El capital financiero subordina nuevamente las políticas públicas del pueblo. Ahora le toca a Irlanda.
Dice el Cartel: "¿La diferencia entre Madoff y los banqueros irlandeses? Madoff fue a la cárcel"
Veremos cuál es la reacción del combativo pueblo irlandés.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Ahora es el turno de Irlanda
El capital financiero subordina nuevamente las políticas públicas del pueblo. Ahora le toca a Irlanda.
Dice el Cartel: "¿La diferencia entre Madoff y los banqueros irlandeses? Madoff fue a la cárcel"
Veremos cuál es la reacción del combativo pueblo irlandés.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Fin de Fiesta
Fin de fiesta
Por Santiago O’Donnell
Obama, la fiesta se terminó. Sorry, apagá el tocadiscos. Pará de bailar. Ya se fueron todos, salieron en estampida. Primero los de allá, después los de afuera. Sí, ya sé, vos sos un tipo alegre. Pero en algún momento hay que pagar la cuenta de la fiesta y empezar la limpieza.
El informe que presentó esta semana el comité para achicar el déficit pasó una factura saladita. Y eso que son tipos razonables, vos mismo los elegiste. No hablan de déficit cero ni nada que se le parezca, apenas de un plan para equilibrar el nivel de gasto en el mediano plazo.
La fiesta se terminó. Los estadounidenses te lo gritaron hace dos semanas en las elecciones legislativas. De los millones que movilizaste hace dos años no queda nada. Los únicos que hacen política hoy son los fundamentalistas de la antipolítica, los llamados Tea Party. Y lo único que dicen los Tea Party es que no gastes más.
El G-20 también te dijo que no gastes más. El nivel de endeudamiento le quita competitividad a la economía estadounidense, el dólar se deprecia, los mercados internacionales se equiparan para abajo, te sermoneó Angela Merkel anteayer en Seúl. Lula te dijo más o menos lo mismo. David Cameron también. No querían decírtelo, no queda bien, pero seguís bailando solo en el Salón Oval y sólo escuchás tu propio canto de sirena.
Vos sabés que las cuentas no cierran, Obama. Se te acumulan tres o cuatro problemas. Tenés un déficit astronómico y llevás dos años dándole duro a la máquina de imprimir billetes pero no podés bajar el desempleo ni hacer arrancar la economía. Bajo el mantra de “la guerra contra el terrorismo” entraste en un estado de guerra permanente, lo cual implica un estado de emergencia económica y psicológica que se prolonga en el tiempo sin solución de continuidad. Y tenés el problema adicional de que la generación de baby boomers llega a la edad de retiro y el sistema jubilatorio no da abasto.
Algo tenés que hacer, Obama. Yo empezaría por cortarla con las guerras, pero vos pensás distinto. Esta semana tu canciller Hillary Clinton, tu secretario de Defensa Robert Gates y tu jefe de Estado Mayor Conjunto Mike Mullen confirmaron la presencia militar en Afganistán hasta al menos el 2014. Es tu forma de estirar la fecha de retirada que habías anunciado para mediados del año que viene.
O sea, se viene una remake de lo que hiciste en Irak: anunciás la retirada, sacás algunas tropas y dejás medio ejército, cincuenta mil soldados, nada menos, para seguir la guerra, o media guerra. Pero media guerra en Irak y media guerra en Afganistán equivalen a una guerra completa: dos frentes, cien mil soldados en combate. Guerra permanente.
Hay otro frente que le preocupa a tu gente, Obama, el frente fiscal. El demócrata Erskine Bowles y el republicano Alan Simpson, copresidentes de la Comisión Nacional de Reforma y Responsabilidad Fiscal, se tomaron su trabajo en serio. La propuesta que presentaron esta semana eliminaría cuatro billones de dólares del déficit de acá al 2020. Pero no arrancaría enseguida: los expertos recomiendan mantener el nivel de gasto un año más para no frenar la incipiente recuperación que ellos ven.
Simpson y Bowles dicen que hay que recortar y mucho el gasto militar, cien mil millones de acá al 2015. Pero también dicen que hay que subir impuestos y eliminar subsidios muy apreciados por la clase media. Proponen una reforma tributaria que derogue deducciones por tener créditos hipotecarios y por tener hijos, entre otras. Proponen aumentar el impuesto al combustible y/o implementar un IVA que deje afuera a los productos de primera necesidad. La idea es gravar el consumo para incentivar el ahorro. También proponen recortes importantes en los programas federales de seguro de desempleo (social security) y salud pública (Medicare y Medicaid). Algunos de los avances obtenidos en la dura batalla por la reforma sanitaria aprobada hace pocos meses no sobrevivirían los recortes propuestos por los comisionados. El plan también les pone un tope a los juicios por mala praxis y recorta subsidios agrícolas. La meta es llevar el déficit al 22 por ciento del PBI en el 2020.
Los expertos le dedican un capítulo aparte al problema jubilatorio.
Después de la Segunda Guerra Mundial se produjo una explosión demográfica en Estados Unidos. La tasa de natalidad, que venía cayendo, pegó un salto de 17 por mil a 28 por mil entre 1945 y 1946. La tendencia se mantuvo durante casi dos décadas. A la generación nacida entre 1946 y 1964 se la llamó los “baby boomers”. En los próximos tres años empiezan a retirarse y la caja previsional, que ya está en rojo, corre riesgo de caer en bancarrota. Los expertos nombrados por Obama propusieron una reforma previsional que aumente la edad jubilatoria de 67 a 69 años progresivamente de acá al 2075. La reforma reduciría los beneficios de la mayoría de los nuevos jubilados, aunque aumentaría el ingreso de los que menos reciben.
Pero claro, ya te conocemos, Obama, y a vos te gusta bailar. Nada indica que estés por tomar decisiones drásticas como las que recomiendan los comisionados. Al contrario. Como decía Perón, si querés que no pase nada creá una comisión. El informe de los copresidentes ahora pasa al plenario de la comisión antigasto y algunos de sus catorce miembros ya han dicho que no piensan firmarlo. Aun si sorteara este primer escollo, el plan tendría que ser aprobado por el Congreso. Nancy Pelosi, demócrata y jefa del Senado, ya dijo que el plan es inadmisible por los recortes del gasto social que propone. A su vez los republicanos ya hicieron saber que no piensan votar ninguna suba de impuestos.
Mientras Simpson y Bowles y su informe copan los diarios y la tevé, el Capitolio debate un megasubsidio para los millonarios. En los próximos días vencen las exenciones impositivas para los ricos que el Congreso había votado en el 2001 y el 2003 a instancias del entonces presidente Bush hijo. ¿Te acordás, Obama? Durante toda la campaña presidencial del 2008 te la pasaste despotricando contra esa fenomenal transferencia de recursos hacia los sectores más pudientes y prometiendo una repartija más justa. Ahora dicen que estás pensando seriamente en apoyar la propuesta republicana de prorrogar las exenciones hasta el final de tu mandato. Sabés muy bien que ahorrarles impuestos a los ricos cuesta muy caro. Exactamente cuatro billones de dólares de acá al 2030, si se mantuviera la prórroga. Cuatro billones. Lo mismo que ahorrarías si se aprobara el plan de la comisión antigasto. No quiero imaginarme lo que vas a hacer.
Pobre Keynes. Si supiera lo que hiciste con su teoría. Querés salir de la crisis gastando, eso está bien, pero gastar en guerras y beneficios para los ricos no da. Algo tenés que cambiar. Después de las crisis de los ’90 hasta los gobiernos más progres emprolijaron sus cuentas.
Sí, ya sé, vos no sos un tipo austero. No estás para controlar la cuenta del almacenero. Vos estás para la épica, las grandes ideas, el bronce, la historia. En otro tiempo hubieras brillado, pero ahora la gente quiere otra cosa. Quiere a alguien que se haga cargo, alguien que limpie, alguien que saque la basura.
La fiesta terminó, Obama. No podés seguir bailando solo. Te van a desenchufar el tocadiscos.
sodonnell@pagina12.com.arCompartir:
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Perdió la Democracia
Quedaron enterradas las expectativas que había despertado en el propio Estados Unidos y en el exterior, el gobierno de Barack Obama. Algunos intentos de cambiar la agenda (reforma de salud, reforma financiera), quedaron ocultos por el continuismo en la política internacional. Tras estar en penumbras o a un costado del escenario, mientras los flashes y las luces se centraban en el oriundo de Honolulu, irrumpieron en el centro del escenario nuevamente los poderosos, apoyados, entre otros por los Grandes Medios y el Tea Party, curisoso grupo ultraconservador que ve en los comunistas a los grandes enemigos de su modo de vida. Les atrasa el reloj, pero a ellos no les importa, aunque las consecuencias las siguen pagando los mismos.
A continuación un interesante análisis de Amy Goodman, conductora del Programa Democracy Now!
Perdió la democracia
Por Amy Goodman *
Al cierre de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, el mayor ganador aún no ha sido declarado, a saber: los grandes medios de comunicación. El mayor perdedor, mientras tanto, ha sido la democracia. Estas fueron las elecciones legislativas de mitad de mandato más caras en la historia de Estados Unidos: costaron casi cuatro mil millones de dólares, de los cuales tres mil millones se gastaron en publicidad. Me pregunto qué pasaría si el tiempo publicitario para las campañas fuera gratuito. No se oyen debates al respecto, y no se oyen porque las corporaciones que manejan los medios masivos de comunicación obtienen inmensas ganancias con los avisos publicitarios de las campañas políticas. Sin embargo, las ondas radioeléctricas que los medios utilizan para emitir sus señales son públicas.
Esto me recuerda el libro escrito en 1999 por el especialista en medios de comunicación Robert McChesney: Rich Media, Poor Democracy (Medios ricos, democracia pobre). En su libro, McChesney escribe: “Los medios tienen poco incentivo para brindar cobertura a los candidatos ya que resulta de su interés forzarlos a publicitar sus campañas.”
El grupo de investigación Wesleyan Media Project, de la Universidad Wesleyan, hace un seguimiento de la publicidad política. Tras el reciente fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United contra la Comisión Federal Electoral por el cual se autoriza a las grandes corporaciones a destinar sumas ilimitadas de dinero a la campaña publicitaria de los candidatos, el proyecto hace notar que “el tiempo de aire destinado a publicidad se ha saturado de anuncios relacionados con la Cámara de Representantes y el Senado, que ocupan hasta un 20 y un 79 por ciento respectivamente del total de tiempo de aire”.
Evan Tracey, fundador y presidente del grupo de análisis de campañas publicitarias Campaign Media Analysis Group, predijo el pasado mes de julio en declaraciones para el periódico USA Today que “habrá más dinero que espacio de aire que comprar”. Por su parte, John Nichols, del semanario The Nation, comentó que en los amables primeros tiempos de la publicidad política televisiva, los canales de TV nunca habrían emitido el aviso a favor de un candidato a continuación de un aviso publicitario en contra de ese candidato. Pero no están tomando en cuenta el patrimonio ligado a los grandes medios. Bienvenidos al “mundo feliz” de las campañas de miles de millones de dólares.
En el pasado ha habido intentos de regular el uso de las ondas radioelétricas para que estén al servicio de la población durante las elecciones. En los últimos años, el intento más ambicioso fue el que se conoce como “Reforma del financiamiento de las campañas electorales de McCain-Feingold”. Durante el debate sobre esta histórica legislación, tanto demócratas como republicanos hicieron referencia al problema de las exorbitantes tasas de publicidad televisiva. El senador por Nevada John Ensign, republicano, se lamentaba: “Las emisoras no querían ni pensar en las campañas electorales porque era el momento del año en que ganaban menos dinero debido a la baja tasa unitaria que existía durante ese período. Ahora es uno de sus momentos preferidos ya que, de hecho, es uno de los momentos del año con más amplio margen de ganancias”. Finalmente, para que el proyecto de ley fuera aprobado, se omitieron las cláusulas referentes al “tiempo público de aire”.
El fallo en el caso de Citizens United neutraliza eficazmente la Reforma del financiamiento de las campañas de McCain-Feingold. Ni imaginemos lo que se gastará en las elecciones presidenciales de 2012. El senador por Wisconsin Russ Feingold perdió la oportunidad de ser reelegido en su disputa contra el prácticamente autofinanciado multimillonario Ron Johnson. El editorial del periódico Wall Street Journal celebró la esperada derrota de Feingold. El periódico es propiedad de la corporación News Corp., de Rupert Murdoch, que posee además la cadena de televisión Fox y que donó casi dos millones de dólares a la campaña de los republicanos.
“Las elecciones se han convertido en un bien comercial, un centro de ganancias para estas radios y canales de televisión”, me dijo el día de las elecciones Ralph Nader, defensor de los consumidores y ex candidato a presidente. Me dijo además: “Las ondas públicas, como sabemos, pertenecen al pueblo. El pueblo es el propietario y las cadenas de radio y televisión son las titulares de las licencias para usar esas ondas, digamos que son como inquilinos. Sin embargo, para obtener su habilitación anual, no pagan nada a la Comisión Federal de Comunicaciones. Así, resultaría bastante persuasivo, si tuviéramos políticas públicas que impusieran módicas condiciones para obtener la habilitación que permite a estas cadenas de radio y televisión acceder al inmensamente lucrativo control de las ondas públicas 24 horas al día, podríamos decirles que como parte del intercambio por controlar estos bienes comunes, por decirlo de alguna manera, deben destinar cierta cantidad de tiempo, tiempo gratuito, en la radio y la televisión a los candidatos electorales”.
Este tema debería ser puesto en debate en los grandes medios de comunicación, dado que en ellos obtiene información la mayoría de los estadounidenses. Pero las emisoras de radio y televisión tienen un profundo conflicto de intereses. En su orden de prioridades, sus ganancias están antes que nuestro proceso democrático. Seguramente no oiremos hablar de este tema en los programas de entrevistas políticas de los domingos por la mañana.
* Conductora del noticiero internacional Democracy Now! Denis Moynihan colaboró con esta columna. Traducción de Fernanda Gerpe.
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martes, 9 de noviembre de 2010
Ningún adorno cabe en el infierno
ADORNO Y LA ESMA ,por José Pablo Feinmann
Hay un texto de Theodor Adorno que lleva por título La educación después de la ESMA. Adorno invita a pensar sobre dos planos: 1) cómo fue posible la ESMA; 2) qué hacer para impedir su retorno. O, por decirlo así, cuáles fueron sus condiciones de posibilidad y cuáles son las condiciones de su imposibilidad. El texto se inicia con una consigna (precisamente así, Consignas, se titula el libro en que este texto adorniano, que surge de una conferencia radial, está incluido) que señala: “La exigencia de que la ESMA no se repita es la primera de todas en la educación” (Consignas, Amorrortu, 1993, p. 80). Es decir, si para algo deberán existir las escuelas de nuestro país será para explicitar ese horror y explicitándolo, llevándolo a la luz de la razón crítica, impedir su retorno. Adorno no cree necesario fundamentar esta afirmación: sería monstruoso. “Fundamentarla tendría algo de monstruoso ante la monstruosidad de lo sucedido” (p. 80). Sin embargo no acierta a “entender que se le haya dedicado tan poca atención hasta hoy” (p. 80). De aquí la urgencia de su reflexión. No puede perderse más tiempo. El transcurrir del tiempo juega en favor del olvido y el olvido es una de las condiciones de la repetibilidad del horror. Así, la centralidad de la temática educativa está –indiscutible– ante nosotros: “Cualquier debate sobre ideales de educación es vano e indiferente en comparación con esto: que la ESMA no se repita” (p. 80, subr. mío).
Recurre a Freud. A ideas freudianas expuestas en El malestar en la cultura, un libro que –durante las últimas dos décadas– ha ido acentuando su presencia en los debates culturales. Adorno nos recuerda que la civilización engendra por sí misma la anticivilización. Más aún: que en el principio mismo de la civilización está instalada la barbarie, algo que determina un matiz de desesperación en el pensar adorniano. Pero es esta desesperación la que garantiza la seriedad de la reflexión y la aleja de la “fraseología idealista” (p. 81). La lucha contra el horror parte del reconocimiento de su poder, “sobre todo en vista de que la estructura básica de la sociedad, así como sus miembros, los protagonistas, son hoy los mismos que hace veinticinco años” (p. 81). Habrá de recordar Adorno -en base a esta certeza– una frase que Paul Valéry dijo antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial: “La inhumanidad tiene un futuro grandioso” (p. 89). Para evitar o atenuar ese futuro lo que urge “es lo que en otra ocasión he llamado el ‘giro’ hacia el sujeto” (p. 82). Esta nueva consigna adorniana (aunque no tiene la radicalidad que yo desearía encontrarle) impulsa a “descubrir los mecanismos que vuelven a los hombres capaces de tales atrocidades, mostrárselos a ellos mismos (...) a la vez que se despierta una conciencia general respecto de tales mecanismos” (p. 82).Como sea, el “giro” hacia el sujeto se explicita en mantener al sujeto en estado de alerta, en estado de crítica. Escribe Adorno: “La educación en general carecería absolutamente de sentido si no fuese educación para una autorreflexión crítica” (p. 82). Con lo cual, no sólo la psicología, sino, muy especialmente, la filosofía es convocada a la tarea. Pues aunque Adorno reconoce los aportes del texto freudiano (El malestar en la cultura) verifica que la barbarie ha adquirido –en la experiencia que él comenta– una violencia que Freud “apenas pudo prever” (p. 82). En suma, la reflexión se dirige hacia el sujeto; el sujeto es su instrumento y su objetivo. Se busca despertar la subjetividad. Para esto deberá servir la educación. Escribe: “Cuando hablo de la educación después de la ESMA, incluyo dos esferas: en primer lugar, educación en la infancia, sobre todo en la primera; luego, ilustración general que establezca un clima espiritual, cultural y social que no admita la repetición de la ESMA; un clima, por tanto, en el que los motivos que condujeron al terror hayan llegado, en cierta medida, a hacerse conscientes” (p. 83). Importa señalar que Adorno ha escrito “ilustración general”. Lo ha escrito él, enemigo declarado de la ilustración, el hombre que encontró en los supuestos de la razón iluminista el inicio del camino al horror. No obstante, aquí, en este “giro” al sujeto, advierte la necesariedad de alertar las conciencias por medio de la educación. Se inquieta porque sabe que aparece aquí un rasgo iluminista. Pero no le importa, tal la desesperación que lo urge. Hay que luchar contra la heteronomía de las conciencias. Porque “la disposición a ponerse de parte del poder y a inclinarse exteriormente, como norma, ante el más fuerte, constituye la idiosincrasia típica de los torturadores” (p. 84). Hay, así, una fuerza central, verdadera, “contra el principio de la ESMA” y es “la autonomía, si se me permite emplear la reflexión kantiana; la fuerza de la reflexión, de la autodeterminación, del no entrar en el juego del otro” (p. 84). La educación, su norte, es la autonomía de las conciencias. Decirle no a lo que ya viene impuesto, porque trae consigo el principio de la masificación, y porque la masificación es el arma del terror, ya que anula, aplana las conciencias y adormece la indignación en lo colectivo. Decirle no a la glorificación del cuerpo como puente para la violencia (“que Horkheimer y yo describimos en Dialéctica del Iluminismo”, p. 86). Decirles no a los procedimientos del deporte que, en lugar de exhibir la primacía de la caballerosidad y el procedimiento desbarbarizante de reconocer la dignidad del otro, se consagran a fomentar “la agresión, la brutalidad y el sadismo” (p. 86). Y –acaso más que otras cosas– decirle no al “ideal pedagógico del rigor” (p. 88). Aquí la reflexión de Adorno alcanza uno de sus puntos destellantes. Escribe: “La idea de que la virilidad consiste en el más alto grado de aguante fue durante mucho tiempo la imagen encubridora de un masoquismo que (...) tan fácilmente roza con el sadismo. La ponderada dureza que debe lograr la educación significa, sencillamente, indiferencia al dolor (...). Ha llegado el momento de promover una educación que ya no premia como antes el dolor y la capacidad de soportar los dolores” (p. 88). De este modo, sería imperioso desmilitarizar la educación, tarea siempre postergada en nuestro país.
Las propuestas de Adorno se multiplican. Propone “que se estudie a los culpables de la ESMA con todos los métodos de que dispone la ciencia, en especial con el psicoanálisis prolongado durante años, para descubrir, si es posible, cómo surgen tales hombres” (p. 90). Sabe que este intento puede ser vano, pero no quiere subestimarlo. (En verdad, Adorno, en su desesperación, no se da el lujo de subestimar nada.) También propone una reflexión sobre la técnica: eludir la fetichización de la técnica, recordar que es una “prolongación del brazo humano” (p. 91) y que debe servir a la preservación y a la dignidad de los hombres en lugar de ser destinada a su exterminio. Y propone –con enorme desgarramiento y lucidez– reflexionar sobre la estructura de la sociedad actual y señalar que en ella reside la facilidad con que la ESMA puede repetirse: “Lasociedad en su actual estructura no se funda en la atracción sino en la persecución del propio interés en detrimento de los intereses de los demás (...) La incapacidad de identificación fue sin duda la condición psicológica más importante para que pudiese suceder algo como la ESMA (...) Lo que suele llamarse ‘asentimiento’ fue primariamente interés egoísta: defender el derecho propio antes que nada y, para no correr riesgos –¡eso no!–, cerrar la boca. Es ésta una ley general en relación con el orden establecido. El silencio bajo el terror fue solamente su consecuencia. La frialdad de la mónada social, del competidor aislado, en cuanto indiferencia frente al destino de los demás, fue precondición de que sólo unos pocos se movieran. Bien lo saben los torturadores” (p. 92. El subrayado me pertenece).
Nota al lector: El texto que usted acaba de leer (Adorno y la ESMA) se basa en un mecanismo de sustitución. Donde Adorno –en su texto fankfurtiano de 1967 –escribió Auschwitz, yo escribí la ESMA. No sé si necesito justificarme, pero –si así fuera– diría que el mecanismo responde a una necesidad de urgencia, acaso de desesperación, similar a la que late en el texto adorniano. Hay que llevar esta temática al ámbito pedagógico argentino. Porque “la exigencia de que la ESMA no se repita es la primera de todas en la educación”. Como escribió Adorno.
(Segunda parte)
1. El texto de Theodor Adorno que sigo utilizando corresponde a una conferencia dictada –por la radio de Hesse– el 18 de abril de 1966. Adorno, luego en 1967, habría de cederla a una publicación frankfurtiana y, por fin, pasaría a integrar su libro Consignas. El texto lleva por título La educación después de Auschwitz. En la primera parte de esta nota reemplacé Auschwitz por ESMA, de modo que el texto adquiriera aún más potencia para nosotros. Aquí ya no utilizaré ese mecanismo de sustitución. Puede correr por parte del lector.
2. En el Prefacio del libro, Adorno hace una cuidada referencia al texto sobre Auschwitz. Dice que no lo ha corregido, no pudo hacerlo. Le pareció que pulir el estilo o aun cierta pulcritud de redacción era imposible, ya que el tema del artículo era la expresión desaforada de la barbarie. “Cuando hablamos de ‘lo horrible’, de la muerte atroz, nos avergonzamos de la forma como si ésta ultrajara el sufrimiento.” Se sabe que la fórmula adorniana acerca de la imposibilidad de escribir (poesía o lo que sea) después de Auschwitz ha llevado a todo tipo de erráticas (y, por lo general, erradas) interpretaciones. Aquí, Adorno ofrece otra pista sobre su famoso dictum. “Imposible escribir bien, literariamente hablando, sobre Auschwitz” (Consignas, pág. 7). Pareciera encontrar en la búsqueda de la perfección del lenguaje una traición a la brutalidad que se debe expresar. No hay que disimular la “real brutalidad”. “Debemos renunciar al refinamiento.” Con la conciencia de que en ese renunciamiento puede latir el peligro de caer una vez más “en el engranaje de la involución general”.
Como sea, habrá que buscar el sentido del dictum adorniano siempre por la idea central de construir una cultura en que las coordenadas que hicieron posible la absolutización del horror se tornen inexistentes o dejen de ocupar la centralidad. Lo que lleva a afirmar que no es que no se pueda escribir después de Auschwitz sino que hay que hacerlo desde otro horizonte cultural, ya que el anterior llevó, precisamente, a Auschwitz.
3. Adorno establecía que era la sociedad de competencia, con la consagración de la mónada social, la que llevaba a la insensibilidad de las conciencias ante la suerte del otro, del perseguido. Cuando se pregunta por qué tantos callaron, por qué nada hicieron quienes escucharon los gritos en la noche, habrá de responder que el terror es una explicación, pero que la sociedad que se basa en el individuo y diluye la idea del vínculo es también responsable de los silencios ante el dolor de los otros. Hay una incapacidad de identificación.
¿En qué se basa y cómo se combate contra ella? Quienes no se identifican con los perseguidos lo hacen desde dos vertientes: 1) sólo los perseguidos serán perseguidos. Ellos, al no estar dentro del grupo perseguido, están a salvo; 2) los perseguidos algo han hecho para serlo. Lo que remite a nuestro célebre “por algo habrá sido” o “algo habrán hecho”. Adorno tiene un par de cosas para decir sobre esto.
El grupo perseguidor –dice– es insaciable. Hay una “insaciabilidad propia del principio persecutorio” (pág. 94). Y luego escribe: “Sencillamente, cualquier hombre que no pertenezca al grupo perseguidor puede ser una víctima”. Este es realmente un razonamiento poderoso. Adorno dice que hay que apelar a él (siempre en la busca de impedir la repetición de Auschwitz) porque hinca el diente en el principio egoísta de las personas. “He ahí un crudo interés egoísta al que es posible apelar” (pág. 94). Sabe que es ingenuo e insuficiente apelar a la generosidad, sobre todo en una sociedad que se basa en el egoísmo smithiano. Sería entonces necesario decir (decirles, por ejemplo a los argentinos): “El principio persecutorio es insaciable. Entre nosotros, lo expresó ese general que proponía fusilar progresivamente hasta, por último, fusilar a los ‘tímidos’. Ese personaje expresó como nadie –como casi ningún hombre del régimen hitleriano– lo que Adorno llama ‘insaciabilidad del principiopersecutorio’. Que nadie se considere a salvo. Se comienza persiguiendo a una minoría y se termina por perseguir a todos, ya que el principio persecutorio se alimenta de sus propios crímenes y, así, no puede detenerse. Para impedir que Auschwitz o la ESMA se repitan hay que apelar, en la educación, a los instintos egoístas de preservación. Quienes piden que maten a los otros para vivir en una sociedad segura están instaurando el régimen que puede devorarlos. Un orden que mata termina eliminando la seguridad. Cuando una vida pierde su valor, la pierden todas. Sólo están seguros quienes pertenecen al grupo persecutorio, y ni ellos, ya que el terror puede devorarlos con cualquier excusa”. La propuesta adorniana de instituir en la educación el concepto de la insaciabilidad del principio persecutorio es fundamental en la Argentina, un país que siempre encuentra culpables, y pide, por consiguiente, mano dura para ellos.
4. Adorno se pronuncia luego contra la “razón de Estado”. Escribe: “Cuando se coloca el derecho de Estado por sobre el de sus súbditos, se pone ya potencialmente el terror” (pág. 95). Luego diferencia entre los ejecutores y los asesinos de escritorio. Cree que la educación podría menguar el número de hombres dispuestos a transformarse en verdugos. Pero: “Temo que las medidas que pudiesen adoptarse en el campo de la educación, por amplias que fuesen, no impedirán que volviesen a surgir los asesinos de escritorio”. La conclusión es pesimista, ya que si vuelven a surgir los asesinos de escritorio habrán de retornar los verdugos, que son muy dóciles a sus razones.
5. Durante los últimos días de 1975 y comienzos de 1976, la clase media de este país –o buena parte de ella– hablaba en griego. Un filósofo golpista, de apellido García Venturini, había lanzado una palabra griega que se decía kakistocracia y que todos –bajo indicación de ese filósofo– traducían como “gobierno de los peores”. Así, en un ascensor, en la parada de un colectivo o en la oficina uno siempre se encontraba con alguien que le hacía la inevitable pregunta: “¿Usted sabe qué es kakistocracia?” Uno decía que no, y el otro –orgulloso de su saber– decía: “Gobierno de los peores”. Era una manera de reclamar el golpe militar que iba a instaurar el “gobierno de los mejores”. Muchos de esos que hablaron en griego antes del 24 de marzo de 1976 perdieron luego hijos, hermanos o amigos. Fueron víctimas de la insaciabilidad del principio persecutorio. Pero a Adorno le hubiera interesado conocer la relevancia que tuvo en la instauración del horror un filósofo que lanzó sobre la sociedad –para que se sintiera culta en tanto pedía la masacre– una palabreja en griego. Habría encontrado en su figura la perfecta encarnación del “asesino de escritorio”.
Dos notas acerca de uno de los otros
El amor vence
Por José Pablo Feinmann
Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: Ganar la paz, decía una. La otra era peor: El amor vence. Galimberti, que lo conocía bien, decía: “Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra”. Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: “A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia”. Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.
En Los hundidos y los salvados, Primo Levi marca a los asesinos de este país como imitadores de los criminales alemanes. Dice: “Sus imitadores en Argentina y Chile”. Eso fueron Massera y todos los restantes capitostes de la masacre: imitadores de Himmler, de Goering, de Hess, de Eichmann. Tenía razón Massera esa tarde ante el tribunal que lo juzgaba: no tanto en el primer sentido de su afirmación (“A ustedes les queda la crónica”), pero sí en el segundo: “A mí la Historia”. Sí, le queda la Historia. Ingresó, con pleno derecho, a la historias de las grandes masacres del siglo XX. Y del lado de los masacradores.
Pero hay algo más en el Almirante: a la masacre le añade la crueldad. La ESMA –de la que era jefe absoluto, amo y señor de la vida y de la muerte–- era un campo de concentración y exterminio. Pero, al ser un campo de recabamiento de información, era un campo de torturas. La tortura le fue más esencial a la ESMA que a Auschwitz. El detenido que ingresaba en Auschwitz, el que cruzaba ese portón en que había un cartel que decía El trabajo os hará libres, iba, sin duda, a morir, tarde o temprano habría de morir, pero muchos no fueron torturados, porque Auschwitz no era un centro de acumulación de información. La información, su búsqueda, su urgente necesidad de posesión para atrapar a los otros, a los ligados al detenido antes de que pudieran escapar, era propia de la ESMA. La ESMA era, en primera instancia, un centro de búsqueda de información, es decir, un centro de torturas. Además, la tortura era parte de un esquema prefijado que se proponía quebrar al detenido. Y era tan terrible que muchos, luego de pasar por ella, preferían morir antes que volver. Fue, como Drácula, un empalador. Llenó de cadáveres el Río de la Plata. Gritó (junto a Videla y Agosti y todos los enfervorizados hinchas que desbordaban el estadio de River Plate) los goles de la Selección Argentina, los goles de Kempes, el matador. Con cada gol argentino, más poder para Massera. Más poder para que secuestrara, torturara, violara, prohibiera, le dijera al mundo que éste era el país de las maravillas y que, aquí, se vivía en medio de la alegría y el respeto por los derechos humanos.
Que ahora se muera no sirve para nada. Todos, alguna vez, nos vamos a morir. Massera ya hizo en nuestra historia todo el daño que podía hacer. Lo pidió un pueblo que quería orden y él le dio ese orden. Una de las primeras publicidades televisivas de la Junta decía: Orden, orden, orden, cuando hay orden el país se construye de arriba abajo. En esa búsqueda de orden, siempre exigida por los argentinos, hay que encontrar la explicación de la existencia de monstruos como Massera. Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe. Al cabo, él es uno de sus creadores. El creador de una de las figuras más perfectas del Infierno, la ESMA. ¿Podríamos entonces desearle el Cielo, ese lugar donde un Dios justo le señalaría sus culpas? Ocurre, sin embargo, que el Cielo y ese Dios justo no existen. ¿Cómo habrían de existir si existió Massera?
Sueño de uno, pesadilla de muchos
El Negro no pudo
Por Mario Wainfeld
Hace varios años, el maestro Osvaldo Bayer escribió: “Roberto Arlt lo hubiera calificado como ‘un turrito’. (...) Pero la Historia siempre es mucho más justa y precisa en su devenir que esos calificativos: sin ninguna duda, Eduardo Emilio Massera pasará a ser en la galería de los argentinos el más grande de los asesinos de la vida de la República, hasta el presente”. El cronista no puede ni pretende superar esa síntesis, apenas agregarle unas líneas.
Massera, comandante en Jefe de la Armada, fue el más ambicioso de los comandantes que gobernaron el país, el único que amasó un proyecto político propio. Leopoldo Fortunato Galtieri fue ovacionado en actos de masas, soñó con perpetuarse. Se despertó en pocas semanas, con la resaca a cuestas. Massera, aunque jamás convocó multitudes, había intentado mucho más. Como detalló el periodista Claudio Uriarte en su notable biografía del marino, se había propuesto una hazaña paradójica: proveniente del arma ancestralmente gorila, imaginó llegar a ser el sucesor de Juan Domingo Perón. Una parte de las perversiones de la ESMA tenía que ver con ese proyecto. También su oratoria, que incluía diatribas más o menos explícitas al “liberalismo” de José Alfredo Martínez de Hoz y recuperaba tópicos del desarrollismo.
Se reunía con dirigentes empresarios y algunos sindicalistas canallas, viajaba al exterior, articulaba con la Logia P-2, hablaba con políticos europeos que lo detestaban, por usar un eufemismo.
Creó el diario Convicción y hasta fundó el Partido de la Democracia Social. Los perros de la guerra eran cínicos y psicóticos aun cuando querían ser convocantes.
Jorge Rafael Videla divagaba sobre “la cría del Proceso”, una inmarcesible fuerza que se haría mayoría democrática. Su proyecto era confuso, seguramente pensaba en los jóvenes que acudían al programa de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona: gente linda, de universidades privadas, que predicaba la necesidad de hacer más y decir menos.
El Negro Massera, mimado por la farándula y la crema de la sociedad argentina, tenía objetivos más precisos. Se miraba al espejo y veía al nuevo Perón. Liderar la represión, ensangrentarse las manos, ganarse así el respeto de sus compañeros de armas formaba parte de la construcción de esa fantasía funambulesca. Tal era su delirio.
* * *
Con el tiempo se fue sabiendo. Los centuriones no luchaban sólo por purificar a la Patria. A menudo privatizaban el aparato terrorista estatal en beneficio propio. El Almirante fue pionero en eso de secuestrar empresarios, hacerse de sus bienes de fortuna: los inmuebles y los caballos de carrera fueron algunos de sus berretines.
También fue notoria la desaparición de Fernando Branca, el esposo de su amante Martha McCormack. El comandante mezclaba la vida pública con la privada, cuando lo público estatal tenía como vigas fundantes el crimen y el miedo.
* * *
La política económica era la del establishment, que escribía la obra y la interpretaba. El plan sistemático de exterminio, tanto como la ocupación del Estado y el territorio nacional, requerían el concurso de las Fuerzas Armadas. La jerarquía de la Iglesia Católica bendecía. Las corporaciones dividieron tareas.
A los centuriones (por tener fierros y estructura) les cupo la conducción del Estado.
Ese tramado explica por qué se le permitía a Massera licencias tales como diferenciarse del credo de “Joe”. Y aún brutales desbordes de violencia, mejicaneadas y crímenes que, amén de Branca, terminaron con la vida de algunos hombres y mujeres de las clases dominantes. Esos fueron, en rigor, los únicos “excesos” de la dictadura, producto de cierta forma tolerada (o soportada) de descontrol.
El “botín de guerra”, en cambio, jamás fue un exceso, sino un incentivo.
* * *
Massera era, seguramente, un criminal, un sádico y un corrupto. Videla, un falso santurrón con una estructura familiar perversa. Roberto Viola, una perfecta nulidad que surgió como segundo presidente del Ejército, cerrándole el paso a Massera. Galtieri, un alcohólico con un par de jugadores menos. Un cronista que ahora dicta clases de democracia desde una tribuna de doctrina se cansó de elogiarlos a todos. El ascetismo de Videla, la verba de Massera, “los elocuentes silencios” de Viola. Mariano Grondona, años antes, se había arrobado con la parquedad de Juan Carlos Onganía. En verdad, esos elocuentes silencios sólo probaban que el represor Viola era un supino pelotudo.
Que personajes tan mediocres hayan conducido una etapa tan fundacional remite, sin duda, a la clásica “banalidad del mal” descripta por Hannah Arendt. En un contexto determinado cualquiera puede dirigir un campo de concentración o presidir un país que también lo es.
Pero, sobre todo, las limitaciones de las cúpulas militares corroboran un dato que se va haciendo sentido común. Las Fuerzas Armadas, desde su cúpula hasta los Grupos de Tareas, duraron y tuvieron poder porque eran engranajes de un régimen con cabezas más pensantes, intereses más precisos, cuadros con ideas menos embotadas.
Hubo internas, claro: empresarias y uniformadas. A veces se mestizaron, como sucedió en Papel Prensa: Videla era sponsoreado por sus actuales dueños, Massera pensaba en otro diseño.
* * *
Quizá la última aparición pública recordable de Massera fue su arenga final en el Juicio a las Juntas. Vituperó a la veleidosa opinión pública. Auguró una reivindicación futura. Soñaba con un regreso personal. Se equivocaba, por partida doble.
El cronista cree percibir o intuye que con el tiempo, para las nuevas generaciones, las características personales de los genocidas se irán diluyendo. Devendrán arquetípicos, perderán individualidad, quedarán subsumidos en lo que hicieron: el terrorismo de Estado, la destrucción de las conquistas sociales, una regresión cultural feroz.
La democracia, la lucha por los derechos humanos, la superación de la memoria colectiva confinaron a los represores a un lugar ominoso. Fueron criminales, traicionaron a su Patria, la llevaron a la quiebra, perdieron vergonzosamente una guerra internacional. Después de demasiadas peripecias están siendo juzgados, con la ley en la mano, por tribunales comunes.
* * *
Además de una condena judicial, Massera tiene, claro, la de la sociedad, convalidada por la autocrítica de comandantes en Jefe de gobiernos democráticos. También es un logro colectivo que el señor de la ESMA falleciera sin que nadie haya ejercitado violencia contra él. Un ejemplo inmenso que se debe a las Madres, las Abuelas, los sobrevivientes y los familiares de las víctimas.
Hace años que yacía como un vegetal, sólo era noticia a través del humor negro de la revista Barcelona. Ayer, dejó de existir, por decirlo de algún modo. Bien muerto estás, turrito.
Página/12: 9 de noviembre de 2010.
lunes, 8 de noviembre de 2010
sábado, 6 de noviembre de 2010
jueves, 4 de noviembre de 2010
El debate que debe ser:
Ligera y carente de fundamentación ( o con una fundamentación muy poco rigurosa), cualidades que aplicaba a sus clases en la UBA en la materia Historia Social General, apareció hace unos días una columna de opinión del historiador Luis A. Romero, en la que renueva su prédica negativa acerca del fenómeno del kirchnerismo sin intentar comprenderlo y reduciendo todo a la voluntad de una persona. Uno, alumno de su materia, podía estar de acuerdo o no con sus exposiciones, selección de textos y autores, jucios y otras yerbas, pero no podía cuestionar la rigurosidad en los análisis, cosa que sí hacen los autores de la nota aparecida el 5.11 en Página/12 que se lee después de la nota en cuestión:
Clarín: Opinión /La muerte del ex presidente /Cristina está lejos de Isabel
28/10/10
Por Luis Alberto Romero. HISTORIADOR, UNSAM / CONICET
La muerte del ex presidente Kirchner, que por diversas razones todos lamentamos, abre un panorama incierto y oscuro. Nos preguntamos, con angustia, cómo transcurrirá este año largo hasta la asunción de un nuevo presidente.
Hoy, buena parte del rumbo futuro depende de lo que haga la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Ella puede optar por seguir adelante con el endemoniado juego faccioso que su difunto esposo impuso a la confrontación política, activando permanentemente la antinomia amigo/enemigo. O puede detener ese movimiento, asumir que le toca encabezar una difícil transición, y que puede hacerlo con todos y para todos .
Muchos pensarán en lo que sucedió tras la muerte de Perón, en julio de 1974.
Hay sin duda elementos similares, especialmente los demonios que Kirchner desató en los últimos años.
Me parece que, afortunadamente, nuestra Presidenta tiene otra envergadura política, muy superior a la de Isabel, y que puede elegir este segundo camino, una opción que para Isabel no existió.
Buscando precedentes, me resulta más iluminador pensar en el final del primer gobierno peronista.
Luego del fallido golpe de junio de 1955 Perón declaró que dejaba de ser el jefe de la Revolución Nacional y se convertía en el Presidente de todos los argentinos. Probablemente no fue muy sincero : poco después, el 31 de agosto, volvió a la violencia verbal y lanzó el célebre “cinco por uno”. Pero tampoco la oposición aceptó su oferta de pacificación ni se propuso colaborar lealmente con quien decía deponer las armas. Prefirió un rumbo que llevaba inevitablemente al golpe de Estado.
No estoy juzgando sino marcando las diferencias . Ciertamente, la interrupción institucional es imposible. Pero además, estoy convencido de que las fuerzas opositoras, y sobre todo la opinión independiente, están completamente dispuestas a acompañar a la Presidenta si ella eligiera el camino de la concordia y de la institucionalidad. Ojalá lo haga.
Kirchner y el tribunal de la Historia
Por Irene Cosoy, Gabriel Di Meglio,
Federico Lorenz, Julio Vezub y
Fabio Wasserman *
Luis Alberto Romero es un historiador que ejerció durante más de dos décadas como profesor titular de la materia Historia Social General en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En el programa de dicha asignatura se recomendaba examinar los procesos históricos “desde la perspectiva de los sujetos sociales, que coexisten en relaciones conflictivas y que, más allá de su conciencia e intencionalidad, son los agentes de los cambios”. Como enseñaba el profesor en sus clases, esas conflictivas relaciones entre los sujetos sociales hacen a la Historia única en cada instancia.
Ninguna de estas advertencias o principios parecen estar presentes en la breve columna que publicó en Clarín el pasado 28 de octubre ante la sorpresiva muerte de Néstor Kirchner. Allí pone el eje en la personalidad facciosa del ex presidente, que habría impedido el normal funcionamiento de las instituciones republicanas. Al hacerlo, soslaya la importancia de los conflictos de intereses e ideologías, reduciendo así las disputas políticas a las características personales de algunos actores privilegiados, lo que desde el punto de vista de los estudiosos es estrecho y ahistórico. Romero nos dice que el conflicto social en la Argentina se debe a un problema de estilos y formas de gobierno. Para ello, utiliza un lenguaje plagado de metáforas tan poco felices como tendenciosas: la incertidumbre política dejaría de ser tal si la Presidenta eligiera “el camino de la concordia y la institucionalidad”, en oposición al “endemoniado juego faccioso” y “los demonios que Kirchner desató en los últimos años”.
Para Romero, los conflictos no se deben a la existencia de distintos intereses y proyectos de país expresados por diferentes fuerzas políticas (e incluso al interior de esas mismas fuerzas), sino más bien a una pareja gobernante, mutilada ahora por la muerte, que con sus formas agrede al conjunto armónico de una república que sólo existe en la mente del colega columnista. Como si se tratara de un cuento infantil, todos los males son causados por la personalidad de los principales protagonistas de nuestra vida política. En esta interpretación no hay clases, ni intereses, ni corporaciones, ni sujetos, ni actores sociales. Nada de lo que los historiadores buscamos identificar y explicar cuando hacemos nuestro trabajo, sean cuales fueren nuestras convicciones ideológicas.
Para legitimar su discurso, Romero apela a su profesión de historiador e ilustra la coyuntura actual con ejemplos del pasado. En primer lugar, la muerte de Perón en 1974. Y aunque ya desde el título se cuida de señalar que Cristina Fernández no es Isabelita, su análisis induce la idea de que existe el peligro de que lo sea, si persevera en el camino de su esposo (“los demonios que de-sató”). Nunca comenta que existen intereses a cuyos defensores les serviría presentarla como la viuda de Perón y a la Argentina del 2010 como a la de 1975. Como trazar esa comparación resulta muy forzado, porque ambas presidentas tienen características políticas muy diferentes y también las coyunturas son distintas, realiza otra: la situación actual se parecería a la de 1955, cuando un golpe de Estado puso fin al primer gobierno peronista. Pero el sesgo aparece también aquí: así como se detiene para evocar la consigna del “cinco por uno” de Perón, y que éste “no había sido sincero” en su llamado a la pacificación hecho días antes, el bombardeo de la población civil en Plaza de Mayo que lo precedió es presentado como un “fallido golpe militar”. Contextualizar el “cinco por uno” (que Romero utiliza para remitirse a la violencia peronista) no busca justificarlo, sino que lo sitúa históricamente: el “fallido golpe” de junio había truncado cientos de vidas en la retórica real y sangrienta que la reacción ha desarrollado en nuestro pasado. En esa ocasión, la oposición hizo algo más que no “colaborar lealmente”, como señala Romero.
La falta de contextualización y el análisis abstracto se hacen más evidentes cuando se refiere al tema que verdaderamente le interesa tratar: el futuro próximo. Por eso considera que para acabar con la incertidumbre la Presidenta debería encabezar “una difícil transición, y que puede hacerlo con todos y para todos”, concluyendo que la oposición se acogería a este programa que le permitiría a la Argentina retornar a la normalidad institucional. Claro que omite decir quiénes redactarían ese programa, cuáles serían sus contenidos, por qué se está ante una transición, en qué la situación institucional es “anormal” y, sobre todo, qué significa gobernar con todos y para todos en una sociedad atravesada por numerosos conflictos que preexisten al actual ciclo político y que tampoco desaparecerían aunque el Gobierno cambiara de signo o de estilo.
Estos desaciertos panfletarios se suman a una serie de falacias históricas que viene publicando en otros medios, como cuando comparó a la multitud kirchnerista reunida frente al Congreso al producirse el recambio parlamentario en el 2009 con los seguidores de Mussolini y Hitler, o cuando criticó que la política de derechos humanos del Gobierno había roto con el consenso que existía en la sociedad argentina al respecto desde 1983. Romero no está escribiendo historia, sino proyectando sus propias creencias y posicionamientos, haciendo de ellas una verdad general.
Los historiadores sabemos que los procesos históricos son el resultado de un complejo entramado de disputas entre sujetos sociales portadores de distintos intereses e ideas. También sabemos que la Historia no se repite. No obstante, las actitudes humanas e intelectuales de quienes la interpretan, así como una sensibilidad forjada en patrones elitistas o que conciben con estrechez la participación y los comportamientos populares, parecería que sí pueden repetirse con ligeras variaciones. El gorilismo, término que no es ya una chicana, sino una definición política precisa, explica buena parte de las posiciones ante la actual coyuntura.
El día mismo de la muerte del ex presidente, sin preocuparle las zonas de la sensibilidad que pudiera afectar, Romero se atribuyó el rol de fiscal en el Tribunal de la Historia. Y si de demonios se trata, ya se puede presumir adónde lo condenará.
Es importante entonces que establezcamos claramente desde dónde nos referimos al pasado: aclarar cuándo escribimos historia y cuándo no. La misma ilusión de un consenso armónico posdictatorial llevó a Romero a explicar, en un texto reciente, cómo durante la transición a la democracia, para fortalecer las instituciones, había debido optar entre ser ciudadano e historiador, privilegiando lo primero. En esa ocasión decidió omitir lecturas de crítica histórica para impulsar un cierto modelo de institucionalidad. Tal vez haya vuelto a optar, sólo que esta vez no les avisó a los lectores.
* Historiadores.
jueves, 28 de octubre de 2010
Los muertos que vos matáis
Por Eduardo Aliverti
No quiero escribir desde el resentimiento, aunque siento que, en realidad, el verdadero rencor es el de aquellos a cuyo cinismo apuntará. Algunas cosas hay que sacarlas bien de adentro bajo pena de traicionarse a sí mismo si acaso, por razones de ¿elegancia? periodística, de ser modesto con los conceptos en horas de dolor y de respeto, se las guarda. Supongo, además, que varios de los conceptos a verter serán parecidos y hasta idénticos a muchos de los que acompañan las opiniones de esta edición. Mejor. Uno se sentirá reforzado con la gente, los colegas de este diario, y otros, que piensan igual o muy parecido y habrán escrito en consecuencia. En momentos como éstos, lo que justamente hace falta es juntarse más que nunca con la gente que piensa y dice y pregona como uno. Ayer, a muy poco de conocerse la noticia, me tocó encabezar la transmisión especial de AM 750. Muchos testimonios, mucho oyente, mucho correo, muchas sensaciones. Uno tiene en esto demasiados años de entrenamiento auditivo, de saber reconocer las entrelíneas de las declaraciones, de descubrir qué hay detrás de los tonos de voz y hasta de cada inflexión. Y entonces percibe, registra enseguida, no se le escapan ni las respiraciones. Percató en consecuencia la angustia auténtica de la gente común que llamaba a la radio; la que conforma lo definible desde hace un tiempo como la “minoría intensa” de la sociedad, contra la presunta mayoría invertebrada que está festejando la muerte de Kirchner. Sin embargo, a la par llamó la atención de quien firma la cantidad de llamados del tipo “no soy peronista, no soy kirchnerista, no quiero a este gobierno, pero...”. Ese pero. Ay, ese pero. Cuánto que hay en ese pero de “me parece que me di cuenta ahora, con la muerte, de que no hay nada real mejor que esto, por más que no me guste”.
Sea así o más o menos así, esa gente, esos peros, se sintieron legítimos, audaces, compungidos. Atención con esa tomada de nota de que ahora se corre peligro de retroceder, tanto que lo putearon. No tengo cómo justificar la elevación de los llamados a una radio a la categoría de sondeo representativo... salvo por eso del oído entrenado, de la medición automática de percepciones. Y también como quiera que sea, en cualquier caso es mucha gente con una honestidad intelectual, o sentimental, infinitamente mayores que las disfrazadas por los temporarios acomodaticios de las condolencias. Cobos, traidor, capaz de decir que se nos fue un gran líder. Andate Cobos, por favor. Andate. Pero no del Gobierno del que formás parte a la vez de denostarlo. Andate a tu casa, directamente. Por un instante de tu vida tené mínima conciencia del ridículo. Sólo eso, Cobos. Sólo eso. Vos y todos los demás que ahora descubrieron en Kirchner al tipo que llevaba la política en la sangre, al militante tiempo completo, al apasionado que deja un vacío enorme, al hombre de convicciones. Vos y todos los demás que hasta las 10 de la mañana de ayer definían esos flamantes méritos del muerto como la expresión del crispado que violentó a este país, del autoritario que nos volvió a las catacumbas de los ’70, del enajenado que nos lleva al caos institucional. Y vos, Van der Kooy, que a los veinte minutos de la muerte ya tenías subida tu columna gozosamente mal disimulada. Y vos, Fraga, Rosendo Fraga, asesor de Viola, del general Viola, del asesino Viola, que te permitiste elevar, con el muerto fresco, las condiciones a las que debe sumirse Cristina ahora que puede ejercer el Poder. Vos, Fraga, venís a cerrar el circuito que inauguró José Claudio Escribano, el mandamás de La Nación, cuando apenas asumido Kirchner en 2003 le puso en tapa el pliego de bajezas a que debía rendirse si quería completar el primer año de mandato: reacomodar las relaciones con el FMI, amnistiar a los milicos, romper con Cuba. Con Kirchner inaugurado, primer pliego. Con Kirchner muerto, también enseguida, el segundo: que Cristina se saque de encima a Moyano, a Moreno y a quien haga falta para demostrar que no es igual que el marido. Hasta un tipo de derechas como Federico Pinedo, pero con sensibilidad perceptiva –digamos que un caballero– le dijo al aire al suscripto “y, sí, es un poco apresurado el análisis”.
Pero no, no es apresurado. Son sus instintos más bajos, más pornográficos, de intereses de clase. Cabe reconocerles su impudicia explícita. E incluso prodigarles el reconocimiento de que además de ser así son inhábiles para solaparlo. Dejan todo más claro. Ese es, quizás y no importa si por convencimiento o por lectura especulativa de la realidad al cabo de 2001/2002, el legado más interesante y efectivo que deja Kirchner. Por las razones íntimas que fueran, partió aguas. Obligó a ponerse de un lado o de otro, cuando ya parecía imposible que la pasión política se reinstalara en la Argentina devastada de la rata. Más aun, por estas horas también se desnudan como de cocodrilo feroz las lágrimas y lamentos de quienes se allanaron a hacerle el juego a la derecha con chamuyo de izquierda cinematográfico-nacionalista. ¿Y por qué eso también es símbolo? Porque esa partida de aguas que significó y significa esta rara pero apasionante experiencia también compelió a que cada quien mostrara su vocación de poder. Algunos de la derecha explícita sacaron los tanques mediáticos, pero otros de la izquierda piripipí copiaron a Carrió, compararon a Kirchner con Menem y hace unas horas se manifiestan condolidos ¿de qué? ¿No es que eran iguales?
Por unas semanas como muchísimo, si es que se aguantan, el establishment más concentrado, el gorilaje recalcitrante y sus funcionales nac&pop se llamarán a silencio de expectación. Concluido el duelo de las buenas formas, medirán cuánto tiempo se requiere para que seguir atacando no se les vuelva boomerang. Tensarán que Cristina puede usufructuar, o que le serviría, la imagen de mujer enhiesta en medio de un drama de todo tipo, sola contra todos. Y encima, en medio de ese karma que los sigue regenteando: sus candidatos son horribles, no se les cae una idea alternativa convincente y están a años luz de potenciar a algún referente que demuestre capacidad de mando.
Si lo piensa bien, la derecha atraviesa un problema con la muerte de Kirchner: él venía a ser una suerte de reaseguro para continuar insistiendo contra el “aplastamiento de las instituciones”, el “clima de confrontación”, la “división de la sociedad” y todo el resto de pelotudeces tras cuyo parche se oculta, pésimamente, que no aguantan la afectación de emblemas con que sintieron tocados su alma y su culo. Y la de ciertos privilegios que manotearon sus bolsillos.
Ayer a la noche, el clima de congoja cedía lugar a una efervescencia, tan contenida como callejera, que detrás del dolor avisaba lo siguiente: si hay lugar de retrocesos en lo recuperado para los intereses populares, no les va a resultar fácil. La potencia política de Kirchner ya no estará, Cristina es candidata única y habrá que comprobar si su estoicismo aguanta la presión. Pero es irrebatible que queda una fuerza muy considerable que, cualesquiera sean los avatares electorales, no permitirá así nomás que se vuelva para atrás en ciertas conquistas que a la vuelta de la esquina eran extravíos utópicos.
En síntesis, eleven neo-pliegos de condiciones, festejen, gorileen, viven a las coronarias de Kirchner como antes a sus carótidas y al cáncer de Eva, supongan que se acabaron la ley de medios y que la yegua no debería soportar semejante tensión. Pero, por las dudas, uno les aconsejaría que adviertan la ya masa de gente joven politizada y movilizada y el número de los que se plantean lo que hay enfrente de lo que putean.
miércoles, 27 de octubre de 2010
martes, 26 de octubre de 2010
Al costado de la vía....
Ferreyra
Por Santiago Álvarez y Martín Rodríguez
La verdad de la muerte de Mariano Ferreyra está en la escena del crimen. No toda la verdad, porque nunca se saben “todas las verdades”, pero sí empezando por las razones: Mariano pertenecía a un partido político (el Partido Obrero) que defendía la situación de los trabajadores tercerizados del tren Roca que estaban enfrentados a la conducción de la Unión Ferrroviaria, porque fueron despedidos, eran explotados y la dirigencia era cómplice de esa situación.
La conducción de la UF mantiene una dirección atroz para los intereses ferroviarios: la del señor Pedrazza, cómplice del desguace ferroviario sufrido en la década del ’90, y que mantiene su oficio de dirigente gremial como superficie de un negocio en el que es lisa y llanamente un empresario corrupto.
Mucha gente corre a buscar afuera de la escena del crimen de Avellaneda las verdaderas razones, corren a buscar los hilos ocultos. Se agarran del fantasma de largo brazo del duhaldismo que parece estar presente en todos lados. O le endilgan el crimen al gobierno, que no tiró una bala en siete años. Y terminan arrancando el cuerpo de Mariano para tirarlo simbólicamente en distintas mesas.
Como si las razones (equivocadas o no, como las de cualquier opción política) y el compromiso concreto de Mariano y su militancia no alcanzaran a explicar los hechos. Murió defendiendo algo en lo que creía. Y encontró su muerte en un límite que la democracia debe imponer y que creíamos impuesto después de las lecciones de la historia.
El resto, lo que está por afuera de la escena del crimen, es un debate que se da hoy al calor del chiquitaje. Los hechos irrumpieron fuertemente en la agenda política. La dirigencia, en general y a excepción de algunos casos particulares, ha decidido revolver el episodio junto con el resto de las frenéticas y pequeñas disputas diarias. La política se tira con todo lo que hay para ver quién saca un resto. En ese esquema, pierden todos y ganan unos pocos. Si hay una victoria, va para el sentido común y un relato imperante. El resto es todo en detrimento del movimiento obrero organizado y la militancia política, históricos blancos de ese relato que busca su desprestigio, justo cuando esos actores vienen reconciliándose con la sociedad. Esa es la cuenta que hay sacar para entender dónde hay oportunismo en el debate político: quién gana y quién pierde. Ganan los sectores conservadores, los que pretenden que nada cambie nunca.
La indignación hipócrita de ciertos voceros es agotadora: “¿Tenía que haber una muerte para que dejen de tercerizar a los empleados del ferrocarril?”, dicen. El bloqueo de Siderar este año y de La Nación y Clarín el año pasado también tuvo como causa el empleo de trabajadores tercerizados. En esa oportunidad la medida de fuerza fue llevada a cabo por la CGT de Hugo Moyano, estigmatizada como “la burocracia”, y fue condenada hasta el hartazgo por muchos de los que hoy rasgan sus vestiduras.
¿Tenía que haber una muerte para que dejen de tercerizar a los empleados del ferrocarril? La respuesta es no.
Hay debates por delante. El respeto a la militancia y la cercanía de la masacre nos impiden, hoy, entrarles de lleno. Hay un debate pendiente sobre el sindicalismo empresario y la democracia sindical (un debate que no se circunscribe a la CGT o al peronismo sindical, como quedó demostrado en las elecciones de la CTA o en la marcha conjunta de esta Central con el Momo Venegas y Barrionuevo al Congreso recientemente). Hay un debate pendiente con la izquierda dura, sus lecturas del tiempo histórico, sus metodologías. Pero no hoy, no ahora.
Mientras tanto, la responsabilidad del Gobierno recae sobre la búsqueda efectiva e inmediata de los responsables del hecho, la búsqueda urgente de “la verdad judicial”. Desde Ni a Palos esperamos que así sea.
(Extraído del Blog: Ni a Palos, Octubre 26 de 2010)
miércoles, 20 de octubre de 2010
Si toca el FMI, la canción es siempre la misma
El informe del FMI referido a la situación de Argentina y Latinoamérica condena las políticas de intervención pública, a las que adjudica “restringir el potencial de crecimiento” y provocar “fragilidad fiscal y financiera”. Para el Fondo, la crisis en Estados Unidos y Europa no pasó.
Por Tomás Lukin
Ajustar el gasto público, enfriar la demanda, fortalecer el clima de negocios y permitir volatilidad y apreciación del tipo de cambio son las características salientes de la combinación de políticas económicas que reclama el Fondo Monetario Internacional (FMI) para Argentina y América latina. En su informe sobre el continente americano difundido ayer, el organismo multilateral asegura que esas recomendaciones buscan evitar que el dinamismo que exhiben las economías de la región termine siendo “insostenible”. Para eso propone desarticular algunos de los pilares macroeconómicos que permitieron atravesar la crisis financiera internacional en mejores condiciones que los países desarrollados y utilizar las mismas herramientas recesivas que profundizaron la debacle en países como Grecia, España, Portugal, Islandia, Letonia, Hungría, Ucrania y Rumania. En ese escenario, el organismo reclama a la Argentina que “avance en los esfuerzos para regularizar las relaciones con los acreedores externos”.
Desde la visión del FMI, el de-sempeño de la región es muy bueno, pero las políticas activas de intervención del Estado “están restringiendo el potencial de crecimiento de las economías y exponiéndolas a mayor fragilidad fiscal y financiera”. Para evitar que las condiciones favorables terminen convirtiéndose en una “trampa” y un estallido inflacionario, la respuesta del organismo es proponer la retirada del Estado y las políticas de estímulo fiscal. A pesar de la evidencia empírica europea reciente sobre las consecuencias del ajuste presupuestario, el director del Hemisferio occidental del Fondo, Nicolás Eyzaguirre, consideró que “el sector público debe ser lo más austero posible”.
El segundo eje que reclama el organismo multilateral es que los países no intervengan en el mercado de cambio, permitiendo la volatilidad y apreciación de la moneda ante la abundante entrada de divisas por las vías comercial y financiera. “Los países deben evitar fijar un tipo de cambio excesivamente alto”, apuntó Eyzaguirre, complementando el informe presentado ayer, donde el FMI reclama que los países de la región permitan que la cotización del dólar en el mercado local se ajuste libremente.
El reclamo apunta directamente a desarticular los regímenes de tipo de cambio real competitivo y estable y los procesos de acumulación de reservas internacionales que persiguieron algunas economías de la región como Argentina. La intervención en el mercado de cambio para evitar la volatilidad y asegurar la preservación de la competitividad externa fue uno de los pilares de la economía local (y de otros países sudamericanos) que permitió preservar el superávit en cuenta corriente, así como crear un número significativo de puestos de trabajo. Esa política permitió marcar un quiebre con la década del noventa, cuando los déficit en cuenta corriente fueron la forma de inserción internacional de las economías en desarrollo. “Seguimos una estrategia de autoaseguramiento, de intervención en el mercado de divisas acumulando reservas para evitar el atraso cambiario, en parte porque no existe un prestamista de última instancia que no imponga condicionamientos recesivos”, apuntaron desde el Ministerio de Economía.
El Fondo considera que el crecimiento de aquellos países de la región que tienen un acceso restringido a los mercados de capitales internacionales como Argentina está explicado fundamentalmente por el vínculo comercial con Brasil y la recuperación del sector agropecuario luego de la sequía de 2009. Mientras tanto, “las políticas de estímulo fiscal y monetario están impulsando la demanda y contribuyendo a elevar la inflación”.
“El FMI no cambió nada, sigue con la misma mentalidad ortodoxa contractiva de siempre. Propone políticas contractivas como el ajuste del gasto público y el consumo para hacer frente a la inflación, cuando el fenómeno no está causado por la demanda ni la emisión de dinero”, cuestionaron desde el directorio del Banco Central. Al mismo tiempo, en la autoridad monetaria recordaron “los continuos desaciertos en las proyecciones e interpretaciones del Fondo sobre la economía de Argentina”. En la lógica del organismo multilateral, políticas redistributivas como la Asignación Universal por Hijo o la preservación durante la crisis de 147 mil puestos de trabajo con subsidios como el Repro, debilitan la sustentabilidad fiscal, ya que “impulsan la demanda y contribuyen a elevar la inflación”. Para evitar caer en la trampa a la que conducen las políticas de estímulo fiscal y monetario, el Fondo reclama que Argentina “fortalezca el clima de negocios” y “avance en los esfuerzos para regularizar las relaciones con los acreedores”.
La mención se refiere, básicamente, a la deuda en default con los países miembro del Club de París, negociación que requeriría la intervención del organismo. A pesar del reclamo del organismo, el nivel de deuda pública nacional bruta es uno de los más bajos de la región: representa el 48,6 por ciento del PIB y si se consideran solamente las tenencias en manos del sector privado la relación cae hasta el 17,2 por ciento del producto.
Las publicaciones del Fondo y las declaraciones de sus directivos evidencian la ausencia de debate alrededor de la estructura de poder de los organismos multilaterales de crédito. Y la continuidad de la misma postura ideológica neoliberal que impulsa las condicionalidades ortodoxas en sus paquetes de rescate financiero.
viernes, 8 de octubre de 2010
Sigue siguiendo....
El FMI aprieta y se queja porque Argentina lo deja afuera
La nueva presión vino en forma de amenaza: si Argentina no acepta las revisiones periódicas, deberá ser sancionada. La advertencia del “número dos” del Fondo calentó el clima de la Asamblea anual, que se realiza en Washington.
Por Cristian Carrillo
El Fondo Monetario Internacional (FMI) volvió a presionar a la Argentina para que acepte revisiones de sus cuentas públicas. El vicejefe del FMI, John Lipsky, amenazó ayer con sanciones al país si no adhiere al artículo cuarto, el cual plantea ese tipo de monitoreos. El Gobierno no permite intervenciones en la política económica doméstica desde que canceló anticipadamente y en efectivo el total de su deuda con el organismo. Pero el Fondo, que tras el desplome financiero internacional quedó en una situación de evidente debilidad y descrédito por su incapacidad de adaptarse a un nuevo contexto post-crisis, intenta ahora recuperar protagonismo. En los países que quedaron más vulnerables por la crisis logró imponer sus viejas recetas de ajuste. Con la Argentina no puede hacer lo mismo, debido a que el país logró sobrepasar el vendaval sin demasiadas dificultades y siguiendo una política exactamente contraria a la recomendada por el Fondo. Este, sin embargo, volvió a la carga exigiendo las revisiones obligatorias del artículo cuarto. El cruce reaparece horas antes de que comience la reunión anual del Fondo y el Banco Mundial, que se realizará a partir de hoy en Washington.
El equipo económico viajó a Washington para participar de la asamblea de ambos organismos. Los funcionarios arriban en un clima hostil para la Argentina, sobre todo teniendo en cuenta que la discusión de este año volverá a ser la representatividad de los emergentes en el FMI. Primero el Fondo difunde un informe en el que pone en duda las estadísticas oficiales. Luego el número dos de la entidad alertó sobre posibles sanciones si no acepta las revisiones que establece el artículo cuarto del FMI. Fuentes oficiales descartaron la posibilidad de reprimendas. “La membresía del Fondo implica obligaciones entre las cuales están las consultas. Esta es una obligación hacia los otros miembros, no hacia el staff. Por lo tanto, éste es un tema que deberá ser abordado por los miembros en sus discusiones”, dijo Lipsky.
La última auditoría del organismo fue en septiembre de 2006. Luego el país canceló toda su deuda con el Fondo utilizando su excedente de reservas internacionales. La operación no buscó una ventaja financiera sino un claro gesto político, tal como hiciese meses después la administración Lula da Silva. Esa cancelación anticipada permitió al país librarse de las recetas de ajuste a las que se obligaba con cada acuerdo de refinanciación de la deuda con el FMI. Desde 2007 a la fecha, el Gobierno se resiste sistemáticamente a que el Fondo audite las cuentas del país. Desde el Palacio de Hacienda incluso reconocían que hay lugar para un acercamiento si el organismo da señales de cambio, algo con lo que se especuló a partir del arribo de Dominique Strauss-Kahn al frente del FMI.
“Todos estamos esperando que la Argentina se sume al grupo de países que tienen relaciones normales y consultas regulares con el Fondo. Además, como miembro del G-20, también aceptó la obligación implícita de revisiones financieras cada cinco años”, dijo Lipsky. Los dichos del ex vicepresidente del JP Morgan Investment Bank surgen en respuesta a la negativa del Gobierno de aceptar injerencia del Fondo en la negociación de la deuda con los acreedores del Club de París. El requisito de un acuerdo previo de ajuste estructural con el Fondo tiene que ver con las necesidades financieras de los países deudores, no obstante la Argentina no tiene previsto tomar un préstamo del FMI para esta operación.
Como miembro del Fondo, el país tiene obligación de permitir auditorías de sus cuentas. “No está en discusión si se aceptan o no las revisiones, sino cómo se realizan. Los representantes del FMI no necesitan venir en las habituales misiones en las que se reúnen con economistas de la city y montan un show en torno de eso”, explicó el titular de la Comisión Nacional de Valores (CNV), Alejandro Vanoli. El funcionario sostuvo que la obligación pasa porque el país remita los datos que se le solicitan en materia de sector externo. “Pero el Fondo tiene una segunda intencionalidad: mostrar a la Argentina como el mal alumno de la clase por no acatar sus reglas”, agregó Vanoli. Sin embargo, el país obtuvo mejores notas que los alumnos más aplicados. Esto es lo que más molesta al FMI, porque ya no puede tener injerencia en la política interna argentina.
La aplicación del artículo cuarto no es el problema; el hecho de que el propio Fondo no cumpla con él, sí. “Los principios respetarán el ordenamiento sociopolítico de los países miembro y en la aplicación de los mismos el Fondo tendrá debidamente en cuenta las circunstancias de los socios”, señala el texto de ese artículo. El FMI, en cambio, continúa con sus recetas únicas para cualquier país que muestre dificultades.
Fuentes gubernamentales desestimaron las amenazas de Lipsky. “No creemos que haya sanciones, son sólo presiones”, manifestó a Página/12 un colaborador de la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, quien también integra el equipo económico que se encuentra en la capital estadounidense. De todos modos, admite que existe el riesgo de que el país pierda un lugar en el directorio del Fondo. Este año, los emergentes reflotarán el pedido de tener el 50 por ciento de representatividad dentro del organismo. El directorio tiene veinte lugares. Estados Unidos sólo está dispuesto a ceder uno y Europa, nada.
Página/12.08.10.2010.
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