domingo, 11 de abril de 2010
Miserables
El secreto de sus piojos
08/04/10
Por Alfredo Grande
"-Disculpame, querido León. Pero no todo
está clavado en la memoria"
(aforismo implicado)
La cartera de Educación porteña censuró materiales pedagógicos del Bicentenario por su "tendencia ideológica". Hay libros que el ministro no deja leer en el aula. "Como ministro no puedo permitir que se publiquen materiales con alguna tendencia ideológica", argumentó Esteban Bullrich."Creo que ningún jefe de Gobierno, ni ministro, ni director de Area debe definir o influir en que los docentes y alumnos utilizen (sic) material con una tendencia ideológica, sea ésta de izquierda, derecha o 'centro'".
"Esteban Bullrich, el sucesor de Abel Parentini Posse en la cartera educativa porteña, sinceró con este argumento la decisión de 'no publicar' los materiales sobre el Bicentenario, elaborados por especialistas de la Dirección de Currícula, aunque sí, en cambio, colgarlos en su página web personal (www .estebanbullrich. com). Cinco pedidos de informes en la Legislatura reclamando explicaciones, la publicación impresa del trabajo realizado durante 18 meses por los docentes, más un dictamen en el mismo sentido de la Defensoría del Pueblo, una marcha, dos grupos en Facebook de repudio a la 'censura ideológica' y una rueda de prensa convocada para el viernes en la Legislatura, muestran que la solución on line del licenciado en sistemas está lejos de conformar a las partes.
(Nora Veiras, Página/12)
(APe).- Luis Landriscina contaba un cuento. Un señor se levanta por la mañana y se da cuenta que le quedan 5 pelos. "Me peino dos para la izquierda, dos para la derecha y uno al medio". Al dia siguiente, sólo encuentra 4. "Bueno, dos para un lado, dos para el otro". Un día más y sólo quedan tres: "Uno para la izquierda, otro para la derecha y el del centro. atrás". Cuando sólo quedan dos, resuelve: "una para este costado, uno para el otro". Finalmente, al día siguiente se encuentra con un solo pelo. "¡Ma sí, hoy no me peino!". Cuando no quedan pelos, se nota. Cuando no quedan ideas, se nota menos. Suponer que en la educación puede haber ideas que no impliquen tendencias, mas aún, que no impliquen firmes posicionamientos ideológicos, es haberse quedado pelado de neuronas.
El Bicentenario, para el señor ministro del imposible, al decir del poeta Mario Benedetti, son sólo doscientos años. Habría que preguntarle: "doscientos años. ¿de que?". Sin tendencia ideológica alguna, apenas podríamos balbucear que el pueblo "quería saber de qué se trataba", que "French y Berutti tenían el franchising de las escarapelas" , que "llovía, pero, como de costumbre, siempre que llovió, paró", que "el obispo Lué era un alcahuete de Fernando" (no, en realidad, esto es un poco tendencioso) ,bueno, que hay gente que viene, que hay que gente que va, como en la casa de Irene. Recordar, conmemorar, evocar, convocar al primer gobierno criollo sin tendencias, apenas permitiría con el rostro grotesco de Stella y Amore, los compradores compulsivos de la tele, decir: "la junta de Mayo financia mejor. Qué grande questa targeta".
El señor ministro del imposible ha regresado a las épocas del pensamiento único, pero lo ha mejorado. Ha demostrado tener un único pensamiento. A los demás pensamientos se los llevó el peine de la historia. Y el único pensamiento es que el Bicentenario sea tan descafeinado como nuestro himno nacional, amputado, castrado, emasculado justamente para el Centenario. Porque para que las tendencias ideológicas de los criollos no se notaran demasiado y Infanta no se acalorara, se consideró que, por ejemplo, "escupió su pestífera hiel", era un texto demasiado directo. Por eso tenemos un himno que, en la actualidad, hasta sirve como cortina musical de un aviso de la banca solidaria.
Seguramente, el ministro del imposible cantará sin preguntarse cuál es la tendencia ideológica del himno censurado. Pues bien: es simplemente acallar las voces de los rebeldes de la Historia, para que todo sea más parecido a un partido de bridge o de tute, que a una lucha sin cuartel de un pueblo en armas contra un ejército invasor. Es más grave que censurar. Al menos Tato, aquel voyeur, no ocultaba que cortaba las películas de acuerdo con sus obscenas tendencias ideológicas y eróticas. Cuando en la década del '40 se censuraron las letras de algunos tangos, todos recordaban que "en mi pobre vida paria" tenía poco que ver con "en mi existencia azarosa".
La censura prohíbe lo censurado, pero no puede eliminarlo. La censura no es neutral, ni pretende serlo. El censor es un cerdo que tiene bien claro en qué chiquero le dan de comer. Pero este ministro del imposible aspira a que ninguna tendencia "no de izquierda, ni de derecha, ni de centro" manche el recuerdo inodoro, incoloro e insípido del Bicentenario. No es poca cosa señalar que este ministro no está en condiciones mentales de conmemorar el Bicentenario, porque no puede tolerar tendencias.
Pobres los historiadores revisionistas de la historia "no tendenciosa" de Mitre. ¿O será una de las tantas zonceras que Jauretche no pudo incluir en su libro? Sin embargo, a pesar del grotesco educativo que propone, el tema es grave, muy grave. Tan grave porque de un plumazo, es decir, de un bromazo, sepulta décadas de educación popular, de bachilleratos populares, de experiencias autogestionarias en Educación.
La crítica a la educación formal, sarmientina (con el perdón de las notebooks, que son muy necesarias)ha señalado con justicia que hay educación para el sometimiento o hay educación para la libertad. Y que, en todo caso, quizá sea cierto que el saber es poder, pero no será en los espacios que la cultura represora habilita donde ese poder pueda ser ejercido.
El ministro del imposible pretende una educación que no eduque. Porque educar no es instruir. No es una catequesis laica. No es escuchar comunicados de las fuerzas conjuntas. Educar al soberano es poder disputar la hegemonía de sentidos que los enemigos decantaron durante décadas en la conciencia de los pueblos. Supongo que este ministro del imposible estará de acuerdo en que hubo una Campaña del Desierto, y que eso no tiene que ver con ninguna tendencia ideológica. Pues bien: lo que hubo no fue una campaña, sino una expedición de exterminio; y no fue del desierto, sino al desierto; y además, el desierto no estaba desierto. Pero este ministro contento hubiera ido en ancas de Roca, ya que cuando se habla de tendencias ideológicas, políticas, siempre es para descalificar los intentos de subvertir la historia oficial.
Haga memoria, ministro del imposible: ¿Qué pensó cuando escuchó la noticia que Mónica Cahen D'Anvers dijo en Telenoche que "dos piqueteros fueron muertos en una pelea entre diferentes grupos"? Maximiliano y Darío fueron rescatados por el fotógrafo que no ocultó las pruebas de otra infamia. Pero Mónica, aséptica, no expresaba ninguna tendencia. Apenas una de las tantas historias oficiales.
Señor ministro del imposible: ¿gritó usted los goles del mundial del horror? Seamos democráticamente sinceros, señor ministro. Publique sus propias tendencias ideológicas sobre el Bicentenario. Tómelo como un desafío. Recoja el guante. Quiero leer lo que usted piensa del tema convocante. Después de todo, habrá que esperar 100 años para el Tricentenario y ni usted ni yo estaremos.
Pero ahora sí, quiero que me enseñe cómo se escribe un material pedagógico sin tendencias ideológicas. Usted debe saberlo. No será de los que predica sin dar el ejemplo. Seguro que este texto le va a llegar y, como dicen en el barrio, sabe donde encontrarme. Esto es lo hermoso de la democracia, a pesar de que no siempre cura, de que muchas veces no permite comer y de que, por lo que veo de su gestión, casi nunca educa. No obstante, es democracia, y yo ejerzo mi derecho de pedirle las pruebas de aquello que pretende.
Mientras espero su texto sin tendencias, le adelantaré cuál es la mía: "Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar. / El arroyo de la sierra / me complace mas que el mar". Es de José Martí, que tenía fuertes tendencias ideològicas. Y se lo dedico a Carlos Fuentealba, que fue asesinado por aquellos que, como usted, no aceptan que las ideologías se expresen, aunque apenas sea, en las tendencias, para conmemorar un Bicentenario de los Pueblos.
sábado, 10 de abril de 2010
Un poco más que una voz.....
O qué será
Por Eduardo Aliverti
¿Los precios suben porque los precios suben?
A nadie se le ocurriría dudar sobre la estupidez de esa pregunta. Así fuere por acto reflejo, de inmediato se contestará que no. Sin embargo, no hay casi nota periodística ni referencias de los economistas u opinólogos que integran el staff mediático, ni encuestas, ni preguntas, ni respuestas que no tomen a la inflación como un hecho de causas empíricamente abstractas: nadie tiene la culpa o la responsabilidad de que los precios suban. Y a placé, bastante lejos, viene que los yerros deben cargarse, con exclusividad, a la cuenta del Estado. Es así porque es así, se deduce apenas termina de recorrerse la más bien escasa lista de motivos dados. Y ninguno de ellos exige sapiencia profesional para su refutación. El problema es que –no por casualidad, desde ya– la economía queda equiparada más o menos a la física cuántica, si se trata de que los legos asuman algunas contestaciones básicas que, claro, de tan básicas parecen ridículas. Cabe suponer que es en ese momento cuando se las abandona, dejando las respuestas en manos de quienes imponen un discurso a través de cómo seleccionan las preguntas. Repasemos ese listado, en orden azaroso bien que algunos argumentos son más falaces o repetidos. No son novedad alguna, ni las citas ni sus impugnaciones elementales. Pero no deja de ser asombroso que deba insistirse, a esta altura de las evidencias y con Alsogaray muerto hace rato.
- El Estado no brinda confianza a los actores privados de la economía, y entonces éstos se refugian en mecanismos autoprotectivos que son diversos aunque tienden, sobre todo, a cubrirse contra el proceso inflacionario. Pero resulta que esa desconfianza en una política económica oficial aumenta o disminuye según sea el tamaño de los intereses privados que afecta, y en consecuencia son esos intereses los que determinan cómo protegerse. Para el caso, subiendo los precios de sus productos. La cadena siempre va de arriba para abajo, por supuesto. Y cuando se comienza a tomar nota de que subió todo (y ante todo los alimentos y artículos de primera necesidad), ya no hay quien se acuerde de cómo empezó la seguidilla. La mayoría sencillamente porque lo sufre, y los vivos porque al comienzo nadie preguntó por sus nombres.
- El problema es el gasto público, porque el Estado emite dinero en exceso. Respecto de esto y mucho más frente a un Gobierno como el actual, rotulado de “populista”, el primer sambenito es que la plata se destina al sostenimiento de las estructuras clientelares (gobernaciones afines, punteros, piqueteros, planes sociales, etcétera). Ese dinero produce lo que se llama “demanda agregada”: la gente tiene más plata que la prevista (¿por quiénes?) y sale a gastarla. Ahora, entre otras razones, eso se habría desatado gracias a la asignación por hijo. Ese tipo de demanda provoca una “oferta insatisfecha” y el corolario es inflación, porque se quiere gastar por arriba de lo que se puede proveer. Pero resulta que, si es por el flujo de dinero expedido por el Estado y también para el caso, la emisión monetaria viene contrayéndose. Y resulta además que, si es por los pesos que se usan para comprar los dólares de las exportaciones, esos pesos tampoco se vuelcan en masa porque el Estado los reabsorbe, a través de la emisión de títulos públicos. Y resulta, encima, que ni la universalización de lo asignado por hijo, ni los planes sociales, ni los aumentos a los jubilados forman parte de los costos de las empresas.
- La inflación funciona como un impuesto para los que menos tienen, y el más gravoso para ellos porque el grueso de lo que les ingresa es gastado en vivir/sobrevivir mediante consumos de improbable evasión. Pero resulta que no dicen quiénes son los principales apropiadores de ese gravamen. ¿Cuáles arcas se engruesan cada vez que hay un aumento de precios? Y resulta asimismo que tampoco pueden refugiarse en que el dichoso aumento de la demanda es superior a la capacidad de producir. En el sector alimentario, entre otros pero –al efecto de las excusas– no justamente el menos significativo, uno de los últimos datos es que usó su capacidad productiva en alrededor del 70 por ciento. ¿No podía acaso absorber la mayor demanda, en lugar de subir sus precios siendo que sus costos no aumentaron?
- Los aumentos salariales son inevitablemente inflacionarios. Pero resulta que todas las respuestas anteriores sirven también para demoler esa falacia, que es la más canallesca.
- Para aumentar la capacidad de producción, y así no trasladar el aumento de la demanda a los precios, hace falta crédito y no se lo puede tomar porque las tasas andan por las nubes gracias a la inflación. Pero resulta que, al margen o además de la responsabilidad de los bancos por los intereses que cobran, la inflación es generada por los que suben los precios. ¿Es el huevo o la gallina o hay una culpabilidad primaria?
Hace poco volvió a difundirse un trabajo de José Sbatella, ex subsecretario de Defensa de la Competencia, que en su momento ya abordó esta columna. Demuestra el grado de concentración en bienes y distribución de origen industrial. La venta del 65 por ciento de la leche fresca entera está en manos de dos empresas. Una sola concentra el 62 por ciento del pan-bollería. El aceite de maíz y mezcla lo venden dos empresas en un 63 por ciento. Otras dos se reparten el 84 por ciento de las ventas de gaseosas cola. Y cifras similares comprenden al mercado de pastas secas, galletitas saladas, leche chocolatada, pan lactal. ¿Cómo se explica que de esta clase de datos se hable más nada que poco? ¿Por qué se los reemplaza, en la agenda periodística y la bronca pública, con el simple expediente del “qué barbaridad, lo que salen las cosas”? ¿Contra quiénes se enoja “la gente”? ¿Y contra quiénes no se indignan los voceros de los dueños de la torta? ¿Será cierto sentimiento vergonzante? ¿Será que los medios y su periodismo independiente viven de la publicidad de esas empresas? ¿Será que el impedimento para afrontar un debate a fondo acerca del IVA generalizado, que cae sobre los más pobres y la clase media, es el mismo que obstaculiza discutir sobre un sistema tributario que se coloca entre los más regresivos del mundo? ¿Será que el empresariado de marras no es capaz de comprometerse a que una rebaja de ese impuesto, en los productos de la canasta básica, habrá de ser embolsado por ellos en lugar de ocasionar una rebaja de precios?
Nada de lo señalado significa obviar los deméritos oficiales, que lo son tanto por omisión perdonavidas (el esquema impositivo vale como ejemplo, ya que estamos, junto con la ausencia de regulaciones proactivas en el sector financiero) como por acciones específicas (la estupidez grosera del manejo del Indek). Sin embargo, la obscenidad mayor es que cuando se habla de inflación aparecen esos dos únicos responsables: la nada y el Estado, entendido éste como el gobierno de turno. La nada es eso mismo, no resiste análisis. Al Estado le toca una porción, mayor o menor pero porción al fin.
Queda un tercero o primero en realidad. Va invicto. No existe. Por algo será.
Página/12, del 5.04.2010.
lunes, 29 de marzo de 2010
Imágenes de la marcha del 24.03.2010
¿Qué fue, entonces, lo que motivó una concurrencia tan llamativa –no sólo en Buenos Aires– y esa impresión de haber sido más fuerte que en otras coyunturas la presencia de gente joven, suelta, no alineada con la militancia en partidos o grupos? Es probable que no haya una sola respuesta, aunque sí la posibilidad de que algunas hipótesis confluyan en un diagnóstico abarcador. Está la gente que va siempre y no es poca, pero eso sólo no es suficiente. Hay una pista, por ejemplo, ya consignada por Mario Wainfeld en su nota del día siguiente en este diario, que fue la novedad de haberse interpelado al rol del periodismo. No a todo, desde ya. Fue dirigido hacia el Grupo Clarín. Y, en eso sí con un marcaje concreto, a la indefinición que rodea al caso de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, cuya dilación judicial es un atentado contra “la calidad de las instituciones” que tanto inquieta a los ¿republicanólogos, se les llama como eufemismo por lobbistas? La considerable juntada que hubo hace pocas semanas, en defensa o gratitud hacia el programa televisivo 6, 7, 8 por su discurso contestatario frente a la media de la mayoría de lo que se ve, lee y escucha, puede ser tomado como antecedente. Y si es cuestión de medios, podría descubrirse asimismo la bronca por el empiojamiento que sufre la nueva ley gracias a la acción de las corporaciones afectadas. Al igual que el bloque opositor, fueron a buscar en los tribunales lo que no les sirvió en su política de extorsión periodística. Hasta aquí les va más o menos bien, estimulados con el fallo de segunda instancia de la semana pasada: postergó la aplicación de aquello que insumió 26 años de lucha, para reemplazar la normativa militar con que tan cómodos se ubican los partisanos del periodismo independiente. Fue profusamente anunciado que recurrirían a la Justicia por cuya probidad también claman, y muy fácil de imaginar que encontrarían allí a tanto magistrado sensible a sus intereses.
(Fragmento de la nota "No tan solos", de Eduardo Aliverti, aparecida en Página/12 el lunes 29.03.2010.)
Margaritas a los chanchos
Por Ricardo Aronskind
En las últimas semanas empezó a mencionarse en los círculos financieros y en la prensa ideológicamente afín un nuevo acróstico: P.I.G.S. No se trata de la forma inglesa de decir cerdos, sino de las iniciales (en inglés) de cuatro países: Portugal, Irlanda, Grecia y España.
¿Qué une a este grupo? Ser, aparentemente, países candidatos a múltiples calamidades: en principio, a la desconfianza universal por sus graves situaciones en materia de grandes déficit del sector público, combinados con alto endeudamiento público y privado. La inseguridad de quienes les prestan fondos llevaría a que se les cobren intereses crecientemente elevados, provocando un potencial círculo vicioso que podría terminar en la imposibilidad de pagar sus compromisos externos, o sea, el default.
Los PIGS tienen también en común ser países de la periferia europea –no forman parte del centro económico y político del continente–, lo que facilita a la prensa financiera desempolvar todos los prejuicios existentes en relación a los países mediterráneos o a los díscolos irlandeses. Es interesante recordar –y muestra el transparente doble standard político de “los mercados”– que las cifras que muestran estos PIGS en materia de contracción económica, desempleo, endeudamiento externo e interno, déficit público, o magnitud de la burbuja inmobiliaria, no son sustancialmente diferentes de las de países como Gran Bretaña o Estados Unidos.
En el grupo de los PIGS se encontraban hasta hace muy poco “países ejemplo”, proclamados así por el establishment económico internacional. Especialmente Irlanda y España. El primero fue mostrado como un milagro económico a ser imitado por quienes quisieran salir del subdesarrollo: salarios bajos, pocas regulaciones, amplia convocatoria al capital multinacional y boom inmobiliario. España, país que usufructuó ampliamente la ayuda de la Unión Europea y de América latina (se le cedieron en nuestra región numerosas empresas de alta rentabilidad), se convenció de su prosperidad, confundiéndola con la burbuja financiera-inmobiliaria que estaba provocando (transitoriamente) crecimiento y empleo. Grecia fue generosamente ayudada por Goldman Sachs y otros bancos estadounidenses –hoy bajo investigación– a endeudarse y falsificar sus cuentas públicas para que la Unión Europea no lo advirtiera. Esos mismos amigos americanos se están ocupando hoy de apostar (dinero) al desplome de Grecia. Lo interesante es que estos países han pasado de ser ejemplares, exitosos, merecedores de abundante crédito, a PIGS.
El armado de la sigla no es casual. Podría haber sido “SPIG” o “GIPS”. Pero fue PIGS.
Llamarlos PIGS no es una humorada. Es el comienzo de una campaña denigratoria, no precisamente con fines éticos.
La ideología de las finanzas internacionales parte de la base de que el sistema económico mundial es justo y moral. Sus voceros presentan a los prestamistas como una especie de Cruz Roja que acude en solidaria ayuda de aquellos que la requieren. Una organización moderna que se desvive por asistir a los débiles, a los necesitados (de crédito). Lamentablemente, estos solícitos y prudentes hombres de negocios se tropiezan reiteradamente con...PIGS. Frente a la seriedad, surge la irresponsabilidad. Frente a la eficiencia, la impericia. Frente a la honorabilidad, el pecado bajo la forma de corrupción, desorden, despilfarro.
Si alguien ha llegado a ser un PIG, es porque debido a sus desmanejos ha terminado archi-endeudado. Por lo tanto, merece sufrir. Si esos países extraviados están siendo arrojados en el camino del ajuste, de los salarios miserables, del desempleo, de la migración forzosa, del estancamiento, es porque son PIGS.
Denigración colectiva
Para encontrar pistas de este dramático cambio de “imagen” de estos países ex-exitosos, vale recurrir a nuestra propia historia económica. A partir del golpe cívico-militar de 1976, el mercado financiero internacional declaró a Argentina “país seguro” y comenzó una carrera desenfrenada para darle crédito, junto al resto de las dictaduras latinoamericanas, y demás países del mundo que estuvieran en condiciones mínimas de absorber créditos. Martínez de Hoz y su equipo abrieron de par en par las puertas al endeudamiento externo, que creció a una velocidad extraordinaria luego de que Ronald Reagan cambiara la política monetaria estadounidense, elevando brutalmente las tasas de interés. Argentina entró en la peor etapa económica de su historia: con el Estado ultraendeudado, se sometió al monitoreo subdesarrollante del FMI y contrajo el gasto público, dejando atrás todo intento de continuar desarrollándose. El peso del endeudamiento provocó recesiones, hiperinflaciones e inestabilidad macroeconómica permanente. La crisis económica recurrente llevó al hundimiento de la autoconfianza nacional. En ese contexto se fueron preparando las reformas estructurales en los ’90, mientras los voceros del capital financiero empezaban a comparar a la Argentina con un “borracho”, que no puede dejar su adicción al alcohol (que en la vulgata neoliberal era el gasto público y la inflación). Al borracho había que “curarlo” con un tratamiento duro: ajuste, privatización, apertura, desempleo. En eso consistía “operarlo sin anestesia”.
Ahí está el punto en común con los PIGS: todos los procesos políticos y sociales para subordinar económicamente a un país, para sacrificar a su población, para transformar al Estado en una mera máquina de pagar deuda, van necesariamente acompañados por un período de denigración colectiva, en el cual se convence a la población de que es la culpable de los males “que le caen” sobre su cabeza, que “el mundo” –en cambio– es serio y los está poniendo en vereda: casi se diría que los está ayudando con una medicina amarga. Se trata de un verdadero operativo estigmatizador en el cual los que van a ser saqueados se transforman en los culpables del saqueo. Por eso cobra importancia decisiva la destrucción de la autoestima nacional y la internalización de la acusación de “pecadores” de las sociedades que tendrán que pagar las consecuencias de las aventuras de los financistas.
Debemos recordar que aún a comienzos de la presente década, nuestro país era denigrado y menospreciado por diversos representantes internacionales sin que mediara ninguna respuesta local: la menguada autoimagen colectiva facilita la aceptación de soluciones sanguinarias. La versión de los acreedores sobre la historia argentina reciente –los prestamistas serios (banqueros, FMI, lobbystas locales) bancando a los argentinos irresponsables– había sido asumida por la dirigencia local y también, lamentablemente, por una parte de la población.
Resulta inevitable, al observar el término PIGS, pensar en un nueva campaña para degradar y humillar a países que estarán condenados, en los próximos años, a sufrir, a vivir episodios de violencia, a subdesarrollarse y a carecer de futuro.
Los dealers
Si se abandona esa versión polarizada, con PIGS que llegan a sus crisis por viciosos y corruptos, y banqueros serios, prudentes y racionales, podemos construir una versión más cercana a la realidad.
En todo caso, estamos en presencia de una relación dialéctica similar a la de los dealers con los drogadictos. Aunque parezca al revés, los primeros necesitan de los segundos. Les venden justamente gracias a que los otros son adictos. Y necesitan que sean adictos, y desesperados, porque entonces aceptan cualquier condición y no pueden dejar de hacerlo. Aún más: es imprescindible crear adictos, es decir, abrir mercados donde colocar la mercancía. Si hay una amplia gama de países “irresponsables”, “borrachos”, “pigs”... ¿por qué el sistema financiero internacional no se limita a prestar sólo a los países “serios”? ¿Por qué les sigue prestando a toda la horda de países “fallidos”, “poco serios”, “populistas”, “latins”?
Vale aquí recordar una cita del periódico The Economist, de Londres, sobre un gobierno de nuestro país: “...la reciente demostración de su falta de fiabilidad, de lo que son un ejemplo tanto sus tratos con los tenedores de bonos como su negativa a respetar sus propias leyes, deberían hacer que los inversores se mostraran poco dispuestos a responder a nuevas apelaciones”. Esto fue escrito en...1889, antes de que la chusma radical y peronista llegara al Estado nacional. ¿Por qué nos siguieron prestando, si ya habían advertido de nuestra esencia inmutable? ¿Por qué se siguieron arriesgando, prestando y volviendo a prestar, sometiéndose y volviéndose a someter a la imprevisibilidad de los irresponsables argies? ¿Fue amor? ¿Fue vocación de servicio?
La respuesta es evidente: prestarle a estos países “poco serios” tiene una rentabilidad infinitamente más elevada que darle crédito a los países “serios”. ¿Quién haría plata en serio prestándole a Suiza? En realidad, para ganar plata aceleradamente son imprescindibles los países borrachos, ya que ellos permiten subir la tasa de interés global (riesgo país mediante). A ellos se les presta mucho, y luego se los exprime. Si no pueden pagar, que el FMI cubra sus pagos (con el aporte de los contribuyentes de los países centrales), para que los banqueros y otros prestamistas puedan cobrar en tiempo y forma. Luego, una combinación de intervención tecnocrática internacional y amenazas y presiones múltiples se ocupará de que los países paguen lo que quedaron debiendo, con efectivo, bienes o recursos naturales. Siempre, disminuyendo el nivel de vida de su población.
Lo que está detrás de esta dinámica de dealers y adictos, como lo muestra la historia económica mundial de las décadas recientes es que los países centrales vienen teniendo masivos excedentes de fondos, y necesitan imperiosamente colocarlos en donde sea, como sea. La oferta está obligada a crear su propia demanda. Ellos necesitan prestar.
Preguntas
Así se entiende mejor la colocación masiva de fondos en los ’70 a lo largo y ancho del planeta, sin preguntar nada sobre la solvencia presente o futura de los países a los cuales se prestaba, lo que generó una década de estancamiento latinoamericano. Así también se pueden comprender las nuevas colocaciones gigantes mediante la “innovación financiera” de las hipotecas subprime de la actual década, en las que se dio crédito masivo a gente que no tenía cómo pagarlo. Se debe subrayar que en ambos casos a los financistas les ha salido bien: han colocado fondos de cualquier forma, y cuando el problema de la insolvencia estalló, los países quedaron endeudados durante décadas, y los deudores hipotecarios terminaron perdiendo sus casas. Ahora les toca a los PIGS perder su bienestar. En todos los casos la prioridad absoluta ha sido garantizar la continuidad de los bancos. Luego se verá qué hacen los estados endeudados para resolver su propio endeudamiento.
La aparición recurrente de países “pigs” no se termina de entender sin explicar cómo contraen las adicciones. Para generar estas situaciones de híper-endeudamiento, no sólo hacen falta financistas aventureros con altísima influencia política, sino dirigencias locales interesadas en el endeudamiento. Como Martínez de Hoz, Cavallo o Roque Fernández en Argentina, en los países borrachos siempre aparecen conducciones económicas afines a los dealers y dirigencias políticas suficientemente cómplices o irresponsables como para apostar a esas soluciones mágicas, cortoplacistas, que ofrecen los banqueros. Sin embargo, y eso es probablemente lo que va a pasar en los PIGS, no van a ser los cómplices locales los que paguen la factura, sino las amplias mayorías. Por eso se vuelven tan funcionales los procesos de desinformación y culpabilización colectiva: para que la población acepte como un acto de justicia lo que no deja de ser un desfalco.
Si un uso bueno puede tener la dolorosa historia argentina reciente es que portugueses, irlandeses, griegos y españoles, miren el retroceso a que fue sometido nuestro país en los años ’80 y ’90 –porque ese es su futuro, y en el caso griego, ya es su presente– y se resistan a la denigración simbólica y material que les están preparando.
De esa misma historia surge una pregunta sobre nosotros. Argentina, habiendo pasado por una crisis brutal en 2001-2002 ha ido dejando atrás algunas de sus secuelas. Sin embargo, no queda claro que nuestra sociedad haya aprendido la lección. ¿Volveremos a ser nuevamente candidatos a los “pigs” ávidos de préstamos que necesitan las finanzas internacionales para seguir acumulando infinitamente a costa de los débiles? ¿El trabajoso desendeudamiento logrado recientemente, es el preludio a un nuevo endeudamiento revestido de “vuelta a los mercados”? ¿Cómo se posicionan los actores locales frente a este asunto? Dicho en otros términos, lo que hoy pasa en Grecia ¿quedó en nuestro pasado o está en nuestro futuro?
* Economista UNGS-UBA
jueves, 4 de marzo de 2010
La izquierda Lacaniana
En el último número de Le Monde, nro. 129 edición argentina, Ignacio Ramonet (p 23.) señala el fin de la socialdemocracia europea. Incapaz de encontrale la vuelta a la globalización y agotadas sus reservas creativas, aún cuando su supuesto enemigo, la derecha en sus diferentes frascos de presentación, se encuentra ideológica tambaleante esta izquierda se encuentra a la deriva. Es esa izquierda que cree que "el socialismo sólo es posible cuando la desgracia sobrepasa en exceso a la dicha, cuando el sufrimiento rebasa con mucho placer, y cuando el caos triunfa sobre las estructuras". ( Raffaele Simone, "Les socialistes proposent toujours le sacrifice", Philosophie Magazine,nro. 36, febrero 2010.)
Izquierdistas, soldados de Lacan
En los últimos años, según el autor, “el psicoanálisis ha pasado a ser uno de los recursos más importantes en la reorientación de la teoría política” y “lo más llamativo es que los principales teóricos y filósofos políticos ligados a la izquierda recurren a la obra de Jacques Lacan”.
Por Yannis Stavrakakis *
A lo largo de los últimos diez o quince años, el psicoanálisis, y en especial la teoría lacaniana, ha pasado a ser uno de los recursos más importantes en el marco de la actual reorientación de la teoría política y el análisis crítico contemporáneos, circunstancia reconocida incluso en los foros más tradicionales de las ciencias políticas. Por ejemplo, en una reseña crítica publicada en British Journal of Politics and International Relations –una de las revistas de la Asociación de Estudios Políticos del Reino Unido–, que lleva el significativo título de “The Politics of Lack” (La política de la falta), se lee que “en los últimos tiempos se ha popularizado cada vez más entre los teóricos el abordaje de la política desde el psicoanálisis lacaniano (...). Sólo el liberalismo analítico supera en influencia a este enfoque de la teoría política”. El fenómeno en sí ya es sorprendente: nadie habría podido predecirlo hace diez años. Pero su característica más llamativa es el hecho de que los principales teóricos y filósofos políticos ligados a la izquierda recurran cada vez más a la obra de Jacques Lacan.
¿Por qué es tan asombrosa esta tendencia? Precisamente porque Lacan era un psicoanalista en ejercicio sin inclinaciones izquierdistas perceptibles de inmediato, y sin siquiera un interés expreso en la vida política. Ello no significa que fuera apolítico: hay cierto indudable radicalismo (antiutopista) en el pensamiento de Lacan, aunque sus connotaciones políticas han permanecido en gran medida implícitas. En el nivel teórico, por ejemplo, su crítica a la escuela estadounidense de la psicología del yo a veces se representa en términos cuasi políticos, puesto que implica el rechazo de una “sociedad en la cual los valores sedimentan según la escala del impuesto a las Ganancias” (Lacan, Televisión, 1990) y del “american way of life”. En el célebre discurso de Roma (1953), su primer manifiesto analítico, Lacan criticó explícitamente el capitalismo estadounidense y la sociedad opulenta, y más tarde asoció su definición de “plus de goce” a la noción marxiana de “plusvalía”, con lo cual puso en evidencia las operaciones del goce (jouissance) que tienen lugar en la base del sistema capitalista.(Si se desea consultar un análisis detallado de esta relación entre Lacan y Marx, véase El sublime objeto de la ideología, de Slavoj Zizek.)
Sin embargo, a semejanza de Freud, Lacan se mostraba muy escéptico en relación con la política revolucionaria. Paul Robinson, en La izquierda freudiana (ed. Granica, 1977), ha descrito a Freud como “antiutopista radical”, es decir, alguien cuya teoría y práctica, a pesar de su claro pesimismo histórico, se resiste a adaptarse al orden político establecido. La posición de Lacan no era muy diferente: el psicoanálisis subvierte las ortodoxias establecidas a la vez que descree de las fantasías utópicas, y este escepticismo es un sostén crucial de su eje verdaderamente subversivo.
También sabemos que Lacan tuvo algunas experiencias relacionadas con la cultura de protesta propia de su época. Por ejemplo, en una carta de agosto de 1960, dirigida a Donald Winnicott, dice de Laurence, la hija de su esposa, que “este año nos ha atormentado mucho (de lo cual estamos orgullosos), porque fue arrestada a causa de sus relaciones políticas”. Y agrega: “También tenemos un sobrino que vivió en casa como si fuera nuestro hijo cuando era estudiante, y ahora lo han sentenciado a dos años de prisión por su resistencia a la guerra de Argelia”. Durante las jornadas de mayo, Lacan acató la huelga de los docentes y suspendió su seminario; incluso conoció a Daniel Cohn-Bendit, uno de los líderes estudiantiles (véase Lacan. Esbozo de una vida. Historia de un sistema de pensamiento, de Elizabeth Roudinesco). De un modo u otro, su nombre se vinculó con los acontecimientos. No es sorprendente entonces que estallara una vez más el clima de mayo de 1968 cuando fue suspendido el seminario que Lacan impartía en la Ecole Normale (1969): los manifestantes ocuparon la dirección y finalmente fueron desalojados por policías armados.
Sin embargo, Lacan no tenía una relación sencilla con la izquierda. En 1969, por ejemplo, recibió una invitación para hablar en Vincennes, pero era evidente que su pensamiento y el de los estudiantes operaban en diferentes frecuencias. La conversación terminó así: “La aspiración revolucionaria no tiene sino un problema concebible, siempre: el discurso del amo. Eso es lo que ha demostrado la experiencia. Como revolucionarios, ustedes aspiran a un amo. Y lo tendrán... porque son los ilotas de este régimen. ¿Tampoco saben qué significa eso? Este régimen los pone en exhibición; dice: ‘Mírenlos coger...’ “.
Una experiencia similar marcó la conferencia de la Université Catholique de Louvain, el 13 de octubre de 1973, cuando Lacan sufrió una interrupción seguida de un ataque por parte de un estudiante que aprovechó la oportunidad para transmitir su mensaje revolucionario (situacionista). El episodio, filmado por Françoise Wolff, concluyó con este comentario de Lacan: “Tal como decía él, deberíamos participar... Deberíamos cerrar filas para lograr... bueno, ¿qué, exactamente? ¿Qué significa la organización sino un nuevo orden? Un nuevo orden es el retorno de algo que, si recuerdan la premisa de la que partí, es el orden del discurso del amo (...). Es la única palabra que no se ha mencionado, pero es precisamente el término implícito en la organización”.
De todos modos, las actuales iniciativas de explorar la relevancia que tiene la obra de Lacan para la teoría política crítica no se arraigan en la biografía de Lacan ni la presuponen (en el citado libro de Roudinesco y en Psychoanalytic Politics, de Turkle, hay más información biográfica que permite esbozar la relación de Lacan con la política), aunque, al menos a mi parecer, necesitan registrar con seriedad su radicalismo antiutopista. Suponen una articulación entre el análisis político crítico y la teoría lacaniana que no está dada de antemano y puede establecerse de diversos modos, como ya veremos. Es así que –para dar sólo algunos ejemplos– Slavoj Zizek ha propuesto una “combinación explosiva del psicoanálisis lacaniano y la tradición marxista” con el objeto de “cuestionar los supuestos mismos del circuito del capital” (prefacio a la serie Wo es War, de Verso); Alain Badiou se ha reapropiado de Lacan en su radical “ética del acontecimiento”, y Laclau y Mouffe han señalado que “la teoría lacaniana aporta herramientas decisivas para la formulación de una teoría de la hegemonía”, por lo cual han incluido el psicoanálisis lacaniano en la lista de corrientes teóricas contemporáneas que a su parecer son “condiciones para entender la ampliación de las luchas sociales características del escenario actual de la política democrática y para formular una nueva perspectiva de izquierda en el marco de una democracia radical y plural” (Laclau y Mouffe, Hegemonía y estrategia social). De más está decir que los diversos autores en cuestión no usan la teoría lacaniana del mismo modo. En la obra de Zizek, por ejemplo, Lacan constituye una referencia constante y de primer orden, en tanto que para Laclau y Mouffe es una referencia entre muchas otras, si bien es cierto que ocupa un lugar cada vez más privilegiado. La izquierda tampoco es entendida de idéntica manera por estos teóricos. Por ejemplo, Laclau y Mouffe siguen pensando que la revolución democrática constituye el marco definitivo de la política de izquierda, en tanto que Zizek parece creer que la democracia es un significante que ha perdido toda relevancia política para la agenda política progresista, en especial a raíz de su asociación con el capitalismo globalizado y su instrumentación en la “guerra contra el terror”. Sin embargo, la mera posibilidad de formular estas diversas posiciones presupone el lento pero indudable afloramiento de un nuevo horizonte teórico-político: el amplio horizonte que he dado en denominar “la izquierda lacaniana”. No propongo esta expresión como una categorización exclusiva o restrictiva, sino como un significante capaz de dirigir nuestra atención al surgimiento de un nítido campo de intervenciones políticas y teóricas que explora con seriedad la relevancia del pensamiento lacaniano para la crítica de los órdenes hegemónicos contemporáneos. En el epicentro de este campo emergente cabría ubicar el respaldo entusiasta de Zizek a Lacan; junto a él –a una distancia que algunos calificarían de saludable– se sitúa la perspectiva de inspiración lacaniana que desarrollan Laclau y Mouffe; en la periferia –negociando un delicado ejercicio de malabarismo entre el exterior y el interior del campo, a menudo en calidad de sus “otros” o adversarios íntimos– tendríamos que ubicar el compromiso crítico de pensadores como Castoriadis y Butler.
No cabe duda de que se trata de un campo heterogéneo. La designación “izquierda lacaniana” no se refiere a alguna unidad o esencia preexistente que subyazga a todos estos diversos proyectos teórico-políticos. En un espíritu verdaderamente lacaniano cabría incluso declarar que la izquierda lacaniana “no existe”, es decir, que no se impone en el dominio teórico-político como positividad plena y homogénea. De hecho, paradójicamente, su propia división es la mejor evidencia de su surgimiento, pues, como es bien sabido, hay una sola prueba que puede revelar más allá de toda duda razonable si en verdad existe o no este campo: dondequiera haya una izquierda será inevitable la división entre la izquierda supuestamente “verdadera” y la “falsa”, entre los revolucionarios y los reformistas. Y al parecer esto es precisamente lo que ocurre en el caso de nuestra izquierda lacaniana. En el argumento de Andrew Robinson, por ejemplo, se enuncia la distinción entre una teoría política lacaniana “reformista” (Laclau, Mouffe y compañía) y una supuestamente “revolucionaria” (Zizek). No es sorprendente entonces que el significante “izquierda lacaniana” se deslice continuamente sobre sus significados potenciales. En tal sentido, hablar de él implica en parte construirlo, del mismo modo en que no es posible desligar ontológicamente el surgimiento de cualquier objeto de discurso del proceso performativo de su nombramiento.
He aquí entonces la pregunta crucial: ¿cómo debería tener lugar esta construcción? Está claro que el objetivo no consiste en acometer una suerte de ejercicio totalizador guiado por la fantasía de enunciar el nuevo fundamento de la teoría, la praxis y el análisis políticos. Aparte de pecar de inmodesto y políticamente ingenuo, tal objetivo resultaría contradictorio con la posibilidad de que este tipo distintivo de teorización lacaniana hiciera aportes útiles a nuestras exploraciones teórico-políticas. Si se la toma en este sentido, la “izquierda lacaniana” sólo puede ser el significante de su propia división, una división que no ha de reprimirse ni desmentirse, sino que, por el contrario, debe ponerse de relieve y negociarse una y otra vez como locus de inmensa productividad, como el encuentro –en el marco del discurso teórico– con el hiato constitutivo entre lo simbólico y lo real, entre el saber y la verdad, entre lo social y lo político. En su conferencia inaugural de 1953 en el Collège de France, mientras comentaba la posición socrática –posición que Lacan había elogiado–, Merleau-Ponty señaló enérgicamente que sólo esa conciencia de nuestro no saber nos abre las puertas a la verdad (Merleau-Ponty, 1988). Es así como deberíamos interpretar el célebre pasaje de Lacan en Televisión, que ofrece la condensación de diversas nociones de enorme importancia originadas en campos tan diversos como el de la filosofía (Merleau-Ponty es sólo uno de los casos que vienen a cuento), el de la teología (en especial la apofática, la vía negativa), y el de las matemáticas (incluidos Cantor y el teorema de Gödel): “Yo siempre digo la verdad. No toda, porque de decirla toda no somos capaces. Decirla toda es materialmente imposible: faltan las palabras. Precisamente por este imposible, la verdad aspira a lo real”.
* Fragmento del libro Una izquierda lacaniana, de próxima aparición (Fondo de Cultura Económica).
Nota aparecida en el suplemento Pscología de Página/12 del 04.03.2010.
lunes, 1 de marzo de 2010
Avance empresarial
LAS EMPRESAS TOMAN LA DEMOCRACIA DE EEUU
Noam Chomsky -
El 21 de enero de 2010 quedará registrado como un día oscuro en la historia de la democracia de Estados Unidos y su declive. Ese día, la Corte Suprema dictaminó que el Gobierno no puede prohibir que las compañías hagan aportaciones económicas en las elecciones.
La decisión afecta profundamente a la política gubernamental, tanto en el plano interno como en el internacional, y anuncia incluso mayores conquistas de las corporaciones sobre el sistema político de EEUU. Para los editores de The New York Times, el fallo "golpea el corazón mismo de la democracia" al haber "facilitado el camino para que las corporaciones empleen sus vastos tesoros para inundar [con dinero] las elecciones e intimidar a los funcionarios elegidos para que obedezcan sus dictados".
La Corte estuvo dividida, cinco contra cuatro. A los cuatro jueces reaccionarios (engañosamente llamados conservadores), se les sumó el magistrado Anthony M. Kennedy. El magistrado presidente, John G. Roberts Jr., tomó un caso que se podía haber resuelto fácilmente sobre bases más limitadas y maniobró en la Corte con el fin de hacer aprobar un dictamen de gran alcance que revierte un siglo de restricciones a las contribuciones de las empresas en las campañas federales.
Ahora, los gerentes de las compañías podrán, de hecho, comprar directamente comicios, eludiendo vías indirectas más complejas. Es bien sabido que las contribuciones empresariales, en ocasiones envueltas en paquetes complejos, pueden inclinar la balanza en las elecciones y, así, dirigir la política. La Corte acaba de entregar mucho más poder a ese pequeño sector de la población que domina la economía.
La Teoría de inversiones de política, del economista político Thomas Ferguson, ha constituido durante mucho tiempo un exitoso pronóstico de la política gubernamental. La teoría interpreta las elecciones como ocasiones en las que segmentos del poder del sector privado se unen para invertir en el control del Estado. La decisión del 21 de enero refuerza los medios para socavar la democracia funcional.
El trasfondo es revelador. En su disensión, el juez John Paul Stevens admitió que "desde hace tiempo se ha sostenido que las corporaciones están amparadas por la Primera Enmienda [la garantía constitucional de la libertad de expresión, que incluye el derecho a apoyar a candidatos políticos]".
A principios del siglo XX, teóricos legales y tribunales implementaron un fallo de la Corte de 1886 mediante el cual las corporaciones -esas "entidades colectivistas legales"- debían tener los mismos derechos que las personas de carne y hueso. Este ataque al liberalismo clásico fue condenado con rotundidad por la especie en extinción de los conservadores. Christopher G. Tiedeman describió el principio como "una amenaza a la libertad del individuo y a la estabilidad de los estados americanos como gobiernos populares".
En su trabajo de historia sobre la ley, Morton Horwitz escribe que el concepto de personalidad corporativa evolucionó a la par que el desplazamiento del poder de los accionistas hacia los gerentes y, finalmente, condujo a la doctrina de que "los poderes de la mesa directiva son idénticos a los poderes de la corporación". En años posteriores, los derechos corporativos se expandieron mucho más allá que los de las personas, particularmente mediante los mal llamados "acuerdos de libre comercio". Bajo esos acuerdos, por ejemplo, si General Motors establece una planta en México, puede exigir ser tratada igual que una empresa mexicana (trato nacional), a diferencia de un mexicano de carne y hueso que pretendiera en Nueva York un trato nacional o, incluso, los mínimos derechos humanos.
Rivales del Gobierno
Hace un siglo, Woodrow Wilson, en aquel entonces un académico, describió un Estados Unidos en el que "grupos comparativamente pequeños de hombres", gerentes corporativos, "ejercen un poder y control sobre la riqueza y las operaciones de negocios del país", convirtiéndose en "rivales del propio Gobierno". En realidad, esos grupos pequeños se han convertido cada vez más en los amos del Gobierno. La Corte Suprema les da ahora un alcance aún mayor.
El fallo de 21 de enero llegó tres días después de otra victoria para la riqueza y el poder: la elección del candidato republicano Scott Brown para reemplazar al finado senador Edward M. Kennedy, el león liberal de Massachusetts.
La elección de Brown fue presentada como una "rebelión populista" contra los elitistas liberales que manejan el Gobierno. Los datos de la votación revelan una historia diferente. Una asistencia alta de votantes de los suburbios ricos y baja en las áreas urbanas demócratas contribuyeron a la victoria de Brown. "Un 55% de los votantes republicanos dijo estar muy interesado en la elección, en comparación con un 38% de los demócratas", según la encuesta de The Wall Street Journal/NBC. De manera que los resultados fueron, en realidad, una revuelta contra las políticas del presidente Obama: para los ricos, no estaba haciendo lo suficiente para enriquecerlos aún más, en tanto que para los sectores pobres estaba haciendo demasiado en favor de los poderosos.
La ira popular es perfectamente comprensible, dado que los bancos están prosperando gracias a los rescates, mientras que el desempleo se ha elevado al 10%. En el sector de la manufactura, uno de cada seis está sin trabajo: un desempleo en el nivel de la Gran Depresión. Con la financialización creciente de la economía y el desplome en la industria productiva, las perspectivas de recuperar los tipos de empleo que se perdieron son sombrías.
La salud pública
Brown se presentó como el voto 41 contra el programa de salud pública; esto es, el voto que podría socavar el dominio demócrata en el Senado de EEUU.
El programa de atención médica de Obama fue, en efecto, un factor en la elección de Massachusetts. Los titulares están en lo correcto cuando informan de que el público se está volviendo contra el programa. Las cifras de la encuesta explican por qué: porque la iniciativa no llega lo suficientemente lejos. El sondeo de The Wall Street Journal/NBC reveló que la mayoría de los votantes desaprueba el manejo del sistema de salud tanto por los republicanos como por Obama.
Estas cifras están en la línea de otras encuestas nacionales recientes. La opción pública de la salud es apoyada por el 56% de los encuestados y el acceso a Medicare a los 55 años de edad, por el 64%; pero ambas iniciativas fueron abandonadas. Un 85% opina que el Gobierno debería tener el derecho de negociar los precios de los medicamentos, como en otros países; sin embargo, Obama garantizó a las grandes industrias farmacéuticas que no elegirá esa opción.
Amplias mayorías de ciudadanos están a favor del recorte de costes, lo que tiene sentido: el coste per cápita en EEUU por atención médica es aproximadamente el doble que en otros países industrializados y los resultados en términos de salud están en el extremo inferior.
Pero el recorte no puede ser emprendido seriamente cuando se trata con gran generosidad a las compañías farmacéuticas y el sistema de salud está en manos de aseguradores privados prácticamente sin regulación -un sistema costoso, peculiar de EEUU-.
El fallo del 21 de enero eleva nuevas e importantes barreras para superar la grave crisis del cuidado de la salud o para afrontar asuntos tan críticos como las inminentes crisis ambiental y energética. La brecha entre la opinión pública y la política pública es cada vez mayor. Y el daño a la democracia estadounidense es tan grande que difícilmente se puede exagerar.
*Noam Chomsky, distribuído por The New York Times Syndicate.
lunes, 15 de febrero de 2010
La educación por Philippe Meirieu
Charla abierta de Philippe Meirieu
Educar en la incertidumbre
El prestigioso pedagogo francés Philippe Meirieu estuvo en la Argentina invitado por la Dirección Nacional de Gestión Curricular y Formación Docente del Ministerio de Educación para participar en el seminario nacional de rectores de Institutos de Formación Docente, que se desarrolló en la Ciudad de Buenos Aires a fines de junio. A continuación, algunos de los fragmentos de la conferencia que brindó - y que lleva el mismo título que su último libro- "El significado de educar en un mundo sin referencias".
Para leer la conferencia completa, ingresar a www.me.gov.ar/curriform
Vivimos, aunque sea una banalidad decirlo hoy, en un período de crisis en materia educativa. Y esta realidad está ligada, en cierto sentido, al surgimiento de la democracia. Nunca hay crisis de la educación en sociedades totalitarias; la crisis es el reverso del vacío que instalamos en el corazón mismo de la sociedad. La democracia afirma que el lugar del poder está intrínsecamente vacío, nadie en sí está habilitado a ocupar ese lugar de poder, ni el intelectual, ni el hombre de dios, ni el hombre providencial: el lugar del poder está vacío y debe seguir así, solo puede ser ocupado provisoriamente por hombres que acepten ser los mandantes de aquellos que les confían provisoriamente el poder. Entonces tenemos que alegrarnos de la crisis de la educación.
La crisis de la educación es el precio que pagan las democracias por la incertidumbre que asumen, en términos de poder político, moral y social. Cuando una democracia afirma que no hay poderes en sí y que son los hombres quienes asumen el poder, no puede entonces imponer a la educación una dirección única, una trayectoria que sea la misma para todos. En la dictadura, los padres que no educan a sus chicos correctamente son considerados disidentes y, en las sociedades totalitarias, incluso les retiran a sus hijos.
Entonces, en cierta forma, no solo hay que aceptar sino también reivindicar que hay y que haya crisis de la educación. Eso quiere decir que nadie detenta la verdad educativa, que nadie sabe ni puede imponernos la manera en que debemos educar a nuestros hijos.
Esta crisis de la educación se ve reforzada por algunos fenómenos sociológicos, en particular, la desligazón entre generaciones. Vivimos una formidable aceleración de la historia que hace que la transmisión que tradicionalmente se efectuaba por una superposición de generaciones ya no pueda efectuarse así. Las generaciones se separan cada vez más una de otra; y hoy, en Occidente, lo que separa a los padres de 40 años con respecto a un hijo de 15, es eso que separaba, hace un siglo, a una generación respecto de siete generaciones. Aparecen problemas totalmente novedosos, para los cuales los padres no pueden usar con sus hijos los métodos que sus propios padres utilizaron con ellos. Hoy, ningún padre puede buscar en sus recuerdos para preguntarse a qué edad hay que comprarle un celular a un chico.
Esta aceleración de la historia, de la aparición de nuevas tecnologías, nos pone ante problemas inéditos para los cuales no hay ningún catecismo escrito y tenemos que inventar soluciones. Es por eso que la propia parentalidad plantea problemas, porque los padres de hoy no tienen escrito su oficio en ninguna parte; y tampoco existe un lugar donde encontrar soluciones para lo que les plantean sus propios hijos.
Y a esto debe agregarse además, un medio ambiente mediático y comercial que exacerba el infantilismo en la propia sociedad. La publicidad, el conjunto de los medios de comunicación reducen al individuo a la condición de consumidor, que es aquel que está en estado de regresión infantil. El motor de la economía y la sociedad es el capricho, es la pulsión de compra, como dicen los psicoanalistas. El educador debe liberar al chico de eso.
Vivimos en un mundo que, en forma constante, les dice a todos: "Tus deseos son órdenes". Mientras que nosotros tenemos que enseñarle al chico que sus deseos no son órdenes, los adultos somos, en forma constante, requeridos para regresar a nuestra propia infantilización, para comprar por ejemplo montones de cosas que no necesitamos pero que son el objeto de nuestros caprichos.
Lo que hoy hace difícil la educación es que está a contracorriente del carburante económico de la sociedad, del consumo individual, de la pulsión inmediata y de la satisfacción de todos nuestros deseos. Respecto a ello, me parece importante volver a eso que yo llamo los fundamentos educativos. Entre esos, voy a citar brevemente algunos: el nacimiento, por supuesto. "El hombre -dice Hannah Arendt- es un ser para el nacimiento", "el nacimiento es la continuidad del mundo"; el nacimiento es también para cada uno de nosotros un arranque permanente y continuo de la nostalgia de una felicidad solitaria y prenatal. Tenemos que hacer nuestro duelo, constantemente, de la satisfacción de todos nuestros deseos y todas nuestras pulsiones; y este duelo no termina nunca y en este punto nacemos y renacemos a cada momento hasta el momento final, el de nuestra muerte.
El nacimiento, en realidad, es el surgimiento de un sujeto capaz de dotarse de proyectos y por tanto de proyectarse en el porvenir, de hacer elecciones, de tomar decisiones, de dejar de lado y de darse prioridades; y la prioridad, por supuesto, es salir de aquello que los psicólogos llaman el egocentrismo inicial, el del niño rey. Todo niño que llega al mundo y que ha sido deseado es un niño rey. Tiene a los adultos a criterio suyo, porque los chicos saben que lo primero que quieren los adultos es ser amados; que haríamos todo por tener el amor de nuestros hijos y que eso que se denomina el círculo familiar está siempre amenazado porque, en el seno de una familia -así sea la más unida-, cada uno quiere ser querido por el chico más de lo que el chico quiere a otro, aunque la familia sea la más solidaria.
Siempre estamos ahí tratando de tener la atención del chico, de reivindicarnos con su amor y el chico sabe que tiene un poder terrible y distribuye su sonrisa y sus besos, sabiendo que es él quien tiene todo el poder sobre nosotros (a pesar de que nosotros pensemos que tenemos todo el poder sobre él). Él podrá hacer lo que quiera con nosotros; porque bastará con hacernos pensar que él no nos quiere para que caigamos deshechos. Ese niño rey, que por definición es un tirano, vive la totalidad del mundo de acuerdo con su propia subjetividad, es un brujo, es un mago. No es casualidad que en los cuentos infantiles el brujo y el mago tengan un lugar tan especial, vean sino a Harry Potter.
De a poco, el niño tendrá que ir comprendiendo que su deseo no hace la ley, que su deseo choca con la existencia de los demás y va a tener que aceptar salir de su omnipotencia. Es difícil y doloroso salir de la omnipotencia, sobre todo cuando uno vive en un mundo que nos invita a ella todo el tiempo, y nos distribuye objetos como el control remoto, por ejemplo, que es por excelencia el objeto de la omnipotencia ya que en décimas de segundo uno puede optar por el mundo que quiere ver.
Y vemos las consecuencias pedagógicas en las clases mismas: en los países desarrollados los chicos llegan a la escuela con un control remoto insertado en la cabeza y lamentan profundamente no poder hacer zapping en clase.
Ahí están obligados a quedarse en el mismo canal, y como el docente no puede rivalizar con la televisión, viven esa situación con una profunda frustración. Ahora bien, el crecer es aceptar que el mundo existe por fuera de nosotros, que no somos omnipotentes, que el mundo nos ofrece resistencia y que no depende de nuestra propia voluntad, y que debemos renunciar a interpretar todo.
Este es un aprendizaje muy difícil para los chicos: el aprendizaje de la alteridad. El aprendizaje del rostro del otro, como dice Emmanuel Lévinas, aparece en forma progresiva, como una interpelación a la vez imperativa y misteriosa porque jamás sé quién es y la conciencia del otro me escapa radicalmente. Y el chico tiene que aprender en forma progresiva a entrar en relación con el otro, a reconocerlo como su semejante pero también como un ser distinto. Allí hay algo muy complicado para los chicos, el otro le da miedo, lo pone nervioso, lo inquieta y Lévinas dice que en la presencia del otro hay como un llamado a la identidad, porque su existencia misma me obliga a salir de mi propia identidad, a escuchar otra cosa. Y ahí hay todo un trabajo permanente de aceptación de la alteridad que es consustancial a la educación.
La educación es aprendizaje para renunciar a la omnipotencia. El niño cree que su deseo es ley, siempre está a punto de su pasaje al acto. En mi trabajo, yo lo llamo el niño bólido, no se queda nunca en el mismo lugar. "Es como un resorte continuo" nos dicen los maestros; no le interesa nada, se levanta y si tiene ganas de beber agua va y lo hace, si le molesta otro chico va y lo toma de los pelos; siempre está en el pasaje al acto, en la inmediatez. No ha construido el espacio interno entre el pasaje y el acto.
Ningún deseo está prohibido, ni aun el deseo de matar; sabemos desde Freud que aquel que no desea matar a alguien es porque tiene un electroencefalograma chato, que lo que está prohibido no es desearlo sino hacerlo; porque entre el deseo y el acto hay una caja negra que unos llaman conciencia, otros alma, otros razón. No importa cómo la llamen, para el educador es solo el aplazamiento del acto. Aplazar el pasaje al acto, aceptarlo para tomarse el tiempo de analizar, de encarar sus consecuencias.
La caja de peleas
Un pedagogo polaco que me gusta mucho, Janusz Korczac -que murió en Treblinka en 1942-, había creado en Varsovia orfelinatos para chicos de padres deportados. Allí existía mucha violencia entre los chicos, él intentó una cantidad de métodos para que dejaran de pelearse: dijo que los iba a castigar, que los iba a dejar sin comer, que los iba a golpear. Nada de eso funcionó, la violencia era más fuerte. Un día se le ocurrió algo extraordinario, dijo: "A partir de hoy, cualquiera puede agarrar a golpes a cualquiera, con la condición de que lo prevenga por escrito veinticuatro horas antes", e instaló la caja de peleas que era como un buzón donde los chicos escribían: "Quiero agarrarte a golpes mañana". Ese buzón se vaciaba y se volvía a llenar y los chicos contestaban "¿Por qué me querés pegar?". Korczac se lo impuso a chicos más chiquitos que no sabían leer ni escribir y que tenían que encontrar a alguien que les escribiera esa carta o descifrara lo que otros habían intentado escribir.
Cuando el pedagogo inventa esta caja de peleas inventa, a la vez, la educación y la democracia; y sobre todo muestra que el desarrollo psicológico y ciudadano es el mismo. Hay una perfecta simetría entre acceder al estado adulto y acceder al estado ciudadano. La modernidad descubre esto: el ciudadano es aquel que renuncia a lo infantil, el que sabe tomarse el tiempo de examinar las consecuencias de sus actos, que no está en la inmediatez, sino en el tiempo de la reflexión y por esto digo que toda educación es para el aplazamiento, no para la frustración.
Como decía Freud, no creo que la cuestión pase por decirle al chico que trate de renunciar a sus deseos, sino que hay que examinar sus deseos, pasarlos por el tamiz de su conciencia, anticipar las consecuencias de sus actos y examinar -más allá de su interés individual- el interés colectivo. Por eso es que la educación y la democracia se inscriben en el mismo movimiento: es la renuncia al narcisismo. Educar a un chico es ayudarlo a renunciar a su narcisismo. Y educarnos como pueblo democrático es para renunciar a nuestros intereses individuales, para reflexionar acerca de lo que podría ser el bien común y el interés colectivo. En una democracia, la escuela no es otra cosa que el lugar de proyección posible del aprendizaje de la democracia, justamente.
Para nosotros, educadores, nuestra misión hoy es crear espacios donde los seres puedan comunicarse sin pelear y en eso hay algo fundamental, el gran desafío de la modernidad. En las sociedades tradicionales podía esperarse que la gente dejara de pelearse o bien por el miedo al castigo o porque estaban bajo influencia de una ideología única. En una democracia que acepta la diversidad y la pluralidad para que la gente no se enfrente, la gente va a tener que aprender primero a encontrarse. Cuando aceptamos la diversidad, el encuentro y la creación de su posibilidad hacen al fundamento mismo de la socialidad, solo hay socialidad en torno de la mesa redonda. Hemos construido eso que se llaman las grandes instituciones del Estado, el parlamento, que funcionan más o menos bien pero que funcionarán mejor si construimos en todos los niveles y desde la infancia mesas redondas donde los seres puedan encontrarse.
La educación, entonces, tiene que ver con lo político. Lo político es hacer nacer la sociedad, que no es una comunidad. En una comunidad vivimos juntos porque compartimos el mismo pasado, los mismos gustos, las mismas elecciones; puede haber una comunidad de pescadores, o una comunidad de gente a la que le gusta el rap. Una sociedad es un conjunto de comunidades que acepta que existen leyes que trascienden su pertenencia comunitaria. A tal título la escuela es una comunidad, es una sociedad que enseña que más allá de las comunidades existen reglas societales que les permiten coexistir a las comunidades, que le permite a cada uno hacer sus elecciones, tener sus gustos, sus deseos pero que también permite vivir juntos y darse un marco común. La sociedad impone Educamos para el bien común, para la polis griega y ahí la educación es a lo político.
Cuando yo le pido al chico que renuncie a ser el centro del mundo, le estoy pidiendo como ciudadano que se inscriba en un colectivo que renuncia a que su comunidad le imponga su ley a lo colectivo. Renunciar a ser el centro del mundo es a la vez la condición para aprender una lengua extranjera, historia, matemática, pero también para vivir en la sociedad democrática. Por eso el aprendizaje de saberes es condición para la ciudadanía, no son dos cosas diferentes, es lo mismo. El aprendizaje de la alteridad es la renuncia a estar en el centro, es el hecho de hacer existir la democracia reconociendo siempre el espacio vacío del centro. Es un esfuerzo permanente de los hombres mantener ese espacio vacío en el seno de la familia, de la clase, del barrio, de la ciudad, del país, del mundo. Mantener el espacio vacío, diciendo que nadie tiene derecho a instalarse en el centro del mundo: ni el chico en la familia ni el tirano en la ciudad.
En cierta manera lo que hay de formidable hoy es que vivimos la muerte de los dioses. Vivimos la muerte de los ídolos y estamos en los inicios de la invención de algo que es la posibilidad de un mundo fundado en la cooperación, en la solidaridad, en la confrontación y no en la adoración de ídolos.
Por eso es que no soy nostálgico del pasado. Pienso que hay muy grandes razones para inquietarse por el porvenir, pero también creo que hay muy buenas razones para tener esperanzas. El hecho de que el cielo esté vacío quizás quiera decir que ha llegado el tiempo de los hombres, de que hagan su ley y les enseñen a sus hijos que son los hombres los que hacen la ley, y que la hacen juntos y no por separado.
(Extraído de El Monitor. nro 09.)
viernes, 22 de enero de 2010
Las piezas se mueven en el tablero de América del Sur.
Mientras que una dama no se mueve del tablero, un tío patilludo confirma aquello "..que siempre es mejor el original que una copia..", la samba busca un nuevo intérprete para una misma canción , él sigue su camino...
El reelecto líder indígena asumió como presidente del nuevo Estado Plurinacional de Bolivia al afirmar ante la Asamblea Legislativa Plurinacional que juraba hacerlo "por la patria, el pueblo boliviano", mientras una multitud lo celebraba en la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz.
(Página/12. 22.01.2010)
El reelecto líder indígena asumió como presidente del nuevo Estado Plurinacional de Bolivia al afirmar ante la Asamblea Legislativa Plurinacional que juraba hacerlo "por la patria, el pueblo boliviano", mientras una multitud lo celebraba en la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz.
(Página/12. 22.01.2010)miércoles, 6 de enero de 2010
lunes, 31 de agosto de 2009
Aguas silenciosas en el desierto
Una buena idea crece si tiene buenos ejecutantes. Los buenos ejecutantes se lucen si tienen una buena obra para interpretar.
El director Phillipe Claudel dispone de una concertista de primera línea para interpretar una sinfonía que se potencia en los silencios: la expresiva Kristin Scott Thomas ( La Fiona , de Cuatro bodas y un funeral ó la Katherine de El paciente inglés, sus más recordados papeles, que aún desaliñada, mantiene una belleza que resiste el embate de los años y la fugacidad de los gustos siliconados que hoy imperan) es el centro de esta pequeña y potente historia que a la manera de algunas películas de Nikita Mijailkov, planea circularmente sobre un eje como un ave que finalmente termina posando en una frágil rama cuando ya no es posible sostenerse en el aire ante el peso de una pena que es la suma de todas las penas.
Aunque no es muy difícil predecir el desenlace, el final no deja de conmover.
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Cine,
Claudel ; Kristin Scott Thomas,
Crítica
jueves, 23 de julio de 2009
Subjetividad y poscapitalismo
Sujetos poscapitalistas
En el artículo aparecido en Página/12 del 23-07-09, el autor, José León Slimobich propone un interesante análisis sobre las características del “sujeto contemporáneo, producido por el posmodernismo” y propone “otro discurso, por el cual esto puede estallar, la masa puede levantarse y echar a andar”, siempre y cuando “se agregue un elemento, un ‘objeto voz’, que puede ser un ruido o un disparo en una esquina”.
Hace tiempo el esloveno SlavojZizek y otros habían abierto la puerta para un camino fértil e interesante de análisis, aunque la coacción extraeconómica sigue estando presente.
Ambos trabajos se los encontrará haciendo click en los enlaces.
jueves, 9 de julio de 2009
Reportaje a Angel Cappa: fútbol, política y bueyes perdidos
Una brisa fresca recorre Buenos Aires a la caída de la tarde. No es el otoño tardío, son las palabras de Ángel Cappa. Profesor de filosofía y psicopedagogía, el hombre es más conocido por su oficio de director técnico. Su equipo es Huracán. Y Huracán juega de maravillas, gane o pierda, por lo que ha devuelto la esperanza de que el juego de la pelota no ha muerto.–¿Con qué temas nos quedaríamos hablando hasta la madrugada: fútbol o política?–¡Con cualquiera de los dos!No le gusta el vértigo de Buenos Aires; prefiere la pausa riquelmista de Bahía Blanca, el lugar donde nació hace 62 años. De ahí debe venir la frescura. Cappa tuvo que dejar Villa Mitre, su barrio, con la llegada de la dictadura militar. Lo recibió Madrid, como a tantos exiliados. Desde allí, siguiendo el manual de estilo menottista, se construyó el entrenador. En el camino, no abandonó ni una pizca de él mismo. Ahora Cappa está sentado a una de las mesas del bar Líber, en Libertador y Libertad, una esquina que es coqueta pero debió de anarquista. Habla de Huracán, de fútbol, de gambetas; de la izquierda, la derecha, la militancia; de los medios, las ideas, el barrio. Habla de todo. Algo extraño en un fútbol de tantos silencios.
–¿Huracán tiene un sabor especial?
–Sí, claro. Huracán encarna valores que son restos de nuestra identidad. El barrio, el tango, lo que podríamos llamar el romanticismo, que tampoco es así, pero no encuentro otra palabra. La bohemia, quizá.
–El porteñismo.
–El porteñismo. ¡Eso es lo que encarna Huracán! Lo que pasa es que yo no sé cómo hacer, porque hay una falta de propuesta de esta naturaleza que a una insinuación, como es Huracán, ya se le da carácter de realidad. Una realidad es Lanús, que lleva tres años o más.
–Lo que derriba el discurso único: no se han acabado las ideas.
–Eso es, eso es bueno. Yo hice una pretemporada distinta a la que se usa en la Argentina y me acusaron enseguida de atentar contra la lógica. Como si yo hubiera empezado a entrenar ayer, como si detrás de esto no hubiera un argumento. Porque esto no es un romanticismo trasnochado.
–¿Cuánto tuvieron que ver los medios en imponer el discurso único?
–Muchísimo. Los medios predominantes del fútbol son los que determinan el pensamiento de la gente. En el fútbol y en todo lo demás. Te forman una opinión. Pero también hay una paradoja: aparece Huracán, hace tres pases seguidos, y la gente se olvida de lo que le estuvieron diciendo los medios durante treinta años.
–¿Cuál es la idea de este Huracán?
–Un equipo que juegue bien al fútbol. Ahora, ¡uno tiene que ser Sócrates para explicar qué es jugar bien! El tipo cuando va a la cancha sabe qué es jugar bien. Todos lo sabemos, de chiquitos: mirá a España, el Barcelona, Zidane, el Arsenal y Platini. Un entrenador, en un congreso, dijo que había hecho una encuesta acerca de qué es jugar bien, y que la gente no se puso de acuerdo y por lo tanto él concluyó que jugar bien es ganar. Entonces yo dije que había hecho una encuesta preguntando qué era una puerta. Y como no encontré una definición precisa llegué a la conclusión de que las puertas no existen. Es jodido definir qué es una puerta; ahora, vos sabés lo que es.
–¿Hay un cappismo?
–Noooo, noooo, ni mucho menos.
–Pero hay una identidad.
–Yo soy fiel a todo lo que me emocionó. La emoción es la puerta del conocimiento en el fútbol. Y soy fiel a eso. Desde Eduardo Villar, que fue el primer crack que yo vi en Villa Mitre, a otros jugadores, incluso algunos que tuve en contra. Ramos Delgado, por ejemplo. O Grillo, que era mi ídolo de pibe. Y Menotti le puso nombre a esa corriente porque fue una figura destacada y salió campeón del mundo. Pero antes de Menotti estaba Sastre, De la Mata, Erico, Moreno, Pedernera, Tucho Méndez.
–A sus jugadores les dijo: “Crean en ustedes”. Esa frase ocurrió en un mundo donde los técnicos tienen más protagonismo que los futbolistas.
–Porque el producto se vende a través de una persona. Pero uno cumple las funciones de un maestro. Yo estoy con la pedagogía de Paulo Freire: el maestro no enseña nada, ayuda a aprender al alumno. Y yo también. Transmito lo que he aprendido.
–¿Y cuánto aprende de los jugadores?
–Muchísimo. Lo que yo soy es un alumno muy aplicado. Todos los jugadores te enseñan cosas. Y aprendo con mis hijos también. Porque tengo otro concepto de la autoridad. Soy un tipo muy cercano. Y mis hijos me cuestionan cosas permanentemente.
–Su hijo Bernardo es director de teatro, ¿qué tiene en común con un técnico?
–Hay muchísimas cosas en común. Porque se levanta el telón y él no existe. Se levanta el telón y yo tampoco existo. El entrenador está en lo que hace en la semana, en lo que prepara; en lo efímero de lo que se crea. El fútbol crea una belleza efímera: hace paf y desapareció. Y el teatro también. Él tiene la ventaja de que no tiene rivales que le tratan de arruinar la obra.
Sigue reivindicándose como un hombre de izquierda?
–Por supuesto, soy un tipo de barrio, he vivido las penurias y la humillación de la clase trabajadora. Mi abuelo era cochero, mi papá era peluquero. Igual, habría que definir qué es la izquierda hoy.
–¿Y qué es la izquierda hoy? ¿Qué diferencia hay con su militancia en los 70?
–Ha cambiado la sociedad. El concepto de clase obrera es otro. El concepto de socialismo es otro, como también el del capitalismo. El capitalismo ha estallado. Pero soy de izquierda, de la gente de abajo, de la gente oprimida, de la gente explotada, de la gente humillada. Yo pertenezco a eso.
–¿No se sentía un extraño en el fútbol?
–Para nada. En el fútbol están todos los compañeros de mi barrio. Y yo nunca hablé de política con ninguno. Porque además entiendo que el fútbol es un momento de esparcimiento que uno necesita para vivir, como el teatro.
–Usted militaba en el peronismo de base, ¿cómo recuerda aquello?
–Como una esperanza emocionante de una sociedad diferente, como si estuviéramos construyendo algo más justo, más humano. Lo que decía el Che, un nuevo hombre, fuera del egoísmo, fuera de lo que la sociedad llama el éxito. Y con una gran inocencia, porque no sospechábamos lo que finalmente ocurrió.
–¿Qué significó el exilio?
–Muy feo, tremendo, te sentís impotente. Yo llegué y tenía doscientos dólares, lo que yo cobraba jugando al fútbol en Bahía Blanca y dando clases en Coronel Pringles. Y yo decía, ¿por qué carajo tengo que estar acá? Y también, al mismo tiempo, decía, yo puedo estar acá, otros tipos los están torturando o los mataron. Pero es duro. A pesar de que en ese momento la gente en España tuvo una solidaridad extraordinaria. Alquilamos una casa vacía: tenía un teléfono en el suelo, nada más. Pero la gente del barrio nos consiguió colchones, mantas, nos trajo comidas.
–¿Participó del boicot a la Copa del Mundo?
–Bueno, era un movimiento que no sé si tuvo algún tipo de repercusión. Se hacían charlas, publicábamos cosas en los diarios. Era una forma de denunciar a la dictadura. Porque estábamos esperando el Mundial como cualquiera y cuando había partidos los mirábamos desesperadamente.
–¿Nunca le resultó una contradicción que en el medio estuviera la Selección de Menotti?
–No, porque hacía su papel. Y el equipo le daba un motivo de alegría a la gente. El boicot era una denuncia, aprovechar eso para denunciar a la Junta.–
¿Cómo recuerda su regreso?
–Jugaban River y Boca en la cancha de River. Kempes y Alonso en River; Maradona en Boca. Mi papá me estaba esperando en el aeropuerto, y me dijo: “Tengo entradas para la cancha”. Sentí una alegría extraordinaria.
–¿Existe un fútbol de izquierda?
–Si uno es estricto, no. Es una manera de hablar. Las gambetas no son de izquierda o de derecha. Pero se dice un fútbol de derecha a aquel fútbol especulador, al que sólo le interesa ganar, como al tipo al que sólo le interesa la guita y que no le importa el contenido. A la izquierda sí le interesa el contenido, la ilusión, la emoción. A la derecha no le importa la emoción, le importa ganar guita y punto. Y para ganar guita, destruyen el planeta, destruyen a la gente. Es el “pisalo, pisalo”
.–Hay un traslado de valores.
–Claro, la historia de Huracán, no la del actual sino toda su historia, sería la de un fútbol de izquierda. Porque el del Estudiantes de Zubeldía es un fútbol típicamente de derecha, basado en que hay que ganar, no importa cómo. El fútbol de izquierda, en cambio, es emocional.
–¿Cómo le gustaría que termine esta historia?
–Con Huracán campeón y jugando bien. Ése sería mi sueño. En este campeonato seguro no, va a tener veinte partidos. Pero si los dirigentes mantienen el equipo, y si los representantes nos dan una mano, seguro que vamos a estar entre los primeros en el próximo campeonato.
–Y con Fatiga Russo al lado, una gloria del Huracán del 73.
–Fatiga es una parte de Huracán. En los últimos diez minutos con Lanús estaba llorando en el banco. Se le caían las lágrimas porque esa corriente emocional lo implicó también a él. Y juntos compartimos el sueño. ¿Sabés lo que sería para mí salir campeón con Huracán? ¡Ahí sí que me retiro!Los millones que giran alrededor de la redonda y la Ley deRadiodifusión
–¿En qué afectó el negocio de la televisión al fútbol?
–Si es cierto que la televisión gana 9.300 millones de pesos por año y le da al fútbol 180 millones, menos del 2 por ciento, me parece una tremenda injusticia. Habría que llegar a un acuerdo para que el reparto sea más equitativo y el negocio resulte positivo para ambos. En España, hay varias ofertas y tengo entendido que el fútbol se lleva el 25% aproximadamente. La diferencia con Argentina es abismal.
–¿Le resulta interesante la propuesta de reforma a la Ley de Radiodifusión?
–En general, me parece excelente, al menos en intenciones. Y no sé por qué no se abre un debate de nivel en los medios más poderosos para que todo el mundo sepa de qué se trata. Eso sería un ejercicio práctico de democracia. Ojalá se pueda pensar en que todos tengan acceso a ver los partidos, y no sólo los que tienen el dinero suficiente. No nos olvidemos de que el fútbol nació y nace todos los días en los barrios más pobres del mundo.
–¿Le gusta este Gobierno?
–Tiene actitudes positivas y otras que no corresponden con su discurso. En las palabras va más allá que en los hechos. Y así y todo le cuestiono las palabras. Este Gobierno cree que si no va más allá la derecha le va a perdonar. Y la derecha no le perdona nada. Si vos le quitás un peso, te arranca la mano y te quita los ojos. Las retenciones me parecen lógicas y normales a quienes se llenaron de dinero en esta Argentina. A mí me parece que ésta es una actitud positiva del Gobierno. Pero no veo que se defina. Hace un paso para acá, y tres para el otro y uno para allá, y eso termina siendo una ambigüedad.
–¿Le entusiasma esta situación política en Latinoamérica?
–Es lo que queda de esperanza en el mundo. Las corrientes, digamos de izquierda, que hay democráticas, además, son muy alentadoras. Creo que hay que hacer una democracia participativa, en la que podamos debatir, con honestidad. Hoy los que debaten son siempre los mismos: son Tinelli, Susana Giménez y Moria Casán. Tienen derecho a opinar, pero si en la Argentina, donde hay una cultura desarrollada, donde hay intelectuales, donde hay teatro, son esos personajes los que generan el debate sobre la pena de muerte o no, algo no está pasando.–Tampoco la sociedad tiene que esperar.
–Claro que no. Y tendría que exigir el derecho a la información. No tiene que permitir que un diario le mienta. Y lo hacen, descaradamente, para defender sus intereses. Que el diario ponga la información, por ejemplo: “Ganó Evo Morales por el 68 por ciento contra el 32 de la oposición”. Y no como puso El País: “Empate técnico”. ¿Cómo empate técnico? Eso decís vos. Poné la información y después poné interpretación. Pero la información tiene que ser limpia.“Riquelme es uno de los jugadores más rápidos”
–¿La Selección de Maradona le gustó?
–Es poco tiempo, hay que darle más tiempo.
–Pero le entusiasma.
–Me entusiasma por la presencia de Diego, porque a mí me parece imposible que Maradona haga jugar otro fútbol que el que él jugaba. Es el mejor jugador de la historia del fútbol entonces yo estoy entusiasmado con esa posibilidad.
–¿Le apenó que Riquelme renunciara?
–Sí, un símbolo de nuestro fútbol. No me meto en la discusión porque son cuestiones de dos personas mayores. Pero es uno de los mejores jugadores que yo vi en los últimos años. Y uno de los más rápidos junto con Laudrup, que era un gordito que si me corría a mí en aquella época del Real Madrid por ahí salíamos parejos. Porque la velocidad en el fútbol es otra historia; es pausa. Si no hay pausa, no hay velocidad. Riquelme es pausa. Y es ver la jugada antes: mira, hace la pausa, pim, y te dejó solo. Esa es la velocidad. Y Riquelme es uno de los jugadores más rápidos que hay en la actualidad.
–Y se está yendo al fútbol sin pausa.
–Claro, y la sociedad también. Un filósofo español decía que la frivolidad es precisamente la falta de tiempo, la falta de pausa. Nadie tiene pausa para sentarse a charlar, para tomar un café, nadie tiene tiempo para eso.
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