíos que lo atraen y en los que se inspira para buscar, sin embargo, esos “caminos propios”. Boca Juniors fue una larga jornada preparatoria, lógicamente de más importancia que sus primeros trabajos como “analista senior” en la empresa de papá. Cuando hablaba con Martín Palermo u otros jugadores, un aroma de paternalismo se desprendía de ese joven que gozaba del infrecuente entretenimiento de ser presidente del club más popular del país como quien cae en una realidad ajena, a la que se llega con saltos sociales más largos que los que luego realizara sobre módicos baches urbanos. Su secuestro por parte de una banda policial ocurrió hace dos décadas y por un instante su suerte se pareció a los terribles acontecimientos que habían paralizado al país de espanto. Evidentemente, sólo quiso percibir ahí un aciago episodio particular que le ocurría al niño señalado por la fortuna y no un vestigio que lo introducía en jergas secretas y actos criminales surgidos de la urdimbre sobrante del terrorismo en el Estado. Por el contrario, vio allí procedimientos que achicaban su mundo entre policías que pedían rescate y policías que lo rescataron.



Se trata de una carrera política atípica y afortunada, y se inscribe allí aquel momento de infortunio que es como si hubiera ocurrido en una zona ajena a la sociedad argentina, donde se movieran solamente ángeles y demonios de una pesadilla exterior solucionada, olvidada. Pero ésas son las estaciones del aprendizaje de Macri y centro crucial, acaso, de su vida. Sin duda, el estilo de juerga estudiantil que su grupo ha adoptado es la otra punta o el resultado de la densidad histórico-política cancelada, lo que opera como taponamiento de los poros de sensibilidad social, aun las mínimas que todo ser político contiene.



El PRO surgió en algún momento como la última instancia de una borradura; sigla dentífrica, despojada de huellas, alisada de manera que con ella se pudiera hablar sin modular conceptos; sólo con sensaciones, chascarrillos o mohínes de desaire. Macri se expresa así, con el evangelio del buen muchacho. Su estilo desembarazado es el de quien busca siempre ser exonerado. Su opinión sobre la inmigración es apenas sobre el desorden. ¿Alguien escuchó racismo ahí? Su opinión sobre la cuestión policial es apenas sobre el autonomismo de la ciudad. ¿Alguien escuchó ahí espionaje, patoterismo o sorda disputa territorial? Su opinión sobre los vínculos sociales es un acariciar a la gente, la protección que palmea al anciano o se reconforta con el músico con rastas (el “juntos venimos bien” cierra de pinza de los que ya están respecto a los que se les da “bienvenida”, publicidad meliflua y eficaz que en su tontería tiene un activismo que le falta a las otras). ¿Alguien ahí escuchó demagogia o desprecio publicitario por las vidas reales? Dijimos que al hablar busca ser exonerado. ¿Por qué vamos a pretender que hable con el lenguaje real de las implicaciones sociales si él viene a negarlas con su negligencia deshistorizada? ¿De qué hablan?, pensará él cuando escucha palabras “ideológicas”, a las que tacha así sin ningún problema. Si él sólo quiere ser exonerado de ellas para mostrar actos desnudos de gobierno, parecerse a una tuneladora o a una parada de metrobús. Por primera vez en la historia de la ciudad rige la exoneración como ideología supina en el lenguaje público gobernante.



A pesar de todo esto, Macri pudo dar su mensaje y encontrarse finalmente con una gran médula empedernida de creencias de un vasto sector social porteño, que hace varias décadas viene amasando una ideología soterrada basada en diversos encriptamientos: de la ciudad frente a los flujos nuevos de población; de los domicilios privados frente a un mal exterior indefinido que atacaría en forma inminente; de las conciencias ciudadanas, agrias de carácter, frente a imaginarias amenazas sin rostro culpadas de las frustraciones imanentes del vivir metropolitano. La ciudad ha perdido así su espíritu, como si el cínico desenfado de un Durán Barba fuera por fin la última forma encontrada de vivir en una urbe donde decrecen las libertades espontáneas y aumentan las devociones planificadas. El mencionado asesor electoral hace tiempo ha propuesto a los iconos de Internet como modelo de vida y los clichés existenciales (“antes era prestigioso el cazador, ahora el ecologista”) como nueva ontología ciudadana.



La ciudad autónoma estaría pareciéndose a aquella que marchaba hacia la Batalla de los Corrales, en 1880, con líneas cruzadas entre el gobierno nacional y el gobierno de la ciudad, que ahora sólo podrán resolverse no con el autonomismo de derecha de Macri (autonomismo porteñista, desconfiado, sedimentado de oscuras vindictas) sino con un nuevo autonomismo frentista que pueda convocar –para la segunda vuelta estamos hablando– no sólo a fuerzas políticas coalicionadas, sino también –para hablar más especialmente el idioma de las grandes tradiciones políticas de cambio– a trabajadores, sectores medios, estudiantes, intelectuales, profesionales, a pequeños y medianos empresarios, a compañeros de las izquierdas o a los nacionalismos populares, que son un ala crítica de la ilustración argentina, sin dejar de integrarla. A cambio de la respuesta a ese llamado, los que lo hagan –evidentemente, los conglomerados que apoyan a Filmus y Tomada– deben a su vez adentrarse en el espíritu de la ciudad, indagar aún más en esa médula pertinaz de la urbe ensimismada, con un macrismo popular amasado en miedos harapientos que habrá que interrogar con más eficacia argumental.



La fusión macrista de lo político con una imagen de fiesta de adolescencia se mezcla con toda clase de tosquedades –a la manera de las que expresa Miguel Del Sel–, aunque no se las ofrece en forma directa porque también el macrismo tiene una mediatización cultural que, hay que decirlo, no es la mera proyección del género “Midachi”, sino que se las reviste del género “Unesco”. Pero es hora de pulsar las cuerdas aún no exploradas de una respuesta a las grandes jugadas de las derechas económicas, publicitarias, culturales y comunicacionales, con sus marionetas gozosas de extinguir la política como felices cumpleañeros. La política trata de cómo entender el presente. Y el presente trata de cómo desarrollar una política de entendimiento sobre lo que aparece resistente u oscuro. En las próximas tres semanas, una épica social necesaria deberá implicar esa clase de entendimientos.



* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.
 
(Página/12, 13.07.2011, http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-172147-2011-07-13.html)